Monasterio

Monasterio es una novela que gira en torno a dos acontecimientos que cambian por completo la visión de la vida de los habitantes de Cienfuegos, Cuba. La sucesión de unos asesinatos en serie de los que sólo se conoce que han sido perpetrados por El Justiciero y la forma en que despieza a sus víctimas  El otro es la celebración en primicia mundial de un concierto del famoso grupo de rock internacional Shadow; un acontecimiento inusitado de un género considerado de bitongos y homosexuales.

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Monasterio es una novela que gira en torno a dos acontecimientos que cambian por completo la visión de la vida de los habitantes de Cienfuegos, Cuba. La sucesión de unos asesinatos en serie de los que sólo se conoce que han sido perpetrados por El Justiciero y la forma en que despieza a sus víctimas  El otro es la celebración en primicia mundial de un concierto del famoso grupo de rock internacional Shadow; un acontecimiento inusitado de un género considerado de bitongos y homosexuales.

El capitán Adonis Monasterio, hombre solitario e introvertido, encargado de resolver los casos es destituido de su puesto por no dar con el asesino. Sin embargo, detrás de su aparente ineficacia decide seguir indagando por su cuenta y riesgo hasta dar con un posible sospechoso. Ignorado por sus superiores, Monasterio se embarca, a lo largo de una serie de acontecimientos, en una investigación cuyo final ni el más hábil investigador podría imaginar.

Más allá de lo policiaco, la novela nos muestra el carácter básico de lo que compone al ser humano contemporáneo aderezado, en todo momento, por un humor ácido, casi corrosivo

 

Fidel Cruz Rosell

Peso600 g
Tamaño

Páginas

278

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-10-3

Booktrailer y Primer capítulo


Capitulo I.

Donde se nos hace notorio lo equivocados que solemos estar respecto a los gordos.

Esa noche soñó con Leticia. Estaba sentada en aquel banco donde la había visto por primera vez. Aún tenía 15 años y parecía triste, de una tristeza que Monasterio hubiera deseado desentrañar. En teoría era muy fácil acomodarse junto a la joven y reiniciar una de esas largas conversaciones de cuando estudiaban juntos, pero Monasterio, sabiéndose ahora mucho más gordo que en su ya algo lejana adolescencia, temía no ser reconocido o provocar algún maternal comentario en torno a la obesidad, de manera que se limitaba a ir de un extremo a otro del parque. Hasta donde abarcaban sus ojos, la ciudad estaba desierta. Era como si Cienfuegos estuviera habitado sólo por la muchacha y él. “Y yo soy policía”, se dijo considerando esta otra buena razón para no acercarse. No quería que ella supiera que ahora era policía. Suspiró mirando a Leticia, decidido a retornar a su casa, pero después pensó que debía alertarla, decirle que con el Justiciero suelto, el parque no era ya un lugar seguro. Caminó en dirección al banco y cuando ya iniciaba un gesto de saludo, descubrió dos pequeñísimas alas en los omoplatos de la muchacha. “Qué raro”, pensó a punto de caerse de la cama.
—¿Cómo estás Leticia?
—Muy bien —dijo ella.
—Cuídate que hay un asesino suelto en la ciudad y es muy peligroso.
—Cuídate tú —dijo ella—. Cuídate de ti mismo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, pero la muchacha en vez de responder empezó a mover con rapidez sus diminutas alas hasta elevarse primero a varios centímetros del suelo y, luego de sonreír con una intensidad que Monasterio consideró pícara, se perdió en las alturas del cielo de Cienfuegos. Lo último que vio de ella fueron los delgados pies calzados con sandalias a la moda.

Despertó. Eran casi las 7 de la mañana, había dormido apenas cuatro horas, pero debía apurarse si pretendía llegar temprano al trabajo.
Ya montado en el ómnibus, de pie muy cerca del chofer, seguía pensando en Leticia y en sus alas. “Un ángel sin lugar a dudas, pues sólo a uno de ellos se le permite volar con alas tan pequeñas”, razonó.
El vehículo estaba repleto. Del radio de baterías del chofer emergía una música poco menos que infame y algunos apretujados pasajeros miraban a Monasterio con roña, pero hoy él, tan sensible otras veces a la opinión que sobre su persona tenían los cienfuegueros, no paraba mientes en ellos. Por unos segundos llegó a considerar la posibilidad de averiguar si Leticia vivía aún en la ciudad, ir a visitarla y contarle: anoche soñé contigo, eras un ángel. Ella habría cambiado muy poco, estaba seguro, tomarían café o mejor algún refresco muy frío, conversarían y todo sería como antes, salvo que, a la hora de las despedidas, considerando que aún estaría soltera, él daría al fin el paso hacia el abismo.
—Te amo Leticia —soltaría de corrido, sin pestañear, con todas sus letras.
—Yo también te amo —diría Leticia.
El ómnibus rodaba veloz y por las ventanillas entraba un vientecito matutino y fresco. Gordo, qué gordo, susurró alguno de los pasajeros, pero él no pareció escucharlo. Tenía incluso los ojos cerrados y una sonrisa placida, casi infantil, suavizaba sus rasgos de hombre maduro. Monasterio se casaba en la imaginación: Ding dong, repicaban las campanas de la catedral de Cienfuegos, una paloma se posaba sobre su hombro en el momento de traspasar las amplias puertas y Leticia con el largo vestido blanco lo esperaba junto al púlpito.
—Oiga oficial, ¿usted no se baja aquí? —lo sacó de sus pensamientos el chofer cuando ya habían arribado a la parada frente a la estación central de policía de Cienfuegos.
—Gracias —dijo apresurándose a descender del ómnibus.
—Así quieren atrapar al Justiciero —espetó alguien a sus espaldas.

2

En la oficina los subordinados ya lo esperaban.
—Hola jefe, ¿se le pegaron las sábanas? —bromeó el Rafa. Fermín sonrió y siguió garabateando en una libreta de notas.
—¿Oyó capitán?, los Beatles van a tocar en Cienfuegos —siguió el Rafa.
—Shadow —aclaró Fermín.
—Lo que sea, para el caso es lo mismo, las locas van a estar sueltas, roqueras de todas partes.
—¿Y eso? —preguntó Monasterio.
—Acaba de llegar una circular desde La Habana. Según dice ahí, para decidir dónde iba a empezar su próxima gira, el director de la banda puso el dedo en un mapamundi y, tantarantán, le tocó a Cienfuegos y su nunca terminada central electro nuclear. Eso es diversionismo ideológico.
—Cállate, es una honra para esta ciudad que entre todas las urbes del mundo la hayan escogido —dijo Monasterio—. Ese es el grupo donde toca Piad Morrison el obsceno.
—¿Piad Morrison el que?
—Piad Morrison el obsceno.
—¿Usted es roquero?
—No tanto.
—¿Y por qué le dicen Piad el cochino?
—Es un asunto un poco oscuro. Ha sido acusado de realizar prácticas satánicas y de beber sangre de niños, pero no se le ha podido probar nada.
—Al tolete con el tal Morrison. No sé cómo lo van a dejar entrar aquí.
—Para que veas.
—Pues yo no soporto nada de eso. Los pelús me dan urticaria. Mi mujer es la que se va a poner como loca —dijo Fermín.
—Hablando de locos, ¿vio la peli de anoche? —siguió el Rafa.
—No, anoche fui a ver a Lady Di.
—¿Algo nuevo? —preguntó Fermín guardando la libreta en el buró de nogal que compartían los tres y la pluma dentro del bolsillo izquierdo de su guerrera de oficial.
—No, nada.

Monasterio había estado desde las ocho de la noche hasta casi la una de la mañana en casa de la psicóloga Julia Balboa, a la cual llamaban Lady Di, no porque guardara algún parecido con la difunta aristócrata sino por su costumbre de ingerir té sin azúcar, vegetales y carne como único alimento y a realizar ejercicios físicos con el fin de mantenerse atlética en extremo.
—El asesino es alguien al que le encanta lo lúdico, por eso reduce a los seres humanos a la condición de juguetes —había empezado la psicóloga luego de servirle un brebaje amargo y caliente, en una taza de porcelana—. Reduce al ser humano a la parodia de una parodia —concluyó, mirando fijo a Monasterio que parpadeó inquieto, temiendo algún tipo de perorata existencial sobre la soledad del ser humano—. Hasta tú puedes ser el asesino.
—¿Y usted? —inquirió él, pero no obtuvo respuesta. Luego hablaron de criminales célebres y sus características psicológicas. Mejor dicho, habló la terapeuta pues el gordo se limitó a escuchar. Apenas si hizo cuatro o cinco preguntas durante el resto de la velada.

—Era policíaca —dijo ahora el Rafa.
—¿De Terminator? —se interesó Monasterio.
—No, pero estaba buena. Trataba de un psicópata que les comía el corazón a sus víctimas.
—Qué horror —dijo Fermín.
—Que puercá, dirás tú. Uno de los asesinados era un viejo roñoso y asmático.
—¿Y además de ver filmes? —preguntó Monasterio.
—Me tomé la noche libre capitán. Llevamos nueve meses de escena del crimen en escena del crimen y yo no soy una máquina. Usted me perdona, me fumé dos cajas de cigarros pensando en el Justiciero y me dolió tanto la cabeza que Cecilia me cubrió la frente con un paño húmedo para que se me pasara. Luego templamos, me puse a ver la peli y me dormí como un angelito.
—¿Y cómo es Cecilia en la cama? —interrogó Fermín.
—Fabulosa —dijo el Rafa poniendo los ojos en blanco y mostrando una serie de dientes que resaltaban por su blancura.
—¿Y tú? —preguntó Monasterio mirando severo a Fermín.
—Dice mi mujer que soy más o menos.
—No te hagas el gracioso que con uno basta.
—Disculpe. ¿Si usted supiera capitán? Yo sigo convencido de que es una conspiración.
—Y vuelve este con lo mismo. ¿Qué conspiración, ni ocho cuartos? —dijo el Rafa.
—Conspiración y bien. Hay que indagar más, cambiar la técnica de los interrogatorios incluso.
—Lo único que te falta por decir es que todo fue planeado por la CIA.
—Tal vez.
—¡Bah! —dijo Rafa—. Los tres crímenes han seguido igual patrón. En todos se ha empleado el mismo tipo de arma y, con los restos, el tipo siempre forma la instalación plástica, naturaleza muerta o como rayos se llame y hasta el papel empleado para dejarnos el título de la obra es el mismo. Además, te repito por centésima vez, ¿cómo explicas la completa ausencia de huellas? ¿Crees que en esta ciudad haya ocho tipos capaces de limpiar tan bien una escena del crimen?
—¿Y a quién apunta todo eso si no es a alguna organización poderosa? Lo que no creo es que una sola persona pueda ser tan eficaz. Acuérdate de que los tipos friegan el piso, lavan el cuerpo de las víctimas y luego lo afeitan hasta no dejar ni el más mínimo vello. Pensar que un sólo hombre tenga tiempo de hacer eso es una locura, tú me perdonas.
—Entonces, vamos a entregarle el caso a la Seguridad del Estado y salgamos de vacaciones.
—Eso lo has dicho tú. Yo sólo he pretendido ser creativo y buscar otras variantes. Hace rato que estamos dando vuelta detrás de un fantasmagórico Justiciero.
El Rafa miró a Monasterio.
—¿Usted qué opina capitán?
—Debemos seguir trabajando, eso creo —dijo Monasterio.
Alguien tocó a la puerta.
—Pase.
Entonces cierta treintañera, a la cual el uniforme azul no lograba afear del todo, entró a la oficina y, luego de dar los buenos días, dijo que el mayor los llamaba a los tres. Gracias, dijo el gordo tratando de no mirarle las tetas, mientras que el Rafa preguntó con toda una colección de melosas intenciones en la voz:
—¿Cómo estás, Nancy?
—Apúrense, que está que muerde —dijo ella a manera de respuesta.
Todos en la unidad sabían que había sido amante del jefe. Se sentía despechada, pero no tanto como para admitirse a sí misma coquetear con el Rafa, un simple tenientico.
Salieron tras la mujer y tocaron en una puerta de madera barnizada. Entren, dijo una voz grave. La oficina era amplia y refrigerada. El mayor estaba sentado detrás del buró y examinaba ciertos datos en la pantalla de una Pentium de última generación. Cerró el programa. Pónganse cómodos, dijo con calma, y cuando ellos ocuparon tres de las cuatro sillas situadas muy cerca del buró, los recorrió uno a uno con la vista. Luego empezó a tamborilear con los dedos de la mano izquierda en la mesa.
—Acabo de hablar con el jefe de sector del barrio de San Lázaro —dijo al fin, mirando a Monasterio—. En lo que ustedes estaban leyendo poemitas, el socio mató a uno más. Díganle al oficial de guardia que les dé los detalles, luego arranquen para allá y tráiganme algo nuevo. Demuéstrenme que sirven para algo más que comer hamburguesas. Arranquen que ya ese hijo de puta y ustedes me tienen hasta aquí—replicó mientras se llevaba las manos a la bragueta en un gesto harto elocuente.
Monasterio lo miró con ese resentimiento de los lunes por la mañana, nada serio. Sólo una especie de recordatorio de que prefería hacer otra cosa y no ir a investigar a un descabezado más. Se rascó la barriga, gesto habitual en él cuando deseaba mostrarse desagradable.
El mayor lo miró con desprecio. Sus trescientas cincuenta libras de peso afean la unidad, ya bastante fea de por sí, con esas paredes sin pintar, los apestosos baños y los calabozos.
—A las cinco los quiero aquí. Dentro de tres semanas nos va a caer arriba una banda de roqueros europeos, la ciudad se va a llenar de turistas y va a ser de ampanga. Para entonces el Justiciero tiene que ser historia. Repito: tiene que ser historia. No me importan los métodos que ustedes vayan a emplear, pero tiene que ser historia. ¡Y es para hoy! —afirmó viendo que Monasterio se giraba con la indolencia propia de los muy gordos que se toman un tiempo larguísimo antes de despegar las nalgas de la silla.
El mayor fue modelo antes de dedicarse a la policía. Aún práctica karate y el uniforme le queda impecable al contrario que Monasterio que, después que concluyó la academia del MININT, no ha realizado otro ejercicio que el que se practica con las mandíbulas sentado ante una bien surtida mesa.
—Ese tipo no nos da un chance —dijo el Rafa cuando ya estaban afuera.
—Evita los comentarios de pasillo.
—Me refiero al Justiciero.
—Busquen el equipo y luego me esperan en el parqueo.
—Okey jefe.
Monasterio se dirigió al departamento del oficial de guardia. Cabrera, un subteniente bajito, algo grueso y con un par de patillas por completo antirreglamentarias, estaba de servicio. Sonrió al verlo llegar.
—¿Cómo está la cosa, Terminator?
—Tirando. ¿El traslado cómo va?
—La tienen cogida conmigo, Terminator, tú lo sabes. Tendré que quedarme en Cienfuegos para siempre y tú cuídate que en cualquier momento te sacan un sable. Ahora, te digo algo: si con eso creen que me van a destruir les quedó corto y estrujado.
—Ya lo sé.
—¿Qué sabes?
—Nada, que eres muy fuerte.
—Ah, es eso. No creas, a veces me dan deseos de mandarlo todo al diablo, dejar la policía e irme para mi pueblo, aunque sea a recoger cebollas.
—Ese gusto no se lo des a nadie.
—Lo que te tengo que contar.
—Si, pero ahora no, disculpa. Estoy apurado.
—¿Cuál es el apuro? El muerto no sé va a ir. Además, el tipo se lo merecía. Lo estuve investigando y era tremendo hijo de puta. Imagínate, estuvo preso por violar a un niño.
—Si pero ya había pagado su deuda con la sociedad y nadie debe tomarse la justicia con sus propias manos o para qué estamos nosotros.
—¿Qué deuda, qué justicia ni ocho cuartos? ¡Ay, Monasterio!, despierta. Ese Justiciero le está haciendo un favor a este país. Ojalá que siga despachando bandidos, pero que luego coja para arriba y se eche unos cuantos de esos.
—Si tú lo dices. Dame la dirección, anda.
—Reparto San Lázaro, calle dieciséis entre siete y nueve —leyó Cabrera en una libreta de notas que tenía sobre el buró.
—Hasta más ver.
—Oye Terminator, no vayas a decir nada de lo que yo te digo. Sólo lo hago porque tengo confianza contigo. Si llega a malos oídos me pueden partir las patas.
—Lo sé, no te preocupes.
Cuando llegó al parqueo, el jefe del mismo le informaba al Rafa y a Fermín que el mayor no los autorizaba a utilizar el auto de criminalística.
—Yo lo siento mucho, pero el hombre dijo bien claro: si quieren el Lada tienen que ganárselo.
—De madre —dijo Fermín.
—De madre no —dijo Linares, el jefe del parqueo—. Todo el mundo viene aquí y me descarga a mí y yo obedezco órdenes. No soy Mandrake el mago, que yo sepa me llamo Raúl.
—¿Qué se puede hacer? —preguntó Monasterio—. El tipo al que le cortaron el moropo no va esperar hasta que al mayor se le pase el berrinche.
—¡Ah, no sé! Yo cumplo con decirles lo que hay.
—No pensarás que vamos a ir a pie o en guagua —siguió el Rafa.
—¿Ustedes ven eso? Él me ordenó: arréglala para esos inútiles. Ya está lista y tiene el tanque lleno —dijo Linares señalando con su dedo manchado de grasa una destartalada moto con sidecar del tiempo de la colaboración soviética.
—No, ah no, usted tiene que estar bromeando —dijo el Rafa con una amarga sonrisa—. Yo no subo mi culo ahí. Yo tengo una reputación que cuidar. Yo estudié en la universidad.
—Como si estudiaste en China —dijo Linares—. Si quieren se montan, si no, hablen con el jefe.
—Mira Linares —dijo Fermín, señalándole las mochilas donde guardaba las cámaras fotográficas—, este equipamiento es muy sensible. ¿Si le pasa algo quién responde?
—Ni sé, ni me importa.
—Vamos —dijo de pronto Monasterio.
—Jefe, jefe, no se deje meter el pie —dijo el Rafa en tono de queja.
—Vamos.
Montaron en la moto. Rafa tomó el puesto del piloto, Fermín se acomodó detrás y Monasterio casi no cupo en el sidecar.
Al llegar al centro de la ciudad, a pesar de la urgencia del caso, no pudo evitar decirle a Rafa que pararan a comer algo. Había una larga cola frente a una mesita rústica sobre la cual un camarero largo y flaco tenía una bandeja colmada de pizzas de un aspecto muy poco comestible. Monasterio tragó saliva
—¿Tiene hambre, capitán? —inquirió el Rafa con una sonrisa.
Monasterio lo miró con odio. Una mujer empezó cierto conato de protesta viendo cómo Fermín le extendía veinte pesos al camarero sin importarle la cola.
—Por eso están tan gordos —dijo la mujer sin pararse a meditar que sólo uno de ellos era obeso.
Fermín compró dos pizzas y se las dio a su jefe.
—¿Ustedes no quieren?
—Ya desayuné —dijo el Rafa.
—Si me como una de esas cosas tan temprano en la mañana, reviento como una cafetera vieja —dijo Fermín.
—Te las pago cuando cobre.
—Si capitán —dijo Fermín, que algún negocio ilegal debía tener pues el sueldo le alcanzaba perfectamente a pesar de tener dos hijos y una joven y hermosa mujer que le engañaba con un estudiante de letras.
Monasterio, condenado por sus costumbres a la más empedernida soltería vivía solo y sin hijos. Sin embargo, el sueldo se le iba casi completo en pizzas, hamburguesas y entradas al cine. “Monasterio, tú eres un niño demasiado crecido”, le soltó hace casi un año Lady Di en una de esas entrevistas o pruebas psicológicas que periódicamente se ven obligados a sufrir los criminalistas y él asintió, aunque el comentario sobre su condición infantil no le pareció demasiado inteligente, a decir verdad. Nunca fui niño pensaba a veces recordándose con treinta años menos y de pantalones cortos. Por ser tan obeso, cuando no iba a la escuela, parecía faltar la mitad del aula. Sus condiscípulos lo sometían, además de a un ostracismo declarado, a diversas torturas. Nada serio, cosas, así como tirarle papeles y otros objetos o recitarle:
Gordo manteca,
Barril de mierda seca.
En ese entonces su madre, secretaria de oficio, actriz por vocación y lectora empedernida de literatura francesa, deseaba hacerle perder peso. Llegaba, incluso, a esconderle la comida.
—Tengo hambre, mamá —gimoteaba.
La madre movía la cabeza negando con vehemencia y, si seguía insistiendo, llegaba a un ataque de histeria.
—¡No, mi hijo, no puede ser, gordo!
Al padre la temprana obesidad del hijo le provocaba hilaridad. ”Este salió a la difunta”, decía. La difunta era una tía de Monasterio muerta de un infarto al devorar el contenido integro de una de esas grandes latas de dulce de coco tan abundantes antes del Período Especial.
Pensar en su familia le entristeció, por eso mordió la pizza con ansia, era como si se le fuera a escapar de las manos.
—Con calma, capitán —dijo el Rafa cuando ya montaban de nuevo.
La motocicleta se fue traqueteando por la avenida del Prado camino de la barriada de San Lázaro. Los cienfuegueros giraban la cabeza para mirar a uno de sus gordos celebres que, embutido en el sidecar, parecía un pálido Buda. ¡Faltas de suin! voceó alguien y el Rafa olvidado del uniforme le respondió con un hijo de puta a toda voz.
Al fin llegaron a San Lázaro, una barriada donde se amontonaban edificios de mampostería casi convertidos en ruinas y destartaladas viviendas de madera. Desde el portal de una casa apuntalada, les llegó un reggaetón: soy un loco, soy un quemao, no creo en nadie porque estoy arrebatao.
Una reproductora de disco compacto, colocada encima de una mesa de madera y patas de cabillas, era la culpable del ruido. Rodeando a dicho equipo, de pie o sentados en el piso del portal, un montón de adolescentes, casi todos con largas trenzas afro y aretes en las orejas, vieron acercarse a la moto pintada de verde olivo. Uno, de gorro de rastafari hundido hasta las orejas, señaló con el índice de la mano derecha e hizo un comentario que los policías no lograron escuchar.
—Pregúntales dónde es, a ver si ganamos tiempo —dijo Monasterio.
El Rafa parqueó junto a la acera y sin apearse le pidió por señas al del gorro que se acercara. Este miró a sus compañeros y, cuando uno de ellos, alto de estatura y quizás mayor en edad que los otros, asintió, se dirigió hacia la moto, con un paso muy peculiar, moviendo los brazos de manera exagerada. Apenas tenía catorce años y sin embargo mostraba con orgullo un diente de oro. Fermín le preguntó que por qué escuchan la música tan alta y por qué no estaban en la escuela.
—La grabadora no es mía y las clases son por la tarde.
—¿Y de quién es?
— De Robert. Su tío el marinero la trajo de España.
—¿Cuál es Robert?
—Aquel, el de la trenza.
—Ah sí ¿Y en que escuela estás tú?
—Este nunca ha ido a la escuela —dijo el Rafa con una sonrisa—. ¿No le están viendo la facha?
—Secundaria básica Rafael Espinosa, esa es mi escuela. Estoy en noveno grado. ¿Puedo preguntarles algo?
—Pregunta —exigió el Rafa.
—¿Este aparato qué es? ¿Salió de alguna película marciana? —dijo el muchacho señalando a la moto.
—Déjate de frescuras.
—Es una broma, combatiente, no se ponga así.
—Yo no te he dado confianza —dijo el Rafa—. No te pases de la raya que te cortamos las alas a la velocidad de un cohete.
—¿Sabes dónde vive Anselmo Cuéllar? —intervino Monasterio y el adolescente lo contempló con detenimiento. Luego miró hacia atrás donde sus compañeros se pasaban un cigarro entre ellos y observaban a los policías con evidente recelo. Le parecío que si de pronto ensayara un gesto brusco, escaparían como un montón de gorriones.
—Contéstale al capitán —dijo Fermín.
—No conozco a ningún Anselmo. Por aquí la gente no se hace llamar así.
—¿Y cómo se hacen llamar, sabiondo?
—No sé, el pichón, cara crimen, el bemba…
—¿El Fuácata?
—El Fuácata está muerto —dijo el muchacho alzando la vista y mostrando su diente de oro—. El Justiciero lo partió al medio.
—Ese no es ningún Justiciero sino un asesino. Nadie está autorizado a tomarse la justicia por su mano y un estudiante como tú debería de tener más cuidado con lo que dice —peroró Monasterio.
—Oka —dijo el chico, conciliador.
—Aquí corren las noticias —suspiró el Rafa—. ¿Quién te lo dijo?
—Todo el mundo lo sabe.
—¿Dónde es?
—¿Dónde es qué?
—Se nota que tienes problemas de retardo. ¿Qué va a ser? La casa del Fuácata —dijo Fermín.
—Cojan tres cuadras más adelante, luego a la derecha, en la última casa del callejón, está pintada de azul y es de dos pisos.
Casi al final de la tercera cuadra, había dos mujeres jóvenes sentadas en la acera que al ver acercarse la moto se pusieron de pie.
—¡Agua! —gritaron al unísono segundos antes de que el vehículo pasara ante ellas.
—Parece que tienen sed las muy inocentes —dijo el Rafa aminorando la velocidad y desviando la vista de la calle para observar a las dos muchachas—. ¿Paro y les demuestro que no somos los camelleros de su desierto?
—No, déjalas que disfruten.
—¿Ahora a la izquierda? —preguntó Fermín.
—A la derecha, a la derecha —dijo el Rafa y dobló en esa dirección—. Tolete ¿qué es esto?, ¿unos putos carnavales?
El Rafa frenó de pronto, pues la cuadra donde acababan de entrar, estaba colmada de una multitud de hombres, mujeres y algunos niños.
—¿¡Están embarazadas o tienen la menstruación!? ¡Suban a la acera que ninguno de ustedes paga chapa!
—¡Viva el Justiciero! —se oyó una voz que no lograron precisar a quién pertenecía.
—Tú, el de la camisita a cuadros, acércate —dijo Fermín señalando a un hombre de mediana edad, pero este se escurrió entre la multitud.
—¿Qué hacemos? —preguntó el Rafa entonces mirando de hito en hito a Monasterio—. Usted es el jefe, pero por mí les tiro la moto encima, conmigo no pueden estar en estos jueguitos o, ¿qué se creen?
—Es obvio que no quieren que lleguemos a la escena del crimen— dijo Fermín.
—Eso se cae de la mata —dijo el Rafa—, pero tienen cojones.
—Sigue con cuidado, no vayas a arrollar a alguien —dijo Monasterio.
—Ay capitán, usted debía trabajar de pastor en una iglesia.
—O de tata en un círculo infantil.
—Déjense de atrevimiento, que el horno no está para galleticas.
El Rafa hizo sonar varias veces el claxon y avanzó lentamente. Las personas se apartaban casi cuando ya tenían el vehículo encima. Monasterio pudo escuchar algunos silbidos, no precisamente de admiración. Despejen, gritaba el Rafa y Fermín se llevaba la mano a la cartuchera.

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