Los muertos no cuentan

Rómulo Capote Loyola “el peruano”, joven formado en el seno de una familia disfuncional, es arrastrado a la marginalidad por sus padres y sin las herramientas necesarias para una subsistencia digna. La descomposición moral de la familia ha propiciado el deterioro de su conducta que lo lleva hacia la criminalidad y la comisión de delitos. Ante la súbita pérdida de sus padres, el Peruano ingresa en un reformatorio en el que tiene que aprender a sobrevivir, incluso si ello significa jugarse la vida. En ese deambular termina ingresando en presidio con la perpetua sobre sus espaldas y comprendiendo que lo peor todavía falta por llegar.

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Esta es una historia de hechos de vida real protagonizados por Rómulo Capote Loyola “el peruano”, joven formado en el seno de una familia disfuncional, arrastrado a la marginalidad por sus padres y sin las herramientas necesarias para una subsistencia digna. La descomposición moral de la familia ha propiciado el deterioro de su conducta que lo lleva hacia la criminalidad y la comisión de delitos. Ante la súbita pérdida de sus padres, el Peruano ingresa en un reformatorio en el que tiene que aprender a sobrevivir, incluso si ello significa jugarse la vida. En ese deambular termina ingresando en presidio con la perpetua sobre sus espaldas y comprendiendo que lo peor todavía falta por llegar.
Esta novela intenta, más que una enseñanza, mostrar el otro rostro de la juventud de los primeros años del triunfo de la Revolución Cubana, enmarcando la historia entre los años 1960-1965. Montada sobre dos discursos que se van engarzando, la obra pretende sumergirse en la vida trágica y profunda de sus personajes a la vez que narra una mágica aventura paralela en la que estos se ven atrapados.
Luis Pérez de Castro, con un discurso en ocasiones incisivo, otras desprejuiciado, pone al descubierto las vicisitudes y hazañas, así como el destartalado andar por el mundo del joven Peruano y pone, con ello, en evidencia la construcción de una sociedad que utópicamente se decía para todos. Sus personajes, malévolos y, a conveniencia, inocentes, muestran siempre su perfil más oscuro y su psicología enrevesada.
Es esta una historia que cualquier lector, en su más sano juicio, no querrá perder.

Peso 233 g
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Papel offset ahuesado 90grs + portada con solapa 300 grs. couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

Capítulo 1

Si me preguntaran quién soy, no sabría en realidad qué decir

10:32 a.m.

El espejo reproduce la imagen de un hombre con el pelo encanecido, el rostro camino al desamparo y los ojos perdidos tras una sombra lindando en el espanto.
Todos mentían menos el espejo. Mentía mi madre en las mañanas, por el mediodía, llegada la tarde y también la noche, pues apenas mi padre se marchaba para la calle, metía al carpintero de la esquina a la cama. Mentía mi padre, que abandonaba cuánto debía hacer, se metía en la cama con la mujer del carpintero y, después del escándalo de mi madre por su ausencia, decía que no soportaba más sus berrinches, que lo tenía hecho un guiñapo de hombre y que un día de estos… Y terminaban borrachos, golpeándose y haciendo el amor sobre la mesa frente a la fotografía de los abuelos.
No me caben dudas: nadie conoce mi verdadera identidad. Ni mis padres. ¿Cómo podrían si durante estos años ni yo mismo he podido descifrar tamaña oquedad? Siempre me asaltó la duda si mi identidad no ha sido más que la de un homo sapiens perdido entre las sombras de sus padres infieles hasta la hora de morir, sin otra señal que fornicar hasta el cansancio.
El espejo siempre me ha mostrado mi verdadera imagen, lástima no así mi identidad. Siempre ha sido el testigo de mis penurias, de mis noches de insomnios, de mis conversaciones con mis antepasados, según mis padres, mambises harapientos que ni ellos mismos supieron por qué ni para quién carajo lucharon y murieron sin nada que ponerse y muertos de hambre.
Siempre tuve miedo. Tuve miedo de mis padres, de las sombras que habitaban la casa, de cuantos venían a beber en nombre de la amistad y al final, cuando mi padre se emborrachaba, tirarse a mi madre, convertir la casa en un bayú. Tuve miedo de todo y de todos, hasta de mí mismo. A veces tuve miedo hasta de la Patria que me parió, de toda esa palabrería que suelen dar los políticos y no llegan más que a los oídos de los incrédulos que los aplauden hasta experimentar un orgasmo fatídico, tan muerto de hambre como sus propias almas envueltas en el desespero.
Han pasado los años, aún tengo miedo y me sigue atrapando la duda: «No sé a dónde pertenezco, si a este mundo o a un futuro incierto por el que todos apuestan». «No sé cómo he logrado sobrevivir con estos recuerdos oscuros y esta exaltación a tantas prohibiciones impuestas para mantenerme bocabajo».
Hoy no me avergüenza no haber sido un héroe, uno de aquellos tantos que cayeron por lo que un día pensaron creíble. Muchísimo menos me avergüenza no ser el paradigma de mi generación y sí el guía y la luz de los convictos que me acompañaron en las distintas prisiones que estuve. No me avergüenzo de nada, pues el espejo, único objeto de valor heredado de mis padres, me absolvió junto a Dios.
Mi historia será fiel a la realidad, lo más cercano a lo que me aconteció en vida. En ocasiones les parecerá cruda porque es eso, la realidad de un hombre que supo superar no sólo las embestidas y el abandono prematuro de sus padres sino, también, la ebriedad de los censuradores que un día, no importa cuál y si estaré vivo para verlo, tendrán que refugiarse en sus hipócritas antagonismos.
Entre la vida y la muerte hay sólo una historia que contar. He aquí la mía.

Segundo itinerario
22 DE MAYO DE 1960

Ritual de una cotidianeidad cercana al abismo

09:12 a.m.

Mis padres permanecen inertes frente a la fotografía de los abuelos que cuelga de la pared. El abuelo posa de pie, con el rostro erguido y sonriente, la mirada fija a un punto distante en el tiempo y la mano izquierda sobre la empuñadura de un sable que lleva ajustado a la cintura y con el que, seguramente, decapitó a cuantos quisieron imponerle su voluntad. La abuela sentada sobre una butaca de madera tallada por los costados y las patas torneadas estilo francés, sostiene una bandera que cuelga ligeramente hasta el piso y ocupa su atención.
Mis padres cada mañana repiten el mismo ritual. Cogen una botella de aguardiente y dejan caer unas gotas en el piso.
—Para los santos —dice mi madre—. Hay que evitar el castigo.
Mi padre se llevó la botella hasta la altura del rostro del abuelo.
—Me gustaría saber lo que harías hoy con el sable. Seguro que terminabas metiéndotelo en el culo.
Mi madre le arrebató la botella de las manos a mi padre, bebió un trago y tosió de manera descompuesta.
—Si aquellos fueron tiempos difíciles, ¿qué son estos? —bebió otro trago, este más largo, y volvió a toser—. Deja a esos dos viejos que no hay ni cojones de qué comer.
Acto seguido se echó aguardiente en la boca y lo expandió en el rostro de la abuela. Mi padre la cogió por el cuello con el rostro congestionado por la ira.
—No seas come pinga, que bastante se jodieron —la tiró sobre ella—. Ellos no tienen la culpa que un grupito esté acabando con esto.
Mi madre luchaba para liberarse de las garras de mi padre tendido sobre ella. Ya comenzaba a jadear de forma intermitente cuando la soltó. Bebió un trago, después le dio la botella a mi padre, que también bebió.
—¿Te dolió? —preguntó mi padre muy bajo.
—Un poquito —murmuró ella también muy bajo.
—Es que…
—No seas bobo —interrumpió ella con voz amelcochada—. Eso son gajes del oficio.
—Pero te la comiste —volvió a decir él en tono dolido.
—Ya deja eso —reclamó ella sentándose en el borde de la mesa.
Mi padre se paró frente a ella en silencio.
—Dame acá otro trago —exigió mi madre— y quítate esos trapos.
Mi padre le arrebató el blúmer, que dio en el rostro del abuelo. Mi madre se quitó la blusa y el ajustador, que también los lanzó sobre el rostro de la abuela y comenzó una batalla sin tregua, sólo capaz de ser reeditada por mi padre, hijo de un lugarteniente mambí.
—¿Qué te parece? —preguntó mi padre con el músculo erecto.
—Con ese sable no hay guerra que se pierda —respondió. Se lanzó de la mesa, fue hasta el cuadro de los abuelos y con la blusa le tapó el rostro a la abuela—. No quiero que vea lo que es una mujer templar —de regreso se subió nuevamente sobre la mesa, cogió la botella, se derramó parte del aguardiente sobre la vulva, y reclamó hartada de heroísmo—: Después de un pase de lengua, enfúndale el sable, que hoy no queda pancho en pie.
Yo permanecía en mi refugio favorito, el único que siempre escogía para ser testigo de las borracheras de mis padres frente a la fotografía de los abuelos, de sus discursos plagiados a los políticos, de sus inconformidades con el sistema y al final, después de varios apretones de cuello y alguna que otra lágrima derramada por mi madre, terminar donde más unidos se encontraban: en la cama. Sólo que por mi mente no pasó que esta vez esa unión, acoplamiento o templeta rica gracias a un sable heredado de un lugarteniente mambí, como gritaba mi madre, fuera encima de la mesa, mi refugio favorito.
La mesa se movía cada vez más. Hasta la casa se estremeció cuando mi padre, con los pantalones a la altura de los tobillos y el calzoncillo por las rodillas, cargó a mi madre.
—Menéate más. Dale, coño.
Mi madre, apoyada de las manos sobre la mesa, no dejaba de moverse.
—Se cae, pipo, se cae.
Yo veía la mesa tambalearse, las piernas de mi padre también tambalearse y tuve que salir del refugio. Mi padre quedó perplejo. Mi madre se lanzó de la mesa, con el vaivén desesperado de sus tetas, que prácticamente le llegaban a la cintura, caminó hasta mí, después de propinarme dos puñetazos por el rostro y de incrustarme contra la pared, gritó con voz insociable.
—Velándonos, ¿eh? —cogió la botella que descansaba en el piso, bebió un trago, se la lanzó a mi padre, que no acababa de salir de la perplejidad, me propinó dos puñetazos más y volvió a arremeter con el mismo tono impositivo de su voz—. Ahora coges una jaba y te largas para el mercado y, si de verdad tienes los cojones bien puestos, vira con ella vacía —recogió la ropa—. Ayúdame —le dijo a mi padre que sólo había atinado a subirse los calzoncillos.
Yo permanecía sentado en el piso, en el mismo sitio a donde me había lanzado mi madre. Entre los dos me levantaron y me acompañaron hasta la puerta.
—Dale —dijo mi madre—. Te quiero aquí antes de las seis de la tarde.
—Párate ahí —exigió mi padre. Ordenó ponerme de espalda y me propinó una patada por las nalgas—. Eso es para que aprendas a rascabuchar, maricón.

El mercado

01:00 p.m.

—Peruano, ven acá —gritó un negro con una gorra bolchevique en la punta del pelo, los colmillos forrados en casquillos de bala y rodeado de estantes repletos de plátano, boniato, yuca, fruta bomba y calabaza—. Me hace falta matar un negocio. Cuando termines te llevas lo tuyo.
Observé con desconfianza su aspecto de mafioso y decidí seguir camino.
—No te la quieras dar de machito —volvió a gritar—. Yo sé que tus puros están en baja y pobre de ti si no llevas nada en esa jaba.
Tenía razón el negro mafioso. De nada servía dármelas de macho si al final tenía que regresar con la jaba llena, ser testigo una vez más de sus borracheras, comer después que ellos se llenaran la barriga, presenciar sus templetas no sólo sobre la mesa, también en cada rincón de la casa. Aunque no me gustó su aspecto de mafioso, fui hasta él, y pregunté:
—¿Cuál es el negocio?
Después de acomodarse la gorra sobre las pasas, bajó la pesa del mostrador y le dijo a la gente de la cola:
—El negro va a almorzar, hasta las dos no vuelve abrir.
Un hombre lo interceptó a la salida del puesto y lo emplazó ante la mirada curiosa de los demás.
—Socio, yo estoy aquí perreándome la vida desde la siete de la mañana para que tú vengas con esa graciecita —dijo en tono sentencioso—. Creo que debes de terminar con nosotros.
El negro mafioso me apartó con un leve empujón por el pecho. Con una serenidad indescriptible se alzó la camisa, sujetó un cuchillo que llevaba enfundado a la cintura, y murmuró:
—Yo no abro antes de las dos ni para el presidente de la república —desenfundó el cuchillo, y deletreó—: Por dón-de-lo-qui-e-res.
Las gentes rompieron el tumulto, se dispersaron rumbo a otros puestos. El hombre, desconcertado, dio la espalda y se marchó. El negro mafioso vino hasta mí y preguntó:
—¿Viste?
Asentí con un doble gesto de la cabeza.
—Vete aprendiendo, que entre los mandantes y estos comemierdas te hacen la vida un trapo si te haces el bobo —alardeó halándome por la camisa—. Vamos al almacén, así almuerzas mientras hablamos.

El almacén

01:20 p.m.

El negro mafioso ordenó sentarme sobre una caja de madera y salió por la puerta trasera del almacén. Pasado unos minutos, un viejo con la ropa llena de tierra colorada preguntó en tono áspero:
—¿Qué tú haces aquí? —de una caja cogió cuatro plátanos maduros y los puso sobre mis pies—. Si quieres más dilo, pero no puedes estar aquí.
—Él anda conmigo —intervino el negro mafioso que acababa de entrar con una bandeja repleta de arroz, frijoles y yuca. Quitó los plátanos de arriba de mis pies, puso la bandeja y sentenció sin quitarle la vista de encima al viejo—: No dejes ni para los puercos.
—El partido tomó como acuerdo que en el almacén no podía entrar nadie ajeno al centro —dijo el viejo en dirección a un buró. De arriba de este cogió un papel y regresó hasta el negro mafioso—. Léelo para que no vuelvas a violar lo establecido que de violadores estamos hasta los pelos.
El negro mafioso cogió el papel, lo envolvió entre sus ásperas manos, lo lanzó al rostro del viejo y dijo con una furia inaudita:
—Tus amigos partidistas nunca se han interesado por cómo los puros tratan a ese chamaco, mucho menos si come o no. Métase el papel por el culo —se sentó a mí lado y exigió—: Termina con eso, para largarnos antes que pase otra cosa.
El viejo caminó hasta la puerta, se detuvo y dijo en tono melodramático sin una pizca de temor:
—Te voy a dar un consejo, aunque te importe un carajo —golpeó con el puño cerrado la puerta—. Nosotros no significamos nada, al final, mira —hizo un gesto transversal con la mano por su cuello—, nos tenemos que ir de arriba de la tierra, pero el partido no, ese es inmortal.
El negro mafioso soltó una carcajada.
—Deje que el chamaco termine de comer y acábese de largar antes de que pierda la paciencia.
—Esta juventud está más desperdigada que un paquete de gofio frente a un ventilador —fustigó el viejo.
—No, más desperdigada que la carne de vaca y todo lo que se roban tus amiguitos —ripostó el negro mafioso que se puso la gorra y preguntó—: ¿Hacemos negocio?
—¿Dime? —respondí con premura.
—Es sencillo, pero tienes que cuidarte de la policía —comenzó diciendo—. Sobre las diez de la mañana sales por el Condado ofertando la mercancía…
—¿Cuál? —interrumpí.
Fue hasta el buró, de una gaveta sacó una hoja y un lápiz, mientras escribía, decía en voz alta:
—Un macito de siete yucas a dos baro, un cuarto de calabaza veinte centavos y la entera un baro, cinco boniatos cuarenta centavos y la lata llena un baro, cuatro pepinos veinte centavos, la latica de ají también veinte centavos, la mano de plátano burro a un baro y la de macho a uno cincuenta, los aguacates, los chiquitos a diez centavos y los grandes a veinte y las habichuelas dos mazos por un baro —dobló el papel, me lo echó en el bolsillo de la camisa y advirtió—: Gratis ni a tus puros, el que no tenga el baro que no coma, que aquí nos la estamos jugando. Ah, la cabeza de ajo a cuarenta centavos y la ristra a tres baros, la cebolla igual. ¿Hay miedo?
—¿Cuándo empezamos y cuánto gano? —lo desafié.
—Así me gusta, eso demuestra que ya eres un hombrecito —dijo encendiendo un cigarro—. Si tienes venta, diez baros al día y la vianda de la comida, si no hay venta cinco baros y cero viandas. Si lo tomas, a las nueve de la noche vas a buscar la mercancía y rompemos —me arrebató la jaba de las manos y la llenó de viandas—. ¿Qué dices?
—A las nueve recojo la mercancía —respondí.

La casa

05:15 p.m.

Cuando entré mis padres permanecían sentados uno frente al otro, mesa por medio y la botella de aguardiente en el centro. Me siguieron con la vista hasta llegar a la cocina. Mi madre vino hasta mí y pateó la jaba.
—Eso es lo que hacen los hombres. Aunque tarde, descubriste que lo eres, ¿o me equivoco?
No mentiría si dijera que mis instintos me empujaban a retribuirle las palizas que me daba al amanecer, después de cada borrachera, de cada escena frente a la fotografía de los abuelos, de cada templeta sobre la mesa, de cada ofensa urdida en lo más oscuro de su alma. Mentiría si dijera otra cosa, pero opté por guardar silencio.
—¿Qué? —insistió.
—Ya estoy del tamaño del viejo —repliqué.
—¿Y? —volvió a insistir, esta vez con un triple gesto de los ojos, la boca y las manos temblorosas levantadas al vacío.
Escudriñé con la vista cada centímetro de su cuerpo desaliñado, no por el tiempo ni las embestidas de mi padre, sino por el alcohol y toda la maldad acumulada en su corta vida. Antes de que otra cosa sucediera, murmuré:
—Descubrí que soy un hombre.
—Vira la jaba en el piso —gritó mi padre. Con la botella en la mano vino hasta nosotros, bebió un trago y se la dio a mi madre. Inspeccionó las viandas y dijo con pasmosa tranquilidad—: Prepara un caldo capaz de levantar a un borracho. Voy a coger vacaciones, te toca buscarla hasta tanto no empiece a trabajar.
—Ya oíste —sentenció mi madre—. Por gusto no te hemos dado ese carapacho.

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