Los aprendices

En la casona habitan niños desarraigados y hostiles, como fierecillas: Aquiles, Villano, Buen Samaritano ¡La pequeña niña rubia! Niños que, quizás buscando una versión de la justicia que se ajuste a sus descarriadas vidas, se aferran a la posibilidad del crimen como salvación.

Matar al Maestro es el objetivo y la casona, el lugar “que destila sobre ellos toda su frustración de casa abandonada; una húmeda pena que les provoca fiebre, tos, diarreas y la sensación de que el invierno es demasiado largo”.

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“La casona es el escenario de Los aprendices, primera novela de la reconocida cuentista cubana Rebeca Murga. En la casona habitan niños desarraigados y hostiles, como fierecillas: Aquiles, Villano, Buen Samaritano ¡La pequeña niña rubia! Niños que, quizás buscando una versión de la justicia que se ajuste a sus descarriadas vidas, se aferran a la posibilidad del crimen como salvación.

Matar al Maestro es el objetivo y la casona, el lugar “que destila sobre ellos toda su frustración de casa abandonada; una húmeda pena que les provoca fiebre, tos, diarreas y la sensación de que el invierno es demasiado largo”.

“Este relato no es parodia de una historia clásica sino la continuación del destino de los hombres que nacieron para ser guerreros. Solo que la epopeya se deformó en miseria, e incorporó entre sus enemigos a la pobreza, a la violencia, a la humillación y al olvido en un territorio llamado América Latina.

Son los Pedro Páramo, los patriarcas en otoño, los caudillos supremos que saben por instinto que “la misión de un jefe de manada es perpetuarse en el poder. Al mando de toda iniciativa”. Sin embargo, su poder sucumbe al menor pestañeo de la mujer que aman, ante la mínima duda de que el corazón de ellas guarda recuerdos y deseos que no los incluyen”.

Peso340 g
Tamaño

Páginas

128

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-940080-0-9

Booktrailer y Primer capítulo

La alegría de ser niños

“—Me explicaré —dijo—. Yo creo que, originariamente, el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío […] Es un error creer que la pequeña habitación tiene paredes elásticas y que puede ensancharse indefinidamente”.
Sherlock Holmes

La casona es como el circo horas antes de comenzar una función: poblada, caótica, contaminada por el olor de la acuarela, de los trajes y de los excrementos de los animales.
En la casona hay acuarelas rojas y blancas, para que los niños dibujen sobre el papel unas sonrisas alargadas y cómicas como la de los payasos. Algunos extienden hacia los lados los contornos blancos, los engordan como si hubieran comido y guardaran en ellos pedazos de alimentos. Otros prefieren colorear todo de rojo, como símbolo de apasionada felicidad. Pero siempre es igual el resultado: son rostros sonrientes para mostrar a los adultos, pues a ningún pequeño se le ocurre invertir la sonrisa para pintar el enojo, el desacuerdo con ese lugar lleno de historias que a veces no quieren conocer ni recordar.
Los trajes conservan el olor a guardado, a moho y años de uso a pesar del lavado semanal de las tías, con cloro y abundante agua. Es que el hogar derrama sobre ellos toda su frustración de casa abandonada; una húmeda pena que a los niños les provoca fiebre, tos, diarreas y la sensación de que el invierno es demasiado largo.
¡Los animales sí que alegran a los niños! Cuando escapan de las clases, ellos corren detrás de las gallinas para ver cómo huyen los pollitos. Rompen con sus botas la caca de los carneros y con la ayuda de alguna ramita escriben sus nombres como pueden. Juegan a la guerra cerca de los panales de abejas, y se frota con tierra quien resulte herido por un aguijón. Le alcanzan hierba a la vaca, para intentar subirse en ella y jugar a los vaqueros. Es cierto que chilla el perro sarnoso; pero las fofitas lo salvan, y lo acunan en sus brazos para que no se vaya.
Es Villano quien golpea al perro. Cada día le asigna un nombre diferente para ganarse su confianza. Le llama Pulgas, Mota, Canelo, Negrito y Sansón, pero el animal es desconfiado y quiere huir de la paliza.
Corre mucho Canelo, no quiere que el jefe descargue su furia sobre su lomo herido. Pero es un perro sarnoso, y necesita rascarse de la misma manera en que ellos a veces necesitan aliviar la picazón en sus cabezas.
¡Pobre infeliz cuando detiene su marcha y lleva su pata trasera hasta la oreja!
¡Qué victoria la del niño que se lanza sobre él y lo captura, entre las risas de triunfo y los chillidos del perro vencido!
¡Cómo lloran las fofitas por el abuso!
¡Cuánta calma pide el niño al que llaman Buen Samaritano!
Cuando Sansón queda sobre la tierra, con el rabo entre las patas y la delgada panza al aire, aún no es suficiente hazaña para quien aprendió de su padre que hay que golpear primero.
Golpear, siempre.
Por eso acaricia al animal, le hace cosquillas en la panza y luego comienza a patear sin furia, pero fuertemente hasta que las fofitas logran arrebatárselo, para salvarlo entre besitos y caricias.
—Lo hago porque quiero —les dice cuando ellas lo miran con cara de odiarle tanto como la distancia que existe de la casona a las nubes. Después coloca su mano en la portañuela y deja claro para todos quién es el que manda.
Ellos saben que él lanza sus ofensas para provocar a Aquiles, porque le disgusta ese muchacho con los dedos de los pies torcidos que quiere robarle el cariño de su hembra. De su pequeña niña rubia.
—¿Eh, Aquiles, no te gusta lo que le hago a Pulgas?
¡Pobre niño de los pies torcidos, que no es cobarde sino lento y Villano no le da un segundo para defenderse!
Aquiles quiere explicarle que sus payasadas no le importan, que le da lo mismo si patea al perro o se come un saco de mosquitos vivos; pero regresan las amenazas y él piensa que el jefe habla demasiado.
—¿No te gusta?
Al no encontrar respuesta, Villano se relaja mientras se sienta a horcajadas de la canal y toma un poco del agua de los animales.
—Pues échale azúcar.
Su intención no es maltratar a los niños. Si Aquiles se equivoca y quiere imponer sus leyes, lo hallará listo para la pelea; pero no es eso lo que busca al derrochar sus gestos de hombrecito. En realidad, es un alarde que hace para que Niña lo escuche.
Para que acepte ser su novia.
Su pequeña niña que es inteligente y que tal vez un día le diga que también lo ama. A él, vencedor de miles de combates como no lo es Aquiles, el perezoso que jamás podrá salvarla del peligro.
Él habla para su niña.
Quiere apretar su corazón de muchachita rubia.
Ella lo sabe; las chicas siempre saben. Por eso se acomoda sobre el viejo tronco caído y dice:
—Cállate, Villano, o no iré contigo a la cita de las cuatro y treinta.
Veloz obedece el pequeño, con un silencio que permite escuchar el suspiro del sarnoso, el canto de los gorriones y hasta el vuelo de las mariposas. Un mutismo capaz de echar a andar la imaginación de los otros, que piensan en secretos confesados a Niña por el pequeño boxeador valiente.
—Así. ¡Qué lindo eres!
¿Lindo? ¿Le ha dicho lindo Niña? Él ha escuchado y sonríe, enseñándole a ella los sucios dientes de varón que no le teme a nada.
Sonríe para ella el lindo Villano y aumenta la curiosidad de los otros, que desconocen por qué marchan cada tarde rumbo a la arboleda. Siempre lo mismo, sin contarles nada a ellos que también son de la pandilla.
¿De qué hablarán cuando están solos?
“¿De la Biblia?”, piensa Buen Samaritano.
“¿De papalotes ?”, piensa Aquiles.
“¿Serán novios?”, una fofita.
“¿Se besan en la boca?”, la otra.
Ellos sienten dudas, pero nadie pregunta y quedan sin saber por qué al regreso de cada cita la niña es tan hermosa como el agua del arroyo, y Villano tan manso como una serpiente de cascabel dormida.
Tal vez un día de estos los sigan hasta la arboleda, y descubran ese secreto mágico que aplaca la furia del niño más fuerte de toda la casona. Sí; un día se van a enterar y entonces podrán pedirle al jefe que no sea malo.
Un día.
Ellos verán.
—Siéntense todos —ordena Niña—, los fantasmas no vendrán si estamos juntos.
A ella el Maestro le había contado sobre los fantasmas de la mala suerte que habitaban la casona. Escondidos en los techos o detrás de las paredes, las ventanas clausuradas y las puertas rotas. Era muy pequeña cuando el hombre habló de personas desaparecidas y cuadros que lloraban. Sintió miedo cuando supo de ruidos de cadenas y cristales flotando. Casi muere del susto. Pero ya no es pequeña y no cree en fantasmas. Si le cuenta a los niños es solo para que la obedezcan, para que cumplan sus deseos sin hacer preguntas ni muecas propias de tontuelos.
—Dicen que tienen granos en la cara.
—¡Huy, Niña!, ¡qué feos! —chilla una fofita.
—Y nariz de pirata.
—¿Y no se lavan los dientes? —pregunta Aquiles.
—No. Y tienen un ojo carmelita y el otro es de cristal.
—Y las orejas, ¿cómo son?
—Una es de madera. La otra, de hierro.
—¡Feo! ¡Feo, feísimo! —insiste una fofita y las otras le hacen coro—. ¡Feo, feo, feísimo!
—Y tienen espinas en la frente.
—¿Como Jesús? —pregunta Buen Samaritano, porque él solo ha visto espinas en la frente de Jesús.
—No, más grandes.
—¿Y son fuertes?
—Como gigantes.
—Pues yo no les tengo miedo —fanfarronea Villano—. Si vienen yo los agarro, los lanzo contra el piso y después les doy así, miren —y toma por el brazo a Aquiles; pero sin golpearlo en serio, solo para que su demostración sea posible.
—Dicen las tías que los fantasmas no existen —comenta esperanzado Aquiles, con voz de héroe también dispuesto a la batalla.
—Sí existen, y tienen pies como los tuyos.
Cuando Niña le recuerda a Aquiles sus dedos torcidos, él baja la vista y arregla sus chanclos. Es que a veces las tiras se doblan, enredándose unas con otras y provocando ampollas que le sangran. Pero, si los pies de los fantasmas son como los de Aquiles, entonces él sí los ha visto. Existen, no son musarañas de su pensamiento, como quisieron hacerle creer desde que los fantasmas lo visitaron por primera vez, cuando aún vivía con su madre y ella lo llevaba al médico.
Aquiles escucha de boca de Niña que existen los fantasmas. Ella es linda. Niña no miente. Si dice que ellos están ahí, nada podrá ser más cierto. ¿Por qué va a dudar él, si los ha visto? Son unos verdugos que cambian de apariencia, pero siempre se le muestran igual de feos y groseros.
Son fantasmas.
Son verdugos.
Son feroces.
Bajo sus pies, a Aquiles comienza a movérsele la tierra. Se frota los ojos, pues el mundo se ha nublado. Observa a sus amigos, intenta aferrarse a ellos para no caer y cae, porque se multiplican los niños y los animales y él no puede alcanzarlos, y de tan largos parecen flechas que en breve tiempo tocarán el cielo…, pero, ¿cómo puede ser rosado el cielo si ya casi es mediodía? ¿No debía ser azul?
Golpeando el tambor lleno de soles, Aquiles viaja entre máscaras y dentaduras. Las máscaras son de un color verde patinado y se rompen a su paso. Las dentaduras insisten en morder sus dedos, pero él va seguro entonando su canción hasta que a lo lejos ve al gigante. Entonces refuerza los golpes del tambor, y su canción se convierte en un bolero que incita a la guerra.
Al escucharlo, el gigante lo ataca con una lengua extremadamente movediza que se le enrosca en la cintura, como si el niño fuera una apetitosa mosca. Queda atrapado y solo, y comienza el lento camino de regreso hasta la boca.
No hay alternativa para Aquiles, que eleva al cielo su bolero y siente sobre sus dientes una saliva espesa que le opaca el frenillo, las encías y la lengua.
—¡Aquiles! —el niño siente una voz muy dulce que llama desde lejos—. ¡Regresa, Aquiles, regresa!
Con la voz el cielo vuelve a ser azul y el gigante desaparece. Y las dentaduras. Y las máscaras. Solo le queda el tambor, que golpea en su cabeza cada vez más lento y menos doloroso.
—¡Jehová es mi pastor! —le escucha decir a Buen Samaritano, abrazado a él y llorón—. ¡Nada me faltará salmo veintitrés!
—¡Yo no quiero vivir aquí! —dice el más pequeño y se lanza a la cintura de Niña, olvidando que en la casona nada ha de salir como se quiere pues pareciera que es muy fácil adivinar todos los pensamientos para destruirlos luego, como hace el cloro con sus mantas y sus medias.
Nada cambia.
Nadie sobrevive.
—Mejor vamos a almorzar —ordena Niña y emprenden el camino de regreso.
En el comedor, ella le regala a Aquiles su almuerzo. Harina de maíz, que tanto le gusta al niño, pescado y boniato. Él la mira, agradecido y hambriento, y la niña le acaricia con la mirada bondadosa de sus ojos azules.
“Para que te recuperes”, parece decir.
“Para que seas siempre fuerte, porque te necesitamos”.
Pero ella nunca quedaría con hambre, porque Villano sabe cómo buscarle comida.
Él recorre sin prisa el comedor. Ante el miedo o la falsa indiferencia de los niños, elige de aquí y de allá, de esta bandeja y de la otra, hasta completar un menú suficiente para los dos, que comerán hasta reventar y después dirán que tienen sueño.
Tras el almuerzo, todos tienen sueño. Han comido demasiado.
Las fofitas prefieren subir al dormitorio, para contarse a gusto sus historias de amor y escribir los mensajes que enviarán a Villano, donde le piden que las ame a ellas y se olvide ya de la niñita rubia.
La hermosa Niña que es muy buena, que cada mañana con tanto cariño les echa del agua que ella misma perfuma con las flores de jazmín, les pinta los labios y los ojos con papel de brillo, les enseña a estirar sus uniformes para que les haga lindo el cuerpo y les teje en su pelo lacio unas perfectas trenzas negras que Villano nunca mira.
¡Qué pesado!
¡Qué lindo!
¡Qué bruto! Siempre amenazando con sus puños en vez de preguntarle cuál de ellas desea ser su novia. ¿Será que no le parecen suficientes papelitos? ¿Deberían ser más? ¿Sí? ¡Pues a correr, a picar más! ¡A escribir muy lindo! ¡Imprímanle un beso, busquen el creyón de labios! ¡Perfúmenlo, rápido!
Ajeno al quehacer de las fofitas, Villano vaga por los caminos de la casona. No le importa la sed que le provoca digerir el boniato, ni esa molesta manía de bostezar o comenzar con hipo. Él tiene cosas más importantes en qué pensar.
Con la esperanza de que el tiempo vuele, se coloca de frente al sol, junta las manos sobre el ombligo y comienza a subirlas una a una, hasta que siente la sombra sobre sus ojos. ¿Apenas son las dos?
Debe haberse equivocado; él a ratos se confunde, no coloca bien las manos y el truco no sale bien. Insiste. ¿Las dos? ¡Qué lento pasa el tiempo para el niño que quiere que ya sean las cuatro y treinta y partir a la arboleda!
A Buen Samaritano también le gusta caminar cuando tiene la barriga llena, pues quizás alguien necesite de su ayuda.
¿Qué podría pasar si alguno estuviera en problemas y él plácidamente dormido por culpa del almuerzo? ¡Sería horrible!
¿Si sienten la tentación de Satanás y se queman, se atoran, se intoxican o se ahogan? ¡Una catástrofe!
No. Hay que prepararse para el tiempo que viene. Permanecer en el amor. Seguir unidos. Él debe caminar, estar alerta, los niños son demasiado pequeños y el mundo está perdido, porque, aunque él conoce que el hombre vino de Dios, sabe que muchos se creen descendientes del mono primitivo y por eso se muestran violentos.
Aquiles no piensa lo mismo. Aquiles no piensa, no ahora que duerme sobre la hierba y enseña al cielo su barriga llena, mientras en uno de los bancos descansa la niña, con los ojos cerrados, sumida en quién sabe cuáles pensamientos que deberá más tarde compartir con el pequeño boxeador.
En el comedor, las tías acaban el fregado y la limpieza. Todo huele a agua clorada: los vasos y las cucharas, las bandejas, los enormes calderos de aluminio, la escoba, el cepillo y el paño deshilado. Sobre las mesas descansan las sillas, y las patas de hierro parecen lanzas en defensa de un castillo.
Así de torpe y miserable pasa el tiempo en la casona, mientras el Maestro insiste en parecer amable y bello ante las tías para asegurar que sea suya una de las bolsas llenas de comida.
Así de lento, hasta que la sombra en los ojos de Villano anuncia que ya son las cuatro y treinta.
¡Las cuatro y treinta!
¡Al fin!
¡Qué hermosa es la vida!
Corre Villano. Como siempre, llega primero a la arboleda. Se detiene y llena de aire sus pulmones para recuperar las fuerzas. Luego camina en busca de la niña y no la encuentra; pero no se disgusta. Él sabe que aparecerá pronto, porque es de hembras llegar tarde cuando un chico las espera.
Toma un mango y se sienta a esperar sobre la piedra. Un mango, una banana, un coco, y pasa el tiempo hasta que ella le sorprende por la espalda, tapándole los ojos con sus manos de niña presumida.
¡Hablan de tantas cosas! Cuando ella dice que no habrá problema que no puedan vencer juntos, él pregunta el significado de la palabra mendigo, porque el Maestro le ha dejado la tarea de escribir con ella un párrafo y no sabe qué poner. ¿Decir mendigo es igual que decir bueno, poderoso, pequeño campeón valiente? Si es así, él escribirá una página completa, todas las hojas de la libreta las adornará con tan linda palabra que lo describe a él de forma maravillosa.
Ambos conversan sobre esa campana de cristal donde dicen las tías que ellos viven, pero que jamás han visto.
Ella le acaricia el rostro y él le da a probar la pomarrosa, porque tiene unas semillas tan ricas que hasta los pájaros la comen. A la niña no le gustan y frunce el ceño, las lanza al aire con la punta de su lengua, en gestos tan graciosos que otra vez vuelve Villano a enseñarle en una sonrisa toda su dentadura.
Los dos ríen, después ella le pide que le deje ganar en el juego de los brazos, que por un día nada más le permita ser más fuerte. Él dice que sí, y risueños se acomodan en torno a la piedra.
—¡Pelea! —reta la Niña.
—¡Ahora te ganaré!
—¡No, Villano! —le reprocha.
—¿Qué?
—¡Prometiste que me dejarías ganar!
—¡Bueno, pero dale!
—¡Ya verás, pesado!
—¿Qué?
—¡Acabaré contigo!
Cada cual comienza a pujar hacia su lado. Niña se esfuerza, pero Villano mantiene el brazo firme en la piedra, no lo mueve ni un poquito y ella se molesta porque él no se está portando bien.
—¡Villano!
—¡Dale!
—¡Es que no me dejas!
—¡Pero dale!
—¿Tú eres bobo o qué?
—Yo no soy bobo.
—Me dijiste que me dejarías ganar. ¿O ya se te olvidó?
El niño la presiona fuerte, pero sin mover el brazo. No comprende por qué ella no puede llevarlo de un tirón al otro extremo de la piedra. ¡Es tan fácil! ¡Él no está haciendo nada y la pequeña no puede vencerlo!
¡Qué frágil y linda es!
—Si no me dejas ganar, me voy.
—¿Te vas?
—Y para que lo sepas, jugaré con Aquiles.
Al escucharla, Villano afloja el brazo, lo inclina un poco y se dispone a dejarse vencer.
¡La niña lo tiene!
¡Lo ha dominado!
¡Es su oportunidad de ser más fuerte!
Es campeona la pequeña rubia cuando entierra en él sus ojos azules y atrae hacia ella el brazo derrotado.
—¡Gané! —dice orgullosa, pero al ver callado al niño se levanta y coloca un beso sobre su frente—: Te lo mereces.
—Niña, Aquiles no es fuerte como yo.
—Lo sé.
—¿A él lo quieres más que a mí?
—No. A ti te quiero más —y le explica que el problema no es Aquiles, sino el Maestro. Que ella muere de las ganas de matarlo.
¿No dice el Maestro que los niños le caben, todos juntos, en la palma de su mano? ¿Que apenas con voltearla lentamente puede disfrutar el horroroso espectáculo de la caída?
¿No asegura que su niño preferido es Buen Samaritano? ¿Que por ser limpio y de palabras nobles lo quiere más que a los tontos de remate que son las fofitas y el de los pies con dedos torcidos?
¿No los obliga a encontrar en el diccionario los sinónimos para las palabras pobrecito, tonto e infeliz?
¿Acaso no los obliga?
¿No los compara con grandes ceros a la izquierda?
¿No los compara?
—¿Cómo es que él te dice? —pincha lento y doloroso en sus emociones de hombrecito.
—El cero a la izquierda, ¿no?
¿No los coloca el hombre en fila india y con la vista al suelo? ¿No les hace caminar lentamente y en silencio hasta ubicarlos uno a uno frente a él? ¿No deben descansar sus cabezas sobre su regazo de tutor y mostrar al aire las nalguitas mientras los amenaza con el cinto que castiga y educa?
—Lo vamos a hacer. Él va a saber quién eres tú —le dice para convencerlo.
De lo dicho poco interesa a Villano, acostumbrado a golpear sin la necesidad de emplear tantas palabras. Le entretienen más los rizos de la niña, la forma curiosa en que caen sobre sus hombros para volverla aún más linda entre los árboles y provocarle a él unas ganas inmensas de pedirle que sea su novia.
Tampoco presta atención cuando Niña asegura que en la casona existe una habitación abandonada y con libros.
Libros con poemas.
Con fotos y noticias.
Dibujados por los pintores famosos.
Libros de cuentos.
Obras de teatro.
Libros sobre policías y gente que muere.
Y que, en esa habitación, que él debe aprender que se llama biblioteca, ella ha encontrado un libro que explica qué tienen que hacer para matar al Maestro.
Un libro inteligente.
Mágico.
—Primero tienes que fajarte con Aquiles —le ordena mientras él bosteza—, a la hora del recreo y en el patio.
Le dice que allí estarán jugando las fofitas. Y que a una señal suya uno de los niños avisará a los adultos.
Luego ella animará a los otros a fugarse, a romper cualquier estorbo y escapar hasta las piedras del camino, para después seguir corriendo hasta el infinito.
“¡Huyan!”, les dirá en voz muy alta.
“¡Que viene el coco!”, y ante el miedo correrán los más tontos mientras, en medio de la confusión, él ha de matar al Maestro.
“¡El hombre del saco!”.
“¡Traen al policía!”.
Le explica que si son muchos la policía no tendrá a quien culpar. De esa manera todos quedarán libres, porque ella lo leyó así en el libro.
—¿En el libro? —repite Villano tontamente y Niña comprende que ha estado hablando sola.
—Prométeme que vas a hacerlo.
—¿Hacer qué?
—Anda, chico. Promételo.
—Está bien. Te lo prometo.
—Mira —le habla mientras le apunta al pecho con su dedo índice—. Si lo haces yo seré tu novia.
Cuando dice “si lo haces yo seré tu novia” entonces sí la escucha con atención Villano. Ella alza despacio sus pestañas para exhibirle a él sus ojos claros, se muerde el labio, ladea la cabeza, le confía su secreto, le pide hacer juntos una promesa y es tan amplia la sonrisa del pequeño que por sus dientes escapa toda la felicidad que le ha sido destinada, porque a partir de ese momento las cosas no podrán ser peores para él, acostumbrado a la vida simple de golpear a los demás y desafiar a Aquiles.
¡El novio de Niña! No puede creerlo. Sus ojos se humedecen como las naranjas cuando les cae el rocío. ¡Ahora sí podrá obtener un beso! ¡Su novia! ¡Cuánto se lo había pedido! Si hasta le regaló flores y robó del almacén azúcar cruda, exponiéndose a que el Maestro lo castigara con el cinto.
¡Por ella es capaz de todos los sacrificios!
¿Su novia le pide ayuda? ¡Claro que lo hará! ¿No se ayudan la tierra y la hierba en tiempo de ciclones? ¿Y el sol y la luna, no se unen para formar un eclipse? Él no le negará su ayuda a una niña tan linda.
¡Ahora tiene una promesa!

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