Propuesta para matar a Salinger Ebook

Yo tiene que matar, robar y mentir. Huye porque la huida lo comprime entre los muros de la represión y la libertad. Arrobado por el amor de Zura y Gedo, sobrevive como escritor con su vieja Remington a cuesta mientras la Seguridad del Estado le ciñe la garganta y lo obliga a redactar unos informes como el agente Salinger sobre una serie de escritores críticos con el régimen. (EBOOK)

3,84 IVA no incluido

SKU: PMZ Categoría: Etiquetas: , , ,

Yo tiene que matar, robar y mentir. Huye porque la huida lo comprime entre los muros de la represión y la libertad. Arrobado por el amor de Zura y Gedo, sobrevive como escritor con su vieja Remington a cuesta mientras la Seguridad del Estado le ciñe la garganta y lo obliga a redactar unos informes como el agente Salinger sobre una serie de escritores críticos con el régimen.

Forzado por las circunstancias, Yo termina por rellenar el expediente que lo convierte en prescindible pues desconoce que uno de sus amores forma parte del entramado que lo asfixia.

Lanzado al exilio, la historia de su vida, como un péndulo, se repite. Debatiéndose entre el amor de la inalcanzable Anabel y la solícita Julieta, evade la persecución que le supone, esta vez, el fantasma de la emigración. Sin proponérselo, tiene que sobrevivir entre el peregrinar que le impone una realidad que lo arrincona y la necesidad de escribir que lo convierte en un funambulista obligado a mirarse dentro de sí mismo por las fuerzas de la historia.

La presente obra fue nominada finalista del premio de novela Fernando de Lara 2007.

Tamaño

Páginas

310

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-40-0

Booktrailer y Primer capítulo

Mar tranquila

Una oleada devastadora como lava de volcán, rencorosa, se desprendió en mi interior cuando dijo:
—Sé que te irás porque, aparte de lo otro, no has sacado de la mochila el miedo que tanto te lastra —recogió las piernas bajo el cuerpo desnudo, como un Buda lascivo sobre la cama.
Lie un cigarrillo. La marihuana era mala, apestosa y, para colmo, tenía semillas. Fui hasta la ventana y corrí el batiente para no molestarla con el olor. Anabel odiaba los porros y el tabaco.
—Este es un hotel de mierda —lancé las palabras al exterior envueltas en volutas. A lo lejos, por encima de los mástiles del atracadero, el mar parecía helado, cubierto por un mucílago blanquecino sobre las aguas quietas, ausente de cuanto ocurría en la ciudad tremebunda, en la habitación y en nuestras vidas.
—Es lo que puedo pagar —reprochó.
A pesar de la frase hiriente quise decir que sólo me importaba ella, en cualquier lugar, en cualquier tugurio solitario y aislado, para hacerlo nuestro mundo. Pero hubiera sido un desatino. Su teléfono móvil sonó. Envuelta en la frazada estiró el brazo hasta la mesilla.
La miré desde la ventana. Recordé mi pasado y el vagar por la ciudad entrando y saliendo de cafeterías, sin consumir nada, con la única intención de guarecerme del frío. Con el cuerpo caliente y siempre antes de que me echaran, abandonaba el lugar para retomar mi condición de viandante sin destino hasta que el invierno me empujaba al próximo sitio.
Esa tarde, cuando el móvil vibró en mi bolsillo y leí su nombre en la pantalla, no iba a contestar; sin embargo, un tirón de la curiosidad me hizo pulsar el botón de respuesta: “Necesito que hablemos lo antes posible”, escuché. “¿Así, tan deprisa?”, me atreví a reprochar. “Lo antes posible, repitió. Es tiempo de tomar decisiones, elige un sitio para que nos encontremos y llámame”. Colgó. Quedé con el eco de sus palabras y la sacudida de autoridad de siempre, tras la que escondía su carácter de golondrina asustadiza. No encontraba recursos para hacer frente a la situación, pero enloquecía por verla, mirarme en sus ojos y hacer otras tantas cursilerías de enamorado. Levanté la vista. Marqué el número y recité el nombre de la pensión frente a mí: “Te espero en cinco minutos”. Silencio, calculaba la distancia, sin duda. “Veinte, en veinte minutos estoy allí”.
—Tuve que venir en taxi —dijo y fue a sentarse en el borde de la cama. Sostuvo el celular contra el hombro y comenzó a introducir las piernas en el pantalón vaquero, antes tirado sobre la alfombra.
—No te vistas —rogué desde la ventana. El frío del exterior se ensañaba con mi cuerpo desnudo.
—Vas a pegar un costipao, cierra y ven —dio unos golpes en la cama—. No es contigo —dijo a la persona con quien hablaba.
Me introduje bajo la manta.
––Es un corderillo que tengo —las palabras envueltas en risa.
Estoy seguro de que al otro lado de la línea alguien reía. Sentí frío, el del invierno y el que ella desprendía.
—No, es él —aseguró.
—¿Hablan de mí? —quisieron saber los celos, desperezándose.
Se despidió.
—Era Claudia. Quiere que la acompañe a beber unas copas.
—Bonito nombre.
—¿Claudia? Me gusta.
—Unos tragos no te harán daño. Ve, conversa con ella, desahógate.
—Total, para el caso es lo mismo.
Se dejó caer de espaldas y recostó la cabeza en mi pecho. El roce del pelo y su olor, único, me produjeron espasmos en la piel. Acaricié su mejilla. Lloraba. Me senté en la cama y la besé en la frente sobre mis muslos.
—Te quiero.
—Mentira —saltó de la cama. La visión del cuerpo desnudo enardecía mi instinto. Oprimió el interruptor de la tele, ponía un vídeo de Sabina: “Si te vas me voy por los tejados como un gato sin dueño, perdido en el pañuelo de amargura…”
—¡Coñó!
—Los cubanos siempre dicen coñó.
—Ustedes joder y vale.
Quedaba hierba para un cigarrillo. Lo lie y fui a la ventana, esta vez envuelto en la manta. El frío podía más que yo.
“Pero dos no es igual que uno más uno”
—No abras, fuma aquí mismo, para el caso es igual.
—Juntos será diferente.
—No lo harás porque eres un cobarde.
De nuevo la ola devastadora, el rencor.
—Sensatez es la palabra. El valor de más o de menos tiene poca importancia.
—Claudia es un nombre bonito.
—El mío también y muy masculino.
—Tengo hambre.
Llegó junto a mí y se metió bajo la manta, con el cuerpo pegado a mi espalda. Sentí la tibieza y un ligero temblor. El contacto con los senos me obligó a cerrar los ojos. Los recordé firmes con las corolas oscuras y el pezón duro donde, como un recién nacido, bebí minutos antes. Con suprema nitidez vi la piel rugosa al contacto de mis labios de niño sediento. Me besó en la nuca y recostó la mejilla sobre los besos. La humedad de las lágrimas enfrió mi espalda. “Me envenenan los besos que voy dando y sin embargo cuando duermo sin ti contigo sueño”. Maldito Sabina, pensé.
—¿Qué haremos? —sollozó.
—No sé —deshice el cigarrillo contra la ventana. Mis lágrimas no me permitían ver la mancha.

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “Propuesta para matar a Salinger Ebook”