Los vándalos Ebook

El investigador, un personaje que vive obsesionado por la delación que realizó en el pasado sobre su exnovia, Margarita, en la Universidad y que lo ha llevado a realizar una búsqueda infructuosa en los lugares que visitan  las lesbianas y los gais, se ha convertido en un hombre despreciado por sus compañeros que lo acusan de homosexual y pervertido y que no comparten su sistema. (EBOOK)

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El investigador, un personaje que vive obsesionado por la delación que realizó en el pasado sobre su ex novia, Margarita, en la Universidad y que lo ha llevado a realizar una búsqueda infructuosa en los lugares que visitan  las lesbianas y los gay, se ha convertido en un hombre despreciado por sus compañeros que lo acusan de homosexual y pervertido y que no comparten su sistema.

La desaparición de una muchacha que dos personas diferentes han visto entrar a la misma hora a dos lugares distintos hace que le encomienden el caso. Él lo acepta porque supone que la muchacha perdida es Margarita.

Delaciones, corrupciones, vicios, crímenes. Todo se ve incluido en el barrio Condado, de Santa Clara, donde se mueve la trama, reflejo de una sociedad decadente donde el brazo de la ley y la justicia están cada vez más lejos y donde los personajes se mueven semejantes a los de una feria de vanidades.

Novela negra, injusta, humana, de final inesperado y de pasión y muerte como última frontera.

Tamaño

Páginas

210

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-15-8

Booktrailer y Primer capítulo

Cada mañana le agradezco a mis espíritus guardianes la posibilidad que me dan de seguir vivo. Son tres: un indio, un congo y la patria.
Cuando se me sube el indio camino desnudo por mi cuartito, recordando a Margarita y a Yuli; el negro me saca a las calles a cazar criminales y nadie puede imaginarse lo difícil que es cuando a uno se le monta el Teniente Suazo….
I— EL ANTRO.

Cuando me siento desesperado o trabajo en un caso difícil me voy al Antro a mirar a las lesbianas. Me gustan porque me recuerdan a Margarita; por su olor y las voces desgarradas como si demostrasen que todo lo exquisito muere en la decadencia del culto americano.
Es agradable verlas en la oscuridad, estrechamente enlazadas con esa cadencia que recuerda ciertos pasajes de las revistas viejas.
Cuerpo contra cuerpo, seno contra seno, muslo contra muslo.
Me gustan las lesbianas porque me hacen recordar que ser policía es el oficio más solitario del mundo.

II— DILEMA

Alguien, el suboficial Néstor supongo, le fue con el chisme al viejo de que yo no salía por las noches del Antro.
Él no sabía que, a la izquierda, junto a la cabina de música se situaban las chaca chacas, en la pista los heteros desde la puerta de entrada a la pista los alados y fuera, en la acera y bajo los árboles, los cazagays.
—Yo estoy siempre en el lugar correcto —dije y vi como Suazo movía la cabeza negativamente.
Observé con horror que el teniente tenía la cara muy fatigada y una mancha blancuzca junto a la sien derecha; exactamente el lugar donde un delincuente de pacotillas le dispararía un tiro dos años después.
La oficina del jefe era amplísima con cortinas tras las puertas y las ventanas. Una foto colgaba de la pared. Las otras paredes permanecían desnudas y, muy al fondo, el buró aparecía atestado de papeles. Él estaba sentado detrás y me miró, formando los párpados, bajo el arco de las cejas, dos pliegues de color oscuro.
—Tengo un casito para ti —dijo y descubrí un algo que nacía del fondo de su propia soledad.
—No es tu Sector, pero el compañero que nos dio la información pidió que te lo diéramos. Pensamos que eres el más indicado.
—Como el pescado en su salsa —dijo Néstor.
Poco a poco la conversación se tornó casi íntima.
—Nadie mejor que él sabe que ese es tu ambiente —afirmó Suazo—. Suponemos que la muchacha que desapareció visitaba el lugar adonde vas por las noches.
Ignoré la ironía.
—¿Cuál es su nombre? ¿Qué se sabe de ella?
—Nada. Ninguna mujer ha sido reportada como desaparecida en los últimos tres días.
Era Margarita, lo supe desde que el teniente empezó a hablar.
A cada palabra aumentaba la sensación de dolor que nos embarga al instruir la muerte de un ser querido. También, en aquel momento, se esfumaba ante mis ojos la figura de Suazo. En su lugar vi a mi lesbiana moviéndose con gracia espectral entre una multitud de jóvenes de rostros pálidos y descarnados.
—Hay dos testigos o cien, si quieres buscarlos —dijo Suazo.
Quizás se trate de una muchacha que volvía de un paseo por el parque o alguna estudiante retrasada.
—¡Te digo que no!
Si, eran verdaderamente los colores de un paisaje que desaparecía; dibujos proyectados en la intimidad de una casa al anochecer.

III— NO TODOS LOS GATOS SON NEGROS

Será desconfianza, un sexto sentido policial o pura superstición, pero nunca he acudido a una entrevista sin conocer a fondo a la contraparte y, si Suazo tenía sus colaboradores, yo también: el más efectivo era el Claria. Pero, como todo arte, las confidencias llevan ensayo y tiempo. Por ello tuve que auxiliarme con Ulises, el jefe de sector del reparto Sakenaf, que era el oficial que atendía al informante.
—Luisi no tiene oficio reconocido. Es de La Habana y lleva poco tiempo colaborando con nosotros. Imagínate que es enemigo personal del Tite, Jorge el mulo y Jottavich. A veces anda con Emil Rodríguez, un viejo que enseña cómo hacer poesías y esas cosas y la otra amiga que se le conoce es Carmen Julia, una vecina del reparto que es ama de casa.
Jorge, el brazo armado del Tite, se me antojaba una torre grande de dos pisos, sólo que algo más alto y más ancho. Suazo lo bautizaba como un mafioso, cabeza y banco de casi todas las transgresiones de la legalidad en el arrabal. ¿Quién en Santa Clara no sabía de Jottavich el prestamista? A Emil Rodríguez y a Carmen Julia ni de oídas los conocía.
Mi lesbiana desapareció dentro de la casa de Chiqui Montesinos que era la querida del Tite, el verdadero dueño del lugar donde se perdió mi pequeña.
Le dije a Ulises que me citara a Luisi en la oscuridad de algún rincón apartado, pero me dijo que no era necesario, porque Luisi era informante habitual.
Si bien en casi todos los países del mundo los confidentes de la policía y del aparato gubernamental reciben por sus denuncias una gratificación, aquí se da por sentado que los chivatos las realizan gratuitamente a cambio de que nunca sean revelados sus nombres. Pero existen otros, rencorosamente llamados guarapitos, que colaboran abiertamente con la policía y el orden público, y en muchos casos portan armas, pues su vida corre constante peligro.
—Mantén los ojos abiertos con Luisi. No es de fiar y sí capaz de delatarte con tal de sacar ventajas — prosiguió Ulises.
Así, teniendo aquellas advertencias presentes, el susodicho y yo nos vimos a las doce del mediodía en el Mandarín, comidas chinas y bebidas de etiqueta.
No parecía un hombre muy inteligente, pero tenía una extraordinaria gentileza de ánimo y, desde el primer momento, tuve bien claro que Luisi no era un soplón vulgar como el Claria, al que yo sabía capaz de mantener su cuota de delaciones y de echar al frente hasta a un par de viejos del reparto Pastorita que vendían café colado por la izquierda.
—A esa joven la vieron entrar al mismo lugar y a la misma hora con dos personas distintas —dijo Luisi.
—¿Cómo es eso?
—Claudio Cabello, un excombatiente de África, dice que entró con el teniente Brutus Menéndez, jefe de una compañía de infantería motorizada del Ejército. Sin embargo, Constante Mesa, el que hace muy poco anduvo perdido una semana en el Estero de Granadillo Viejo, dice que lo hizo con Félix Rodríguez, el jefe de maquinaria del Molino de Piedras. Lo cierto es que nunca más se ha sabido de ella.
—¿Cómo es que no coincidieron en sus versiones Cabello y Constante Mesa? Tal vez se trate de dos mujeres distintas y estemos ante un caso de doble desaparición.
—Usted es el policía.
En ese punto fuimos interrumpidos por el camarero y Luisi no volvió a abrir la boca más que para comer.
—¿De qué le sirve a uno ser educado y disponer de cierta información si no tengo un centavo en el bolsillo para degustar estos platos?
Me hablaba con la misma timidez con que había pedido de sobremesa una cajetilla de cigarros importados.
—Cuéntame de Cabello y de Constante.
Observé que los camareros nos estaban mirando. No había visto jamás unos rostros más llenos de desprecio.
—¿Te conocen? —le pregunté
—¡Claro que me conocen! —respondió haciendo un último homenaje a aquel vino blanco tan caro.
Era, sin dudas, el confidente oficial de muchísima gente.
—Se me ha ido el tiempo volando — dijo levantándose de su asiento—. Tengo una cita. Tal vez podamos vernos mañana a las siete.
—¿Donde?
—En la Casona. No soporto el té de aquí.
Y noté que el color sonrosado de sus mejillas se había vuelto más inocente.

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