El exilio, lejos del paraiso Ebook

El autor de estas memorias noveladas ha vivido esa condición desde antes incluso de haber nacido. Sus padres habían escapado de una de las grandes tragedias del siglo XX para ir a refugiarse en una improbable isla caribeña, donde la Historia aún no había hecho estragos. La desgracia acabó por alcanzarlos y hubo que volver a huir, rehacer el camino en sentido inverso, para volver a Europa, el punto de partida del horror. (EBOOK)

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El autor de estas memorias noveladas ha vivido esa condición desde antes incluso de haber nacido. Sus padres habían escapado de una de las grandes tragedias del siglo XX para ir a refugiarse en una improbable isla caribeña, donde la Historia aún no había hecho estragos. La desgracia acabó por alcanzarlos y hubo que volver a huir, rehacer el camino en sentido inverso, para volver a Europa, el punto de partida del horror.

Entre el viejo continente y Cuba, los puntos en común son mayores de los que se pueden imaginar. Los hombres y mujeres y niños que habitan estas páginas son todos fugitivos. Han tenido que huir perdiendo, además de la tierra, sus ilusiones.

Pero no sus deseos de vivir. Se han volcado en el sexo, en el amor, en los viajes a cualquier parte, dando tumbos de manera aleatoria, buscando siempre un indicio que les recordara algo anterior a la ruptura, parecido a los sabores de la infancia descubriendo las infinitas posibilidades de estar en el mundo y en ninguna parte.

El niño que tuvo que abandonar la isla con sus padres ha conocido su iniciación a la libertad y a la literatura en una ciudad que representaba entonces la apertura a todas las formas de la existencia, a una tolerancia absoluta, desordenada, rayando con la locura: París. De allí huyó a otras partes, a una España que empezaba a despertar de una larga noche y que fue un trampolín, a través de la lengua, hacia la revolución cubana mitificada y odiada.

Los relatos se vuelven colectivos. El niño vuelto hombre trata de transmitir los fragmentos escritos desde las mazmorras, los testimonios de los que allí estuvieron y de los que lograron escapar. Los que escaparon en otros tiempos y los que lo hacen ahora son todos, a pesar de las diferencias de espacio y de tiempo, judíos errantes.

Este libro mezcla la escritura de la iniciación, sentimental, erótica, intelectual, con el testimonio, político, dramático, desconocido. Lo personal y lo universal. El exilio, siempre recomenzado.

Páginas

176

Tamaño

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-09-7

Booktrailer y Primer capítulo

HOMBRES MIRANDO HACIA ARRIBA
(UNA ESTACIÓN DE TRENES, PARÍS, GARE DE L’EST, OTOÑO DE 1963)

Hombres, sólo hombres, mirando hacia arriba. Los vi cuando ya me encontraba en medio de ellos, atentos a los carteles de salida de los trenes que los llevarían hacia un punto, desconocido para mí, de su propio mapa. Era una estación impersonal, en París, la más soñada de las ciudades, tan fría también: la Gare de l’Est, el destino final, el punto de llegada después del viaje interminable que me trajo, a mí y a los míos, al viejo continente, al haber abandonado la isla encantada que, a partir de entonces, sólo aparecería en mis sueños y desvelos, como un engaño, un falso paraíso perdido. Pero antes, tuvimos que atravesar un país, dividido en dos territorios enemigos, del que hubiera querido no oír hablar.
El niño rubio, de pelo corto y de mirada azorada (yo), acababa de abandonar un territorio en revolución para llegar a otro, más oculto, donde las sombras del pasado se sustituían a las furias del presente. Pero en esos dos universos se dejaba sentir, como una carga pesada, la Historia, que todo lo arrastra.
Nosotros no estábamos solos. No como esos hombres ensimismados y absortos en su destino. Éramos exiliados. Nos habían venido a recibir nuestros familiares, a quienes veía por primera vez y de los que apenas había oído hablar cuando estaba en la isla, hace ya una eternidad, o al menos eso me parecía. Se acabó, ¡y de qué manera!, mi niñez.
Mi hermano Daniel ya no era tan niño. Enseguida integró los mecanismos necesarios para sobrevivir en París. Mis padres, Rebecca e Isaac, no eran jóvenes. Volvían a la tierra de donde habían huido hace años, a la que no pensaban tener que regresar.
Lo hacían con una mezcla de alivio y de añoranza. A Rebecca le parecía que, por fin, había podido escapar del infierno para recobrar algo de su vida de antaño. Isaac creía, al contrario, que había tenido que renunciar a la esperanza, la que había cultivado toda la vida. La Historia siempre alejó a mis viejos uno del otro. Haría lo mismo con mi hermano y conmigo. La familia estallaría en mil pedazos.
En aquella estación, sin embargo, yo me encontraba con mi familia, una parte importante de ella, la de mi madre, en todo caso, cuando aún no había cumplido los nueve años. Descubría en realidad sus rostros porque todos ellos hablaban lenguas desconocidas, por momentos en yiddish, la mayor parte del tiempo en francés. De uno y otro idioma yo sabía muy poco. Allá en la isla, Rebecca e Isaac nos hablaban en un español cubanizado; el que ellos habían aprendido en una de sus múltiples migraciones y durante su larga estancia en Cuba. Sólo de vez en cuando se expresaban en yiddish, cuando se peleaban, para que no entendiéramos lo que decían. Entonces, nos quedaron simplemente del idioma en perdición algunas de sus entonaciones, las más terribles. Ahora yo las volvía a escuchar de nuevo. Por ello me resultaban familiares, aunque sonaran extrañas. Aún no entendía que esas palabras eran la raíz de nuestro ser, el que nos habían quitado a la fuerza.
El español de mi lugar de nacimiento, por otro lado, me había sido arrancado, sin saber por qué. Se me iba a olvidar bastante pero no cejaría en mi empeño de recuperarlo, con todas mis fuerzas, hasta convertirlo en mi mayor anhelo, sin nunca lograrlo del todo. Pero aquella noche de otoño, no pensaba en la lengua perdida sino en entender lo que pasaba alrededor mío e intentar saber quiénes eran esos seres que se movían tan cerca, que parecían fantasmas surgidos de un pasado sepultado.
Una época de la que Rebecca e Isaac no hablaban allá en la isla, o muy poco y que después, en el continente, sería la obsesión de todos los días. El reencuentro de Rebecca con su familia significaba también el resurgimiento de la tragedia ancestral.
Todos habían venido a recibirla. Todos, menos su hermano David y su padre Yankel, de los que sabría muy rápidamente que no eran más que cenizas, no porque hubieran sido objeto de cremación en algún cementerio, sino porque habían sido exterminados en un horno crematorio después de haber pasado por las cámaras de gas en Auschwitz, en Sobibor o en Maidanek; tampoco su madre Ruth, que se apagó, probablemente, de tristeza.
Nosotros, mi hermano Daniel y yo, no éramos más en ese momento que una prolongación de Rebecca, a quien la familia le profesaba una veneración sin límites. Ella había salvado a su hermana mayor Cecilia y a sus hijas, en otros tiempos. A ellas, mis primas, las había acogido y escondido en un pueblo perdido, su único refugio posible, después de la deportación de su padre, que no regresaría jamás. A Cecilia la había sacado de un campo, custodiado por gendarmes franceses, de donde la iban a enviar a algún campo de la muerte de aquella Polonia de la que todos se habían escapado anteriormente, pensando que iban a estar a salvo en esta ciudad donde se encontraba ahora, con nosotros, sus hijos, nacidos en una isla tan lejana, desconocida para los que nos venían a buscar a la estación. De allí mismo habían salido antes tantos trenes para el destino final inconcebible, el que se oculta tras esos nombres impronunciables y que, sin embargo, se me iban a volver, a partir de nuestra llegada por una fría noche de otoño, asombrosamente cercanos, como si ya desde entonces formaran irremediablemente parte de mí.
A partir de entonces no vería más a Rebecca y a Isaac con los mismos ojos, con una intensa devoción, sino que iría descubriendo, a través de sus silencios, cómo habían sido aplastados, en las orillas opuestas del universo y obligados, a intervalos distintos, a huir desesperadamente.
Ellos habían logrado salvarse de una muerte segura cada uno por su lado hasta reencontrarse, no del todo, nunca completamente, después de tanto tiempo de separación forzada, sin saber nada uno de otro. La otra huida, ésta, era colectiva. Estábamos todos juntos para encontrarnos con una familia más amplia, que también había conocido el miedo en lo más hondo. Todo eso lo sentía confusamente. Me harían falta años para descifrar los rostros de esos desconocidos tan familiares que descubrí en esta ciudad de otoño glacial que nos recibía sin prestarnos atención, indiferente a nuestra suerte, como aquellos hombres mirando hacia arriba.
Mis familiares tampoco se preocupaban por mí: debía parecer un animalito asustado, mudo, sin mucho interés. No contestaba a las preguntas, ni las entendía. Mis primas se alejaron rápidamente. Preferían interesarse en mi hermano Daniel. Isaac, mi padre, caminaba solo delante, con paso decidido, seguido de lejos por mis tíos, mientras mi madre, Rebecca, estaba rodeada por sus hermanas, después de años de separación. Hablaban, sin duda, de sus desaparecidos, de todos los que no estaban. Eran aquellos a los que Rebecca no pudo salvar.
Varios de los familiares de Isaac, por su parte, habían logrado emigrar al nuevo mundo, como él a la isla y otros a Israel antes de que fuera demasiado tarde. Pero los íntimos de Rebecca lo recibieron como si fuera uno de ellos. Más tarde sabría que no lo consideraron así en otros tiempos, pero, en aquel entonces, nadie actuó como debía haberlo hecho, menos Rebecca, la más querida, la heroína de todos, que regresaba de aquella isla, que podía haberse vuelto otra trampa, de la que no se podría salir más.
Ella recuperaba a los que les quedaban entre sus seres queridos, de los que se había alejado durante años para seguir a Isaac hasta ese territorio desconocido donde los seres, la música, el idioma, el calor, sobre todo, eran tan diferentes. Pero Isaac se hubiera quedado a vivir en medio de la revolución que removía los cimientos del mundo, el nuevo y el viejo. Él regresaría, más tarde o más temprano, allá, dejando atrás otra vez a Rebecca y, también a sus hijos, en busca de no se sabe qué ilusión. Los hombres viajan siempre solos, como mi padre, cuando se fue, abandonándonos a todos, volviendo, al final, solamente para morir.
Al llegar a la Gare de l’Est, al ver a aquellos hombres solos con largos abrigos oscuros, el niño supo que había dejado de serlo, que iba a tener que enterarse de la suerte de otros hombres, o de mujeres y niños a veces, que habían tomado también, en otros tiempos, trenes hacia ninguna parte.
LOS BARBUDOS, DE NIÑO
(CAMINO DE LA HABANA, ENERO DE 1959)

¡Huyó Batista!

Aquella mañana llegaron los barbudos a Guanabo, donde vivíamos entonces, poco antes de entrar en la capital. A los alumnos no nos dejaron ir a clase. Lo que recuerdo es que, con algunos de mis amigos, nos quedamos en el bar que estaba en la esquina, casi enfrente del colegio Newton, El Viejo Yayo, donde íbamos a comer perros calientes por la noche.
Varios guerrilleros eligieron instalar allí su cuartel general. Uno de ellos me levantó en brazos y me sentó en la barra. Me preguntó cantidad de cosas a las que yo no sabía contestar. Yo era el más chiquito de la pandilla, pero, también, el más peleón. Sentí aquel día cierta desconfianza hacia el hombre que me hacía preguntas, mientras los demás se reían y bebían. Descubrí, entonces, que me iba a mantener al margen, más interesado por lo que pasaba en mi barrio que por lo que ocurría en la capital. Los revolucionarios hacían irrupción en mi mundo, que se iba a descomponer a pasos agigantados.
La caravana de camiones y de tanques, llenos de hombres de verde olivo, siguió rumbo a los cuarteles de la capital. Los barbudos no regresarían más por Guanabo, excepto de manera esporádica, a veces misteriosa, siempre acompañados de rumores. Pero impondrían su presencia a través de la televisión. Aquella noche habló el Héroe ante la multitud congregada. Todo el mundo lo quería ver y escuchar. Habló durante horas. No dejó nunca de hablar.
A Rebecca e Isaac les gustó. Rebecca lo encontraba imponente: quería hacer algo bueno para el pueblo, después de una dictadura que había degenerado en violencias que ella había presenciado, como el asalto a Palacio dos años antes, cuando aún vivíamos en La Habana Vieja, durante el cual ella había tenido que correr a esconderse, junto con mi hermano Daniel, para que no los alcanzara una bala perdida. Ya era hora, pensaba, de que se acabaran los enfrentamientos. A Isaac le parecía que podía ser el comienzo de una esperanza, igual que aquella que había sacudido al viejo continente antes del estallido de la guerra. Los dos se entusiasmaron, Rebecca menos que Isaac. Ella siempre fue más lúcida.
Lo que no se imaginaron fue que aquello iba a ser el punto de partida de un nuevo éxodo, no sólo de ellos y de sus hijos, sino de millones más. La diáspora, pues, no era exclusiva de los pobres judíos errantes. Los cubanos no estaban preparados para eso. Por suerte, siempre habían estado al margen de los grandes vaivenes de la Historia. Ahora algo desconocido les caía encima, una tragedia inédita, inimaginable. Los barbudos irrumpían en las noticias, despertando una adhesión sin límites, trastornando también la vida de todos aquellos que sólo aspiraban a vivir su vida natural, del nacimiento a la muerte, en el mismo lugar. Como yo.
Ya había empezado la violencia. A los gritos y a los llantos nadie les prestó atención. ¿Qué importaba la suerte de la gente ordinaria en medio del vendaval de la revolución? Las víctimas no tenían la más mínima importancia. Lo que contaba era el movimiento perpetuo hacia un futuro luminoso, sin que nadie se detuviese a mirar a los que quedaban atrás. Nosotros, por ejemplo. Por supuesto.
Mi visión de aquellos tiempos es la de un niño perdido en medio de unos acontecimientos que, evidentemente, le pasan por encima. Es una mirada parcelaria, sin organizar, con tremendos fulgores, los de pobre gente que cae bajo las balas de los pelotones de fusilamiento, un sombrero que vuela por los aires después de los disparos, un negro vestido de blanco que se pliega, como si lo partieran en dos y cae hacia atrás, o las de un hombre al que una multitud juzga con gritos y abucheos hasta condenarlo a muerte y él que no entiende por qué lo tratan como un animal en un circo romano. Luego las marchas, donde no se llora, donde se ríe y se canta y se baila hasta el agotamiento. Nosotros, los niños de mi barrio, coleccionando imágenes de los guerrilleros, como antes lo hacíamos con los jugadores de pelota, de baseball. Todos sonríen ante las cámaras. La muerte pasa con una inmensa risotada y una exaltación indecente.
Entonces apareció el miedo. Había que hablar bajito, no gritar en la calle como antes, no cantar más viejas canciones, ni tampoco tararear los ritmos provenientes del Norte o del extranjero, ni Elvis y su Blue, blue, blue suede shoes ni, más tarde, los Beatles y su She loves you, yeah yeah yeah. Estaba todo o casi todo prohibido. El juego, por ejemplo. Me llevaban a veces a un inmenso sótano lleno de humo donde decenas de jóvenes, viejos y adolescentes jugaban a las cartas, clandestinamente. Otros, amigos de mi hermano Daniel, se divertían con pistolas. Las exhibían encima de una mesa y, cuando querían hacer alarde de poder o de qué sé yo, disparaban al aire.
Más tarde, nos íbamos a esconder en la playa dentro de las trincheras, con cañones dirigidos hacia el aire, por si llegaba alguna invasión, que no llegó, ni cuando Bahía de Cochinos, por el lado del norte de la isla, ni cuando la crisis de los misiles, por ninguna parte.
Ya no jugábamos a las canicas ni gritábamos Manigüiti un peo cuando perdíamos y nos íbamos corriendo con las bolitas que habíamos podido salvar. Ya no había juegos de pelota frente al hotel Miramar en un campo que, en aquellos tiempos, nos parecía inmenso. No quedaban bastantes niños para formar equipos. Lo que importaba era comer, encontrar qué comer y tener cuidado.
Por la noche había gatos errantes. Recogí a uno flaco, feo, al que estaban atacando otros gatos. Se lo llevé a Rebecca. Ella me preguntó: ¿cómo lo vamos a poder alimentar? Al gato, al que llamamos Misifú, como casi todos los gatos en Cuba, no le gustaba el pescado, que lo había, sino la carne, que casi no se podía conseguir. Se las arreglaba para comerse la que nos estaba destinada. Engordó y se puso de lo más bonito. Yo me encariñé con él. Un día, mi madre se lo llevó, lejos del barrio, pero Misifú encontró el camino de vuelta a casa. Otro día, lo metió en un bolso y se lo llevó hasta un lugar por donde yo nunca pasaba. De casualidad, se me ocurrió llegar hasta allí, cerca de la loma, con mi amigo Julito. No teníamos derecho de cruzar del otro lado. Desde allí se podía ver una extensa planicie, el campo amarillento, como encendido, casi calcinado. En medio, animales, caballos, muertos. Una cabaña en medio, habitada por un hombre miserable, apartado de la vista de todos. Muchos otros le seguirían. Se quedarían detrás de la loma, invisibles. Al empezar a caer un aguacero descomunal, nos fuimos de regreso a casa. De repente, al lado de un matorral, vi a mi gato, abandonado. Hacía tiempo que me estaba esperando. Lo recogí y se lo llevé a Rebecca. Desde entonces hasta nuestra salida de la isla, se quedaría con nosotros, compartiendo las sobras de nuestra comida. Pero lo íbamos a tener que abandonar.
Nadie me esperará cuando vuelva. Ni siquiera sé si volveré algún día. ¿Para qué? Si ya no me queda nadie, ni familiares, ni gato, ni gallo, ni gallina, ni pollitos, ni mis amigos, ni siquiera la sombra de lo que fui algún día, antes de que llegara el ciclón Flora, mi último recuerdo de aquellos tiempos, en medio del vendaval.

DE REPENTE, LOS GRITOS
(GUANABO, CUBA, OTOÑO DE 1963)

“No hagan ruido. ¡Que no nos oiga nadie, que no nos vean!”

No había que hablar, teníamos que hacer el menor ruido posible, para que ninguno de los vecinos se diera cuenta de que nos íbamos, de madrugada. Aún era de noche, en ese inicio de otoño tropical, cuando Rebecca e Isaac nos despertaron. Pero, al salir de casa, por la parte de atrás, empezaba a amanecer. Un amanecer rápido, precipitado. No había discreción posible. De repente, los gritos. Estallaron desde los pisos de arriba: “¡Gusanos!”, “¡Que se vayan!” Miré hacia el lugar de donde venían: no se veía a nadie asomar la cabeza. Salimos, abrimos la reja. Un auto nos esperaba afuera, en la calle. El chofer se bajó, sin saludarnos. Colocamos las maletas en la parte trasera. Cabían, de milagro. Cuando el carro arrancó, los gritos, otra vez: “¡Viva la revolución!”, “¡Fuera!” Ya nos habíamos vuelto fugitivos.
Pero no éramos los primeros. Antes se habían ido, poco a poco, uno tras otro, la mayoría de mis amigos de Guanabo. La primera fue Nora, la gringuita, a quien yo tanto quería desde mis pocos añitos a cuestas, a quien fastidiaba cuando íbamos al cine, jalándole el cabello pelirrojo, ella rechazándome sin contemplaciones: era demasiado chiquito, un niño. No vi cómo se fue, con su familia, que vivía en la esquina de enfrente, en una casona en la que nunca había entrado. Una mañana, la casa permaneció cerrada. Todos desaparecieron sin dejar huellas. No le dijeron nada a nadie antes de irse para el Norte. Ese día no hubo gritos. No iba a saber nunca más nada de Nora.
Después se fue Rafaelito el gordo, aquel que nos montaba a todos en su bicicleta, que se pasaba el bate entre las piernas antes de pegar un home run, un jonrón para nosotros, cuando jugábamos pelota, baseball. Supe, supimos todos, que se había ido con su familia para California, dejando en la isla su bicicleta.
En realidad, ¿cuántos se quedaron? La vida no, la Historia y la revolución nos separaron. No quedó nadie o casi, al cabo de unos años. ¿Quién se lo iba a imaginar? Rebecca, mi madre, tal vez. Claro: Rebecca.
Enseguida sintió (no entendió: intuyó) que algo grave se estaba gestando, algo que la superaba y que, a pesar del entusiasmo inicial, el de los primeros días, los de la alegría y el cambio, los de la muerte también, con los juicios y fusilamientos transmitidos por televisión, había que prepararse para un nuevo éxodo. Estaba acostumbrada; sería uno más, el último quizás. O no.
Había visto lo que les estaba pasando a nuestros vecinos. Les caía encima la vergüenza, el oprobio y el miedo. Al gallego que vivía en la acera del frente de mi casa, le podíamos ir a robar limones todas las noches: él nos veía, éramos una pandilla de niños y nos introducíamos en el patio de su vivienda sin dificultad alguna; no nos iba a denunciar, lo sabíamos. Pero yo me recibía tremendo regaño de Rebecca cuando volvía con las manos llenas de limones.
Poco después le tocó el turno a la maestra, que había pedido la salida del país. A nosotros, sus alumnos, nos vinieron a decir que, cuando entrara en el aula, teníamos que gritarle toda clase de improperios, lo que se nos pasara por la cabeza. A mí no me caía bien esa maestra, joven, nada cariñosa. Cuando llegó empezamos todos a hacer lo que nos habían ordenado, armando un griterío descomunal. Ella nos miró entonces, en silencio, con una terrible incomprensión en el rostro, con miedo. No dijo nada y, de golpe, irrumpió en llanto. Ese día llevaba lentes oscuros, presintiendo lo que le iba a ocurrir. Se dirigió hacia la puerta y desapareció. Nos callamos todos, como avergonzados, sin entender nuestra propia crueldad. Al día siguiente, se apareció ante nosotros un mulato alto, sonriente, incapaz de pronunciar una palabra. Se quedó allí, inmóvil, durante un tiempo largo, infinito. Se me grabó en la mente su sonrisa perpetua. Yo hubiera preferido no tener ningún recuerdo escolar.
Dejé entonces de ir al colegio. No tenía más nada que hacer allí. Rebecca me seguía mandando para que no perdiera las clases. Recorría el trayecto cada mañana disciplinadamente, pero en medio del camino me llamaba mi amigo Julito, el hijo del barbero, y nos íbamos, aún bajo el aguacero, para detrás de la loma, desde donde se veía la inmensidad del campo adonde casi nunca nos adentrábamos.
En aquella época se me recrudeció el asma. Mi madre ya no me podía cargar en brazos, como lo hacía desde que empecé a sofocarme. Pero me llevaba a la ventana, sobre todo cuando había mucha humedad y casi ni podía respirar, como en tiempos del ciclón Flora, cuando éste atravesó la isla de Sur a Norte y después regresó, mientras se pensaba que ya había pasado, provocando innumerables destrozos en los alrededores y, más que nada, en la memoria: un huracán mítico, la catástrofe natural más grande de mi niñez perdida.
Conservo, extrañamente, un recuerdo maravilloso del ciclón Flora. Hasta lo peor resulta hermoso cuando se ha perdido definitivamente. Había que quedarse en casa, con todas las puertas cerradas, mirando por la ventana la calle vacía, sin mis amigos y con el viento ululando allí afuera. Un ambiente de fin de mi mundo. Pero, dentro del apartamento, me sentía protegido, podía dormir con absoluta tranquilidad, a salvo de todo lo que podía estar pasando y, sobre todo, sin tener que enumerar a los que se iban del país.
Mi asma fue el pretexto: el doctor les dijo a mis padres que, para curarme, tenía que cambiar de clima. En otras palabras: que nos teníamos que ir. Cada vez que yo le preguntaba a Rebecca por qué nos habíamos ido, ella me respondía: “por tus ataques de asma”. Nunca le creí lo que me decía.
Era difícil para ella y más aún para Isaac confesar que no creían ya en lo que poco antes habían adorado. Nunca me dijeron que a mi hermano Daniel lo habían cogido cuando intentaba escaparse en lancha hacia el Norte, con varios amigos suyos. Tuvo suerte: lo guardaron una noche en la estación de policía y luego lo soltaron con una simple advertencia. Le podían haber metido años de cárcel.
Rebecca cogió miedo. Además, tenía problemas con las vecinas de arriba que amenazaban con denunciarla a las autoridades por Dios sabe qué estupidez. Decidió, contra la opinión de Isaac, que teníamos que irnos. Yo no quería. No me imaginaba tener que dejar de ver a mis amigos, los que quedaban de toda la pandilla, Tony y su hermano Manolito, mi eterno rival Máximo, los hijos del doctor, todos irremediablemente dispersos, después, Tomasín, el único que no se iría, y también a mi gato, a mi gallo y a mi gallina con sus pollitos.
Rebecca me decía: “es que no hay nada de comer”. Yo le contestaba: “no importa, conseguiremos algo”. Pero ella me aseguraba que sería por poco tiempo, que mis animalitos se quedarían a cargo de una amiga de ella que vivía en el campo, que estarían bien alimentados y que los recuperaríamos un día. No me convenció, pero tuve que aceptar a regañadientes, aunque sin llorar.
El día antes de la partida, me monté en el techo del garaje y me senté, a pleno sol, sudando por todos mis poros, para ver pasar a la gente del barrio cuando iba a la playa. No me moví de allí durante horas. No saludé a ninguno de mis amigos, como si ya no los viera. Sabía que los iba a perder de vista, para siempre. Estaba en otro mundo.
Me empapé de sudor como nunca en mi corta vida. Quise interiorizar el sol en mi cuerpo para no tener que recordarlo más, para no prestarle atención. El calor residía en mí, como los ciclones que, a pesar de su violencia, me devolvían a una paz interior, como los amigos de la pandilla de mi barrio que, aún en la distancia inconmensurable, inimaginable, seguían siempre en mis adentros. Un recuerdo para enfrentar lo desconocido, el frío en los huesos, la tragedia pasada en el viejo continente que ahora se acercaba a pasos agigantados, con su cortejo de fantasmas, que gritaban más fuerte todavía que los de la isla, pero desde un silencio sepulcral.

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