La tierra del Cebú Ebook

Ríos de Primavera es un pequeño poblado perdido en las montañas del centro de Cuba. Un asentamiento poblacional entre urbano y rural en el que se entretejen unas historias que trascienden los estrechos márgenes de lo local para conectarse con el acontecer universal.

En ese espacio vive Orencio, un hombre empeñado en lograr que su terruño salga adelante mientras que su esposa Berlania le insiste en que se ocupe más de los problemas hogareños. (EBOOK)

3,84 IVA no incluido

SKU: LTZ Categoría: Etiquetas: , , ,

Ríos de Primavera es un pequeño poblado perdido en las montañas del centro de Cuba. Un asentamiento poblacional entre urbano y rural en el que se entretejen unas historias que trascienden los estrechos márgenes de lo local para conectarse con el acontecer universal.

En ese espacio vive Orencio, un hombre empeñado en lograr que su terruño salga adelante mientras que su esposa Berlania le insiste en que se ocupe más de los problemas hogareños. Pero sobre él, los aconteceres se suceden. Un día es Soligial la que es abordada por un comprador de viejos que pretende llevarse a su suegro enfermo para darle de comer a un cocodrilo. Otro día es el alcohólico del pueblo, con la noticia de que alguien recoge a los borrachos con el fin de sodomizarlos en el cementerio. También es quien debe auxiliar al Capitán Muguruza en atrapar bandidos y preservar el orden social, o escuchar al loco del pueblo su retahíla de ideas no tan alocadas.

Mientras tanto, las autoridades proyectan el acontecimiento más importante del año: la celebración de la gran Feria Agropecuaria. Para la inauguración se ha previsto la develación de una escultura a tamaño natural de un toro cebú. Sin embargo, ésta amanece una mañana con un letrero contrarrevolucionario escrito en su panza.

La novela se convierte, entonces, en un compendio de múltiples conflictos. De un lado, el apego a las viejas concepciones; del otro, la búsqueda de alternativas ante una nueva realidad. De un lado, el mal del que no quiere ver; del otro, la clara visión de lo que sucede. Orencio, no obstante se empecinará en seguir aferrado a su ortodoxo ideal mientras todo a su alrededor se empeña en seguir un camino distinto al de ese “comunismo tan colorao que ya nadie lo usa”.

 

Fidel Cruz Rosell

Tamaño

Páginas

128

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-940080-1-6

Booktrailer y Primer capítulo


Primer día

Por la mañana

“Costanera se volvió loco porque aquí no hay acueducto”, y Orencio se voltea en la cama. Ha consagrado su insomnio a pensar en cómo debe ser el día de un ser humano en Ríos de Primavera. Que se levante y desayune (por lo tanto, debe tener garantizado algo de leche, pan…) y vaya para el trabajo. Debe tener un empleo en la Cooperativa o en cualquier otra parte. En ese recorrido, la esposa dejará al niño en la escuela. Por supuesto, habrá una escuela pintadita, con maestra, jardín y bandera, donde, si el niño tiene vocación y talento para la pintura o la música o lo que sea, disponga de un instructor de arte.
Que después de comida esa persona pueda sentarse a ver televisión y, si no lo tiene, visite la sala de vídeo a actualizarse de los acontecimientos nacionales e internacionales. Por lo tanto, debe haber alguna planta eléctrica en contrapunteo con los apagones. Que disfrute, además, de una buena película, pero ¿quién puede deleitarse ante la televisión sin estar fresco y limpio? Para eso necesita un baño, y aquí surge de nuevo el asunto del agua. “Habrá que instalar molinos de viento y un tanque para almacenarla”, y vuelve a voltearse. Porque ha pensado también que, para tener debajo televisión, cocina, familia y seguridad, la gente requiere un techo.
—Está prohibido talar palmas —dijo ayer el inspector forestal. Y con esto le impulsó la idea de construir un tejar que produjera ladrillos y tejas suficientes. Solo faltaría el cemento, pero eso lo resolvería luego. Por ahora, la próxima tarea será focalizar zonas donde haya bastante arcilla y represar el río Sube y Baja, porque si algo no debe faltar en una fábrica de ladrillos y tejas es agua. Cabrón círculo vicioso.
No por gusto Ríos de Primavera se llama así: en época de lluvia, orina un sapo en una cuesta y crecen las cañadas, pero no así el resto del año, cuestión que justificaba entonces la locura de Costanera. “Hay que hacer un levantamiento para ver dónde pueden ubicarse los pozos artesianos comunitarios”, y esto es un aporte a la concepción de los Consejos Populares.
Orencio sabe que, con un mínimo de condiciones y garantizando que, si quieren, el domingo vayan a la playa, a la iglesia, al dominó, a las peleas de gallos, puede pedirles luego, otro domingo cualquiera, que donen sangre, trabajen voluntario, o participen en el Día de la Defensa.
Pero primero el agua, que ya por eso enloqueció un elector. Y se acomoda otra vez de espaldas a Berlania.
—Ay, Orencio.
También piensa en la misteriosa muerte de Ranfla Moñúa, primer caso de suicidio desde que vive allí.
En estos dos años, solo ha atentado contra su vida una adolescente que deseaba ocultar el embarazo a toda costa y falló. Ya el niño camina. Todo se ha acomodado para que la muchacha continúe sus estudios preuniversitarios.
Pero lo del Ranfla fue diferente: un cabuyazo certero, sin tendencia a errores, con la premeditación de una noche de resaca depresiva. Nada de ingerir tabletas o prenderse fuego ante la mirada de quienes pudieran socorrerlo. Lo del Ranfla Moñúa fue un acontecimiento que estremeció a Ríos de Primavera. Dos días después, aún él se pregunta por qué. Un hecho relevante por la falta de motivos.
Durante el velorio, el Capitán Muguruza comenzó a atar elementos con la intención de relacionar al Ranfla con los bandoleros que utilizaban a Ríos de Primavera como escalón en sus fechorías. Trataba de vincularlo con aquellos ladrones y traficantes que golpeaban y seguían de largo, tanto hacia un extremo de la carretera como hacia el otro, a caballo o en vehículos. Hubiera querido relacionarlo para pensar en un posible ajuste de cuentas por alguna pifia de negocios, pero se vio sin evidencias. Orencio y él llegaron a la conclusión de que Ranfla Moñúa era un ratero solitario que había muerto siendo consecuente con su permanente estado de introversión. Hermético y silencioso en su cuartucho, lejos de alguna posible mano humanitaria, se colgó con desprecio hacia sí mismo, con ganas de quitarse de en medio. Envuelto en el misterio del por qué. Ni siquiera su concubina lo supo. Se le veía desorientada por momentos, inquieta en el taburete junto al ataúd, donde se mantuvo todo el velorio a café y cigarros.
Da otra vuelta en la colchoneta.
—Orencio, viejo.
Los traficantes y bandoleros no eran de allí, y eso no constituía un consuelo. Hacía falta un ejército organizado para vigilar cada hectárea de finca, para requisar cada auto que bajara hacia el pueblo o subiera rumbo a la cordillera con destino a Trinidad.
La experiencia le confirmaba que el asunto no se resolvía con mantener al pueblo vigilado durante los reglamentarios turnos de guardia cederista . En las últimas horas de la madrugada, cuando se contaba con el respeto a la propiedad ciudadana por la cercanía del amanecer, las bombillas se esfumaban o amanecían rotas y, los perros, envenenados, para que en algún hogar o patio las pertenencias cambiaran impunemente de lugar y de dueño.
Por eso decayó la vigilancia y las noches, tras apagar los De Pedro el convertidor después de la telenovela, adquirían aquella tranquilidad somera de los pueblos de campo, donde cada cual se recogía a restaurar algunas fuerzas para el día siguiente.
No había tregua ni en los potreros ni en el caserío. Pero no podían asegurar que en algún atraco estuviera la mano de Ranfla Moñúa.
Y mientras unos fueron aprovechándose de la brecha, otros fueron acostumbrándose al lamento matutino con la noticia de alguien a quien le habían limpiado el patio o mudado la casa, o de que habían descuartizado reses o caballos particulares o estatales. Los que tenían que organizar y movilizar se fueron acomodando y aquellos avatares de no hacer nada llegaron sin variante hasta hoy, día en que, a las nueve y media, Orencio despacharía con Alba Selva, la nueva y aún para él desconocida instructora de los CDR. Quiere comentarle una propuesta que ayudará a desactivar en poco tiempo, con apoyo del jefe del Sector de la Policía y mucha vigilancia popular, el puñado insignificante de bandoleros de tránsito que provocan el malestar ciudadano.
Preocupado porque alguna gente ha ido perdiendo la vergüenza y eufórico porque un pueblo pequeño, bien dirigido y estimulado es capaz de cualquier cosa, termina de acomodarse junto a Berlania.
—Orencio, coño, ¿por qué no te tomas una pastilla?

Mamía va como si no le importara el mundo. Pasa lentamente a las doce y media de la noche por el parqueo de los almendros, donde los De Pedro ya han apagado la única luminaria del pueblo. Avanza calle arriba, a trompicones en la oscuridad, sosteniendo con firmeza el vagón, de donde cuelgan unas piernas fláccidas que se bambolean a cada paso y se estremecen al choque de la rueda con las piedras y baches del terraplén. El resto del cuerpo viaja cubierto hasta la cabeza con un saco de yute. El rechinar de la rueda es música que se incorpora al chirriar de los grillos ocultos en el cañamazo de las cunetas y opaca ladridos de perros en las lomas cercanas. Ya lejos del parqueo, el terraplén divide los potreros y los arbustos de marabú y encara a un estrellado horizonte negro, pero él se desvía a la derecha, donde una ligera elevación llega hasta el portón blanco, que se distingue con misteriosa fosforescencia.
Dentro hay olor a flores mustias, aroma de hojas sarazas y hierba segada; hay cruces, que brotan de los túmulos de tierra como cactos nacidos sobre una colonia de bibijaguas. Hay silencio, porque los grillos no están o se han callado con la rueda, detenida junto a aquella caja de granito con argollas, alta como una mesa, donde Mamía dispone el saco a manera de mantel y tiende boca arriba el cuerpo amondongado. Con lentitud le zafa el cinto y los botones y escurre el pantalón hasta los zapatos. Una vez volteado, acomoda al hombre y lo deja doblado a la mitad, las piernas colgando.
Con el mismo aire indolente, Mamía se vuelve. La orina abre un cráter espumoso en la tierra removida y luego se desborda en pequeños trillos por los terrones, hasta ser absorbido con los últimos estertores del chorro. Las gotas finales vuelan esparcidas con un sacudimiento de manguera, una y otra vez. Entonces se enfrenta al cuerpo cuyas nalgas frías empiezan a blanquear con la reciente aparición de la luna. Coloca entre ellas el miembro húmedo que se resiste Lo alienta con un manoseo apremiante, escupe las nalgas esmirriadas y sigue sobando hasta que vuelve a empujar. Hay olor a grajo, a sudor, a mierda y un quejido. Y un eructo ácido esparce olor a tripa vacía fermentada con alcohol. La figura se debate con decaimiento, pero la protesta se desvanece antes de que comience aquel vaivén que incorpora poco a poco resoplidos y un ronquido corto. Hay un balbuceo, un desacuerdo incoherente mientras Mamía lo sacude en sus convulsiones.
Cuando ya no jadea, se separa y, con lentitud, le sube los pantalones y lo baja hasta el suelo para recostarlo a uno de los túmulos, donde han hecho sus cuevas las arañas. Recoge el saco y lo tira en el vagón.
El chirrido de la rueda vuelve a confundirse con el canto de la medianoche y Mamía enrumba de regreso por el terraplén, arrastrando las botas. Ríos de Primavera, apenas con luces, sigue siendo como la entrada de un pueblo con sus fachadas altas y blancas, arboledas en los traspatios, jardines delimitados con inofensivas cercas de lengua de tigre, flores, algún tractor a la espera en un solar, indicios de que allí comienza un asentamiento que promete multiplicarse unos metros más adelante. Pero solo eso.

Aunque no es la primera vez que la sobresaltan toques como aquellos en la madrugada, Soligial no puede evitar la extrañeza. Reconoce enseguida la voz del Capitán Muguruza, que debía hacer “una llamada urgente allá abajo, por una incidencia grave de carácter político”, que se disculpaba por haberla despertado a esa hora. Muguruza se sorprende porque no está dormida. Soligial estaba llorando.
Soligial llora por no ser como debía ser. Llora por no haber sido nunca como siempre quiso. Por su mala estrella. Llora con rabia. Por haber sentido rabia. Por haber sido siempre un animal. Porque de un animal femenino de trabajar y fornicar, había degenerado en un animal doméstico, aguantón y resignado.
—¡Margarita!
Por ser vieja y viuda. La vieja más viuda y la viuda más vieja. Por haberle tenido miedo a la muerte, cuando en realidad debió temer a la soledad, al desamor y a la vejez.
—¡Laura!
Soligial llora por el día siguiente y por el anterior y por este. Su llanto no es desgarrador ni estrepitoso. Apenas tiene lágrimas. Es una mueca de sufrimiento y una apretazón en el pecho, unas ganas de no vivir atravesadas en la garganta.
—¡Mongo!
Más parecen maullidos que sollozos. Llora para sí, en suspiros entrecortados por los mocos. Llora por culpa del Bisa, que continúa llamando a Laura, a Margarita y a Mongo y que saquen ese buey de la punta de yuca. Mongo no puede contestarle porque lleva años hundido en el estrecho de la Florida, y Margarita y Laura tampoco, porque están allá internas en un sanatorio desde que lo vieron hundirse. Solo queda ella, con ojeras de muchos días; ella, que enciende la luz y mira el reloj y sabe que ya posado sobre el ateje está al cantar el gallo de las cinco.
Se asoma por tercera vez al cuarto de donde viene la voz, y recibe el vaho pestilente de los amaneceres. La mierda de viejo tiene más peste que la otra, será que el olor es una revelación de cómo se halla uno por dentro. Pero el Bisa está sentado en el borde de la cama y la mira con los ojos inexpresivos de siempre, como si fueran de plástico, mas no ve manchas ni pegotes pestilentes en sus manos ni en la sábana. El viejo pide el tibor, que tiene deseos de orinar y de hacer caca y Soligial se asusta. Vuelve el presentimiento de ayer, cuando no había derramado la comida, se había lavado las manos, echó la ceniza y el cabo de tabaco en la basura y había preguntado por la hora del baño.
Soligial predijo que debía suceder algo grande. “Va a llover”, piensa. Estaría lloviendo una quincena y les saldría moho a las toallas. Todo un acontecimiento. ¿O es que el Bisa se iría a morir? Quizás lo trascendente era eso, pues la repentina mejoría de los enfermos graves es un mal síntoma, y lo trascendental era que ella se vería al fin libre de aquel azote, ¡Jesús, María y José!, la mejor premonición de su vida.
Pone el tibor sobre el cajón y sienta allí al viejo. Ya no tiene aquella apretazón en el pecho, sino un atisbo de euforia, aunque sabe que el ajetreo con el Bisa no ha comenzado. Comenzará un poco más tarde, cuando tenga que conducirlo hasta el patio a cepillarle esas prótesis hediondas. Después a bañarlo, afeitarlo, el desayuno, se orina, cambiarlo, sacarlo al colgadizo, la merienda, atajarlo, el almuerzo, se orina, cambiarlo, se escapa sin rumbo, a buscarlo. “¡Si tuviera un candado para la reja del patio!”. Se caga, bañarlo y se dormiría. Una hora. Pero un sueñecito aun sin oscuridad marca el ayer.
El Bisa despertará y pedirá café y desayuno creyendo que ya es mañana ¡a las cuatro de la tarde!, no importa, él se orina, merienda, se escapa, a buscarlo, se orina, comida, se caga, ¡tantos infartos que les dan a gente buena y sana, carajo, si cuando uno llega a viejo, que Dios la perdone, lo que deben darle es un toletazo por la cabeza!
Cierta vez pensó que, si autorizaran a deshacerse de todo ser humano que constituyera un engorro familiar o social, debían procesar a éste y convertirlo en algo útil, digamos, en pienso para animales, y esa idea ha seguido tomando forma en su cabeza. Cuánto va a disfrutar viendo las tiras de carne salada del Bisa destilando salmuera al sol, deshidratándose en los cordeles del patio, ¡Jesús, María y José! cuánto placer al mezclar proteína de viejo en la canoa del cerdo o al lanzarla a las gallinas en el pollero, y degustar después un contramuslo, saborear una sopa o triturar chicharrones con la certeza de que el Bisa se ha convertido, ¡al fin!, en algo útil y agradable.
Solo así podrá dormir las noches de un tirón, logrará evitar el atascamiento diario de sábanas, frazadas y todo tipo de ropa saturadas de meao en la batea. Conseguirá vivir a plenitud cada hora del día o de la noche con la seguridad de que ese viejo ya es un kilogramo de huesos entalcados en una cajita metálica, y veinte libras de excelente masa proteica para cebadero en el ranchito de desahogo, que se convertirán después en unas bolsitas con carne de primera en el frigidaire. Virgen Santa, está hasta el último pelo de lidiar con mierda, “pero hoy cojo y lo amarro en el taburete y voy a ver quién se escapa”.
El viejo termina y se baja del cajón.
—Tengo sueño —dice.
Como si tuviera flemas en la garganta a punto de salir, pero no tose y se las traga. Soligial continúa sorprendida. Lo limpia con papel periódico y luego con un paño húmedo. Aguarda con resignación toda la lentitud y torpeza de los movimientos hasta arroparlo de nuevo en el camastro.
—Apaga la luz —dice el viejo y cierra los ojos. Antes de salir, Soligial percibe la respiración acompasada y flemosa. El Bisa se ha dormido y para ella recién comienza su día trascendental.
Es cuando oye afuera los toques del Capitán Muguruza que viene a hacer una llamada urgente de carácter político.

—Te buscan.
—¿Quién?
Para Berlania el Capitán Muguruza siempre ha sido “el viejo ese”. Inoportuno, atravesado, engreído y chivatón. Inoportuno porque viene a citarlo a cualquier hora del día o de la noche para la menor comedura de mierda; atravesado porque interfiere en el trasiego de café hacia abajo; engreído porque se mete en todo y se cree el dueño de Ríos de Primavera; y chivatón porque nadie puede montar un negocito, ni desarrollarse por debajo del telón sin que se enteren quienes tienen que ver con aquello y vengan a interferir.
Orencio se pone la ropa y se asea con desgano para recibir al Capitán, que lo espera de pie en el portal.
—¿Ya Berlania le dio café? —y se aprietan la mano— Entre.
—No. Vengo a decirte algo muy limitado y a pedirte un favor. Tengo un detenido y me hace falta que lo custodies un rato.
—¿Un detenido?
No era extraño. El Capitán se encargaba de la disciplina social en Ríos de Primavera y detenía ciudadanos para aclarar cualquier cosa, aunque a veces esa cosa estuviera más que clara, según Berlania.
Orencio no pregunta dónde porque lo sabe: el ciudadano está allá, en su casa, en el Sector.
—¿Y eso?, ¿qué pasó ahora?
Con la peculiar manera de comunicarse cuando pretende mantener la discreción, que consiste en un desesperante susurro apagado y a veces nasal, y en un continuo dirigir la mirada bajo la visera hacia todas partes sin mover la cabeza, el Capitán le cuenta a Orencio que cuando venía de ordeñar las vacas allá en los cordeles, percibió que la escultura del toro de la entrada estaba desnuda. La cubierta de lona yacía hecha un bulto húmedo entre las patas del animal inmóvil. Se acercó hasta distinguir unas marcas blancas. Eran letras. Las cubrió de nuevo y llamó a los compañeros del Departamento Técnico de Investigaciones del detei, dijo, de la Seguridad. Que llegaron cuando aún no había amanecido, y recogieron muestras y tiraron fotos. Le hicieron preguntas. Le orientaron que lo borrara y lo felicitaron por haber conservado el lugar y por ser muy oportuno.
—¿Letras?
El Capitán se le acerca más a la cara y otea a ambos lados de la calle y al interior de la casa.
—Un cartel —dice sin sacarse el tabaco—. Un letrero contrarrevolucionario. Pero lo cogí, cogí al tipo. Es el que tengo allá.
Le explica que tiene que llamar de nuevo para que vengan a buscarlo. Que será rápido, pero que teme dejar sola a Machanga, por eso necesita que vaya enseguida. Allá hay un termo con café, concluye cuando ya le ha dado la espalda.
Orencio cierra la puerta. Un suicidio en condiciones de mucho misterio y un cartel subversivo con apenas tres días de diferencia.
La muerte del Ranfla Moñúa puede haber sido demencia repentina por debilitamiento de la psiquis, flojera de piernas, crisis depresiva, pendejería o vaya a saber qué. Pero un letrero significa una muestra de la opinión popular, la tribuna de un inconforme. Mal indicio en Ríos de Primavera, donde nunca había ocurrido. Y ¡vaya sitio!
Le viene a la mente la imagen del toro, con el flanco derecho majestuoso, recortada su silueta tamaño natural contra el espaldón del fondo, diseñado de manera que el visitante o el arribante, primero aprecie en la señal de orientación el nombre Ríos de Primavera y, doscientos metros más arriba, donde comienza la acera, su mirada se tope de frente con la cornamenta prócera y, en grandes letras rojas en la valla tras él, justo en la mismísima entrada, lea: LA TIERRA DEL CEBÚ. Diseño ideal para que el arribante o el visitante sepa de inmediato en qué sitio de la Geografía del planeta se halla, pero no para que alguien exprese su disidencia antes de develar públicamente el monumento dentro de dos días, durante el acto de inauguración de la Feria Agropecuaria. Una soberana falta de respeto al primer y único monumento del pueblo.
El otro monolito es el busto del Apóstol, que custodia la escuelita y recibe el sol de frente cada amanecer, resistiendo los embates del relente, de los aguaceros y de los ciclones. La única escultura artística, (realizada sin el consentimiento de la Comisión Municipal de Patrimonio, por cierto), aún con el mortero fresco, y que constituirá, a partir de esa fecha, el símbolo identitario del poblado, es aquella res de cemento. La afrenta principal no es que la hayan escrito, sino que haya sido con la intención de profanarla. A propósito, no se le ocurrió preguntar por el texto, pero imagina las más soeces agresiones.

Berlania no se despide con un beso como en tiempos de bonanza. Solo dice “me voy” y tira la puerta a las siete menos cuarto. Ha dejado el desayuno listo y el café en el termo, y a Orencio terminando de acicalarse.
—Tú no tienes que llegar temprano a ninguna parte, ni tienes a nadie detrás exigiéndote que firmes una tarjeta, así que para qué tanta madrugadera.
Cuando a las siete de la mañana Orencio Montes de Oca abre la puerta y encuentra a Bolloloco enfrente, no tiene una idea exacta de a qué viene, pero tomando en cuenta que no es horario de atención al público, se atrinchera para escuchar algo apremiante. Solo mira el reloj. Y sin demostrar precipitación —Machanga que espere— le estrecha la mano callosa, agrietada y sucia y lo invita a tomar café, sabedor de que a esa hora Bolloloco no ha tomado otra cosa que el primer trago del día en el Cafetín.
Pero no, él solo viene a decirle “que haga algo, porque en este pueblo”, y desvía la mirada al piso, “en este pueblo ya no se puede”, y por meter la barbilla casi en el pecho y bajar el tono de voz en un balbuceo, Orencio cree descifrar por el movimiento de los labios que “en este pueblo ya no se puede vivir”.
Lo ve quitarse la gorra que en un tiempo debió ser verde olivo y que ahora resalta su color churre entre las manchas de pintura y los espacios decolorados por el cloro.
—Explícate, Moisés, ¿por qué dices que aquí no se puede vivir?
El hombre ensancha los ojos vidriosos, la carnosidad irritada por el alcohol y la trasnochadera.
-— Beber —aclara con un poco más de viveza—. Yo dije beber. Que aquí no se puede beber.
—Bueno, ya eso es otra cosa. Así que no se puede beber. ¿Qué pasa con el ron?
—No es el ron, es después.
—¿«Después» es la resaca?
—Yo soy un traste, Delegado, un perdío, pero no me da la gana. ¿Usted está solo?
—¿De qué no te da la gana?
—De que me tiemplen.
—Entonces tiene que ver con el ron, ¿que le echan agua, que te cobran de más?
—Mire, yo no voy a dejar de beber, yo voy a seguir bebiendo, pero no me da la gana…
Orencio ve que la decisión de que haya venido a decirle algo, opaca el asomo de timidez o de vergüenza.
—Usted tiene que hacer algo: yo no soy maricón.
—¿A qué viene eso, Bollo?
—Que hoy volví a amanecer en el cementerio.
Orencio mira el reloj. No se equivocó al suponer que escucharía algo relevante que quizás alterara su plan del día, como tantas veces, pero lo que no supuso fue que Bolloloco hubiera perdido el juicio. Para locos, ya le bastaba con Costanera. Le trae una taza de café y sirve un poco para él.
—Vas a tener que hacerme el cuento —dice y vuelve a mirar el reloj.
A través de un relato lleno de incoherencias, apoyado por algunas preguntas, Orencio se entera que anoche se le fue la corriente frente a la escuelita, por lo que deduce que fue recogido, trasladado al cementerio, violado y que no recuerda nada desde que se recostó al muro de la alcantarilla, hasta que despertó a las cinco, adolorido y cubierto de rocío.
¿Por qué sabía que lo habían violado? Porque lo sabía, porque eso se sabe. Los pantalones zafados, ardor y dolor en el fondillo. ¿Que si tenía idea de quién había sido? Sí. Había allí rastros de una rueda de vagón y huellas de botas. Tenía que haber sido el anormal de Mamía, el hijoeputa ese. Sí, ya le había pasado otra vez, y encima de eso, mire, y muestra el enrojecimiento en los brazos y bajo las axilas, una cadena de burbujas que recorren la nuca y se cruzan en los costillares y en la espalda, con clara tendencia a tornarse purulentas. La otra vez se le habían enconado y el médico teorizó acerca de algún medicamento que reaccionaba con el alcohol.
Orencio piensa que algún día y por alguna parte tenía que reventar. No se explica la resistencia del organismo maltrecho de Bolloloco, qué sustancia especial, qué tejidos magníficos componen su hígado, su páncreas, sus riñones, porque él, al día siguiente de una borrachera orina amarillo, se le descompone el estómago, se le raja la cabeza y le produce náuseas imaginar que en algún sitio del mundo alguien se está empinando un trago.
—Pero lo fundamental —había insistido el médico—, lo imprescindible, Moisés, es que vaya pensando en dejar la bebida.
Lo intentó. Volvió a tener amigos, a afeitarse, pagó algunas deudas, se vistió de limpio y perdió su lenguaje atropellado. Pero meses después, cuando quiso volver a convertirse en un bebedor normal, la voluntad lo traicionó.
—La puta voluntad —decía—. Yo después de la primera vez seguí tragando y no me había pasado más.
Cubre de nuevo con el pulóver mugriento las ramazones rojas y se pone de pie. Orencio lo observa con piedad. Aquel guiñapo forma parte del pueblo para quien él tiene que trabajar, el pueblo que son, además, la vieja protestona, el mariconcito, el bobo, el loco, la jinetera. Suspira con resignación y mira de nuevo el reloj.
—Entonces quieres acusar a Mamía de haberte violado.
—Vine a que usted haga algo. Entre mi primera vez y esta, él ha seguido recogiendo gente. Yo no soy el único.
—¿Cómo lo sabes?
—Ranfla Moñúa, que en paz descanse, lo vio y me lo dijo.
Lo acompaña hasta la puerta, con la promesa de que hará algo, que se vaya tranquilo, y que no se preocupe, que él le dará cumplida respuesta. Le palmea la espalda huesuda.
—Y confía en mi discreción, Moisés.
—No me importa la discreción. Lo que quiero es que se resuelva esto.
—No hay problemas. Esto queda entre hombres.
Sin volverse, el otro hace un gesto con la mano.
—Sin problemas, y con dinero en el bolsillo, cualquiera es hombre, Delegado.

Orencio sale a la calle cinco minutos después, recién atragantados un pedazo de pan y un vaso de leche. Casi no ha dormido por las insistentes reflexiones acerca de su trabajo y por la molestia del asma. ¿Por qué no se decide, si los lugares no son como los padres? De lugar se puede cambiar, de padres, no.
Él sabe por qué está apegado a aquel pueblucho de calles que se pierden a los pocos metros y forman manzanas deformes, inservibles para calcular la distancia. Unas calles cortadas por otras igualmente inútiles y llenas de pendientes, en las que, para indicar una dirección, los vecinos apuntan con el dedo: “coge por aquí, dobla después del tercer poste, baja la loma y cuando llegues a la alcantarilla, pregunta, y te dirán que es detrás de la ceiba grande”.
Nada de avenida tal ni entrecalles, nada de nominaciones que realcen el ambiente citadino, imposible que alguien se confunda o se pierda, a menos que sea tan anormal como aquella estructura construida a retazos.
Son pocos los que se cuestionan el por qué allí nunca ha traqueteado sus huesos una locomotora ni se ha visto volar una gaviota, o si el primer progreso arribó a lomos de una mula porque la sierra se encargó de rechazar los rieles y los barcos. O si este pueblo mal trazado y retorcido está tan apartado como quién sabe cuántos que no fueron favorecidos por la carretera central.
Así andan hoy entre el desespero de los cada vez menos que se preocupan por descifrar cómo resolverán el atraso, y la impotencia de otros, que se ocupan en hacer algo para salir de él. Se mueven en una escenografía permanente donde solo cambian los personajes con sus bocadillos y sus papeles protagónicos de turno.
El problema económico se había tornado complejo y requería estudio, pero por mucho ensayo siempre los pobres salían perdiendo al recordar las veces que les habían dicho de la miseria en que estaba viviendo. De que había un pedacito del otro país al que se refería Berlania. Pero no podía darle la razón, aunque el pueblo siguiera dentro de su atraso e impotencia. Por eso él encaminaría todos sus esfuerzos porque Ríos de Primavera saliera adelante.

—¡El Delegado de Ríos de Primavera!
Costanera ha brotado de una gruesa columna.

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “La tierra del Cebú Ebook”