Miénteme más Ebook

Miénteme más es un alegato a la experiencia madura de un jefe de Sector que ha llegado al límite de sus fuerzas porque las fuerzas que lo sostienen ya se han agotado, porque ya no le quedan crímenes que resolver, ni investigaciones que llevar a cabo, porque un desengaño más sí podría rebozar el cáliz. Ya no se avistaban momentos felices que vivir, ni gozaderas que disfrutar. “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, le había dicho una tarde a Luisa, con la lengua tropelosa por causa del ron y alguna lágrima agazapada en la pupila por causa del recuento de una vida estéril y la advertencia de un futuro insípido. (EBOOK)

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Miénteme más es un alegato a la experiencia madura de un jefe de Sector que ha llegado al límite de sus fuerzas porque las fuerzas que lo sostienen ya se han agotado, porque ya no le quedan crímenes que resolver, ni investigaciones que llevar a cabo, porque un desengaño más sí podría rebozar el cáliz. Ya no se avistaban momentos felices que vivir, ni gozaderas que disfrutar. “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, le había dicho una tarde a Luisa, con la lengua tropelosa por causa del ron y alguna lágrima agazapada en la pupila por causa del recuento de una vida estéril y la advertencia de un futuro insípido.

Los tiempos han cambiado y los amigos se están yendo a espacios tan inciertos. Como Pepe la Vaca. Cambiando a la mínima comodidad hogareña de El Puchy gracias a sus contrabandos y cambalaches. A la muerte vergonzosa de Manolito el Buty o a la corrupción y el cinismo en el que se albergaba César.

Los tiempos están cambiando y Leo Martín ha llegado al punto en que bebe para incrementar sus penas y no para olvidarlas. Ambrosio Carabina le siente olor a quemado y él mismo se siente olor a muerto. A todos los muertos que ha echado en su equipaje durante los últimos diez años.

El mundo ha cambiado para Leo Martín y ésta novela que publica Atmósfera Literaria como cierre de las Crónicas del Barrio muy pronto se convertirá en otro clásico de la Nueva Novela Negra Cubana; máxima expresión del neopolicial cubano.Iglesias y su equipo comienzan la búsqueda del Piojo y de Gretel, pero Eduardo, incapaz de esperar a los resultados de la investigación policial, lo hace por su parte con el Keco, un antiguo informante del barrio donde suponen se encuentra el violador.

La búsqueda es lenta, pero el antiguo informante localiza al Piojo por el cementerio y se lo comenta a Eduardo.

Tamaño

Páginas

128

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-49-3

Primer capítulo

I: El rostro de un amigo

Los amaneceres de Leo Martín no son apacibles. Nunca lo han sido desde que se metió a policía. Ya no lo eran antes, cuando las pesadillas le cortaban el sueño allá en Angola.
Un día, a los pocos meses de haber ocupado el puesto de Jefe del Sector de la Policía en el mismo barrio donde nació y se crio, lo despertaron en medio de la madrugada para decirle que alguien había matado al viejo Cundo. Pero antes ya sus amaneceres no eran nada apacibles.
Los malos duermen bien.
No los policías.
Al menos no los policías como Leo Martín.
Un policía como Leo Martín duerme en la zozobra y despierta con un grito ahogado en la garganta. Se despierta o lo despiertan, en cualquier momento de la madrugada. Es, sencillamente, el barrio que no entiende de horarios ni fechas en el calendario para meter lo mismo una pachanga que una bronca.
Puede ser esa sensación de ahogo en el pecho que lo levanta de la cama buscando aire para sus pulmones. Un aire que se niega a pasar por sus bronquios taponados por el cigarro y el alcohol. El instinto de alzar los brazos y recuperar lentamente la respiración. La conciencia de que algún día no habrá de conseguirlo.
Pueden ser los quejidos de su madre pidiendo auxilio en medio de sus dolores. Las perras punzadas del cáncer.
Puede ser cualquier cosa.
Haber salido de la policía no es, a estas alturas para Leo Martín, una solución para dormir tranquilo. Las pesadillas son perseverantes. Las pesadillas son como un parásito que vive en los sueños del hombre y se alimenta de su alma y el alma de Leo Martín es todavía blanda y jugosa. Por eso las pesadillas se ceban en ella.
Leo Martín descubrió que las pesadillas existían cuando estuvo en África. Cuando se tiraba a dormir a la hora que suponía era de noche, en aquellos días infinitos que pasó la tropa metida en un nicho que más que un refugio suponía ser una anticipada tumba colectiva.
Sudoroso, en su litera, flotaba Leo Martín como en una alfombra mágica que lo conducía al país de los tormentos. Una alfombra sin timón al que pudiera aferrarse para traerla de nuevo a la realidad; que flotaba en aires inciertos entre la existencia y el sueño.
Entre el ser y el no ser.
Entre la vida y la muerte.
Un viaje lento, planeando dentro de una niebla densa y gris, como el humo de los obuses, pero con la calma pesada del silencio. Sin el calor del fuego que te mete en la sangre las ganas de sobrevivir. Con un frío socarrón que te va pasmando el ánimo hasta robarte la voluntad.
Leo Martín sabía que ese frío y esa bruma eran mortales. Sabía que si se dejaba embelesar los sentidos sería el final. Entonces pensaba en su vieja, Fela, esperándolo siempre en la puerta de la casa. Sentada por las tardes en su comadrita, mirando las bandadas de pájaros negros que sobrevolaban el barrio en busca del Parque Vidal. Pensaba en Yanet, la hija que un día iba a tener con Mariana, aquella muchachita rubia, todavía intocada por la adversidad, que también necesitaba su regreso. Pensaba en el barrio y sus socios del barrio. En el viejo Cundo sentado en la esquina metiéndose el calambuco suyo de cada día.
El viejo Cundo lo miraba a los ojos y le decía: “¿Serás tan pendejo que te dejas enredar por esta nube que parece un sueño? ¿No te das cuenta de que te vas a morir si te quedas así, rendido?” Entonces Leo Martín decidía luchar. Porque Cundo era sabio. “Más sabe el diablo por borracho que por diablo”, le decía Cundo al oído y se empinaba el calambuco de la botella. “¡Fájate, maricón!” y el calambuco le rodaba por la barba amarilla de nicotina. Entonces Leo decidía tirarse de la alfombra mágica, pero su espalda estaba pegada a ella por una sustancia pegajosa como el michelín, aquel pegamento de una peste ácida que usaba Chago el Buey para hacer las alpargatas que se habían puesto de moda en el barrio, más por necesidad que por cualquier otra cosa. Chago el Buey se reía en su cara, como preludio de todas las historias que vendrían después. “¡Hijoeputa!”, intentaba gritarle Leo Martín al gordo zapatero, pero el grito se estancaba en su garganta.
Si pudiera gritar se acabaría la pesadilla. Necesitaba un grito para despertar. Para sentirse vivo. Para conjurar la muerte.
“No se puede gritar en el silencio. No se puede alterar la paz de los muertos. No hagas ruido que despiertas a tu padre”, le pedía entonces Fela, suplicante y él quería responderle: “No ves, vieja, que si no grito me muero”. Pero las palabras se trababan en la niebla helada que se le iba metiendo por la nariz hasta los pulmones y de los pulmones a la sangre.
Luego, por fin —y Leo sabía que esto podía alguna vez no ocurrir—, después de una agonía que parecía infinita venía la caída al vacío, el salto en el estómago y el grito redentor.
Leo Martín se descubría sudoroso, cubriéndose el rostro con las manos, en medio de su litera. A veces un amigo junto a él. Alguien que le había sacudido por los hombros para ayudarlo a salir de aquel sopor.
El rostro de un amigo como símbolo de la salvación.
Pepe la Vaca, su hermano, que le pasaba la mano por el pecho: “Respira, Leo, respira profundo. Siéntate para que no te vuelvas a dormir”; porque volverse a dormir era caer nuevamente en las redes de la misma pesadilla.
Eran pesadillas sin sentido aparente. Sin otra razón que anunciar la incertidumbre del futuro, pero a esas alturas de su vida, Leo Martín no les hallaba explicación. Sentía vergüenza de sí mismo cuando alguien le recomendaba pastillas para dormir o poner un vaso de agua debajo de la cama.
Ahora no está Pepe la Vaca para sacarlo de sus alucinaciones. El gordo más cojonudo del barrio se perdió hace ya unos años en una lancha con rumbo a La Florida y nadie sabe si llegó o se lo tragaron los tiburones del Estrecho. Leo Martín cree que sí llegó pues, de lo contrario, lo vería en la antología de muertos que habitan sus sueños actuales: Cundo, su padre, Pinky, Jiguaní, Blanquita, Maikel, Pedro Pechoemulo, Panchita, Manolito el Buty…
Luisa, la prima de Pepe, la mejor mulata, la cara más linda y el culo más redondo que diera el barrio por muchos años, ha sido la encargada de sacarlo de sus sopores muchas noches.
Con una caricia, arrimándole su cuerpo tibio.
Con un beso profundo.
Devolviéndolo a la vida con una vasta sesión de sexo que le ilumine la mañana.
Otras veces ha sido su vieja, Fela, con el vaso de agua fría en medio de la madrugada: “Despiértate, hijo, date vuelta en la cama”.
Pero cada vez con más frecuencia tiene que salir solo de sus pesadas alucinaciones.
Cada vez son más frecuentes las noches que Leo Martín pasa en soledad.
El camino a casa de Luisa es el mismo, pero cada tarde se hace más pesado y más largo. La botella de calambuco con Bola de Queso, en la esquina, se va convirtiendo cada día en una opción más plausible.
Fela sigue durmiendo en el cuarto junto al suyo, pero cada vez tiene menos fuerzas para levantarse en la madrugada. Todo lo contrario, es Leo Martín quien, cuando no se despierta por causa de una pesadilla, debe levantarse con urgencia a socorrer a su madre, víctima una vez más de un ataque de tos.
Los amaneceres de Leo Martín no son nada apacibles. Sus noches tampoco. A pesar de que ya no es policía.
Hace ya un año que no lo es.
Nunca pensó que fuera tan sencillo salirse. Creyó que debía transitar un largo sendero de cartas, peticiones y hasta súplicas, pero no fue así.
Resultó tan sencillo como comentarlo un par de veces. A Mariana una tarde en que pasó a ver a Yanet. “Quiero ver si dejo la policía y me busco un trabajo más tranquilo, así puedo dedicarle más tiempo a Fela con su enfermedad y, también, a la niña”, le dijo. Mariana le respondió que hacía bien, que su madre lo necesitaba en estos sus últimos meses de su vida y sería bueno si pudiera aprovechar alguna tarde con la niña todavía pues a Arsenio, su marido, le iban a dar un puesto como gerente en un hotel de Varadero y allá se irían los tres más temprano que tarde.
También, más que comentarlo, le había pedido consejo a Ambrosio Carabina, el viejo auxiliar que lo acompañara durante años en el Sector de la Policía. El ceremonioso guarapito le respondió: “Yo creo, mi hijo, que ya tú has dado demasiado en este puesto. Te siento el olor a quemado. Sí, sería bueno que cambiaras. Los tiempos también están cambiando”.
Los tiempos estaban cambiando, como se suponía para un nuevo siglo. No era el futuro luminoso que le habían prometido a Leo Martín sus maestros de primaria, pero sin lugar para las dudas los tiempos estaban cambiando.
Quizás nadie sabía si para bien o para mal. Pero los tiempos estaban cambiando.
Habían sido más de diez años lidiando con el puesto de Jefe del Sector en su propio barrio. Desde que al degenerado de Manolo se le fue la mano con sus abusos de poder y tuvo que salir como el perro que tumbó la lata, acusado de oportunista y de corrupto. Nada más que a un seso hueco como Manolo se le podía ocurrir chantajear a una tipa como Sunilda Material y querer sacarle dinero de sus negocitos a Kiko Empanada y Petra Lenguatrapo. ¡Explotó como Kafunga!
Entonces fue que mandaron a César. Nada más y nada menos que a César Sánchez para que convenciera a Leo Martín.
César era un negrito que, a pesar de sus pocas luces, había llegado a Jefe de Criminalística en la provincia y que estaba decidido a nunca dejar ese cargo, a no ser para un ascenso o para participar en alguno de esos “proyectos” que comenzaban a florecer en el país y que proporcionaban dinero y comodidad a cambio de modestos sacrificios.
César había estudiado con Leo Martín en la Academia de la Policía y se habían hecho amigos, quizás porque los dos eran carne de barrio.
“Este es tu barrio, compadre. Aquí conoces a todo el mundo. En este barrio tú sabes hasta donde el jején puso el huevo. Además, la de Jefe de Sector es una pincha suave. Ya no somos unos fiñes y ese ajetreo de andar en patrulla persiguiendo delincuentes ya no es para nosotros. Mira, ya yo me acomodé en Criminalística y, para sacarme de ahí, hay que darme candela como al macao”, le explicó César.
“Vivir en este barrio le ronca los cojones. ¡Imagínate ser policía!”, fue la respuesta de Leo Martín, pero al final acabó aceptando ante un argumento tan tremendo como: “fue el Partido quien te propuso, mi socio. Yo en tu lugar diría que sí”.
Los tiempos estaban cambiando.
César, a pesar de tener más de un escache, se mantenía como Jefe de Criminalística. Había sacado a su mujer y sus negritos del barrio donde vivían y ahora estaban instalados en un cómodo apartamento de tres cuartos en las afueras de Santa Clara.
Manolo, que diez años antes había explotado como un siquitraque, se había revindicado en un puesto de administrador de una cooperativa agropecuaria.
Fela convivía sus últimos días con un cáncer que le devoraba la carne y la voluntad.
Ambrosio Carabina había cambiado la responsabilidad de guardián del orden en un barrio cada día más perdulario por el trabajo de mensajero en las bodegas La Fe y La Esperanza.
Los tiempos estaban cambiando.
Habían pasado casi diez años y más de una muerte.
Y veinte desengaños.
Después que uno vive veinte desengaños qué importa uno más, había cantado mil veces Leo Martín mientras escuchaba el bolerón del Ciego Maravilloso recostado en el regazo de Luisa. Había levantado mil veces la copa brindando porque hay que vivir el momento feliz, hay que gozar lo que puedas gozar, porque sacando la cuenta en total la vida es un sueño y todo se va. Pero eso había sido antes, cuando los años pasaban sin apenas notarse. Sin darse cuenta de que, día a día, iba acumulando acíbar en la copa rota de su vida.
Los tiempos habían cambiado.
Ahora un desengaño más sí podía rebosar el cáliz de Leo Martín. Ya no se avistaban momentos felices que vivir, ni gozadera que disfrutar. “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, le había dicho una tarde a Luisa, con la lengua tropelosa por causa del ron y alguna lágrima agazapada en la pupila por causa del recuento de una vida estéril y la advertencia de un futuro insípido.
Los tiempos estaban cambiando.
Los amigos se estaban yendo.
Como Pepe la Vaca, a espacios inciertos.
A la mínima comodidad hogareña que disfrutaba El Puchy gracias a sus contrabandos y cambalaches.
A la muerte vergonzosa como Manolito el Buty.
A la corrupción y el cinismo en el que se albergaba César.
El mundo había cambiado.
Leo Martín había llegado al punto en que bebía para incrementar sus penas y no para olvidarlas. Ambrosio Carabina le sentía olor a quemado y él mismo se sentía olor a muerto. A todos los muertos que había echado en su equipaje durante esos diez años. Él, que en la guerra de África nunca llegó a partirle la vida a ninguno de la línea enemiga.
El mundo había cambiado.
Fue César quien le dio la solución. “Todo es muy fácil con un certificado médico. Hay un psiquiatra que nos debe algunos favores”. Aunque a Leo Martín le molestó algo aquel plural, no opuso resistencia.
El mundo estaba cambiando.
Con el papel de un loquero mediante, podía salir honorablemente de la policía. Bastaba sólo conversar un rato con el tipo y contarle de sus pesadillas y de sus muertos. Nada que no fuera la verdad. Quince minutos para conseguir un papel que valía por el licenciamiento. Luego, sin deudas aparentes, salir a buscar un nuevo trabajo.
El mundo estaba cambiando.
Ismaelito, el hijo de Magda, que había hecho fortuna con su oficio de travesti y ya era dueño de un floreciente negocio de artesanía, supo ser leal: “Leo, yo no me olvido de las veces que me salvaste de Guillermo y su manada de bugarrones de las tropas especiales cuando salían a buscar, en las madrugadas, pájaras trasnochadas para pasárselas por la chágara todo el grupo. Yo tengo buena memoria y sé que tú eres un hombre a todo, aunque hayas sido policía. Si quieres puedes trabajar para mí”.
La vida estaba cambiando.
Ismaelito, el hijo de Magda, que aspiraba a hacerse el cambio de sexo en un futuro no muy lejano, llamarse Magnolia y ser Delegada del Poder Popular en el barrio, le pagaba en una semana cinco veces el salario que antes cobraba en un mes como policía.
El trabajo de Leo Martín era simple, amasar el barro para que los artesanos trabajaran. Dos veces a la semana debía ir con un carretonero a traer el fango de las faldas de la loma del Capiro. Alguna tarde ayudaba y, de paso, aprendía a modelar las piezas y a preparar la quema.
La vida tenía que cambiar.
Leo Martín tenía un trabajo que le permitía buscar el dinero para que Fela comprara la carne de vaca clandestina necesaria para cebar aquel cáncer de pulmón que al mismo tiempo se la comía a ella. También conseguir, al menos, un pomo de alcohol para las tardes —porque no podía seguir dependiendo de que El Puchy lo invitara cuando Nieves estuviera dispuesta a aguantarles la tángana—; ese alcohol que, compartido con su nuevo compañero de tragos, Bola de Queso, le ayudaba a pasar efímeramente por el mal rato de la comida y lo llevaba directo a la cama para caer de nuevo en sus pesadillas. Sopores que cada vez le parecían más agradables que la vida real; de los que, muchas veces, al despertar, se arrepentía de haber salido. Esos sueños en los que viajaba en su alfombra mágica hacia el reino de los muertos.
Dulces pesadillas que terminaban siempre con la sensación de caída al vacío.
El grito.
E, indefectiblemente, el rostro de un amigo.
La mirada llorosa de Pinky, diciéndole su largo adiós, rota la vida por el punzonazo de un delincuente cuando apenas comenzaba su carrera como policía y como hombre.
La sonrisa de Jiguaní, aquel oriental buena gente que le dejaba como herencia una revista pornográfica mientras se apretaba la barriga intentando, inútilmente, impedir que se le salieran las tripas y la vida por el hueco abierto por la metralla enemiga.
El rostro barbudo de Cundo tirado en su catre: los ojos perdidos en el infinito, un rastro de baba cayendo aún de su boca y el charco de sangre debajo de su cabeza.
La faz deformada por los golpes de un martillo de zapatero. Un amasijo de carne, huesos y masa encefálica en la cual descubría las facciones del que fuera una vez su socio Manolito el Buty.
Un día, como un raro presagio, aparecieron los ojos de Pepe la Vaca, ese hermano al que su obsesión siempre imaginó vivo en algún suburbio de alguna ciudad del Norte revuelto y brutal, el socio al que siempre había estado esperando para después del abrazo sentarse en el contén a beber calambuco como en los viejos tiempos, el último amigo, la última esperanza.
Era una madrugada fría, pero Leo se despertó sudoroso y fatigado después del consabido grito. Sentado en el borde de su cama estaba Pepe la Vaca, su hermano que le pasaba la mano por el pecho: “Respira, Leo, respira profundo. Siéntate para que no te vuelvas a dormir. Tengo que contarte muchas cosas”.

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