Nadie espera al Sr. Ross

La historia transcurre en El Puerto, pequeña ciudad situada en una isla donde impera un régimen de soterrada represión política y férrea censura en los medios masivos de difusión. Pero si el contexto real aflora por momentos, será solo como telón de fondo, en función de las vidas privadas que están en juego, nunca como discurso o panfleto socio-político. Enmanuel Ross, locutor radial próximo a la edad de retiro (situación que lo angustia día tras día), comete el error, involuntario, de radiar a una cantante prohibida. A partir de este hecho, en apariencia intrascendente, es sancionado a un puesto menor, humillante: recepcionista anónimo de clasificados

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La historia transcurre en El Puerto, pequeña ciudad situada en una isla donde impera un régimen de soterrada represión política y férrea censura en los medios masivos de difusión. Pero si el contexto real aflora por momentos, será solo como telón de fondo, en función de las vidas privadas que están en juego, nunca como discurso o panfleto socio- político. Enmanuel Ross, locutor radial próximo a la edad de retiro (situación que lo angustia día tras día), comete el error, involuntario, de radiar a una cantante prohibida. A partir de este hecho, en apariencia intrascendente, es sancionado a un puesto menor, humillante: recepcionista anónimo de clasificados.

Llamadas comprometedoras, encuentros sorpresivos, personajes turbios (como el Guardián, su nuevo compañero de oficina) crean una atmósfera tensa y condicionan sucesos que tuercen trágicamente su vida. De forma paralela palpitan subtramas unidas a la central. La más importante tiene como centro a Natalia Serrat. Esta mujer de cuarenta y seis años, abandonada de golpe y sin explicación por el esposo, sufre los embates de la soledad y la abstinencia sexual, y en un rapto de lascivia comienza a redescubrirse, a explorar su cuerpo hasta hallar en la autosatisfacción una válvula de escape. Aunque lo intenta, ya no podrá detenerse, y lo que se inició como juego se convierte en adicción.  La novela cuenta con un breve prólogo, de corte periodístico, destinado a inquietar al lector y aportarle al texto un aire veraz.

Peso450 g
Tamaño

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

ISBN

978-84-15918-13-4

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Encuadernación

Rústico Fresado

Booktrailer y Primer capítulo

El señor Ross salió esa noche rumbo a su jornada de dos horas en la radio y, pese a alejarse del mar a ritmo caprichoso, por largo rato lo acompañó un rumor de olas aburridas. No iba alegre ni triste, lo que podemos considerar el hado reinante en su espíritu: no estar, íntimamente, ser. “La noche parece un gran vientre antes del parto, en la mañana es como si acabáramos de arribar al mundo”. El señor Ross no supo el origen de este pensamiento, pero le agradó. No lo lograba a menudo, aunque intentara con maniática regularidad componer una idea a través de una metáfora, ni sembrar en el centro de sus desordenadas imágenes una reflexión. Su destino no incluía la abstracción filosófica y mucho menos la grandeza poética, sino el arte de lo efímero y lo oculto: la radio, gracias a un novedoso registro vocal de bajo trasnochado y cierta originalidad a la hora de componer guiones que a muchos dejaban fascinados y, a él, inconforme.
Serían cerca de las doce. La calle liberaba aún los vapores estivales del día y, como de costumbre, en su diezmada estatura sobresalían no pocos artefactos: cuarenta y tres centímetros de portafolios, la nariz demasiado viril para tan pobre porte y el traje de gabardina azul Prusia, anticuado y solemne, que lo convertían finalmente en una rareza ambulante. Así que en vez de pasar inadvertido, como hubiese deseado, encarnaba otra de las curiosidades distinguidas de El Puerto. Frente a las risas callejeras y los comentarios del gremio radial, el señor Ross mantenía inmutable su postura: simuló siempre parsimonia, la más férrea desatención.
El viento del norte dejó de batir y la corriente del sur arrastró una brisa cálida. Entró a la emisora bastante fatigado. De inmediato, varias caras pasaron a su alrededor, a favor o en contra. Se soltó a sudar en abundancia. Era evidente, ya todos sabían la noticia.
La madrugada anterior la somnolencia de la ciudad había sido perforada. Una voz evadió por azar la censura, penetró los radiorreceptores y sedujo e inquietó a quienes el trabajo o el insomnio sostenían despiertos. El señor Ross acababa de mandar un mensaje a la carretera: cuidar la atención del vehículo. “Si percibe cansancio en los ojos, mejor parar y tomar un descanso. Preserve su vida y la de los demás”. Se acercaba el cierre del programa, “y nada mejor que un buen mambo para animarse. Canta María del Carrillo, quien celebra medio siglo de triunfos, de Pérez Prado: Rico Mambo”. Desde los primeros acordes supo que algo andaba mal. No era un mambo, tampoco María del Carrillo, ni Berta Fernández. Escuchó, atento, lo que resultó una guaracha, no cualquiera, Compay gallo, un clásico nacional, interpretada, nada más y nada menos, en el sello inigualable de la magistral Celina Álvarez, cantante prohibida en la radio nacional desde su partida del país tres décadas atrás. El realizador de sonido, joven, distraído, más preocupado por terminar e irse a casa, nada notó.
El señor Ross se quedó muy quieto, como si temiera estropear con un torpe ademán la mágica tensión del desastre. Breves recuerdos pasaron por su memoria. Los tiempos de la Mil Diez, estación donde la Álvarez y otros grandes artistas hicieron historia. La gran revuelta, a finales del cincuenta y ocho, cuando Celina actuó en exclusiva para Bella Mar, el lujoso cabaret a cielo abierto de El Puerto. Él tenía veintidós años, un solo traje y ninguna acompañante. Sólo permitían la entrada de parejas y tuvo que conformarse con escuchar desde el parqueo, repleto de carros. Camuflado, esperó y la vio salir: el vestido azul brillante ajustado al cuerpo, la sonrisa suelta. La seguían músicos y admiradores. Aquella imagen lo acompañó mucho tiempo, y luego, al oírla en la Mil Diez, en CMQ o en los discos que grabó a lo largo de su carrera, retornaba nítida, como si estuviera viéndola emerger del Bella Mar, sonriente y campechana.
Ensimismado, conmovido, no atendió el final del número. Tardó en reaccionar. Probó algunas frases que salieron falsas, atropelladas. Por suerte concluía Madrugada Azul, “el programa de los que prefieren la complicidad de las estrellas, la plenitud del silencio más musical”. No intentó rectificar la errata, debido a la hora, casi seguro pasaba desapercibida.

Por desgracia no sucedió así. En el recibidor de la emisora esperaban el joven realizador de sonido hecho un manojo de nervios y la asesora del programa, quien le propinó una mirada de muerte. Se llamaba Mery, pero la habían rebautizado como Montserrat, debido al gran parecido con la cantante de ópera. No era tan gorda, más bien turbia, autoritaria, con un tonito chillón de soprano desafinada. La experiencia, los años y la reputación del señor Ross —quien imponía su punto de vista— no impidieron los grandes encontronazos en sus desagradables debates sobre el aprobado de los guiones. Algo difícil de perdonar: la Montserrat no perdía tiempo en exhibir poder, otorgado por los superiores y cada desafío la dejaba inhibida, avinagrada y como venganza lo tuteaba con ironía.
Pasada la sorpresa, el señor Ross tomó asiento a su lado, libre de sentimientos.
—Me quieres explicar qué pasó —gruñó la asesora.
—Nada, un error.
—¿Un error? ¿Lo dices así?
—Fue un error.
—Pues busca mejor excusa, porque esta vez no te creerán, estabas advertido.
—No noté que era una “desterrada”, reaccioné tarde.
—No me vengas con palabritas, es una cantante prohibida. A mí no me engañas, tú eres un viejo zorro, “señor Ross”. A otra con ese cuento.
—A usted no tengo que darle explicaciones, soy responsable de mis actos, señora.
—Puedes escapar de mí pero no de la Dirección. El nuevo jefe ya lo sabe, citó a una reunión mañana a las nueve con los implicados: tú, yo y ese infeliz, mira cómo está, no te da lástima.
Señaló al joven. No parecía recuperarse. El señor Ross procuró calmarlo.
—No debe preocuparse, muchacho, usted no tiene ninguna culpa. Soy el director, el responsable de todo.
—Eres un egoísta —volvió a la carga la Montserrat —, no te importa troncharle la carrera a alguien que empieza. Si te traes algo entre manos, no nos arrastres a nosotros.
—Ya dije que soy el único responsable. ¿Podrá mantener la boca cerrada?
—No cuentes conmigo, primero me aplastas con tus teorías y ahora quieres que te ayude, ¡pues jódete!, “señor” Ross.
La asesora abandonó el recibidor. Emmanuel le pasó su mano izquierda sobre los hombros al muchacho y le dio cuatro palmaditas.
—Estos son gajes del oficio. Ánimo, que nos queda una larga noche.

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