Del sueño y sus pesadillas Ebook

Entre adioses, lamentaciones y oraciones, Salif Bambara y Salif Diop se lanzan al mar con ganas de cambiar el mundo, dispuestos a enfrentarse a las peores injusticias de la sociedad en la que han crecido y rebelarse contra el orden impuesto.

Deseosos de mejorar sus vidas y contribuir al porvenir de Senegal, se dejan arrastrar por la llamada del sueño europeo y las manipulaciones de hábiles traficantes. (EBOOK)

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Entre adioses, lamentaciones y oraciones, Salif Bambara y Salif Diop se lanzan al mar con ganas de cambiar el mundo, dispuestos a enfrentarse a las peores injusticias de la sociedad en la que han crecido y rebelarse contra el orden impuesto.

Deseosos de mejorar sus vidas y contribuir al porvenir de Senegal, se dejan arrastrar por la llamada del sueño europeo y las manipulaciones de hábiles traficantes.

Entre sueños y tormentas, estos hombres sueñan en plena pesadilla, sin entender las traiciones, las miserias, los engaños, el sufrimiento y la rabia experimentados a lo largo del viaje.

Después de una travesía agotadora y letal se enfrentan a la soledad del inmigrante. En soledad con sus agonías y con sus pensamientos ante la incomprensión y la desconfianza.

La deriva de su destino no ha terminado. Es sólo el inicio de una nueva etapa compleja: un despertar más allá del dolor.

Las ansias del sueño… del sueño y sus pesadillas.

Páginas

218

Tamaño

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-45-5

Booktrailer y Primer capítulo


Promesas de una vida mejor

Era todavía temprano cuando los muchachos entraron en el local con un paso resuelto y expusieron sus motivaciones en un wolof cantante y enérgico. Ahí hablaron con la dueña del restaurante, como si todo se jugara en esos breves minutos, acompañando sus explicaciones con ademanes voluntariosos. Para ganarse su confianza, prometieron ser leales y trabajadores y ella los observó cuidadosamente, con algo de curiosidad y de entretenimiento, antes de meditar en silencio, revisar sus cuentas y, finalmente, proponerles un puesto de trabajo que trató de empeorar para averiguar su motivación. Luego se mantuvo a la espera y, con un semblante de humildad, les hizo entender que era todo lo que les podía ofrecer.
––Sí, queremos el puesto ––zanjó Salif Bambara después de intercambiar una furtiva mirada con su compañero––. ¿Cuándo empezamos?
La respuesta del muchacho, segura y entusiasta, pese a la descripción intimidante de la dueña del restaurante ilustraba las ganas y el deseo que, Salif Bambara y su amigo Salif Diop, sentían por realizarse y mejorar su condición. Cuando la supervivencia está en cuestión, las condiciones de trabajo pueden ser relegadas a un segundo plano o, por lo menos, ignorarse durante un cierto tiempo. Con veintiún años, los dos muchachos ya habían conocido los peores escenarios del mercado laboral en Senegal, horas interminables, extenuantes y deprimentes de laboriosa entrega en un orfanato en la que se les retribuía una ínfima parte de lo que producían. Durante enésimos años en los que la institución se transformó en su principal hogar, conocieron lo peor de un mundo marginado, lo más desconocido de la despiadada economía globalizadora, aguantando las peores humillaciones y los peores tratos. La corrupción y el realismo destructor de la sociedad habían carcomido, roído y podrido las entrañas del orfanato hasta darle una imagen de indeseable antro. Por eso, el puesto de bombero que les ofreció Fatú, la dueña, una indecible y tormentosa mezcla de cocinero, camarero y personal de limpieza en un restaurante cercano al puerto, les pareció una oportunidad irrepetible. ¡Una oferta única! No podían renunciar a ella, sobre todo después de que la mujer les dijera con una sonrisa firme y respetable que ganarían un salario limpio y fijo cada mes. Nunca habían recibido una oferta clara y formal. Nunca habían percibido un salario de forma constante, sin tener que rogar o recordarle al jefe los salarios atrasados.
Empezaron a trabajar el mismo día. Se remangaron la camisa y esperaron las instrucciones de Fatú que, complacida por su motivación, exhibió una expresión de contento.
––Eso me gusta: entusiasmo y determinación ––exclamó ella jovialmente, moviendo sus curvas elásticas y exuberantes con una ligereza insospechada––. Tú, Salif Diop, puedes empezar fregando los platos y tú, Salif Bambara, puedes barrer el patio.
Detrás de su silueta gruesa y voluptuosa, de sus facciones afables y hermosas, Fatú escondía un innegable sentido para los negocios. Su carácter fuerte y resoluto le había ayudado a establecer una empresa que, aunque evidenciaba una cierta fragilidad económica, se había impuesto sobre otros duros y agresivos competidores, feroces y desleales. Su constancia y energía le permitían, además, llevar la actividad cotidiana sin demasiados problemas y controlar los gastos de forma draconiana. Los dos muchachos entendieron muy pronto que la clientela del restaurante, constituida de senegaleses pudientes y turistas curiosos, no sólo se debía a su plato predilecto, el Yassa de pollo, sino también a su presencia y sus atenciones. Era una mujer viva y diligente, dulce pero inflexible, que regía su restaurante con escrupulosa pulcritud y estos argumentos no fallaban casi nunca: el que probaba por primera vez uno de sus Yassas repetía inevitablemente a los pocos días con la seguridad de ser recibido como un familiar o un invitado importante.
Enseguida, los dos amigos se entendieron a la perfección con la dueña y se transformaron en trabajadores esenciales del local. Ambos, risueños y afanosos, respondían prestamente a las solicitudes de la dueña y ella les premiaba con las propinas que algunos clientes dejaban. La confianza llegó a establecerse rápidamente y a la semana de estar trabajando, Salif Bambara, siempre más atrevido que su compañero Salif Diop, designó a su jefa con el apodo de “Sabrosona” haciendo referencia a su cuerpo compuesto de curvas exageradas y su perfume suave y envolvente, como el Yassa que ella cocinaba con exquisitez. Ella recibió el apodo con ironía, radiante y agradecida, porque le gustaba que los hombres hablaran de su gordura que para ella era un orgullo y una riqueza. Era evidente que esa mujer no sufría de hambruna ni tampoco de complejos y muchos hombres valerosos e intrépidos ansiaban tenerla en sus brazos por encima de todo, si bien ella, siempre reticente, no se dejaba. Ella era innegablemente independiente, libre como el viento y eso chocaba en un país en el que las mujeres suelen estar en casa y dedicarse a una vida esencialmente familiar. Diop y Bambara la miraban con ojos de asombro, meditando sobre los motivos que la conducían a preferir esa vida cuando tenía la posibilidad de casarse, pero no se atrevían a preguntárselo porque temían que les contestara algo cortante y, sobretodo, porque ella era la jefa.

El primer mes pasó con la velocidad de un suspiro. Fue como un breve parpadeo. Diop y Bambara recibieron su salario en metálico y la vista de los billetes en sus manos, de los ansiados francos CFA, les produjo una sonrisa nerviosa y contagiosa que intrigó a la dueña del restaurante.
––¿Qué os pasa? ––preguntó Fatú después de haberles entregado el salario––. ¿Algo está mal?
Los muchachos trataron de recomponerse, pero los francos que tenían en sus manos los enloquecía en exceso.
––No ––aseguró Diop con un leve carraspeo––. Todo está muy bien ––el muchacho se puso serio––. Es nuestra primera paga y nos conmueve ver que confías en nosotros.
––Sí ––agregó Bambara detrás de él.
Frente a su cuaderno de contabilidad, Fatú esbozó una leve sonrisa de compasión. El candor de los dos muchachos iluminó su semblante generoso y sus ojos oscuros adoptaron una expresión meditabunda. Ella se mantuvo callada durante unos segundos y, después de quitarse las gafas con un gesto mesurado, añadió un comentario motivador.
––Si seguís así, sirviendo atentamente a los clientes y velando por el crecimiento del negocio, ganaréis mucho más en los meses venideros.
Los chicos saltaron de la alegría.
––Eres la mejor, Fatú ––expresó Salif Bambara efusivamente y ella respondió con un guiño cariñoso.
El simple hecho de recibir su sueldo en el debido momento, sin que el jefe les retuviera un porcentaje variable en función de su comportamiento o productividad, les pareció algo increíble. Totalmente novedoso. Meses antes, mientras vivían en el orfanato y trabajaban ilegalmente, recibir un salario era ya algo extraordinario y, si lo recibían, no se sorprendían cuando el General Jean ––el policía corrupto que vigilaba la zona––, autentico déspota y aprovechado, se permitía deducir unos cuantos francos de la paga de cada uno de los niños para luego irse a bailar o trasnocharse en los prostíbulos famosos de los barrios diplomáticos, en medio de unas mujeres esbeltas y hermosas que le conocían perfectamente y le llamaban por un apodo que él recibía alegremente: “Papi chulo”.
Eso no ocurrió esta vez y, muy felizmente, Bambara y Diop fueron a celebrar la recepción de su primer salario tomándose un té verde en un bar de la zona, no muy lejos de donde se hospedaban. Era una forma tranquila de celebrar una primera paga porque, como es de prever, quienes tienen hábitos sencillos celebran los acontecimientos importantes de forma sencilla. Durante ese momento de inolvidable placer, los muchachos intercambiaron sus perspectivas de crecimiento.
––Hermano ––expresó Salif Bambara eufóricamente––. ¿Te das cuenta que, si seguimos trabajando, así como lo hemos hecho este mes, podemos ahorrar mucho dinero en muy poco tiempo?
El amigo asintió con un rostro reflexivo, fijándose en un punto indefinido del decorado y sorbiendo lentamente su té caliente.
––Sí, me doy cuenta. Además, Fatú Sabrosona nos apoya totalmente. Ella cree en nosotros y esto quiere decir que tenemos posibilidades reales de ahorrar y de consolidar nuestra situación.
Ambos cortaron sus efusiones durante unos breves segundos.
––Imagínate que tuviéramos bastante dinero para montar un negocio, un taller de carpintería o una fábrica cualquiera ––soñó Salif Bambara en voz alta y con unos ojos centelleantes––. Imagínate que pudiéramos rescatar a muchachos del orfanato en el que hemos malvivido durante tanto tiempo. ¿No sería fantástico?
––Cuánto me gustaría ––suspiró Diop dejándose acunar por los comentarios de su amigo.
––Lo haremos ––clamó Bambara efusivamente––. Estoy seguro. Esta es nuestra oportunidad.
––Claro que sí. Cuando uno quiere, puede.
––Si permanecemos unidos, lograremos montar un negocio próspero ––manifestó Salif Bambara con ese profundo idealismo que le caracterizaba.
––Hemos sufrido demasiado en ese lúgubre orfanato para olvidarnos de todo. No sabes cuánto deseo enseñar al General Jean, ese hijo de puta, a todos los policías y profesores corruptos, que, nosotros, los jóvenes de este país, somos capaces de las mejores cosas ––contestó Diop chocando la mano de su amigo en señal de adhesión.
Luego se interrumpió para sorber el té que quedaba en su vasito de vidrio y, viendo la mirada aprobadora de su amigo, siguió con su emotivo discurso. Sus ojos brillaban de la emoción.
––El simple recuerdo de los castigos que tuvimos que aguantar en el orfanato, las horas y horas de trabajo precario y agotador en las salas oscuras, me obligan a luchar hasta el final y querer mejorar siempre mi condición.
Los dos amigos intercambiaron unos abrazos fraternales y, después de pagar el té, se apresuraron en subir a uno de los numerosos autobuses que circulaban por la capital senegalesa, con las puertas y ventanas abiertas, atiborrados de trabajadores y mujeres, para irse a las habitaciones que alquilaban conjuntamente en una casita humilde de la periferia.

Los días de trabajo se sucedieron uno tras otro sin que el calor asfixiante o las enormes caravanas que asolaban las carreteras de las afueras impidieran a los muchachos llegar puntualmente a las ocho cada mañana. Llegaban siempre con unas sonrisas estiradas y una energía desbordante, deseosos de demostrar su valía y de ganarse un sueldo que podía crecer en función de su rendimiento y Fatú los recibía en la entrada del restaurante con una silueta animada y coqueta. Los observaba atentamente entrar en el restaurante, cambiarse y ponerse sin dilaciones a trabajar como si de su propio negocio se tratara y ella, jubilosa y encantada, les ofrecía el primer café del día acompañado de unas tostadas en las que había untado cuidadosamente un poco de “Chocopain” (la crema de chocolate del país) o de mantequilla. Ellos se lo tomaban con apremio, complacidos por la atención, y luego se activaban para conocer las prioridades del día. No rechinaban nunca, tampoco perdían su arrojo, aunque se tratara de tareas pesadas y fatigantes.
Además de sus aptitudes y de su compromiso, Fatú advirtió rápidamente las preferencias de cada uno y fue repartiendo las tareas en función de ellas. Salif Bambara era quizás el más afanoso y resuelto de los dos. Notó en su forma de hablar una fuerza impertérrita y en sus ojos el brío de la sinceridad. Salif Bambara era el más lanzado, el más dialogante, el que se atrevió a solicitarle el puesto de trabajo y que vendió persuasivamente sus ganas de trabajar. Percibió sus habilidades organizativas y su inquietud por acumular nuevos conocimientos, su temperamento positivo y luchador, mientras que Salif Diop era más introvertido y analítico, constante y enérgico. Le gustaba llevar un cierto tipo de actividades, se empeñaba en ejecutarlas o controlarlas a la perfección porque era escrupuloso y paciente. Así pues, Fatú Sabrosona fue delegando los contactos con los proveedores y otras responsabilidades relacionales a Salif Bambara. La organización de eventos y la ornamentación de la sala se las dejaban a Salif Diop que siempre las recibía con el mismo entusiasmo y dejaba a los clientes atónitos y maravillados.
Ambos trabajadores fueron demostrando unas habilidades muy apreciables para la cocina y, además de preparar el plato estrella de la casa, el Yassa de Pollo, que llegaron a mejorar con un condimento secreto que no quisieron revelar, también se atrevieron con otros platos a base de pescado fresco, doradas, atún, el pez volador y otras especialidades que abundan en las costas del Cabo Verde y de la península de Dakar. Fatú se acercaba a los platos con la curiosidad de quien sabe apreciar los progresos de sus empleados y compartió con ellos las ilusiones de los primeros experimentos, de los primeros descubrimientos y gozos.
––Qué rico huele esto ––exclamó Fatú en una de las primeras experiencias de Salif Diop. Lo miraba con unos ojos preguntones, abiertos e impacientes y se frotaba las manos ansiosamente––. ¿Me vais a decir lo que habéis puesto en este plato?
––Ah, ah ––expresó Salif Diop jactancioso––. Estás impresionada, ¿a que sí?
––No, no. Sólo quiero saber lo que pusiste ahí dentro. ¿Cómo es que tiene ese perfume tan…?
––Es un secreto ––intervino Salif Bambara con un tono misterioso y jovial––. Tendrás que pagarnos más si quieres conocerlo.
––Madre mía ––estalló de risa la dueña del restaurante––. Sois hábiles negociadores.
Los dos muchachos se miraron y se guiñaron.
––Ya verás, Fatú ––expresó Salif Bambara con un tono afectuoso y malicioso a la vez mientras Diop seguía cocinando afanosamente––. Con nosotros podrás alimentar ese cuerpo tan bonito que tienes.
––Ese cuerpazo no lo tiene ninguna mujer. Pocas mujeres tienen unos argumentos como los míos. Poquísimas, ¿a que sí?
Todos se rieron. Las ocurrencias de Fatú provocaban en muchas ocasiones las risas de los dos muchachos y reafirmaba sutilmente su papel de dueña de restaurante. Ellos asentían y se silenciaban ante sus declaraciones, la miraban con algo de admiración porque tenía una respuesta para todo, un comentario para cada situación, aun estando en compañía de dos hombres. Ellos la divisaban con ojos de niños inocentes y crédulos, viendo en sus gestos veloces y sensuales una evidencia de enorme experiencia, de extrema agudeza, y su cuerpo generoso, magnético y libre, los mantenía en un estado de indecible sumisión. Qué belleza era ver a Fatú moverse en la cocina y la sala de comer, reflexionando sobre nuevos negocios, hablando con personas desconocidas sobre posibilidades de inversión o de crecimiento. Con ella existían posibilidades por todos lados. Venían jóvenes a asesorarse, a pedirle instrucciones, recetas, ideas, y ella contestaba con la misma parsimonia de siempre, sonriendo y acariciándose el pelo con un gesto seductor que también imponía respeto. Ella dominaba, controlaba las situaciones, pero manteniendo, sin ningún tipo de complejo, esa feminidad seductora y despreocupada. Ella no se esforzaba en reivindicar un cierto poder. No evidenciaba unas ansias de supremacía o de afirmación, simplemente con su sonrisa, su determinación, su silueta primorosa y el uso del lenguaje adecuado llegaba a afirmarse mejor que nadie y eso era precisamente lo que admiraban Salif Bambara y Salif Diop.
Los muchachos trataron de aprender lo máximo de Fatú ––su forma de llevar la contabilidad, de obtener créditos, de relacionarse con la clientela–– porque consideraban que, en su visión de los negocios, su entrega y valor, residía la fórmula del éxito. Por las noches, cuando volvían a la habitación que tenían alquilada en la periferia de Dakar, discutían ardorosamente sobre lo que debían reproducir o mejorar de esa mujer. Se proyectaban a menudo en un futuro no muy lejano, pero no muy cercano tampoco y se imaginaban abriendo y administrando un local parecido, un restaurante cerca de un monumento o edificio importante, para ganarse la vida. El gusto por los negocios, por el riesgo y los logros, se apoderó de ellos con la fuerza de un juego o de una actividad adictiva, como una obsesión o cuestión de vida y, rápidamente, sus ideales y sueños fueron moldeándose y tomando la forma de una ostensible acumulación de riquezas.
Concluyeron que, para cambiar el mundo, el orden injusto de las cosas y que se beneficiara su gente, los pobres huérfanos e indefensos de Dakar, había que reunir una importante suma de dinero. El dinero era, lamentablemente, el único lenguaje que no entendía de edades, ni de razas, ni de sexos. El dinero podía cambiar a las personas las más reticentes y reaccionarias, borrar los más profundos atavismos, hacer reír al hombre más deprimido, mover montañas, generar desarrollo y cultivos de maíz hasta en el desierto. Lo comprobaron con los programas de la televisión y en los coloridos video-clips procedentes de Estados Unidos y de otros países occidentales, por eso concibieron el dinero como la única forma de cambiar el mundo. La única.

Con sólo veintiún años de edad y poco más de dos meses trabajando en el restaurante, Salif Bambara y Salif Diop acordaron que la prosperidad era más importante que la diversión y la vida placentera. Convinieron que, a través de ella, se podía cambiar el mundo, las ideas, la percepción de los demás y muchas otras cosas, pero, para llegar a ella, el esfuerzo era inevitable. Este acuerdo elaborado paulatinamente, a lo largo de numerosas discusiones difusas y tertulias improvisadas, influyó mucho en sus planteamientos y, con esa perspectiva, ambos dibujaron un riguroso plan de ahorro que les permitiría crear un negocio o una asociación al cabo de diez o doce meses. Resolvieron acercarse más a Fatú, aprender de ella, colaborar más todavía para obtener ideas provechosas de empresa y embeberse de su iniciativa. Esa decisión condujo a una subida importante de la productividad, de las reservas de las mesas y de las consiguientes propinas, pero, sobre todo, y eso fue una verdadera sorpresa, al hallazgo de unos arreglos e intrigas entre Fatú Sabrosona y un comerciante vecino llamado Ibrahim Ndiaye.
El hombre aparecía en el local una o dos veces al mes con sus gafas de sol y sus trajes oscuros que reforzaban un aire misterioso, casi temible. Se sentaba en una de las mesas de la entrada del local, se limpiaba con un gesto elegante y fugaz, seguro y fluido, el pantalón al nivel de las rodillas, echaba una ojeada breve a sus zapatos cubanos de piel de cocodrilo y enseguida acudía Fatú en persona para atenderle, como si fuera una persona altamente importante o un familiar que gozaba de mucho respeto. Ella se sentaba a su lado y pedía a uno de los empleados que les sirvieran té y cacahuetes. Salif Bambara y Salif Diop entendieron rápidamente que ambos compartían intereses económicos y, desde lejos, fingiendo limpiar una mesa o barrer una esquina, trataban de recolectar una información que caía a cuenta gotas.
Constataron luego, hablando con diversas personas del vecindario y contrastando la información que tenían, que Ibrahim Ndiaye era el dueño de varios alojamientos en el centro y la periferia de Dakar y que pagaba a Fatú una comisión interesante sobre cada turista que terminaba alojándose en sus edificios. Podía considerarse una actividad normal en el contexto de una economía relativamente poco desarrollada y el hallazgo de esa otra actividad hizo reflexionar a Salif Bambara en particular sobre la necesidad de tener varios negocios y de no depender de uno solo. Todas las maniobras de Fatú podían ser la fuente de estimables enseñanzas por el trasfondo de supervivencia y de constante innovación que podían contener, pero ni Diop ni Bambara entendían el porqué de tanto ocultismo, de tanto sigilo y misterio. Algo más debía esconderse detrás de esos encuentros semanales, detrás de las gafas negras y los trajes impecables de Ibrahim Ndiaye, porque el tono de sus tertulias bajaba de repente, se entrecortaban si algún cliente se acercaba o, incluso, llegaba a terminarlas secamente y obligaba Fatú a alzarse de su asiento con un gesto brusco para seguirle afuera con los rumores que este tipo de conductas pueden alentar.
––Estoy seguro de que hay algo más entre ellos ––llegó a comentar Salif Diop un día al salir del trabajo––. Se comportan como novios que tratan de encubrir algo.
––¿Tú crees que están juntos? ––preguntó Bambara exponiendo una patente sorpresa en su cara, aunque algo contenida––. ¿Crees que Fatú mantendría una relación con este tipo?
––Sí ––asintió al punto Salif Diop seguro y deseoso de infundir la misma seguridad en su amigo.
Salif Bambara posó un dedo sobre su barbilla, transparentando un momento de profunda reflexión, parpadeó en reiteradas ocasiones y permaneció callado durante unos segundos.
––No creo. Ya sabemos cómo es Fatú. Nunca aceptaría verse en una relación amorosa sin tener el pleno control y teniendo que ocultar la verdad a muchos de sus vecinos ––Bambara volvió a enmudecerse––. Es imposible.

Los muchachos decidieron redoblar su actividad de investigación y aprovecharon la siguiente visita de Ibrahim Ndiaye, ocho días más tarde, para obtener información sólida. Entonces, mientras servía el té al señor y preguntaba si deseaba algo más, Salif Diop logró escuchar las palabras “embarcación” y “salida nocturna”. El hombre de gafas oscuras las había evocado inadvertidamente mientras hablaba por teléfono, después de interrumpir una conversación muy discreta con Fatú. Diop volvió sigilosamente a la barra para hablar con Salif Bambara y le susurró lo que pensaba que era: una organización mafiosa de viajes hacia Europa, o mejor dicho salidas ilegales de cayucos. El comentario sorprendió enormemente a Bambara que, pese a estar concentrado detrás de la caja contando el stock de botellas de refrescos, reaccionó de forma perpleja.
––¿Qué dices?
––Me has oído bien ––contestó Salif Diop.
––No puedo creer que eso sea verdad.
––¿Y por qué no?
––¿Tú crees que Fatú tiene algo que ver con esto?
––No sé…
Alertados por la posible trama de una organización delictiva, los dos amigos trataron de sacar algo más de información. Con un paso nervioso, Salif Diop regresó apresuradamente a la mesa donde se encontraban Fatú e Ibrahim Ndiaye para servirles un plato de cacahuetes y unos pastelitos de coco, pero no consiguió nada más que un silencio tenso y unas miradas recelosas que le obligaron a preocuparse por otros asuntos más urgentes. Temeroso y turbado, el muchacho se fue velozmente a atender otras mesas e intercambió una mirada de impotencia con su amigo Salif Bambara cuya actividad se había interrumpido por las mismas razones. El hecho de que se hablara de emigración ilegal no era en sí nada sorprendente.
El tema de los cayucos y las enormes piraguas que parten de Senegal o Mauritania repletos de inmigrantes deseosos de encontrar una vida más cómoda, que asolan las costas españolas o naufragan en el océano, era un tema muy presente, casi cotidiano, que no podía suscitar la extrañeza de unos jóvenes procedentes de un orfanato. La sorpresa radicaba en que este tema implicaba a gente de otros sectores sociales, ilegales y opacos, que Salif Diop y Salif Bambara nunca habían visto. Hombres sin escrúpulos, ávidos y cruentos, que no les molestaba hablar de hombres como si se tratara de ganado o de perros. Ellos dos, tan admiradores y respetuosos de la figura de Fatú Sabrosona, no se hubieran nunca imaginado que ella, siempre digna y luchadora, accedería a recibir a gente de estos círculos ni tampoco que tratara con ellos. Ese descubrimiento fue el que les impresionó y les mantuvo durante varios días seguidos en un estado perplejo, casi comatoso, porque el choque de ver a una mujer tan recta, tan admirable e influyente, envuelta en ese mundo indigno le había abatido.
Los muchachos se pusieron de acuerdo en que no mencionarían nunca sus dudas. Las pruebas eran demasiado pocas, por no decir inexistentes, para precipitar una discusión abierta o una confrontación descontrolada. Por eso prevaleció la cautela y el disimulo durante esos dos o tres días en los que fue creciendo la desilusión y una rabia contenida. La bella imagen que habían nutrido en los últimos meses de un continente africano en plena expansión, deseoso de crecer y de estar a la altura de los demás, orgulloso y respetado, desapareció de repente para confundirse con la tenebrosa idea de un continente minado por la codicia y el egoísmo. Si las personas que más influencia ostentaban, las que más sensatez exponían, lidiaban con esas bandas mafiosas, ¿qué esperanza quedaba? Salif Bambara llegó a llorar en su cama, invadido por la decepción, el desencanto y la tristeza, antes de quedarse profundamente dormido pensando en las incoherencias que devoraban a su querido continente.
Percibiendo el ánimo de los muchachos y la caída notable de su productividad, Fatú quiso saber los motivos de ese súbito cambio. Aprovechó un momento de relativa calma, una mañana en que no había entrado ningún cliente, para informarse sobre sus empleados, mientras limpiaban la barra y enjuagaban unos platos.
––¿Qué pasa, muchachos? ––preguntó llevándose las manos a la cintura––. Os noto bastante apáticos estos últimos días. No sonreís ni tampoco cantáis.
Los muchachos mantuvieron un silencio tenso.
––No pasa nada ––repuso Salif Diop después de unos segundos de leve intriga.
––¿Seguro? Siento algo raro, no sé por qué.
Su insistencia demostraba su interés por saber lo que estaba ocurriendo y Salif Bambara no quiso desaprovechar esta ocasión de diálogo sincero. Saltó de repente con un arrebato de resentimiento y de franqueza.
––Sí, pasa algo.
Fatú se extrañó al ver la reacción tan viva del muchacho y le encaró para pedir más información.
––Pasa que te hemos visto el otro día hablando con el chulo ese, el gafotas que siempre va caminando con su traje resplandeciente y ostentando su último móvil ––espetó Salif Bambara. Su tono indignado y rebelde contrastaba con su forma de hablar respetuosa y calmada––. Hablabas con él de viajes ilegales en cayuco, de llenar embarcaciones.
Fatú sacudió la cabeza, miró al suelo y suspiró levemente. Parecía desconcertada por las declaraciones del muchacho, sacudida por su sinceridad y decepción y, en esos leves segundos, sopesaba cómo contestar a sus acusaciones de forma justa y adecuada.
––Tienes razón. He estado hablando con este señor de negocios ilícitos. ¿Y qué pasa?
––¿Me preguntas qué pasa? ––se escandalizó Salif Bambara exaltado por la naturalidad de Fatú––. Ya sabes que este negocio vacía el país de toda su juventud, le roba toda su fuerza, su futuro, su vitalidad, sus sueños. Eso es lo que pasa y así, nuestro país acabará muriéndose poco a poco y transformándose en un desierto.
Un silencio sobrecogió la sala, zarandeó a cada uno de los presentes en sus posiciones y los aisló en un mar de confusiones. Salif Diop quiso intervenir, pero no supo decidir entre si había que emplear unas palabras conciliadoras o alinearse con su amigo. Entonces, la respuesta de Fatú advino unos segundos más tarde, después de un leve carraspeo. Era la dueña del restaurante y, con su actitud insurrecta, Salif Bambara había rebasado los límites de su paciencia.
––Me gusta tu integridad y tu idealismo, Bambara ––expresó ella con un renovado afecto––. Me encanta tu determinación y motivación por mejorar nuestra sociedad, pero, ¿te has parado alguna vez a pensar que mucha gente está deseando irse a Europa para mejorar su vida porque están hartas de vivir con casi nada y que muy pocas tienen la oportunidad de encontrar un trabajo en el que se le pague según su rendimiento? ––Fatú los miró a los ojos y siguió con un tono más rígido––. Yo sí, he buscado a gente para embarcarla en barcos de pesca y permitirles realizar su sueño europeo. Sí, lo he hecho, no lo niego, pero nunca ha sido obligándoles ––la mujer se interrumpió para dar más fuerza a sus últimas palabras––. Nunca he obligado a nadie a irse. Nunca. Abrid los ojos y veréis que existe un montón de personas dispuestas a pagar por irse. Yo, simplemente he ayudado a establecer este tipo de servicio, como cualquier otro servicio ––la mujer cortó su discurso durante un segundo, se secó el sudor en su frente, suspiró levemente y lo reanudó sin dejar a nadie la posibilidad de intervenir––. Es cierto que recibo una comisión por cada persona que se ofrezca para subir en ese barco, pero, ya sabéis cómo son las cosas aquí. Con un solo negocio no se puede vivir.
El silencio sucedió a la intervención de Fatú.
––Se puede vivir con un solo negocio o sin negocio también ––contestó Salif Bambara mostrando así la fortaleza de su carácter y de sus ideas––. Es una cuestión de principios.
––Bueno, creo que ya está todo aclarado ––intervino Salif Diop tratando de rebajar los humos y siguió con su trabajo como si nada hubiese ocurrido. El miedo a perder su puesto se había acaparado de él.
Alejándose del escenario, Fatú agregó un comentario pertinente, frío y realista, que dejó a los muchachos confundidos en medio de sus pensamientos soñadores y sentimentalistas.
––Fijaros bien, los africanos que construyen casas enormes, que generan empleo, que conducen coches fastuosos y abren negocios son los que han emigrado a Europa o los que tienen algún familiar por allá. Los demás sobreviven con dificultad. Es triste, pero es así. Yo no hago nada en contra de mi país, sólo ofrezco oportunidades a los que desean salir.

Siguieron días de indecible crispación en los que el trabajo taciturno de los muchachos chocó con las instrucciones secas y tajantes de la dueña. Salif Bambara y Salif Diop permanecieron rígidamente en sus puestos sin afanarse en buscar soluciones o tener nuevas iniciativas, manteniendo un perfil bajo, turbados por el desequilibrante debate con Fatú y la omnipresente disyuntiva entre irse o quedarse. Siempre mantuvieron una labor juiciosa y constante pero las alegrías de los inicios se esfumaron de repente debido a algo que, finalmente, estaba en las conversaciones de todos, corría por todas las calles arenosas de las afueras de la capital, se entrometía en los pensamientos de los más ambiciosos, de los más aventureros y osados y se presentaba como una opción siempre disponible. Siempre estaba ahí la posibilidad de irse para volver con más poder económico, con más prestigio y combatir la estructura de una sociedad muy rígida aunque dinámica y afanosa.
––Ella no es mala persona ––expresó Salif Diop cavilosamente al volver del trabajo––. No podemos satanizarla.
Salif Bambara se mantuvo silencioso en la camioneta. Su rostro se tensó de repente.
––No es mala. No lo es, pero tampoco es una santa. Y no creo que lo que esté haciendo está bien.
––¿Has pensado alguna vez en irte a España o a Italia? ––inquirió Salif Diop y después de su pregunta se instauró un silencio imponente. Salif Bambara no parecía dispuesto a dar una contestación, por eso Diop se apresuró en reanudar su discurso––. Yo sí. Lo he pensado más de una vez y no me avergüenzo ––Salif Diop siguió con sus confesiones. Aparentemente, había batido el miedo a divulgar sus ideas––. Hay que admitir que con lo que ganamos ahora, aunque nos haya parecido mucho al principio, no podemos hacer nada más que sobrevivir, soñar en lugares idílicos, en paraísos de la televisión, pagar nuestras facturas y poco más. Con nuestro sueldo no haremos nunca un gran negocio, no construiremos escuelas para los pobres huérfanos o los adolescentes, ni tampoco generaremos mucho empleo. No, desengáñate.
Los muchachos se callaron y el estrépito de la camioneta, las conversaciones entre pasajeros y las sacudidas producidas por los socavones en la carretera volvieron a imponerse. La realidad volvía a surgir y, lo que antes pudo considerarse como una oportunidad extraordinaria, se transformó en una farsa. Ese sueldo con un tácito bonus calculado sobre su verdadero rendimiento, ya sólo se asemejaba a una celda más grande dentro de la misma prisión de siempre. Entonces, el malestar se acrecentó, se avivó, hasta transformarse en un agudo dolor de cabeza, mareante y deprimente, porque contra él no se podía combatir, ni con un comprimido ni con un intenso reposo.
––Yo también he pensado muchas veces en irme ––se sinceró por fin Salif Bambara, cortando bruscamente el silencio que se había instaurado entre su amigo y él––, porque he soñado con grandezas y honores, pero he considerado que irse de esta manera equivale a fugarse. Muchas veces pienso que es mejor enfrentarse a la dura situación de nuestro país, pero luego dudo…
Las incertidumbres de los dos amigos se prolongaron durante varios días en forma de conversaciones entrecortadas, lamentaciones y suspiros que mantuvieron tanto en los transportes como en su lugar de residencia, hasta que Salif Bambara se despertó violentamente una mañana con unos sudores fríos y despertó a su amigo con un grito de rabia y de desesperación. El muchacho había tenido unas insufribles pesadillas en las que se vio en un orfanato, el mismo orfanato desolado de Dakar en el que creció, despojado de toda independencia, atado como siempre a un destino tenebroso y tétrico. Y con esa pesadilla, volvió la dolorosa sombra de un pasado indeseado, las duras imágenes de su infancia arrancada de los brazos de su madre en el lejano Sudán por unas milicias y una red de mafiosos, y los turbantes recuerdos de su viaje hasta ese orfanato senegalés en el que se abusaba diariamente del trabajo infantil. Ahí fue donde conoció a su mejor amigo Salif Diop que llegó poco después de la muerte de sus padres en un accidente de tráfico con los indicios de un severo trastorno (el muchacho era incapaz de proferir una sola palabra). Ese destino sobre el que no había tenido nunca el control, que había marcado para siempre su carácter indómito y ambicioso, volvía a confirmarse ahora con más fuerza. Se veía de nuevo presa de una pesadilla inhumana en la que la impotencia era omnipresente y que reprimía todos sus sueños e ilusiones. ¿Cómo combatir este destino aterrador que le privaba de ilusiones? ¿Cómo luchar contra esa pesadilla que afectaba a todo el continente africano?
La respuesta le pareció clara: había que irse. Sí, esa misma idea que él criticó ardorosamente unos días antes y que consideraba una huida inaceptable, se convirtió, a partir de esa misma mañana, en su única oportunidad de afrontar la dura realidad africana. Había que irse, sustraerse a este panorama asfixiante, buscar ingresos y socios más importantes en países ricos, para luego volver con renovadas fuerzas y nuevas soluciones. Ésa era la solución. Salif Bambara se lo explicó a su amigo con una efusión incontenible y con la resolución que le caracterizaba.
––Tenemos que irnos. Te lo juro. No podemos estar aquí aguantando este destino de infelices y creer que podemos cambiar el mundo desde dentro. No tenemos nada y, quedándonos aquí, seguiremos con la misma vida de siempre, viviendo de lo justo, sin lograr acumular riquezas, sin poder ayudar a los nuestros ––el muchacho dirigió una mirada penetrante a su amigo––. Entiendes lo que quiero decirte.
Salif Diop expuso una cara de desconcierto. No entendía lo que le estaba diciendo su amigo. No entendía ese cambio repentino de postura cuando, unos pocos días antes, había estado discutiendo duramente con su jefa Fatú, amenazando sus puestos de trabajo, para manifestar unos ideales claros de compromiso con el país. Ahora, amanecía con la intención de irse, como si se tratara de un simple trámite, como si sólo era cuestión de comprar un billete de avión e irse el día previsto, por eso Salif Diop se enervó y discutió duramente con su amigo Bambara.
––¿De qué hablas? ¿Qué dices? ¿Irse a dónde? ¿Y cómo?
––Tenemos que irnos a Europa ––explicó Salif Bambara tratando de reprimir su arrojo––. Ahí es donde podemos hacer grandes negocios, conseguir un patrimonio más importante y deshacernos del peso de la burocracia africana. Europa, ahí es donde debemos ir ––el muchacho se interrumpió y quiso añadir algo al notar la total incomprensión de su amigo––. Hay que ver las cosas en grande.
––¿Y cómo? ¿Tienes familiares allá?
––Deberíamos aprovecharnos del contacto de Fatú e irnos en cayuco. Es una posibilidad.
––¿Fatú? ¿Después de todo el follón que has montado? ¿Después de haberla acusado de mafiosa y criminal?
Bambara bajó la mirada.
––Es una completa locura ––explicó Salif Diop––. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Tenemos una oportunidad de trabajo estable y tranquilo en Dakar, una jefa decente y respetuosa, y ahora hablas de irte a la aventura, con todos los peligros y sacrificios que conlleva un viaje en cayuco.
Salif Bambara intentó dar a su amigo una explicación clara de su cambio de planteamiento. Habló de la pesadilla que le despertó en plena noche, su indeleble pasado de niño desorientado, sin infancia y sin padres, y sus ojos se aguaron de repente porque el dolor estaba ahí, debajo de su piel, en todo su cuerpo, en sus cuerdas vocales, pero nunca antes lo había expresado con tanta franqueza. Unas lágrimas brillantes manaron de sus ojos y siguieron el trazado marcado por sus mejillas hasta llegar a su barbilla. Salif Bambara, tan digno y valeroso, tan orgulloso y luchador, parecía un niño indefenso al que se le había quitado la coraza.
––No me puedo complacer con lo que me ha dado la vida ––dijo Salif Bambara con unos sollozos duramente contenidos––. Eso es lo que pasa. La vida es tan generosa con unos y tan cruel con otros. Simplemente por orgullo, no puedo resignarme a ser el niño al que el destino ha olvidado. No puedo resignarme a que otros hagan realidad mis sueños ––el muchacho se secó las lágrimas y se enderezó para alejarse de la cama en la que había dormido––. Quiero prosperar para borrar esa infancia horrible que he tenido. Quiero prosperar para que mi gente, mis vecinos, mi pueblo entero se beneficien de ello.
Todavía sentado en su cama, Salif Diop escuchaba atentamente las palabras de su amigo.
––¿Qué piensas? ––siguió Salif Bambara viendo el silencio conmovedor de su amigo––. ¿Te acuerdas de nuestra promesa de hacer todo lo posible para edificar un próspero negocio? ¿Te acuerdas?
Salif Diop se alzó bruscamente. Dio unas vueltas indeterminadas tratando de entender el cambio inesperado de situación y, de repente, reventó.
––¡No me chantajees! Dijimos que la unión hacía la fuerza y que, con tiempo y dedicación, lograríamos montar un negocio próspero, pero nunca hablamos de meternos en una piragua, de afrontar los espíritus del océano e irnos a Europa ––Salif Diop encaró a su amigo––. No uses las bellas promesas y los ideales de cada uno a tu antojo y según tus conveniencias. Yo quiero hacer cosas grandes, tengo ganas de que mi trabajo y esfuerzo sean útiles a la comunidad entera, pero no quiero precipitarme y lanzarme a ciegas. ¿Has oído? ¿Me escuchas?

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