Orfeo en el Caribe Ebook

Orfeo Vázquez, mulato bien plantado, toca la tumbadora en un grupo de salsa pero sueña con dedicarse a la música clásica. Se enamora de Eury, chica peso completo y lectora de Charlotte Brontë. Las cosas se complican cuando la hermana de Eury, pelirroja de sensualidad agresiva, se empeña en llevarse a la cama al músico. Los tres vértices del triángulo planean irse de Cuba en una lancha clandestina, enfrentándose a las furias de un huracán que se aproxima. (EBOOK)

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Orfeo Vázquez, mulato bien plantado, toca la tumbadora en un grupo de salsa pero sueña con dedicarse a la música clásica. Se enamora de Eury, chica peso completo y lectora de Charlotte Brontë. Las cosas se complican cuando la hermana de Eury, pelirroja de sensualidad agresiva, se empeña en llevarse a la cama al músico. Los tres vértices del triángulo planean irse de Cuba en una lancha clandestina, enfrentándose a las furias de un huracán que se aproxima. Pero Anfitrite (o Yemayá, como le dicen en La Habana) tiene otros planes para ellos…

Un mito griego se calienta en el Caribe dando paso a una novela de amor ubicada en un ambiente exótico destinada a las que lloraron por Betty la Fea, a quienes se identifican con una heroína con grasa en la cintura y celulitis en los muslos, pero con un cerebro cinco estrellas y a los interesados en saber más sobre la vida en la Cuba contemporánea, con un conocimiento que no se limite a las contorsiones de las jineteras ni a lo que sucede durante un apagón.

Páginas

150

Tamaño

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-20-2

Booktrailer y Primer capítulo

Capítulo uno

Un trompetazo feroz hiere el aire del mediodía, rajándolo como una cuchillada rítmica. Los timbales repiquetean febriles. El tocador de tumbadora la castiga sin tregua y el cuero le responde con un gruñido montaraz. En el apartamento de Baby Casablanca está ensayando la banda Mal de Ojo y el edificio entero reverbera al ritmo del tumbaquín quin quin. Tumbaquín.
El director de Mal de Ojo es el propio Baby, que hace de cantante, tecladista y, si lo apuran, timbalero. Es un cincuentón alto, peludo como un oso siberiano y con una panza de ejecutivo bancario que apenas le cabe en los pantalones. Habría que averiguar por qué le dicen Baby, pues nombre menos apropiado no se ha visto en la ciudad desde que ésta recibió el fundacional de Villa San Cristóbal de La Habana.
Junto a Baby resopla el saxofonista, Guille Bellman, con unos shorts tan ajustados que dejan ver la configuración exacta del instrumento genital. Los otros lo embroman por el atuendo, pero en el fondo se mueren de pura envidia macha. Porque a Bellman, totí y bembudo como es, cual buen pichón de jamaiquinos, le sobran las mujeres de todos los colores. Es que sexo y saxo sólo se diferencian en una letra, dice siempre, riéndose con su dentadura perfecta de negro lindo y guapetón.
El tercer miembro de la banda es Pepe Ponciano, un pitiminí que toca la trompeta a puro resuello. Hace años que no conoce bíblicamente a una mujer, porque con sus paticas de alambre y ese pecho hundido de niño anémico no hay fémina que le haga caso, pero así y todo padece de mitomanía aguda. No hay más que oír sus jactancias acerca de las hembras que lo acosan y se vuelven locas por él. Los otros se burlan a sus espaldas y dicen que es un infeliz. Él lo sabe y también se ríe para sus adentros de esas oquedades lampiñas que nadie se imagina lo que esconden.
Al lado de Pepe Ponciano aporrea la tumbadora Orfeo Vázquez, un mulato forzudo, cuyo tórax de levantador de pesas contrasta con su expresión pacífica y casi virginal. (Virginal dije, pero tampoco hay que tomar el adjetivo al pie de la letra.) Músico clásico, graduado de piano y composición en la Escuela Nacional de Arte, tiene que violentarse el alma para tocar en esta orquestica de mala muerte y poca vida. Pero el salario que no dura quince días y la necesidad con su flaca cara de hereje le han hecho transigir con el tumbaquín quin quin. Tumbaquín.
—¡Arriba, gente! —grita el director—. ¡Que aquí entra el Duque de la Salsa con su Antisocial Club!
La llegada de dos muchachas le troncha la improvisación. Una es baja y rechoncha, nimbada por un halo mohíno de doncella a la fuerza. (Lo de doncella sí lo pueden tomar literalmente en este caso.) Los gruesos espejuelos con armadura plástica le mortifican la nariz desde los once años, pero nunca se adaptó a los lentes de contacto y tampoco era cosa de andar cegata por el mundo. Se encorva bajo el peso de una bolsa tejida llena de libros, y porque sus glándulas mamarias, abundosas y rubenescas, la hacen sentir secretamente avergonzada desde que un tipo le espetara a voz en cuello en plena calle: te compro el busto, mija, porque lo demás está para tirárselo a los perros.
La otra chica es Ivana, camagüeyana de rompe y rasga y vecina de Baby. También de ubres monumentales, pero las suyas complementan un cuerpo escultural, con curvas de guitarra eléctrica. Cuatro pares de ojos hambrientos se adhieren como chicles a su vestido de poliéster, más ajustado que los shorts de Bellman. Sonríe con la seguridad que proporciona un trasero macizo, y avanza contoneándose como si llevara por dentro todo el ritmo del tumbaquín. Porque ella es (y lo sabe) una pelirroja de comercial, con caderas hechas para el galope tendido y piernotas de yegua fina.
—¿Es verdad que van a tocar en Tropicana? —pregunta.
—Sí, mi reina —Baby responde con una venia versallesca—. Nos llamaron del Café Rodney hace dos días. Estamos subiendo en el escalafón, ¿no te parece? Cuando me alcance el presupuesto te contrato de bailarina.
—Sueña, papito, que eso no cuesta nada… Pero los puedo acompañar esta noche. Digo, si hay espacio en tu carro, Orfi.
Fija la mirada en Orfeo y le hace un guiño lúbrico, disimuladamente. El de la tumbadora contesta, sin mirarla:
—Espacio hay, pero no vamos a salir hasta las ocho y media.
—No importa, papi, lo que yo necesito es despejar un rato. Ahorita me vuelvo monja de clausura esperando por Dick.
—¿Y cuándo llega el gringo de Albuquerque? —curiosea Ponciano
—La semana que viene —Ivana se alisa el pelo y le echa, ya sin disimulo, otra ojeada concupiscente a Orfeo—. Ah, por cierto, ¿les molesta llevar a ésta también?
Señala a su acompañante. Las ocho pupilas se fijan por primera vez en ella. Seis se detienen un instante en las frondosidades de su pecho y acto seguido se desvían, sin el más mínimo interés. Las de Orfeo se mantienen fijas por más tiempo, pero la desdeñada no se inmuta. Ya ni nota el desprecio, ni le importa, porque a todo se acostumbra una en esta vida, hasta a ser ignorada, arrinconada y ninguneada, cosa que le sucede desde que tiene uso de razón y conciencia de su fealdad.
—Mi hermana Euribexis —la presenta Ivana.
Baby suelta una carcajada.
—Ustedes los guajiros se buscan unos nombres que no hay quién los pronuncie.
—En casa la llamamos Eury.
Pero no agregas que tú eras Ivalexis antes de cambiarte el patronímico en homenaje a la ex mujer de Donald Trump. Ahora eres Ivana, Ivana en La Habana. Te consideras multilingüe, polifacética y pluricultural. Nada de Aspasia tropical, aunque de eso te acusen las vecinas, envidiosas como ellas solas.
—¿Viniste de paseo a La Habana, Eury? —vuelve a curiosear el trompeta—. ¿Qué te ha parecido?
—¿Que paseo ni paseo? Hace cuatro años que estoy aquí.
—Mi hermanísima vivía en la beca de Doce y Malecón —informa Ivana—. Pero al fin se decidió a mudarse con nosotras, después de que le robaran hasta los calzones.
—¿Y tiene novio la hermanísima?
—Ni el olor, hijo. Toma nota de que están en presencia de la última virgen cubana, por si alguno se embulla —Ivana le da un codazo a Eury—. ¿Quién te ve a ti empatada con un músico de Mal de Ojo, bobona?
—¡Ay, no! A mí no me gusta la rumba que toca esta gente.
—Ya empezaste a decir sandeces. ¿Para estar con un tipo te tiene que gustar lo que toca?
—Cómo te toca es lo que tiene que gustarte —especifica Bellman, hurgando en la hondura de su bragueta.
—Oye, un momento, que lo nuestro es salsa, no rumba —esclarece Baby, ofendido.
—Pues lo que sea, yo no aguanto ese ruido. A Tropicana no voy ni a buscar centenes,y mucho menos contigo, Ivalexis, o con estos payasos. ¡Adiós!
Eury da media vuelta y sale tirando la puerta. Los miembros de Mal de Ojo miran a Ivana, confundidos.
—¿Se berreó?
—Tremendo carácter que se manda la gorda.
La pelirroja se encoge de hombros, echándose a reír. Todos los demás, menos Orfeo, le hacen coro. A una orden de Baby, sigue el ensayo a todo trapo. Ivana se sienta y coloca las piernas de manera que el pubis, rasurado y viudo de ropa interior, quede en exposición. Posa para beneficio de la banda completa, pero sonriéndole directamente a Orfeo.
El mulato finge hallarse muy concentrado en apachurrar el cuero de la tumbadora. Pero la estrategia venérea de la mujer le revuelve, quiera que no, recuerdos, seso y sexo. Absorbe el olor de la entrepierna al aire libre; es un tufo a mariscos que no llega a desagradar: está en el límite entre la peste y el aroma. Y se ves a sí mismo descabezado entre los muslos durísimos de Ivana, jadeando y mordisqueando tumbaquín.
En ese momento Abuelonga, una vieja que vive en el piso de abajo, pega tres escobazos en el techo de su cocina y resuenan en el apartamento como disparos de fusil.
—¡Baby, danos un respiro, por Dios!
Durante un minuto de gloria reina el silencio en todo el edifico hasta que lo rompe un trueno desaforado.
—Oí por radio que viene un ciclón derechito para La Habana —dice Baby—. Va a arrasar con la quinta y con los mangos.
—¡Ampáranos, Virgen de la Caridad!
Ivana se santigua, besándose golosamente los dedos cruzados. Los músicos prosiguen el ensayo, pero al segundo tumbaquín se abre la puerta y entra Candita Sánchez, alias Rabio Bemba, chillando como una posesa.
—¡Caballeros, dejen ese escándalo! Se está acabando el mundo y ustedes con la musiquita y el relajo. Qué falta de respeto ¡Guarden silencio, por favor!
—Cálmate, vieja, que el escándalo lo estás armando tú. ¿Qué rayos pasa?
—Que en el norte tiraron una bomba atómica, Baby, y destruyeron Nueva York completa. Dicen que hasta la Estatua de la Libertad cogió su zambombazo, que aplanaron los rascacielos y que mataron a un millón de gente. ¡Un despelote nuclear, hijo! ¡Que Dios nos ampare y nos favorezca con lo que va a formarse ahora!

* * *

Después del ensayo Orfeo se encaminó a la panadería con la tumbadora a cuestas, como quien arrastra un grillete. No lo impresionó la historia truculenta de Candita porque en el barrio todos saben que es una exagerada. A lo mejor alguien le contó que en California había habido un terremoto y ya la vieja sacó su novelón de horror.
Pasa frente al hospital de Emergencias y por asociación de ideas se acordó de su padre, médico con tal ojo clínico que dejaba atrás a los rayos X y hasta a la tomografía computarizada, según afirmaban sus pacientes. Y era tan buena gente, que lo ensalzaban los curados. Tan sacrificado, tan preparado, tan distinguido, tan refinado…Con rima y todo, sí. Ninguno de ellos sabía que este Hipócrates criollo tenía un hijo regado por ahí, como los villanos de las telenovelas. Un hijo mulato, por más señas, y al que nunca había reconocido.
Bueno, reconocerle por papeles, no, pero sí le ha ayudado mucho, y siente un pinchazo de culpabilidad. Cierto que del Valle no le dio su apellido, pero también lo es que siempre se ha ocupado de él a su manera. Cierto que no le ha invitado jamás a su casona en Miramar, que no le ha celebrado un solo cumpleaños. Pero desde que nació le pasa una mesada de cien pesos. Cada vez que regresa de un viaje le trae ropa nueva. Y cuando cumplió los veintidós le regaló el Volkswagen -él acababa de comprarse un Nissan nuevecito- que le ha venido de perillas ahora que los ómnibus amenazan con extinguirse una vez más.
Eso sí, nada de mezcolanza con la familia legítima. Por consideración o quién sabe si miedo a su mujer (una enfermera con tantos pujos aristocráticos que en el hospital la apodaron Lady Di) y a los dos hijos que tiene con ella, del Valle ha mantenido siempre las distancias. Los medio hermanos saben de su existencia, por supuesto, igual que Lady Di, aunque no se han dado por enterados. Pues que se vayan al demonio, que a él no le hace falta el trato con esos blancos sucios. Su única familia es el viejo Lázaro, su abuelo, el negrazo que le crió.
La figura de Eury le pasa por el lado como una exhalación.
—Muchacha, ¿adónde vas con tanta prisa, huyéndole a alguien? —le preguntas antes de que desaparezca por la esquina de Infanta. Ya no lleva la bolsa tejida, aunque se mantiene la expresión avinagrada.
—Yo no tengo que huirle a nadie. Deja el atrevimiento.
—Era una broma. Chica, ¿tú siempre eres tan seria?
Y le sonríes.
—Yo… bueno, cada uno es como es. Disculpa lo que dije de tu rumba hace un rato. No los quise ofender, pero mi hermana se pone a buscarme las cosquillas delante de la gente y me saca de quicio.
—No le hagas caso. A mí tampoco me gustan la rumba ni la salsa. Soy pianista y…
Se le iluminan los ojos. Los tiene preciosos, lo descubre al verla de cerca. De un tono gris acero y con las pestañas tan largas que rozan los cristales gruesísimos, de miope irremediable.
—¡Qué casualidad, yo también toco el piano de oído! Canciones de Enrique Iglesias, Chayanne y boberías así, porque nunca lo estudié en serio. En mi casa de Guáimaro había uno antiquísimo y a mí me gustaba aporrearlo. Ojalá tuviera ahora dónde practicar.
—Cuando quieras te presto el mío. Es un Steinway más viejo que el frío, pero que todavía resuella.
—¿Sabes canciones románticas? Hace tiempo estuve tratando de aprender Historia de un amor, pero no pasé de los primeros acordes.
—Claro, es facilísima. Acompáñame y te la enseño.
—No puedo, voy corriendo a estudiar para un examen que tengo el lunes.
Se cruzan con Candita, que sigue propagando su chisme del fin del mundo por todo el vecindario. La vieja se detiene a observarlos con socarronería. Eury se desconcierta, pero él busca la manera de seguir la conversación.
—¿Qué estudias?
—La licenciatura en inglés, en 19 de Mayo y Ayestarán.
—¿Lo hablas bien?
—Me defiendo.
Sin darse cuenta han echado a andar juntos. Candita va detrás.
—¿Hace mucho que te mudaste para el barrio, Eury?
—Una semana justa. Viví cuatro años en la beca, pero allí das una patada en el piso y sale un ratero. El día que me robaron un par de blúmers sucios se me acabó la paciencia y le pedí a tía Felicia que me dejara refugiarme en su apartamento. Lo malo es que Ivalexis y yo no ligamos mucho.
—Es que se nota que por encima de la ropa ustedes son distintas.
—Seguro: ella parece una modelo y yo un barril de manteca.
Se muerde los labios, apenado.
—Espérate, yo no quise decir…
—Si es la verdad, mijo. The truth and nothing but the truth. Pero por raro que parezca, fue Ivalexis la que un día decidió que yo era su enemiga y desde entonces se ha dedicado a hacerme la guerra fría. De niñas yo tenía adoración con mi hermana, pero después… En fin, olvídalo.
Llegan a la casa de Orfeo. Está en la esquina de Hospital y Pocitos, junto al puesto de viandas. La rodea un patio enorme, donde los árboles de mangos consagrados a Oshún dan fruto puntualmente cada año. Protegido por una reja, no vayan a robárselo los émulos de Alí Babá, duerme su sueño de perrazo viejo un Volkswagen verde estilo escarabajo.
—Entra un ratico, Eury.
—No.
—Muchacha, que está mi abuelo ahí dentro. No te voy a hacer nada.
A ella se le tuerce la boca en una mueca irónica. Los espejuelos le acentúan el aire arisco de institutriz inglesa.
—¿Piensas que esa posibilidad me preocupa? ¿Que creo que me vas a violar? ¡Ay, nene, por favor!, una no se hace ilusiones a estas alturas de la vida. Mira esta coraza de grasa que tengo. ¡Estoy blindada!
Orfeo se aclara la garganta. Y no sabe qué contestar porque jamás ha oído a ninguna mujer echarse con el rayo a sí misma con tal sandunga.
—No tienes ninguna coraza. Al contrario, tu aspecto es muy… muy intelectual.
Esta vez Eury suelta una carcajada franca.
—Deja de darme coba, anda. Vamos, a ver si me acabo de aprender Historia de un amor. No me puedo demorar mucho, ¡eh!
Orfeo la toma por el brazo y pasan juntos a la casa. Al cruzar el umbral, el músico se desliga de la tumbadora como un presidiario de su cadena. Eury se arregla el escote, con gesto involuntario, y se atusa el cabello corto que se le eriza sobre las orejas.
Por su parte Candita, que no les ha perdido pie ni pisada, regresa a la Avenida Carlos Tercero paladeando el descubrimiento y pensando en la cara que va a poner Ivana cuando sepa que su hermana, la gordifémica, le está birlando al macho. ¡Ay, Dios! Se entusiasma tanto con el nuevo chanchullo que hasta se olvida de que el mundo, se está acabando en Nueva York.

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