Hace mucho tiempo, mucho más del que me gustaría, escuché a una persona comentar que, si querías escribir, no buscaras un libro de instrucciones, sino un libro de razones. Brillante.

Es público y notorio que en nuestra sociedad se está formando algo muy insano. Desde los distintos estamentos educativos, culturales y políticos no se nos prohíbe escribir, pero se nos desanima a hacerlo. No sólo nos inculcan el modo de expresar ideas, sino qué ideas son las apropiadas y cuáles quedan fuera del canon estipulado. Pretenden que nuestra escritura se transforme en una actividad deshumanizada repitiendo los mantras de la corrección de manera que estos se conviertan en autoridad máxima y que cualquiera otra emoción se mantenga bajo control. Se nos dirige hacia la duda y no a que florezca nuestra propia expresión. Desean que escribamos con excesivo cuidado siguiendo estructuras predefinidas —lenguaje inclusivo, entre otras— y que nuestra redacción, a través de las redundancias y las palabras cultas, parezca inteligente. Cada palabra ha de convertirse en un compromiso, cada tema en un asunto susceptible de ser analizado y cada conclusión ha de ser asumida con detenimiento.

Con creencias como estas sujetas a la orientación y a la corrección social, ¿no nos sorprende que la literatura actual sea anodina, rijosa y pacata? ¿Qué estamos leyendo? Nos inundan con poemas carentes de métrica, de ritmo e, incluso, de rima en los que se expresan ideas propias de personas estúpidas y cándidas. Novelas con personajes de cartón piedra carentes de tridimensionalidad que se convierten en insulsos y poco creíbles super héroes. Ensayos tendenciosos y con definidos sesgos políticos indigeribles por su poco lustre intelectual. Al final, ¿qué tenemos? Basura impresa que apenas vende en el mercado y distorsiona la realidad.

Todo ello es debido a que se busca escribir siguiendo el libro de instrucciones, por personas que desean verse como autores, publicar muchos libros y ser entrevistados en las mejores televisiones, retratados en las revistas más populares y seguidos como auténticos temas de tendencia —trending topics— por una miríada de fanáticos analfabetos deslumbrados por el autor del momento.

¿Es eso lo que es un escritor? En mi humilde opinión, es otra cosa. Escribir se hace con la sana intención de disfrutar contando historias, buscando la sensación del vértigo, de vencer las dificultades que te presenta el intelecto, no importa lo truculentas que sean, y sin las preocupaciones de verse publicado, aclamado y con un buen pellizco de dinero —quimera absurda— en la cuenta bancaria.

Quienes piensen en los oropeles y el boato o deseen cumplir con las exigencias de su desmesurado ego, no saben escribir. Para escribir hay que ser humildes y saber primero observar y escuchar para traspasarlo al papel a través de una figura que se construya a sí misma sin imponer su forma, sino captándola cual es. Es cierto que se requieren más cosas, pero es un buen comienzo y baste por hoy ya que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Luife Galeano