Mi tío David, muerto en deportación, y yo

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Mi hermano y yo nacimos de milagro, lejos, muy lejos, del Viejo Continente, en una isla donde mi padre, Moshe, llamado por momentos Moïse, a veces Maurice, luego Moisés, encontró refugio mientras esperaba a Rachel, desconociendo si tendría la fortuna de volver a verla después de la guerra.

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Mi hermano y yo nacimos de milagro, lejos, muy lejos, del Viejo Continente, en una isla donde mi padre, Moshe, llamado por momentos Moïse, a veces Maurice, luego Moisés, encontró refugio mientras esperaba a Rachel, desconociendo si tendría la fortuna de volver a verla después de la guerra.

No hemos vivido esta epopeya familiar o esta tragedia de la historia, llámenla como quieran. Sin embargo, es la que heredamos y, ahora, tal vez tarde (¿demasiado?), siento la necesidad de ir a buscarla, lo más cerca posible no de los orígenes ni del final, sino en algún lugar intermedio e indefinido, en el que David y algunos de los suyos desaparecieron, pero nunca de nuestra memoria.

Las dos hojitas de la cárcel sin barrotes se han vuelto cientos, miles de páginas. Quise reflejar los sufrimientos de los hombres, las mujeres y los niños invisibles, aquellos a los que innumerables visitantes de toda clase en la isla, todos ciegos, complacientes hasta la indecencia, siempre se han negado a ver. Los fui a ver a sus lugares de exilio.

Ésta es la historia de un itinerario complejo, que quisiera transmitir (…) a los descendientes y a los parientes, por la sangre o por el espíritu, de todos los que han desaparecido, bajo diferentes latitudes y diferentes climas, en los bosques de abedules de Polonia, en las zonas rurales o en los campos de tránsito de Francia, en las celdas ardientes de mi tierra natal, Cuba, y en las aguas infestadas de tiburones del estrecho de La Florida. Todos ellos han poblado, mucho más de lo que hubiera deseado, mi soledad.

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Rústico Fresado

Prólogo y Capítulo I

PRÓLOGO

Desde siempre oí hablar de mi tío David o, más bien, del hombre que podría haber sido si no lo hubieran deportado a la edad de veintidós años. No era una edad para morir. Ya no era un niño, pero tampoco un hombre maduro. Él era estudiante de medicina. De hecho, lo había sido antes de la promulgación del estatuto de los judíos. Después no era nada, sólo un fugitivo.
Lo apresaron en marzo de 1943 en una redada llevada a cabo por los gendarmes franceses en un pueblo cerca de Guéret, y lo enviaron a Nexon, un campo ubicado en los alrededores de Limoges. Luego lo llevaron a Drancy y, finalmente, a Maidanek, en Polonia, el país donde nació. No sé cómo murió, realmente no quiero saberlo ni imaginarlo. Logré reconstituir fragmentos de su existencia, de la cual sabía muy poco, a través de algunos documentos y de los pocos recuerdos que mi madre, Rachel, destilaba a cuenta gotas sobre «mi David», como decía, interrumpiendo sistemáticamente su relato, enfrascada en un mar de lágrimas.
En realidad, no tengo muchos elementos. Una nota que rastrea su muy corta vida, desde su fecha de nacimiento, el 21 de enero de 1921 en Siedlce, Polonia, hasta el 6 de marzo de 1943, fecha de su arresto y del inicio de los traslados que lo llevaron a un campo de exterminio, en el convoy n° 51. Ya tenía algunas pistas, desde 1993, cuando fui a ver al abogado “cazador de nazis” Serge Klarsfeld en su oficina, donde también estaba su esposa Beate, con el fin de recoger su reacción para mi periódico, Diario 16, sobre la ejecución de René Bousquet, ex secretario general de la policía del gobierno de Pétain, a manos de Christian Didier (¿un «desequilibrado» o un justiciero?). Él se lamentaba, al contrario de mi madre (ella me había dicho: “¡Muy bien hecho!”), que el que fuera amigo íntimo del presidente François Mitterrand no hubiese sido juzgado.
Cuando le di el nombre de mi tío, Klarsfeld abrió inmediatamente un inmenso libro, su Mémorial de la déportation des Juifs de France, y me dijo que había sido trasladado en el convoy n ° 51 o n ° 52 hacia Maidanek o Sobibor. Nada más. Mi abuelo, por su parte, había salido de Drancy para Auschwitz. Mi abuela murió poco después, probablemente de pena.
Pero el apellido (que también era el de las cuatro hermanas y el del hermano mayor de David) estaba mal escrito. Deberían haber escrito «Ajzenfisz» pero se transcribió como «Ejzenfisz». Ambos son impronunciables. Esto significa, en yiddish, «Pez de acero». Una hermosa denominación.
Ese es mi segundo apellido. En Cuba, donde nací, el certificado de nacimiento y el pasaporte incluían los dos apellidos, el de mi padre y el de mi madre, pero también estaba un poco deformado de esta manera: «Ajzenfich». Mi hermano mayor también lo heredó, así como su nombre. Debe ser difícil de cargar con eso. Yo tengo el de mi abuelo: Yankel, traducido vagamente al español, luego al francés, de diferentes maneras. Sin embargo, a mi madre no le importaba: había cambiado tantas veces de nombre durante la guerra que ni siquiera los recordaba.
La historia trunca de mi tío David es emblemática de la de toda mi familia y muchas más. No obstante, ni es una saga, ni la historia de una familia rota, que estalló en todos los sentidos, en varios continentes y en una multitud de países que creíamos haber abandonado para siempre, pero no era cierto, era un retorno continuo, a veces sólo para morir.
Así resultó ser, por supuesto, en el caso de Polonia, el lugar de donde toda mi familia materna se había ido a mediados de los años 30. No podría decir exactamente por qué. Para escapar del antisemitismo y de la miseria, sin duda. En el tren, una vez en Francia, todos cambiaron de nombre. Fue un francés que viajó con ellos, ciertamente joven, que transformó el nombre de las hermanas: así la mayor, Czece, se convirtió en Cécile, Gdenya se llamó Jeannette, la gemela de mi madre, Bruha, adquirió el nombre de Berthe (denominaciones un tanto anticuadas), mientras que ella, Chuma, fue la única en adoptar un nombre bíblico, Rachel. Querían hacerse francesas de inmediato y, en sus mentes, ya lo eran, aunque por un corto espacio de tiempo. Su hermano mayor, un poco olvidado porque era demasiado tímido, Henryk, naturalmente pasó a llamarse Henri. David siguió siendo David. Sus padres, por el contrario, no quisieron cambiar, eran demasiado viejos para hacerlo.
Me imagino la despreocupación y la picardía de esas cuatro muchachas cuando intercambiaron sus vidas de antes, sin duda demasiado estrechas en un pequeño pueblo polaco, para irse a construir otras existencias en París. Rachel seguía riéndose cuando me lo contaba muchos años después.
La historia de David es la historia de su deportación, pero no sólo eso. También es la historia de la muerte de mi abuelo materno, también deportado casi al mismo tiempo a Drancy y luego a Auschwitz. Asimismo, es la historia de una parte de la familia de mi padre que, con excepción de sus padres —algo que me resulta muy oscuro—, quienes emigraron a Palestina bajo mandato británico (todavía no se había creado el estado de Israel) a principios de los años 30, y de una de sus sobrinas, Ruchla, quien llegó allí en 1938, se quedó en Varsovia. Es fácil deducir su destino.
Mi hermano y yo nacimos de milagro, lejos, muy lejos, del Viejo Continente, en una isla donde mi padre, Moshe, llamado por momentos Moïse, a veces Maurice, luego Moisés, encontró refugio mientras esperaba a Rachel, desconociendo si tendría la fortuna de volver a verla después de la guerra.
No hemos vivido esta epopeya familiar o esta tragedia de la historia, llámenla como quieran. Sin embargo, es la que heredamos y, ahora, tal vez tarde (¿demasiado?), siento la necesidad de ir a buscarla, lo más cerca posible no de los orígenes ni del final, sino en algún lugar intermedio e indefinido, en el que David y algunos de los suyos desaparecieron, pero nunca de nuestra memoria.

Este libro es tres libros en uno. Lector, no hipócrita, pero tampoco natural (no sé si existe alguno, ya no tengo lengua materna, nunca tuve una, tampoco tengo país, no soy más que un exiliado), este relato quiebra las reglas comúnmente aceptadas, mezclando historia y sexo, el Holocausto y la Revolución. Traza un itinerario familiar, pero solamente con mis ojos y mis propias palabras, fuera de control. Es la vida de los míos y la mía propia. Tómelo como tal, en su totalidad o a trozos. Reúna las piezas del rompecabezas y quémelas. Arroje las cenizas al mar, donde quiera, a medio camino entre el frío de Polonia y el calor de Cuba, cerca de la Francia templada, si lo desea, entre dos infiernos, el del pasado odiado y el del futuro, radiante para quien nunca se vio obligado a vivirlo.

PRIMERA PARTE

Un viaje circular, de Polonia a Francia y de vuelta a Polonia

Fue un viaje circular, desde su lugar de nacimiento hasta el de su muerte, el que David recorrió.
Siedlce es una pequeña ciudad situada al este de Varsovia y al norte de Lublin –la ciudad donde se llevaron a cabo las aventuras completamente amorales del Mago de Lublin, de Isaac Bashevis Singer, un maestro literario, al igual que su hermano Israel Joshua Singer, un libro escrito originalmente en yiddish, idioma que prácticamente desapareció con los judíos de Europa. Un lugar del que Rachel, mi madre, hablaba de vez en cuando, muy poco, al recordar el país de su infancia a través de algunas palabras y de algunas canciones, sobre todo los días de mucho frío. Decía entonces: «Hace buen tiempo, como en Polonia”. Le encantaba aquel clima, exactamente opuesto al tropical que le resultaba demasiado caluroso y que soportó en Cuba, adonde fue después de la guerra, y al que tuvo que aguantar en Francia, su tierra de elección, antes de vivir en la isla casi veinte años de su vida. Maidanek era un campo de exterminio cerca de Lublin, adonde David fue enviado desde Drancy tras pasar por Nexon. Maidanek y Nexon no son tan tristemente famosos como Auschwitz y Drancy. Estos últimos son los árboles que esconden un bosque más pequeño.
Antes de la guerra, había cerca de quince mil judíos en Siedlce, casi la mitad de los habitantes de la ciudad (48%, según algunas estadísticas, proporcionadas por el investigador Joël Kotek en un libro de textos reunidos en torno a Raul Hilberg, L’insurrection du ghetto de Varsovie). Habían estado allí desde el siglo XVI, más tarde que en Varsovia y Lublin. ¿Por qué quiso la familia de Rachel dejar esta comunidad? Seguramente porque no era una tierra segura y también por un deseo de emancipación. Su abuelo era rabino y ella hablaba de él (no muy a menudo) con una sensación de miedo. Los demás eran muy poco creyentes, por no decir en absoluto. Ella, sus hermanas, sus hermanos y sus padres seguramente pensaron que uno podría ser «feliz como judío en Francia». No lo creyeron durante mucho tiempo.
Mi padre, Moïse, que era originario de Varsovia, y Rachel pudieron haberse reunido a medio camino de sus respectivas ciudades. Este no fue el caso. Fue en París donde se encontraron y se casaron en 1936 en la alcaldía del distrito 19. No quisieron que su unión se formalizara en Polonia. Ni uno ni otro deseaban volver. ¿Para qué? ¿Para finalizar sus días en Maidanek, Sobibor, Treblinka o Auschwitz?
David, sin embargo, no pudo escapar. Yankel, que podría haber sido mi abuelo, tampoco. Los judíos de mi generación no tuvieron abuelos. Esta es la razón por la que Rachel habló poco de él, mucho menos que de su hermano menor David: estaba casi en el orden de las cosas de la vida y de la muerte.
Del lado de la familia materna, nadie se quedó en Polonia. Mi madre nunca aceptó que yo fuera a ese país, a pesar de su nostalgia por el frío y por algunos símbolos patrióticos. A menudo la oía cantar el himno nacional (cuya melodía me aprendí) así como hablar el idioma, que le gustaba practicar con unos (pocos) amigos polacos en Francia. Era bastante contradictoria. Adoraba Francia, a pesar de que fueran franceses los que hubiesen entregado a su hermano y a su padre a los alemanes. Tampoco quería que yo supiera demasiado. Era necesario vivir sin ese peso en la memoria. Cuando me enteré por Klarsfeld de las circunstancias de la deportación de David y Yankel tras su paso por Drancy, ella me espetó: “¿Para qué necesitas saber todo eso?”
Sólo cuando se fue, para siempre, en 1999, pude viajar a Auschwitz-Birkenau, poco más de un año después, durante un viaje relámpago, al final del invierno de 2000-2001, con dos de mis primas, Huguette y Suzanne (sus nombres reales, francesas de nacimiento), que habían perdido allí a su padre, Lewin. Al ver la inmensidad del campo, inmediatamente me percaté de que no íbamos a encontrar rastros de seres humanos, ni siquiera de animales, que durante meses o incluso años abandonaron el área debido al persistente olor de los crematorios.
Nuestro guía, Charles Baron, judío de origen bretón, había sido deportado a Polonia a la edad de dieciséis años, en 1942. Nos guió a través de los barracones, algunos de ellos reacondicionados para las visitas, reconstruyendo para nosotros la vida diaria del campo, especialmente las humillaciones sufridas por parte de los kapos, en su mayoría ucranianos. Baron tenía una voz estentórea. Trataba de no dejar ver ninguna emoción, incluso cuando hablaba de la llegada de los judíos lituanos y húngaros en el verano de 1944, en su mayoría niños, que los veteranos de Auschwitz podían ver, escondidos detrás de las ventanas, todos vestidos de blanco para ser llevados a las cámaras de gas en una puesta en escena de la cual los nazis tenían el secreto, acompañados por una música grandilocuente (¿de Wagner?) transmitida por los altavoces. Baron estaba acompañado por un joven guía polaco, que no trataba de glorificar a los mártires cristianos, como hacían otros, ni de explicar por qué los nazis actuaban así. A menudo se preguntaba a sí mismo: «¿Por qué?” Como respuesta, simplemente se encogía de hombros. Baron le dejaba continuar su historia, cerca de la ubicación de las cámaras de gas, casi completamente destruidas antes de que los alemanes huyeran, trasladando a los sobrevivientes a otros campos más al oeste, situados en Alemania. Durante la oración de unos cuantos rabinos en ese lugar, les hice saber que lo encontraba fuera de lugar (“¿Dónde estaba el Dios de los judíos durante el Holocausto?”). Aquello me valió una buena reprimenda… Baron se acercó entonces al alambre de púas detrás del cual estaban los abedules que le habían dado su denominación a Birkenau. Me situé a su lado y vi a ese hombre fornido, que parecía una fuerza de la naturaleza, aferrarse a las alambradas y estallar en lágrimas, como si estuviera reviviendo lo indecible. Me pareció que se iba a desmoronar. Lo agarré del brazo y me dijo, como si estuviera hablando para sí mismo: “Esta es la última vez que vengo a Auschwitz, no me quedan fuerzas”. Su voz había cambiado: Charles Baron era de nuevo el adolescente, casi el niño que fue cuando llegó allí en 1942, después de haber transitado por otros campos, hacía más de medio siglo.
El recorrido continuó en medio de grupos de escolares de todo el mundo. Luego viajamos en autocar a Auschwitz 1, el sitio original, con los barracones militares de un antiguo cuartel polaco convertido en campo de concentración, y su museo. Allí tenían recogidos, detrás de las vidrieras, montones de pelo, otros atributos de seres humanos y maletas con nombres judíos tan familiares para mí. Cerca de la entrada había un mapa de la ubicación de todo el complejo que mostraba toda el área cubierta por las tres entidades, Auschwitz 1, cerca del pueblo de Oswiecim, cuyo nombre había sido germanizado para la ocasión, 2, Birkenau, y 3, la Buna. La totalidad del campo abarcaba varios pueblos. Entre ellos, había uno cuyo nombre me llamó la atención: Maków. Los miembros de mi familia paterna eran quizás nativos de allí, de donde puede venir el apellido que sigo usando, a pesar de las distorsiones causadas por el tiempo y los viajes. Muchos de ellos probablemente terminaron allí sus vidas, no aquellos que habían marchado a Estados Unidos, a Israel, a Francia o a Cuba. Sentí un frío intenso en todo mi cuerpo: apenas podía sostenerme sobre mis piernas. Ese viaje resultó un retorno a las raíces desaparecidas. Cuando pasamos por la puerta del campo, aquella en la que está escrito Arbeit macht frei, había, cosa extraña y más bien grotesca, unos revisionistas que distribuían folletos explicando que las cámaras de gas no habían existido. Nuevamente, nuestro guía polaco se encogió de hombros y Charles Baron contuvo su indignación. Lo que dominó, en el camino de regreso, durante el viaje en autocar al pequeño aeropuerto de Cracovia, bajo la nieve, y luego en el avión a París, fue el silencio. Un silencio pesado, sin intercambios, incluso entre los adolescentes que estuvieron presentes en esa excursión de un día. La impresión que les causó era indeleble, como para mí.
Me volví a encontrar con Charles Baron un tiempo después, esta vez en Drancy, durante una de las ceremonias habituales de homenaje a los deportados. Me dijo que aún volvía a Auschwitz periódicamente, a pesar de todo. Siguió haciéndolo, sin llorar, hasta su muerte en 2016.
Me mantuve en contacto con el ex deportado y le envié un artículo que había escrito para el suplemento cultural del diario ABC de Madrid, no sólo a propósito de este viaje, sino también de algunos libros que abarcan el tema de la deportación, en particular Si esto es un hombre de Primo Levi, por supuesto, al que le agrego La tregua, libro que prefiero al primero porque relaciona la salida del campo y su retorno, junto con sus compañeros de cautiverio, a la vida, de inmediato, sin límites. Hay tantos libros y películas, testimonios, estudios, ficciones, contemporáneos o posteriores, que no podré incluir aquí ni una pequeña parte, siquiera la más significativa. Pero nunca serán demasiados.

Campo de tránsito: David y Yankel en Drancy

Yo había visitado ya, en 1994, la urbanización de la Muette, esa moderna construcción del período del Frente Popular que más tarde serviría como punto de tránsito hacia la desaparición en el Este de Europa, para buscar allí, cincuenta años después, las huellas de un poeta —¡y qué poeta!—, Max Jacob, quien murió en la enfermería el 5 de mayo de 1944. El amigo (de todos, especialmente de Pablo Picasso) Max era un exquisito y extravagante travesti, convertido al catolicismo, que pensó encontrar refugio en las inmediaciones del monasterio de Saint-Benoît-sur-Loire y que nunca podría haber imaginado, incluso después de la deportación de sus hermanas, que terminaría así, abandonado, tras haber cruzado las puertas de su purgatorio. Anteriormente había hecho de su pequeño apartamento situado en el boulevard Voltaire, en el distrito 11 de París, uno de los centros de esta historia, el escenario de su Laboratoire central. Fue allí donde vio la aparición de la Virgen, aunque esta no le pudo ayudar en nada.
Fue al final de la nefasta presidencia de François Mitterrand, el momento en el que todos finalmente conocieron su pasado con el régimen de Vichy, tras la publicación, en 1994, del libro de Pierre Péan, Une jeunesse française. Dicho libro exhibía en la portada una foto del ex presidente socialista con el mariscal Pétain. La foto fue borrada para las sucesivas reediciones en libro de bolsillo, pero aún se mantiene en la memoria (para mí, al menos) dicha cubierta. En esa obra se abordaba brevemente, demasiado brevemente, la elección del puesto que se le ofreció en mayo de 1942: «uno en la Oficina de la Comisaría para Asuntos Judíos, el otro en la Oficina de la Comisaría para la Reclasificación de los prisioneros». Péan concluía, citando su fuente, Jean-Albert Roussel, un amigo de Mitterrand bien ubicado en la Oficina para la reclasificación de los prisioneros en Vichy: «Mitterrand elige sin dudarlo el segundo, aunque es tres veces peor pagado.” No obstante, se le ofreció el primero, que no rechazó abiertamente. Según sus defensores, siempre incondicionales, el futuro «resistente» nunca fue antisemita. Permítanme dudar.
En los días en que fui a hacer esta investigación póstuma, el antiguo campo de Drancy no se había convertido todavía en un «lugar de memoria». Para llegar a la enfermería, primero era necesario ir a Bobigny, un suburbio adyacente desde donde los trenes de mercancías y de ganado, abarrotados de hombres, mujeres y niños, se dirigían hacia el Este. Era un farmacéutico sefardí, muy amable, llamado Frank, quien llevaba a los pocos visitantes a seguir las huellas de los desaparecidos. No había tenido familiares muertos en deportación, pero estaba convencido de que el nazismo, o algo parecido a eso como dos gotas de agua, iba a caer sobre nosotros, en la persona de Le Pen, padre, aún no de su hija. Tenía que advertir a todos sobre ese peligro.
Me explicó que las personas que vivían en la urbanización de la Muette casi no tenían idea de lo que allí había sucedido. La mayoría eran inmigrantes, pero también había, en uno de los apartamentos, un viejo superviviente judío de los campos de concentración que había residido durante mucho tiempo al otro lado del Atlántico y que había elegido vivir allí durante el resto de su vida, como si se hubiera mantenido apegado a esa última etapa francesa como preludio a la muerte. Me llevó a visitar rápidamente el vagón a la entrada en el que había una pequeña exposición de fotos y algunos otros objetos sobre la deportación. No había monumento alguno —sería erigido más tarde. El campo daba a una gran avenida a la vista de los transeúntes. Todos en aquel entonces podían ver a los judíos matando el tiempo en medio de esa construcción en forma de herradura. No había alemanes para vigilarlos, sólo policías franceses.
Casi al final de los edificios se encontraba la enfermería. No pensé que, además de Max Jacob, iba a encontrar los nombres de mis familiares. Dos de los libros de Serge Klarsfeld, Vichy-Auschwitz y el Mémorial, estaban expuestos en medio de una mesa, rodeados de fotografías y algunos textos explicativos. Este lado pedagógico nunca fue realmente de mi agrado. Los niños y adolescentes aprenden esa historia, pero luego relacionan todas las épocas con ella y sólo con ella, comparando todas las represiones con esa barbarie y, a veces, todos los libros a la obra de Primo Levi a quien, a veces, estudian en clase.
Entre los casi 76.000 nombres de judíos deportados de Francia, encontré dos veces, allí donde me lo había mostrado anteriormente Serge Klarsfeld, el apellido «Ejzenfisz», escrito con una «E»: Yankel y David. Se lo mostré a Frank. Empezó a llorar. Yo no. Aprendí muy pronto a no hacerlo, para no dar rienda suelta a la pena insondable de mi madre.
Yo había escrito para el suplemento cultural de Diario 16 sobre Max Jacob y sobre la traición de Picasso, que no sólo no había levantado un dedo para liberarlo, sino que ¡escribiendo con humor! en un francés absolutamente abominable: «Max es un ángel», ¡quería creer o hacer creer que se las arreglaría solo! El pintor «comprometido» no tuvo el menor gesto hacia quien lo hizo rey. Por el contrario, el «colaboracionista» Jean Cocteau se la pasó removiendo cielo y tierra con sus conocidos colocados en altos niveles intentando, sin éxito, salvar a su amigo. Max Jacob murió unos días antes de su partida programada para Auschwitz.
Solía regresar a Drancy para mostrar a algunos amigos cercanos dónde había sucedido todo. Fui allí en particular, siempre en compañía de Frank, el farmacéutico de Bobigny, con una pareja, Mercedes Monmany y César Antonio Molina. Mercedes, catalana y madrileña a la vez, es la más original de las críticas literarias de España. Es una bella erudita, entre otras cosas, sobre todo lo que respecta a la Mitteleuropa (la del Elias Canetti de La lengua salvada, esa lengua que no se sabe si es el judeoespañol de su infancia o el alemán de su literatura, o la de Danubio y Lejos de dónde, de su amigo Claudio Magris), con un sinfín de escritores, en todos los idiomas y condiciones, incluyendo una enorme cantidad de genios que escribieron en yiddish o en alemán o en otros idiomas. Con César, colaboré durante mucho tiempo en las páginas culturales del periódico donde publiqué el artículo sobre Max Jacob. Más tarde fue ministro de Cultura. A él le gusta especialmente visitar, en todo el mundo y particularmente en Francia, las casas donde vivieron y murieron sus escritores favoritos. Por supuesto, ha contado en uno de sus libros, de manera a la vez realista y fantástica, nuestra visita a la Muette y a la antigua estación, ahora en ruinas, de Bobigny, desde donde los convoyes salían, cada uno con unos mil deportados, algunas veces un poco menos, otras más. Mercedes, por su parte, fue a buscar en las páginas de tres escritoras que murieron en Auschwitz, las tres judías, una francesa, Irène Némirovsky (por momentos una self-hating Jew, una judía que se odiaba a sí misma, lo que no le impidió ser asesinada como tal), la otra alemana, Gertrud Kolmar, la última holandesa, Etty Hillesum, la esencia de la premonición de su destino. Tituló su libro Ya sabes que volveré, recobrando así la esperanza infundada de regresar. Intentó dar a conocer en su país que, desde la violenta expulsión de los judíos en 1492, hace más de cinco siglos, izó un velo de vergüenza sobre todo lo relacionado con el judaísmo, esas vidas y obras truncadas para siempre. Espero que la memoria de Yankel y David haya contribuido a ese terrible conocimiento.
Por lo que a mí respecta, sólo será en los libros donde podré adquirir el verdadero conocimiento. No por los testimonios que nunca me llegaron, o a medias, o por fragmentos, porque los que podían hablar están muertos, o los demás no quisieron escucharlos. También hay una saturación de todo, historias, estudios, polémicas y negaciones. No obstante, sus palabras permanecen, así como sus recorridos, sus nombres y sus fechas de vida o muerte. Esa es su victoria.

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