Dícese del español que es un idioma vivo, receptivo y generoso. Vivo, porque es el espejo de la cultura el cual dispone de un funcionamiento —a través de la RAE y sus Academias— que se regula de forma constante. Receptivo, porque se enriquece con todas las culturas con las que entra en contacto. Generoso, porque no se preocupa tanto de los orígenes y cómo estos se incorporan, sino de su uniformidad en el ámbito hispánico con el fin de evitar problemas de comunicación.

No obstante, conviene ejercer sobre el idioma una vigilancia que evite el posible desprestigio por cuestiones sociales que tienden a favorecer ciertos usos, no siempre correctos, en detrimento de otros. De todos estos posibles daños destacan con especial significación los usos poco aceptables. Es en ellos que me gustaría hacer hincapié ya que son expresiones que buscan destacar con falsa cultura. El uso incorrecto por ciertas clases sociales hace que el lenguaje se desarrolle con expresiones de falso cultismo. Entre estas clases destacan los políticos, los periodistas y una serie de estamentos que causan gran daño a la lengua cuando utilizan expresiones que no obedecen a las reglas establecidas creyendo que así impresionan o resultan más convincentes. No es verdad.

El lenguaje inclusivo ha causado un daño irreparable por querer incluir a toda la población y terminar elaborando un discurso redundante e, incluso, rimbombante. El género neutro de la lengua nada tiene que ver con el género biológico. La lengua española no es sexista. Es más, ninguna lengua lo es. En nuestra gramática, el género es un elemento formal y refleja una estructura heredada de las formas latinas por lo que es nuestra perspectiva gramatical y cultural la que sirve para expresar tanto a las personas de uno y otro sexo sin excluirlas. Por tanto, todo lo tendente a diferenciar por sexos nos lleva a producir duplicidades que resultan malsonantes.

La redundancia en el lenguaje también incurre en un daño a la lengua al restarle importancia a la instrucción de economicidad, que estriba en decir algo con la menor cantidad posible de palabras para expresar el mismo significado o su importancia. Frases tales como poner en valor carecen de sentido real, pues las cosas se valoran y no se ponen sobre una hipotética balanza que les atribuya valor. Hablar desde el conocimiento, aparte de ser una expresión de soberbia en la que un interlocutor se coloca en una posición de superioridad sobre otro, también es incorrecta pues las personas hablan con conocimiento y no desde un púlpito imaginario llamado conocimiento.

Por último, el uso indiscriminado de frases subordinadas oscurece el mensaje que se quiere transmitir llegando, incluso, a cambiar el significado del mismo dada su propensión a la falta de cohesión o de coherencia de la frase en sí. Por el afán del interlocutor de incluir en una frase todo su conocimiento, el mensaje no sólo resulta confuso, sino que puede terminar diciendo lo contrario a lo que quiere expresar.

En conclusión, vemos que el obstáculo lo produce una sociedad con bastantes deficiencias gramaticales que hace un uso incorrecto del lenguaje más que en el lenguaje en sí. No es un problema lingüístico, sino estilístico que pretende realizar una narración lo más elevada posible buscando el apoyo de rellenar ante la incertidumbre o con el fin de erigirse como guardianes que pretenden trasladar el mensaje de la forma más completa y correcta posible y que terminan hablando como auténticos iletrados.

Luife Galeano