Hace años un profesor de estadística nos dijo en clase una frase lapidaria: Señores la estadística es como una chica en bikini. Enseña mucho, pero tapa lo más importante. Pocas cosas son más ciertas que esta curiosa frase. Los métodos estadísticos son una magnífica herramienta para analizar datos, movimientos sociales y tendencias de cualquier población o universo. Tan magnífica que una mala utilización de la misma puede llevar al más astuto al mayor de los fracasos.

Acaba de publicarse el Informe de Resultados sobre el Hábito de Lectura y Compra de Libros en España 2018 preparado por la FGEE (Federación de Gremios de Editores de España) bajo el auspicio del ministerio de Cultura en el que, tras una exposición metodológica intachable, se llega a unos resultados confusos, maquillados y a todas luces sesgados.

Por poner un único ejemplo con el fin de no aburrir a los posibles lectores de este blog, me voy a referir en este comentario a la lectura de libros digitales; esa lectura en máquinas impagables y de escasa vida útil que tiene a la población itinerante por las calles como auténticos personajes salidos de The Walking Dead que no hacen más que jugarse la vida en pasos de peatones, trastabillarse con los elementos del ornato público o contra otros transeúntes tan alelados como ellos.

Tras ocho años de crecimiento del libro digital, del 62% de lectores de libros en tiempo libre, sólo el 6% lee en formato digital. Algo muy comprensible pues no en balde, pensando que la aparición del libro digital era el equivalente cultural a la gran esperanza blanca de la literatura, todos los actores del sector se dedicaron a poner el énfasis en las dichosas maquinitas y no en fomentar el hábito de lectura. Algo así como querer enseñar a nadar a niños comprando bañadores y trusas.

Tampoco fueron muy imaginativos al fijar los precios de venta de los archivos al costar estos lo mismo que la edición impresa, ni en desarrollar un sistema de protección de las copias, ni en gravar los formatos digitales sino con el 21% de IVA frente al 4% del libro impreso, ni mucho menos desarrollar un marco legal que los protegiese de la piratería. Hasta tal punto esto ha sido perjudicial que el propio informe —eso sí, camuflado— nos comenta que el 26% de los libros leídos durante el año lo fueron en formato digital, pero que, de estos, el 79% ‘se obtuvieron de forma gratuita’.

No sé en qué estarían pensando los redactores del informe, pero tal gratuidad tiene un nombre mucho más familiar: se llama piratería y es una práctica ilegal. Podemos seguir engañándonos todos, pero no bajo el auspicio del ministerio de Cultura. Ante los vacíos legales sobre la persecución y prácticas piratas en la cultura, al menos seamos claros y llamemos a las cosas por su nombre. La incapacidad del Estado para perseguir estas prácticas no puede quedar camuflada en la gratuidad como si de un bien social se tratase.

Que caiga la venda y no sigamos pensando en que son unas estadísticas estupendas. Existe un problema de fondo que consiste en la falta de sentido cultural del país y a la dejadez del Estado —amigo inseparable del duopolio editorial existente en España— en fomentar los hábitos de lectura y el amor a la literatura.

Tal vez sea verdad eso de que leer enseña y el que aprende… piensa.

Luife Galeano