La Espada y la Pluma

Fernando de la Cruz, valiente arcabucero en el Santo Antonio, capitán de la fragata Princesa, poeta y espadachín, vive con el firme propósito de vengar la muerte de su padre, asesinado en la colonia de Puerto Cabello por el pirata flamenco Jakob van Horn, de quien se dice que es capaz de vencer a los más feroces monstruos marinos.

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Fernando de la Cruz, valiente arcabucero en el Santo Antonio, capitán de la fragata Princesa, poeta y espadachín, vive con el firme propósito de vengar la muerte de su padre, asesinado en la colonia de Puerto Cabello por el pirata flamenco Jakob van Horn, de quien se dice que es capaz de vencer a los más feroces monstruos marinos. Acompañado por su fiel y peculiar ayudante el pícaro Mateo Garrote, joven, mendigo y carterista, impertinente y sin experiencia en la navegación y la guerra, se verá envuelto en aventuras y desafíos que lo conducirán hacia las Indias. Allí, ante esa tierra de oro, plata, enfermedades, corsarios y piratas como aquel que le arrebató la vida a su padre, don Fernando buscará la venganza y la justicia. Entre abordajes y supervivencias transcurre la aventura en el mar de los Sargazos, la lucha contra el Queen Elisabeth, la llegada a Puerto Rico y las intrigas del gobernador, la Santa Inquisición y el encuentro con una hermosa mujer mientras aguardan enfrentarse a Jakob van Horn.

Peso480 g
Sobre el Autor

Javier Rivas. Ferrol, España, 1996. En la actualidad estudia 2º curso de Bachillerato y 6º de Grado Profesional de piano. Además, sus mayores aficiones son la lectura y la escritura, actividad esta última a la que se dedica desde los ocho años. Ha recibido diversos premios literarios. El primero fue el del XXXIV Concurso Literario Juvenil de Betanzos en 2007. Dos años después ganó el X Certamen de Relatos Curtos e Contos "Xaquina Trillo" en Vilagarcía y el XVIII Certamen Literario de Piñor, en Ourense. En 2010 quedó en la lista de honor del V Premio Jordi Sierra i Fabra para Jóvenes y en el segundo puesto provincial del concurso Jóvenes Talentos de Coca Cola. En 2011, además de ganar el premio de Narrativa de Bolbaite, volvió a ser distinguido en la lista de honor Jordi Sierra i Fabra. Otros premios recibidos en 2011 incluyen un accésit en el XXI Concurso de Contos "Vila de Pontedeume", Premio en el IX Certamen de Relato Corto de Mugardos y 2º premio en el Certamen "Terras de Chamoso" en Lugo. En 2012 obtuvo el premio en el XXII Concurso de Contos Vila de Pontedeume y, por segunda vez, ganó el Certamen de Relato Corto de Mugardos. En 2013 ha recibido el primer premio en el Concurso de Cuentos Ciudad de Cantalejo, un accésit en la edición XLI de los Premios Literarios Minerva, premio en el XV Concurso Narraciones Breves "Fernando Belmonte", Trigueros (Huelva) y por tercera vez consecutiva, premio en el Certamen de Relato Corto de Mugardos.

Tamaño

15 cm x 21 cm

Páginas

174

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr + Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-62-2

Multimedia

La noche era bermeja, con la luna tiñéndolo todo de una luz rojiza, fantasmal, que volvía taheños todos los edificios y palacios de Puerto Cabello. El relieve y las sombras de la colonia española, sus explotaciones, alturas y fortificaciones quedaban así iluminados de forma siniestra y misteriosa.
A finales de la estación de lluvias del año de mil y quinientos y setenta y nueve, Puerto Cabello era una hermosa colonia caribeña bajo el yugo de la hegemonía española. Habitaban en ella unas ochocientas noventa personas, ciento setenta y ocho de las cuales eran soldados de la guarnición y el resto, trabajadores y colonos europeos. Cercanas a Puerto Cabello se encontraban colonias tan famosas y prósperas como Caracas y Margarita.
Como había dicho a vuestras mercedes, el manto estrellado había cubierto la ciudad. Un conejo, a seis o siete pasos de la principal fortificación, asomaba la cabeza por la boca de la madriguera, enhiestas las orejas, mirando alrededor. Y mientras observaba el conejo a la luz indecisa de la luna, el soldado anónimo que estaba de guardia apoyó su barbilla en el mocho del arcabuz, que tenía cargado con pólvora y una bala de cañón, por si las moscas.
El arma estaba húmeda, como los arbustos, las piedras y la tierra sobre la que llevaba más de dos horas, mientras la noche le caía encima.
El conejo salió de la madriguera, para inmovilizarse ante una tortuga de tierra que se arrastraba, flemática, y luego seguir su camino hasta desaparecer en los arbustos. El centinela cambió de postura, frotándose la cadera dolorida. «Lástima de conejo correteando», pensó, «y no espetado en un asador». Tenía frío y un hambre de mil diablos, concluyó malhumorado, atento a la costa.
En ese preciso instante un cañonazo retumbó con estruendo en el mar. El soldado se sobresaltó y miró al horizonte. A lo lejos se perfilaba un navío, grande, un galeón de guerra seguramente. El navío preparó las baterías de cañones, que escupieron fuego, metralla y balas de cañón. El soldado miró a su compañero, a unos metros de distancia.
Entonces Puerto Cabello madrugó como nunca en su historia, porque el navío avistado resultó ser una nao de guerra, la urca flamenca del despiadado corsario Jakob van Horn.
La Trinidad, que este era el nombre de la urca, destrozó los fortines, que ya estaban viejos y derruidos, y eliminó a metralla a la guarnición.
Los despiadados corsarios holandeses de Van Horn desembarcaron en Puerto Cabello y brotó de ellos un clamor ronco: el grito de ciento cincuenta hombres que habían pasado la noche entre la niebla, preparando el ataque, y que ahora salían de la inmensa nao resueltos a quitarse el frío con sangre y fuego.
Espada y arcabuz en mano, los corsarios, ávidos de oro, remontaron la selva y, para pavor de los españoles que iban de un lado a otro como patos enloquecidos, entraron en la colonia degollando a mansalva.
El cruel Jakob van Horn estaba actuando.

Tras haber sojuzgado al pueblo empezó el saqueo. Con la codicia del botín no fue necesario que el capitán flamenco lo tramitara, pues los corsarios entraron en las casas de la ciudad a saco para arramblar con aquello que estimaban conveniente; lo que dio lugar a escenas penosas, imagínense vuestras mercedes, pues los burgueses españoles de América, como los de todas partes, suelen ser reacios a darle la bolsa a desconocidos y algunos filibusteros tuvieron que convencer a los notables de la colonia a punta de espada. De modo que, tras caer como un aluvión sobre la ciudad indefensa y sobre los bienes y el patrimonio de las buenas gentes de Puerto Cabello, las calles se llenaron de corsarios que iban y venían cargados con los objetos más variopintos entre la niebla, los cortinajes pisoteados, los muebles hechos astillas y los cuerpos sin vida cuya sangre formaba charcos oscuros. Un sinfín de espantosas secuencias se sucedía; era el lado más desgarrador de la guerra.
Tras asaltar los hogares, los hombres de Van Horn fueron a por las iglesias para requisar los cálices de oro, las imágenes de santos y los candelabros de plata. Y no precisamente por cristiana devoción.
No hubo violencia con las mujeres, al menos tolerada por el capitán, ni tampoco embriaguez en la marinería. Las órdenes en ese sentido eran tajantes como el filo de una toledana, pues Jakob van Horn buscaba solo el oro y la población local ya tenía bastante con verse acuchillada y saqueada.
El palacio del gobernador de Puerto Cabello ardía hasta el último pináculo. Tras haber entrado en la cámara del tesoro municipal y haber saqueado la inmensa cantidad de novecientos mil florines, no contentos con eso, los corsarios torturaron a los miembros del consejo de la ciudad para que revelaran el escondite de sus inexistentes fortunas. El gobernador, Álvaro de la Cruz, estaba siendo interrogado por el mismísimo Van Horn.
Dos de sus esbirros sujetaban a su hijo, un crío de unos siete años que se revolvía contra los piratas sin efecto alguno.
—¡Desvela el paradero de tu patrimonio! —le gritó el flamenco natural de Ouderkerk al ponerle con brusquedad la daga en el cuello.
—¿No les ha bastado lo que han hecho? —preguntó con desprecio el gobernador—. Han quemado la ciudad, han saqueado las iglesias y cometido sacrilegio. ¿Qué más quieren?
Jakob van Horn se rió. En un arrebato de furia sacó su pistola y se oyó una detonación en los muros de piedra del palacio. El gobernador Álvaro de la Cruz había muerto.
Su hijo, Fernando, consiguió escabullirse de los corsarios y se puso frente a Van Horn.
—¡Cobarde! ¡Miserable y vil bellaco! ¡Habéis asesinado a mi padre! —sollozó el pequeño mirando con odio al capitán flamenco. Este se echó a reír; era una risa que parecía crujir como maderos rotos: chasqueante, opaca.
—Voy a irme, jovenzuelo —contestó Van Horn con aquella voz apagada y áspera—, tengo cosas que hacer. Y da gracias a Dios que no te he matado a ti también.
Entonces aquel niño, un crío de apenas siete años, le escupió a la cara al malvado flamenco, quien lanzó un destello de odio.
—Imagino que no nos volveremos a ver, niño —dijo y echó a andar hacia la salida, pero de pronto se detuvo, vuelto a medias—. Aunque ¿sabes? debería acabar contigo ahora que aún eres un chiquillo… Antes de que seas un hombre y me mates tú a mí.
Después volvió la espalda, se enfundó el sable y se fue, seguido de sus esbirros rumbo a la urca que habían cargado con el magnífico botín de aquella noche. Y Fernando, mientras sollozaba sobre el cadáver de su padre, oyó la risa de Jakob van Horn alejándose bajo la lluvia.

Primera parte
La España desangrada

El marqués de Osuna

A Fernando de la Cruz se lo llevaban los diablos. Había comedia nueva de Lope en el corral principal de Sevilla, pero él estaba en el barrio más turbio de la ciudad, el Arenal, batiéndose con un caballero del que desconocía hasta el nombre. La razón del duelo había sido un tropiezo fortuito a la entrada de una taberna. Los dos caballeros se habían ofendido, y el inoportuno voseo de Fernando —un caballero mozo que se acaloraba fácilmente— hizo inevitable el lance. De manera que allí estaban, en las cercanías del río Betis, sin dirigirse la palabra ni para desnudar toledanas y vizcaínas que ahora tintineaban al sol del mediodía. ¡Pardiez!, que los lances y duelos a muerte eran ritual de costumbre en aquella Sevilla donde resultaba tan ordinario desenvainar como santiguarse.
El contrincante de Fernando, un galán bien vestido, buena traza, botas bajas de ante, golilla almidonada, chambergo y capa corta paró la primera estocada. Estaba acalorado y la furia era la primera enemiga en tal lance. La esgrima requería frialdad de mente, buen pulso, buena espada y poca irritación. Y el rufián no tenía ninguna de estas cualidades.
De todos modos, no era malo. Ágil y con puño rápido, acometía a herir en golpes cortos y secos con la espada mientras intentaba clavar la daga vizcaína en el vientre de Fernando. Este, aunque mucho más joven, era maestro en el arte de defenderse a puño de toledana, y sabía cómo acabar con un enemigo. ¡Maldita fuera su estampa!, la obra de Lope de Vega ya habría acabado.
Fernando empezó a impacientarse, viendo cómo el sol llegaba a su cénit. No era cosa de complicarse con la justicia y los alguaciles sevillanos matando a plena luz y en domingo. De manera que resolvió acabar protegiéndose el torso con la espada y dándole al galán una fea cuchillada en el costado. Poco ortodoxo y sucio en la esgrima, pero no había testigos y tenía una cita con su primo dentro de una hora. Eso excluía lindezas con el contrincante. En cualquier caso, bastó; el caballero se puso pálido y cayó de rodillas mientras le caía sangre por el jubón y soltaba su espada corta de Sahagún. Fernando no lo pensó dos veces: tenía prisa, pero no era un vil asesino. Envainó su espada toledana y sostuvo al herido mientras sacaba un lienzo blanco de su jubón para limpiar la herida del galán.
—¿Podréis vos valeros solo? —preguntó.
El otro le miró con fastidio. Aquel voseo en vez de una vuestra merced era el que había desencadenado el lance.
—Tengo cosas que hacer —explicó Fernando de la Cruz— pero os recomiendo que os miréis esa herida del costado. Tiene mal aspecto —frunció el ceño y le requisó a su contrincante la bolsa del dinero y su espada de Sahagún—. Esto por las molestias.
Y, tras calarse el chapeo negro, se fue calle abajo.

Fernando de la Cruz era un caballero toledano de los pies a la cabeza, pese a ser natural de una colonia española en el Caribe. Vestía siempre de negro riguroso, salvo por el tahalí del que pendía una espada y la pluma roja de su chapeo. A pesar de ser verano llevaba una larga capa oscura que le proporcionaba un aire siniestro a su figura. Poeta y espadachín, ante todo, don Fernando era hombre galante que gozaba del predicamento entre las damas. Estoico, lúcido y fanfarrón, de genio vivo e irónico, lo mismo despachaba a su adversario con dos sonetos que con una estocada, o enamoraba a una dama de la corte con una sobresaliente jacarilla. Así era nuestro hombre, recién llegado de Toledo a una Sevilla que le había dejado impresionado pues elevaba al cielo las soberbias astas de los incontables campanarios y se dejaba llevar por el río Betis.
Pero Fernando no había viajado a Sevilla para visitar la ciudad. Necesitaba la ayuda de su primo, Rodrigo de la Cruz y Osuna, del que desconocía su residencia.
Miró alrededor y avanzó hacia la Torre del Oro, pensando en preguntar a los alguaciles que allí se encontraban. Acaeció pues que un chico, un mendigo más joven que Fernando, le hizo una reverencia.
—¿En qué puedo servir a vuestra merced? —preguntó, pensando que sería fácil timar a aquel mozalbete perdido. Aquello despertó la ira de Fernando, pero necesitaba información así que contuvo las ganas de darle una patada en los dientes y le contestó:
—¿Sabrías indicarme la residencia del marqués Rodrigo de la Cruz y Osuna?
—Sí, señor.
Fernando frunció el ceño y apoyó distraídamente la mano en el pomo de su espada.
—¿Podrías decirme dónde es?
El muchacho se extrañó de su curiosidad.
—Adivino por vuestras ropas de viaje que vuestra merced es recién llegado de provincias —dijo con arrogancia— ¿a qué esas preguntas?
Fernando rebuscó en la bolsa que le había requisado al galán del Arenal y le lanzó un ochavo que cogió y mordió con ansia, respingando.
—¿A qué las tuyas, bribón malnacido? Responde o te quedarás sin más monedas.
Tras unos segundos mirando el ochavo, el mozalbete respondió:
—El marqués de Osuna vive cerca de aquí, en un palacio cercano a la Plaza de San Francisco. Es un buen noble, cristiano viejo e hidalgo.
—¿Cómo estás tan bien instruido?
—En Sevilla, señor, todo se conoce. Sobre todo, gente como yo, que pertenecemos a cofradías de maleantes y pícaros. Se aprecia que sois extranjero. Berberisco o mestizo. ¿De dónde viene vuesa merced?
«Este pícaro es un curioso impertinente. Mas, si no respondo, atraeré a los de la Santa Inquisición», pensó Fernando.
—De Toledo. Acabo de llegar —respondió al fin.
El gesto del joven ladrón cambió, pues olisqueó caudales.
—¿Necesitáis un criado, señor? —se ofreció ansiosamente—. Conozco Sevilla como nadie. Aquí nací y aquí vivo. Conozco a gente influyente. Puedo ayudaros en todo cuanto preciséis. Mi nombre es Mateo, Mateo Garrote.
Fernando se quedó pensativo, atusándose el mostacho.
—No me vendría mal tu ayuda, pero no me pareces de fiar —se quedó pensativo—. ¡Rediós, da igual! A partir de ahora estás a mi servicio.
Mateo sonrió como nunca en la vida, frotando la mano contra la moneda y pensando en las que vendrían después. No sabía que, con aquel caballero de Toledo, con aquel hombre al que pensaba timar, se iban a crear unos lazos de respeto en el futuro.
—Escúchame ahora, Mateo. Necesito con gran urgencia que me lleves a la casa del marqués de Osuna. ¿Sabes el camino?
—¡Por supuesto, señor! ¡Seguidme!
Al cauce del Betis llegaron cuando no eran las cuatro, y, tras dejar la siniestra sombra del castillo de Triana, en el cual se albergaban las cárceles y los tribunales del Santo Oficio de la Inquisición, cruzaron el río hacia el Arenal, donde hacía unas horas Fernando se había batido con aquel galán malencarado. De allí, del Arenal, salían las flotas y las armadas para el Nuevo Mundo, y allí volvían llenas de arcones con ducados de oro y plata, perlas y piedras y otras mercaderías. El fruto de la hegemonía española en el Caribe.
Tras cruzar la puerta del Arenal llegaron a la iglesia mayor, la más suntuosa y rica de Sevilla. Después de torcer de nuevo, entraron en la Plaza de San Francisco, de grandes pórticos. En esta plaza estaba el Ayuntamiento de la ciudad y la cárcel real, se celebraban los autos de fe de la Inquisición y las fiestas de toros y cañas; de las que, por cierto, Fernando no gustaba demasiado.
Se detuvieron ante un enorme edificio que lucía varios escudos de armas y un jardín inmenso.
—Este es el palacio de Rodrigo de la Cruz y Osuna —sonrió eficiente. Fernando le lanzó otros dos ochavos por el trabajo.
—Magnífico —murmuró Fernando y llamó a la puerta con la aldaba. Le abrió una mujer joven, una criada.
—¿Qué desean?
—Deseo ver al marqués —dijo Fernando. La criada les dejó pasar a un recibidor muy elegante y les pidió que se quedaran allí.
—¿A quién debo anunciar?
—A Fernando de la Cruz, hidalgo toledano y primo del marqués, y a su lacayo de librea.
A Mateo no pudo sino escapársele una carcajada. ¡Un mendigo como él transformado en lacayo!
Al cabo de unos minutos les recibió en su despacho Rodrigo de Osuna. Era un hombre pequeño, casi esmirriado, pero que caminaba estirando el cogote tanto como podía; un poco para compensar algunos centímetros y otro poco por soberbia. Vestía con jubón de paño azul y verde oscuro y daga al cinto.
—Vete a dar una vuelta por la plaza, Mateo —le ordenó Fernando. El muchacho obedeció, saliendo al jardín por la galería.
No obstante, no cumplió la orden. Recorrió el camino de vuelta, entró cuidadosamente en el palacio y se agazapó en el cuarto contiguo al despacho del marqués. Se pegó a la pared, junto a una rendija por la que podía escuchar cuanto ocurría al lado. Procurando hacer el menor ruido posible, empezó a escuchar la conversación entre Rodrigo y Fernando.
—Necesitáis dinero —resumió el marqués de Osuna— y queréis que yo os lo preste.
Fernando asintió en silencio. Tras unos segundos habló:
—Sé que es abusar de vuestra confianza, primo, pero paso por momentos de penurias económicas y necesito emprender un gran viaje. Vos sois el único familiar que me queda en este mundo.
—¿Cómo es eso? —se extrañó Rodrigo de Osuna—. ¿Y vuestro padre? ¿No había hecho fortuna en las Américas?
Fernando clavó su mirada franca en el primo.
—Es una larga historia. Sí, mi padre hizo fortuna en la Marina y consiguió anexionar varias ciudades inglesas para la corona española. A cambio, el virrey del Perú le concedió una hacienda en la cual le propuso fundar una ciudad de la que sería gobernador. Así nació la colonia de Puerto Cabello, donde mi padre se casó con una nativa. De este matrimonio nací yo. Por lo tanto, sabed vos que, pese a ser hidalgo y cristiano viejo soy criollo, es decir, de padre español y madre nativa.
—¿Y qué pasó con el gobernador?
—Un mal día, lluvioso por una terrible tormenta tropical, el pueblo de Puerto Cabello fue atacado durante la noche por la urca flamenca Trinidad, del corsario Jakob van Horn, un despiadado holandés del que se decían cosas terribles.
Rodrigo de Osuna asintió en silencio.
—Antes de que los soldados de la guarnición pudieran coger sus arcabuces, mosquetes y ballestas los piratas los estaban apaleando, y acuchillando a las gentes del lugar. También saquearon las iglesias y la cámara del tesoro —Fernando pasó una mano por la barbilla—. Mas, como las desgracias no vienen solas, Jakob van Horn y sus endiablados flamencos mataron a toda mi familia. A punto estuvo de llevarme con mi padre al Hades, pero tuvo una brizna de compasión.
La cara del marqués representaba el impacto que le producía la muerte de su tío, del que desconocía casi todo.
—Y supongo que ahora queréis vengaros —comentó Rodrigo.
—Suponéis bien. Más que vengarme quiero hacer justicia, pero no tengo el dinero necesario para financiar mi viaje a América y pagar a un cazapiratas para acabar con Van Horn.
Rodrigo de la Cruz y Osuna se quedó pensativo.
—Me encantaría daros el dinero necesario, pero yo también estoy pasando momentos de recesión. Las deudas me abruman y nuestro monarca, Felipe III, aprueba cada vez más impuestos para financiar las guerras contra los Países Bajos.
Fernando tragó saliva. Había jurado ante la virgen de las Angustias que se vengaría del corsario flamenco. Poco podría hacer sin un escudo en la bolsa.
—De todos modos, querido primo, se me ocurre una buena manera de viajar al Nuevo Mundo sin gastar ni un maravedí.
—¿Cuál? —suplicó esperanzado Fernando.
Rodrigo de Osuna sonrió.
—Vos sois buen espadachín, ¿no?
—Nadie me ha vencido hasta el momento, y puedo decir que me he enfrentado en lances muy duros allá en Toledo.
—Perfecto. Dentro de una semana saldrá de aquí la flota de Indias. El país necesita la plata y el oro de América para anular las deudas que ha contraído con los banqueros europeos, por eso ha fletado un gran convoy para que traiga más riqueza.
—¿Y qué? Ya os he dicho que no tengo el dinero necesario para pagar un pasaje.
—Pero sí podéis enrolaros como soldado. No os costará un maravedí y llegaréis rápido y bien a las Indias. Decís que sois sobresaliente con la toledana, ello os facilitará las cosas.
A Fernando se le iluminó la cara.
Mientras, Mateo escuchaba tras la rendija, admirado. Si su nuevo amo iba a las Américas le llevaría con él. Era una situación fantástica. Un chico joven, sin familia ni oficio, que vivía en una gran ciudad como Sevilla, de empleos ocasionales o de la mendicidad. ¡Era todo un éxito!
Tras darle las gracias de todo corazón a su primo, Fernando se caló el chapeo y la larga capa. Se iba a retirar cuando el marqués, dándole una bolsa de sayuela negra en la que tintineaban muchas monedas, le dijo:
—Amigo mío —sonrió Rodrigo de Osuna—, siento no poder entregaros más, pero es lo único que tengo disponible. Son trescientos cuarenta escudos, para los gastos que pueda haber en América. Buena suerte.
—Muchas gracias, primo —Fernando cogió la bolsa y la guardó en el jubón—. Ahora hacia el Nuevo Mundo. Allá vamos.

La flota de Nueva España

Al domingo siguiente Mateo se vio en misa con su nuevo amo, el señor De la Cruz. Cosa muy extraña, pues si don Fernando tenía muy a punto en honra los preceptos de la Iglesia, el pícaro sevillano no era dado en absoluto a dóminus ni a vobiscum. Pese a que jamás dijo nada en contra de la religión, en contadas ocasiones acudía a misa y no respetaba mucho la autoridad de las sotanas y tocas monjiles. Don Fernando intentó arreglar esto desde el primer día que entró a su servicio, y le entregó una Biblia pequeña de cuero, en latín, que le ordenaba que leyese todas las noches.
Tras la misa se acercaron a los mentideros, lugar de cita de poetas y centro de noticias, habladurías y murmuraciones, que por Sevilla corrían como la pólvora. Era el lugar más bullicioso y popular de la ciudad, y esto lo convertía en una inmensa tertulia pública.
Aquella mañana los temas de conversación general eran la guerra que se reavivaba en Flandes y los asuntos graves de la piratería inglesa en las Indias, que le metieron a Mateo el miedo en el cuerpo. Hacía sol y el cielo estaba limpio sobre los tejados de las casas cercanas. Fernando había pasado toda la semana visitando el mentidero, pues nada mejor podía hacer hasta que llegara el convoy del astillero, y con los días se había formado un grupo de varios contertulios a su alrededor: dos estudiantes de Salamanca, un soldado veterano y cuatro poetas aficionados como Fernando, que nunca habían publicado ni representado. El tema de la tertulia era Inglaterra.
—La última de sus acciones —apuntó el bachiller— ha sido cometida por Walter Raleigh, un corsario que ha osado atacar un convoy de Indias.
—Mano dura —explotó el soldado veterano— esos herejes solo entienden de esa forma. ¡Qué tiempos los de Felipe II! ¡Nadie osaba siquiera acercarse a los galeones de Su Majestad!
—De todos modos —terciaba Fernando— España sigue siendo un país rico, poderoso. Muestra de ello es la flotilla en la que hoy embarco como arcabucero hacia el Caribe —agregó y hubo gritos de exclamación.
—¡¿Sabéis dónde os metéis, don Fernando?! —exclamó un poeta—. El Caribe está lleno de piratas y corsarios peligrosos.
—Herejes —gruñó el bachiller— ¡a la horca con ellos! Hace bien nuestro estimado Fernando en ir a las Indias a degollar infieles.
Asentían o negaban circunspectos los contertulios sevillanos.
—Zis, zas, sus y a ellos —don Fernando apoyaba la mano en el pomo de su espada, con sonrisa cordial y algo ausente. Razones tenía para pensar.
En los albores del siglo XVII Felipe el tercero era joven y bondadoso, mas no poseía el carácter calculador y frío de su padre, tan necesario para gobernar. España, aunque ya corrupta debido al valido del rey, el duque de Lerma, un ser que había utilizado su ilimitado poder para medrar en el cargo y enriquecerse, conservaba el poder. Los españoles todavía eran algo, y lo seguirían siendo varios años después hasta quedar exangües del último maravedí. La Holanda del príncipe de Orange les odiaba; la Inglaterra de Isabel I, ese demonio excomulgado, les temía; el Turco mandaba sus berberiscos contra sus aguas; Francia les miraba de reojo y saqueaba sus ciudades del Nuevo Mundo en Florida; los Estados Pontificios renacían con su contrarreforma gracias a las victorias españolas y todo el mundo temblaba al paso de los tercios viejos, la mejor infantería del mundo. Esa fue la época que les tocó vivir. Una época de guerras, en la que fueron lo que nadie fue jamás.
Tras unos segundos en silencio se levantó y se despidió amigablemente de los contertulios. En esas, Mateo se levantó también tomando la daga que le había cedido Fernando —decía que era demasiado joven para llevar espada— y salió en pos de su amo por la calle que daba al puerto.
En ese instante se oyeron los tañidos de todas las campanas de las iglesias de la ciudad. Las salvas de cañonazos disparados desde el Baratillo, en el Arenal, confirmaron lo que don Fernando y Mateo ya sabían: la flota de Nueva España subía por el Betis.
Presurosamente don Fernando se caló el chapeo, recogió su capa y se dirigió a su criado:
—En cuanto atraquen los galeones iremos al Arenal y embarcaremos.
—¡Qué emoción!
—Silencio, Garrote —murmuró tajante el hidalgo.
Al mediodía, después de la comida, las naos abarrotaban el río y era cosa digna ver las hileras de voluntarios para entrar en la tripulación. El primo de don Fernando, Rodrigo de Osuna, les había acompañado.
—Una cosa, querido primo —declaró don Fernando y señaló un lugar cerca del río, al pie de los galeones—. ¿No es aquel don Jerónimo de Lavache?
—Sí —confirmó Rodrigo— don Jerónimo es juez oficial en la Casa de Contratación de Sevilla. Embarcará, pues tiene que dirigir a los oficiales reales encargados del recuento del oro y de la plata en América, del recaudo de impuestos, de la vigilancia en el convoy y de la correspondencia oficial. Es un hombre poderoso y algo arisco.
Miraron los tres al tiempo y, en efecto, allí estaba rodeado por una corte de altos oficiales de la Casa de Contratación —el Concejo que controla el comercio con América— y por los principales mercaderes y banqueros de Sevilla. También estaba el almirante de la flota y comandante de la nave capitana, don Melchor de Heredia.
—Recordad esos dos nombres, Fernando —el marqués de Osuna tenía el ceño fruncido— Jerónimo de Lavache y Melchor de Heredia. Si os codeáis con ellos conseguiréis lo que os propongáis. El primero es rico y astuto, y el segundo manda la flotilla. Sed cauteloso, primo.
—Lo seré, Rodrigo. Adiós.
Tras la despedida, don Fernando y Mateo bajaron al puerto. El galeón capitán se distinguía del resto por el rojo estandarte real que ondeaba en el extremo de su palo mayor. Contaron diecinueve galeones fondeados en el río, naos monstruosas con altos castillos de proa y popa y cincuenta cañones por banda. La última flota de Nueva España había traído más de doce millones de pesos de a ocho reales en oro, plata y piedras preciosas. No era de extrañar que la Casa de Contratación fuera tan rica, pues las riquezas de Indias pasaban por manos del tal don Jerónimo.
Subieron por la escala a la cubierta del galeón Santo Antonio, la nave capitana. Mateo sintió cierta inquietud al alzar la vista hacia el que sería su hogar durante los siguientes meses, quizá incluso años. Ese simple pensamiento bastó para dejarle hecho un manojo de nervios.
Don Fernando se acercó a la mesita en la que se encontraba un hombre con un pergamino y aires fanfarrones. Era una criatura de aspecto abominable y cara de comadreja, huesuda y con las mejillas hundidas, que hacía aspavientos con los brazos como si acabara de fugarse de un lugar para desquiciados. Llevaba una temible espada con empuñadura de oro y su expresión continua era de avaricia. Se trataba de don Jerónimo de Lavache, el juez oficial de la Casa de Contratación. Parecía mentira que un hombre tan poderoso estuviera en un cuerpo tan agrietado.
—¿En qué puedo ayudarles?
—Soy Fernando de la Cruz. Me enrolé como arcabucero hace unos días en la Casa de Contratación —dijo el hidalgo, tendiéndole la mano con la intención de iniciar con el juez una relación amable como le había sugerido su primo.
Sin embargo, don Jerónimo le miró la mano como si acabara de ofrecerle el cuerpo podrido e infestado de gusanos de un gato muerto y le hubiese invitado a besarlo.
—Jerónimo de Lavache, juez, aunque supongo que me conocerás por mi honorabilidad —declaró sin estrecharle la mano y mirando a don Fernando como si estuviera apestado de aguas cenagosas. Ojeó el raído pergamino hasta encontrar su nombre—. Bien ¿y el chico?
Mateo miró a su amo buscando una respuesta. El espadachín habló por el muchacho:
—Es mi lacayo de librea.
Don Jerónimo estalló en una carcajada.
—¡Ja, ja, ja! ¡Un criado de librea! ¡Ja, ja, ja! —su cara pasó de la risa a la ira en un instante—. ¿Dónde te crees que estás, soldado? ¡Aquí no se permite que los soldados traigan a sus pajes!
En el momento en que parecía que la estancia de Mateo en la Marina de Guerra se iba a quedar en un sueño, don Fernando supo controlar la situación. Sacó de su negro jubón la bolsa de escudos del marqués y depositó en la mesa unos cien escudos. El juez sonrió maliciosamente.
—¿Está intentando sobornarme, señor De la Cruz?
Don Fernando supo contestar:
—Si lo coge vuestra merced no será un intento, señor juez.
Con un ademán discreto arrambló los escudos y escribió algo en el pergamino, diciendo a la vez:
—Vale. El chico puede venir.

Tras instalarse en la segunda cubierta, donde don Fernando dormiría en una hamaca roída y Mateo tendría que conformarse con el suelo como lecho, la compañía de arcabuceros del Santo Antonio se echó a descansar.
Ahí estaba, a sus quince años, un maestro en algunas artes —carterista y truhán redomado— y un completo ignorante en otras como la guerra. Don Fernando le ofrecía algo distinto. Una oportunidad de correr aventuras y ganar dinero.

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