Las noches del Piojo Ebook

El Piojo, sicópata en extremo marginal, capaz de cualquier atrocidad, asesino desde niño comete varios crímenes, siempre con el mismo modus operandi.

Un equipo investigador integrado por el capitán Iglesias, jefe del grupo y los tenientes Pino, Eduardo y Mónica, una joven oficial, son los encargados de atraparlo. Quien apresa al Piojo, es Eduardo, pero las tensiones acumuladas, la incertidumbre y la impotencia ante los ataques repetidos del asesino, le provocan un infarto por el que es licenciado.

En la actualidad, Eduardo se dedica a escribir novelas radiales sobre los casos en los que trabajó. Cuando la novela sobre el violador comienza a ser radiada, esta es vista en la prisión y los reclusos se lo comentan al Piojo que, tras quince años en presidio, revive su odio contra Eduardo. (EBOOK)

3,84 IVA no incluido

SKU: LNZ Categoría: Etiquetas: , , ,

En Las noches del Piojo se narra la historia de un sicópata en extremo marginal es capaz de cualquier atrocidad. Asesino desde niño comete varios crímenes, siempre con el mismo modus operandi.

Un equipo investigador integrado por el capitán Iglesias, jefe del grupo y los tenientes Pino, Eduardo y Mónica, una joven oficial, son los encargados de atraparlo. Quien apresa al Piojo, es Eduardo. Pero las tensiones acumuladas, la incertidumbre y la impotencia ante los ataques repetidos del asesino, le provocan un infarto por el que es licenciado.

En la actualidad, Eduardo se dedica a escribir novelas radiales sobre los casos en los que trabajó. La novela sobre el violador se radia y se oye en la prisión. Los reclusos se lo comentan al Piojo que, tras quince años en presidio, revive su odio contra Eduardo.

El Piojo logra pasar a trabajar a la cocina por buen comportamiento. Allí planea fugarse dentro de un tanque de desperdicios destinado a alimentar a los puercos de un proveedor habitual. Escapado, regresa a su medio marginal; momento en el que comienzan a ocurrir hechos alarmantes en casa de Eduardo.

Conocida por la policía la evasión del Piojo, estos comienzan a hacer conjeturas hasta que se enteran que Gretel, la hija de Eduardo, joven estudiante de medicina, ha desaparecido. La muchacha fue secuestrada por el mismo violador.

Iglesias y su equipo comienzan la búsqueda del Piojo y de Gretel. Pero Eduardo, incapaz de esperar a los resultados de la investigación policial, lo hace por su parte. Se auxilia del Keco, un antiguo informante del barrio donde suponen se encuentra el violador.

La búsqueda es lenta, pero el antiguo informante localiza al Piojo por el cementerio y se lo comenta a Eduardo.

Definitifamente, Eduardo Martínez Malo demuestra con Las noches del Piojo que es una de las voces importantes del neopolical cubano.

Tamaño

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

ISBN

978-84-15918-19-6

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Encuadernación

Rústico Fresado

Primer capítulo

1

En algún rincón de la sala, alguien pregunta la hora. Las diez y la muchacha que ha pasado la tarde con su amiga recién operada piensa que debe retirarse.
—Quedas en buenas manos.
—Gracias por todo. ¿Vienes mañana?
—Después que estudie un poco, a mediodía. Te voy a traer la novela que me prestaron.
Sonrisa afectuosa, beso en la mejilla, retirada graciosa que deja una agradable presencia en el ambiente. Minutos y ya camina fundida en la oscuridad del paisaje semiurbano que separa el Hospital Provincial y el reparto colindante. Unas jóvenes y ardientes miradas marcan el cimbrear de su cintura a cada paso. Pícaras sonrisas que no disgustan a la muchacha, ademanes, miradas resbaladizas por las caderas premonitorias.
Acelera el paso, las sombras densas de una noche sin estrellas aumentan la sensación de soledad y en el estómago un leve friesillo la conmina a tomar por el camino de la derecha, más oscuro, pero corto. Oscuridad total, oscuridad que no permite definir con exactitud el sendero frente a sí.
Un rostro lascivo, deformado por bajos instintos, la observa desde los matojos que bordean el sendero; labios mordidos con lubricidad, impúdicas babas rodando por las comisuras. Una mano impaciente que excita el miembro semi erecto hasta dejarlo rígido, violento; y son otros pasos que se aproximan rápidos, enérgicos; que corren tras los primeros, menos rápidos, menos fuertes. Pasos que conducen al choque de los cuerpos que caen y ruedan al borde de la senda.
Por un instante, mientras se desplaza violentamente, tiene noción de la luna asomada tímida detrás de una inoportuna nube. Cae y se revuelve en el suelo. Aterrada trata de escapar, repta, destroza sus rodillas contra el áspero suelo, antes de sentirse retenida por el pelo, antes de que una mano presione fuerte sobre el rostro hermoso. La ausencia de oxígeno en sus pulmones la aterroriza.

Tres horas más tarde, una pareja de enamorados en busca de amparo umbroso, tropezaron con el cuerpo desnudo, sangrante a la pálida luz de la luna que logró burlar la protección de la nube. La muchacha, con los ojos inmóviles y la boca contraída de dolor, aparecía retorcida en posición que, de estar viva, sería imposible mantener. Un hilo de sangre seca en la comisura de los labios y la inflamación de los pómulos, hablaban de golpes salvajes. Senos, muslos amoratados, mordidos con furor, neblinosa humedad sanguinolenta entre los muslos, completaba la historia.
Cuatro horas antes, la muchacha era un proyecto humano coherente, una estudiante soñando concluir la carrera, casarse con el novio que ahora debía estar pensando en ella, quizás masturbándose con urgencia en la soledad cómplice de su litera universitaria, convencido de su amor, sin saber que ya no podrá acariciarla ni vaciársele adentro. Ahora es sólo un despojo humano, motivo de comentarios sensacionalistas que al día siguiente se extenderán más allá de los límites de la ciudad. No faltará quien asegure haber oído confusos gritos o visto la silueta de un hombre descomunal confundiéndose con los altos arbustos del trillo.

De madrugada calienta un poco del café trasnochado que conduce directo del sueño al oficio y se sienta frente al ordenador. Entre brumas ha concebido el bodrio radial que le dará la plata para concluir el arreglo de la casa. Abundante alcohol y dos cajas de cigarrillos consumidas impenitentes en la velada anterior le dejan la boca amarga y el estómago revuelto. Siente áspero el cerebro, pero la costumbre, la perfecta compatibilidad entre su cerebro y las flacas manos que Dios le ha dado para hacer una obra competente, le permiten continuar.
El pensamiento le hace recordar al amigo Alfredo Galiano, su lindo afán perfeccionista y los conceptos escriturarios de avanzada manejados entre tragos de vodka.
No está seguro del inicio. Sus relaciones con los asesores de programas y el director han empeorado en los últimos tiempos. Discusiones bizantinas, puntos de vista obtusos lo compulsan a escribir una obra maestra para un medio choteado.
¾Con esta los voy a joder
La actitud infantil casi lo sorprende. Sonríe con suficiencia y se reacomoda.
Los dedos apenas rozan las teclas mientras cruza sus recuerdos y fantasías. Busca no engañar sino asociaciones entre la historia real y la obra capaz, colocar la palabra exacta en la idea precisa, conseguir el tono justo en la trama. Estremecer al oyente, con una obra aguda de tibios sobresaltos, sin descuidar la calidad en el producto terminado, para que todos reconozcan su maestría y hacerse de justo lugar en el medio.
“Jubilado y mierda es lo mismo”, decía su padre y los años transcurridos desde el forzoso retiro, en el mejor momento de sus facultades, así lo demuestran. El olvido cala hondo en el alma de los hombres, enfrentarse cada mañana con la imagen en el espejo es un reto a la autoestima. Por eso se aferra a la idea que ha madurado entre el insomnio y la vigilia, que debe reconciliarlo consigo y con los que afuera esperan la historia. Eso sí, sin complicarse emocionalmente, sin identificarse demasiado con personajes que lo hagan sufrir, pero apartado todo el tiempo de caminos trillados.
¬¬―Cuatro ―dijo el Jaguar, recordó. ¿Quién pudiera escribir un cabrón inicio así. Sonríe.

El forense y los oficiales de policía imaginarán la forma en que ocurrieron los hechos: el lugar en que, paciente, el vándalo esperó a que la presa estuviera a su alcance, se localizaría por las hierbas aplastadas y las colillas de cigarrillos a medio consumir; los apresurados pasos, la incipiente carrera emprendida por ambos, serían detectados en el polvo húmedo de rocío; los rasponazos en los codos, el mentón y rodillas de la víctima, hablarían del empujón y la caída y los golpes y moretones, la piel ajena debajo de las uñas de la víctima atestiguarían su feroz resistencia; la ropa rasgada, diseminada a unos pocos metros y el blúmer breve introducido hasta la garganta después de la mordida explicarían de lo brutal del asalto.
Se debatió, trató de huir, arañó, mordió, golpeó con sus frágiles manos, hasta que las fuerzas la abandonaron lentas, pero definitivas. ¿Qué sentiría en sus momentos finales, cuando la carne ajena, dura, penetrara en su propia carne humillándola, desgarrándola, doliéndole en el alma?
El forense, supondría que fue violada precisamente en el límite entre la vida y la muerte, quizás el golpe final fuese la respuesta a la mordida que la muchacha, por instinto, asestara en la mano del atacante, fragmentos de piel desgarrada en la boca de la occisa y rastros sanguinolentos, seguro con ADN diferente. En el cuello tendría pequeñas cortadas, pinchazos como advertencias: “le pusieron un cuchillo en el cuello y aun así se defendió como gata boca arriba, lástima de muchacha”, pensaría el doctor. Lo otro sería la grasa gorda adherida al cuerpo de la muchacha, grasa burda, grosera, de la usada en mecánica automotriz.
Dos metros más allá del cuerpo, se encontraría la cartera de piel con lo habitual. Abierta mostrando un creyón que rodó a la derecha impulsado por el desnivel del suelo y varias monedas regadas. Lo demás permanecería en su interior, objetos ajenos al drama que se ciñe sobre la puñetera ciudad, porque la mayoría de los habitantes ignoran que es la segunda violación, aunque la primera se abortó en el momento preciso por la presencia de un ciclista que escuchó de los gritos de auxilio de la asaltada, muchacha hermosa, rubia piel de oro, enfermera del salón de operaciones, aventurada en la noche oscura a llegar a la ciudad a través del puente desierto.
No pudo detallarlo, el terror y la noche lo impidieron, sólo unas incoherentes referencias sobre un hombre alto y fuerte, mulato tal vez y, eso sí, mal oliente, como si no se bañara nunca y el cuerpo muy grasoso, impregnado de grasa utilizada en los rodamientos de las bicicletas. La boca de labios duros y secos unida a la suya, desprendiendo un horrible hedor, imposible de describir que la hizo sentirse tan violada por el aliento monstruoso como por lo violento de la penetración. Recordaba la sólida oscuridad en la que se hundió y el desgarre en el bajo vientre que todavía duele.

Se detiene y lee. Un comienzo desde el punto de vista dramático, gancho al hígado del oyente, quizás con lenguaje demasiado complejo para el gusto de los que en el medio radiofónico subestiman al destinatario. Piensa que debe suavizar el modo de abordar el tema, no herir susceptibilidades es el patrón impuesto. Se propone describir diferentes planos espaciales, jugar con el oyente, agobiarlo con una historia que sabe con la intensidad de haberla vivido. Quince años no borraron cada instante de tensiones, días lejanos que no se han perdido, marcadores de la vida que le ha tocado después, convertido en padre ejemplar de familia. Sonríe, consulta la fecha, «coño, hoy es el día, veinte años de casados, hay que celebrar». Mientras apaga el ordenador, recuerda la boda, las bromas de los amigos, la luna de miel en una cabaña a orillas del mar y, agradecido, siente que han sido felices a pesar de los lógicos escollos sorteados con amor, «detrás de un hombre grande, siempre hay una mujer inteligente».

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “Las noches del Piojo Ebook”