Steinway & Sons Ebook

Steinway & Sons es la saga de una de tantas familias que terminaron por radicarse en la isla de Cuba. Desde sus orígenes allá en la Siria de finales del siglo XIX hasta los años ochenta del siglo pasado.

Su personaje central, Zoila, es hija de una cantante cubana, y de un virtuoso violinista cuyas amistades pertenecen a lo más granado del panorama artístico del momento. (EBOOK)

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Steinway & SonsSteinway & Sons es la saga de una de tantas familias que terminaron por radicarse en la isla de Cuba. Desde sus orígenes allá en la Siria de finales del siglo XIX hasta los años ochenta del siglo pasado.

Su personaje central, Zoila, es hija de una cantante cubana, y de un virtuoso violinista cuyas amistades pertenecen a lo más granado del panorama artístico del momento. Llegados a Cuba, se establecen en Santa Clara y fundan un Conservatorio de Música al tiempo que su padre termina convirtiéndose en el primer violín de la Sinfónica de la mano de Ernesto Lecuona.

Con ellos llega el Steinway & Sons adquirido en 1903 en Nueva York. Al triunfo de la Revolución lo requisan y Zoila, termina por alcanzar la plaza de pianista de la Orquesta Sinfónica para continuar disfrutando de su sonido.

La novela nos cuenta las miles de vicisitudes de los emigrantes de la época y nos muestra, a su vez, cómo la música cubana influenció a la de muchos países, incluso la de EEUU

Páginas

194

Tamaño

Impresión

Papel offset ahuesado 90 gr

Portada

Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-940248-7-0

Booktrailer y Primer capítulo


Donde me impresiono con la cercanía de la muerte y me escucho a mí misma.

Me desperté llorando, sin recordar el sueño o la pesadilla que lo había provocado. Ni siquiera sabía si estaba triste; si valía la pena regodearme en un dolor escurrido desde un sueño carente de imágenes. Cerré los ojos para recuperarme del estremecimiento que nos recorre cuando tenemos la impresión de haber sobrevivido a algo, aun cuando haya sido una situación extraída de un sueño.
Con los ojos cerrados me vi muy pequeña, tomada de las manos de mis padres, recorriendo un amplio y desconocido sendero cubierto por una espesa capa de nieve. El sendero era infinito y a ambos lados se mostraba un bosque. La nieve quebraba las ramas de altos y fornidos pinos. De repente, un ave levantó vuelo entre los árboles dejando escapar un agudo chillido.
Con cierta pereza abrí los ojos. Tuve la impresión de que se acercaba mi último día. Un escalofrío me recorrió, dejando endurecidas mis manos, el cuello y aún más pesados los pies. Pensé entonces que estaba por llegar ese instante, en que abandonaría para siempre esta casa.
No es que me creyese con los días contados. Cualquiera puede morir súbitamente, sin importar edad o salud. Pero un anciano, tiene la certeza de que ese día se acerca velozmente.
Me lo advertí a mí misma, en alta voz, como es mi costumbre desde que fui consciente de que, pese a no contar con nadie, debía seguir viviendo cuanto me quedaba por vivir.
Ninguna experiencia es más devastadora que la soledad. Aun así, tuve fuerzas para enfrentarme a ella y permanecer sin otra compañía que los objetos de esta casa. Ellos dicen más que ninguna otra cosa quién he sido. Me acercan recuerdos: momentos y sucesos vividos en todos estos largos años que ya sostengo con la pereza de una carga excesivamente pesada.
Hace algún tiempo decidí enfrentar mi soledad ante un piano. Entonces tenía la suficiente vitalidad, fuerzas e imaginación de una vida en la que se precisa dejar huellas.
Ahora se acerca el fin, pero no me aterra. Me lo digo en el mismo tono en que pronuncio las buenas y malas impresiones. Ya no existe ningún motivo para hablarme de otra manera. Un monólogo sin más repuesta que otra voz que asiente o niegue mis ideas. Esto, aunque en algún sentido pueda parecer una ventaja, para mí no lo ha sido.
Me levanto y deslizo las manos por la cama e intento que absorban el calor que aún guardan las sábanas de mi cuerpo. Muy despacio me acerco al espejo del baño y compruebo que estoy frente a mí como único testigo de aceptar el reto de un nuevo día.
Tras un frugal desayuno y acomodada en el sillón del amplio pasillo junto al patio central de la casa, me lo confieso una vez más: se está acercando mi último día. Me lo digo con la misma serenidad cual si se tratara del final de otra persona, de alguien lejano o desconocido.
Prefiero reclinarme en este sillón, aunque los diez restantes sean idénticos, construidos por las mismas manos, igual destreza y sentido de la perfección. Pero el mío ya no tiene la fragancia del cedro que quizás los otros aún conservan. Mi olor está impregnado en él y, gracias a ello, puedo acercarme aún con los ojos cerrados y reconocerlo. Acostumbro a moverme a tientas para protegerme de la agresiva luz del trópico a la que nunca me acostumbré.
Llegué a esta Isla, junto a mis padres, en 1949 y, desde entonces, esta casa ha sido mi verdadero país. Aquí he vivido los eventos más importantes de mi larga existencia. ¡Sí pudiera con un solo gesto de mis manos apartar cuanta idea obstruya los escasos recuerdos de mi vida anteriores a la llegada a esta casa y al mundo!
Siempre hay sucesos en apariencia lejanos que aún nos pertenecen, pues son el comienzo de un todo lo que intentaré contar desde el presente.
Mi historia no podría comenzar por donde se supone sea el principio: aquel veintisiete de diciembre de mil novecientos treinta y siete, cuando ocurrió el primer encuentro con mi madre y a través de ella con el universo, que a lo largo de mi vida fue reduciéndose hasta quedar entre estas paredes, en este pequeño y finito mundo.
Ya no poseo testigos, ni a quién preguntar. Lo que puedo contar, depende solo de los recuerdos de una familia que no creyó en lo trascendente, ni mucho menos en otra cosa que no fuera el destino.

De Petrus Giaburt, su camello, su primo y la llegada a Nueva York.

Como si hubiese sido un galán de cine, Petrus Giaburt provocó tantos suspiros, pasiones, sueños y deseos que hasta mí llegó su recuerdo con tantos atributos como admiradoras y amantes pudo tener. Se sabe cuánto presumen los hombres atractivos y seductores gracias a sus admiradoras; pues por éstas sería imposible dudar que fuesen incapaces de soportar el peso de tanta belleza.
Su esbelto y elegante porte lo hacían mucho más alto de lo que al parecer fue. De ojos profundos, resguardados por amplias pestañas y unas ojeras visibles sobre un iluminado rostro, parecía embestir a quienes no encontraban manera de resistirse a una tentación que para siempre las convertiría en amantes dispuestas a afrontar cualquiera de los muchos riesgos que entonces entrañaba esa debilidad.
A estas alturas de mi vida, siempre que hablo de mi bisabuelo Petrus Giaburt, por algún motivo aparece en mis recuerdos, la imagen que se me revela de alguien increíblemente hermoso; no había mujer u hombre, que no le dedicara al menos un comentario, un pensamiento, un suspiro, una leve o intensa mirada.
Esa fue su suerte y también su desgracia. Casi siempre y desde entonces, lo extremadamente bueno pudo generar lo malo y convivir con ello.
Quizás por eso mi padre —quien seguramente escuchó muchas historias sobre su abuelo y su estrepitoso paso por la vida— eligió una manera de proceder más sosegada.
Petrus Giaburt había llegado a Nueva York en el vapor “La Estrella”. Mi padre nunca supo con certeza los detalles de esa larga travesía ni de cuanto aconteció en ese viaje que lo trajo a tierras americanas trazada por el imponente buque que dejaba tras de sí un humo espeso y oscuro.
Desde su pueblo natal al puerto de Tartus, habían transcurrido cien días de trote, sobre un camello, y cien días más, ganar el dinero que precisaba su costoso pasaje en el vapor.
A pesar de tener sólo diecisiete años, su cuerpo de hombre fornido le sirvió para abrirse paso, con cierta facilidad, en aquella pequeña ciudad en que sobraban brazos para los escasos trabajos del puerto. De allí salían semanalmente dos buques de pequeño calado, que enfrentando las aguas del Mediterráneo, uno enfilaba su proa a Latakia y el otro a la ciudad de Beirut y dos veces al año un imponente vapor, con suficiente calado como para ser admirado por todos los habitantes de Tartus, con destino a Nueva York, un punto distante del mundo entonces apenas mencionado.
Como ayudante de mecánico naviero, estibador y repartidor de leche de cabra, ganó moneda a moneda el pasaje para un viaje tan largo.
La última noche en tierra árabe la pasó Petrus muy cerca de su camello, junto a un primo que lo había acompañado para estar presente en la partida del vapor, en representación de la numerosa familia que tanto extrañaría a su hijo preferido.
La noche antes de la salida del barco, ninguno de los dos consiguió dormir, después de entregarse el uno al otro. Con una pasión nunca antes revelada, a partir del siguiente día, deberían buscarse otro muchacho para continuar con lo que llamaban aprendizaje. Las rígidas costumbres de entonces impedían iniciarse con mujer alguna, por lo que era usual tener sexo entre varones, sin vergüenza ni arrepentimientos.
Del largo viaje de mi bisabuelo, en el vapor “La Estrella”, tendría que inventarlo todo y, a mi edad, ya se tiene perdida esa capacidad. No obstante, puedo asegurar que su oriental belleza, revelada con todo el esplendor con que estrenaba sus dieciocho años, le abrieron las puertas de los camerinos de la afamada Sarah Bernhardt.
Había comenzado a trabajar como tramoyista en el Metropolitan Opera, en Broadway, uno de los teatros más importantes de la ciudad de Nueva York. En él se presentaba la actriz francesa, de nuevo de gira por los Estados Unidos, en el personaje de Arice, de la obra Phédre.
La Bernhardt conocía muy bien la tierra que estaba pisando, pues muchas habían sido sus visitas, desde 1880, cuando realizó su primera y exitosa gira por ese gran país. Esta vez la aprovechaba para poner mar por medio entre ella y su esposo, el oficial griego Jacques Aristidis Damala, de quien se había separado recientemente, por octava o novena vez, con la convicción de que esta sería la definitiva. La adicción del griego a la morfina había impedido toda posibilidad de rescatar un matrimonio al que la francesa, después de varios intentos frustrados, ya le había puesto fin.
Terminada una de las funciones, la Bernhardt cruzó su mirada de mujer seductora, con la tímida y deslumbrada del joven Petrus, que esperaba pacientemente para cerrar por quinta vez el aterciopelado telón del escenario.
Esa noche la actriz solicitó al dueño del teatro que mandara a mi bisabuelo a su camerino para que le cargara los numerosos baúles en que transportaba del hotel al teatro, sus joyas y vestuarios.
Ese fue el primer trabajo de quien, poco tiempo después, se convertiría en su asistente personal. A esa simple tarea sumó la de mover cada noche el ataúd, en el que ella dormía, al centro de la habitación y darle de comer a sus mascotas: un león, un tigre, varios loros, un mono llamado Darwin, cinco perros y un cocodrilo, que, junto a maquillistas, costureras, sirvientas, masajistas, peluqueras, viajaban en la numerosa comitiva de la extravagante actriz.
Cumpliendo una de sus tareas más pesadas, la de mover el ataúd, Petrus fue prácticamente arrastrado al fondo del sarcófago, con las fuerzas de quien se sabía dueña de cuanto la rodeaba. Fue esta la primera de las noches que sumó a sus deberes el de satisfacer a quien, pretendida por muchos, encontró en él a su amante preferido.
Desde entonces mi bisabuelo estuvo entre los hombres mejor vestidos de Nueva York y frecuentaba cuanto sitio atractivo y elegante existía, siempre conducido por la afamada actriz que gustaba de exhibirlo como si se tratase de una de sus mascotas.
Para Petrus lo más difícil fue tolerar los celos de la Bernhardt, que eran tan enfermizos como sus otros comportamientos. Aunque no me ha sido suficiente la sabiduría, que se dice alcanzan los ancianos, para saber si en verdad él llegó a enamorarse de la famosa actriz o fue solo su manera de conquistar un mejor estatus que el de emigrante recién llegado.
La enfermedad que provocan los celos les impedía esa felicidad a la que toda pareja de enamorados aspira. Veía en cada gesto de mi bisabuelo una seña secreta hacia alguna de las mujeres que siempre lo rondaban.
Más de una vez agredió a una inocente señorita creyéndose estar frente a una de las amantes con que ella lo imaginaba. Jamás le faltaron miradas, ni halagos y hasta proposiciones de adineradas damas dispuestas a gastar su fortuna en los encantos que todas veían en el joven árabe. Pero él estaba imposibilitado de cualquier otra historia que no fuese con Sarah Bernhardt, pues se encontraba bajo el absoluto control de la actriz de la que no podía ausentarse ni siquiera por breves minutos del alcance de su vista.
Durante las funciones teatrales debía Petrus permanecer en el palco más visible pues, según la Bernhardt, su afinada y potente voz dependía de saber que él estaba allí, admirándola, como parte del universo rendido a sus pies.
Lo que me hace pensar que la actriz no pudo reconciliarse, pese a su fama, dinero y la singular belleza de sus cabellos rubios y ojos azul cobalto, con la edad de su amado, que aún no había cumplido los veinte años cuando ya ella pasaba los cuarenta.
Mi bisabuelo parecía resignado a su falta de libertad, aun cuando la suspicacia de la Bernhardt propiciaba escándalos y malos entendidos y muy pocos estaban dispuestos a acercárseles, pues temían verse involucrados en una relación en que los celos habían llenado todos los espacios posibles.
Si se trataba de un caballero que se le aproximaba para hacerle saber la admiración que sentía por su arte, ella no tardaba en acusarlo de mentiroso, embustero, alcahuete y cuanto improperio, de los muchos que a la actriz se le ocurrían en ese momento. Para ella era claro que se trataba de un emisario con alguna propuesta de cita de una dama deseosa de revolcarse con su Petrus.
Si por el contrario se trataba de una señora, aun cuando fuera alguna de sus cercanas amigas, que por casualidad permanecía un segundo más del que ella consideraba necesario, era capaz de agredirla, sombrilla en alto, acusándola de timadora, mujer fácil e hipócrita, que no pensaba en otra cosa que en hacer planes para robarle a su amado árabe.
A pesar de todo esto mi bisabuelo se reconocía como alguien con suerte. Los sastres más afamados confeccionaban sus trajes, calzaba con las marcas más exclusivas de zapatos, viajaba por todos los Estados Unidos en un tren con siete vagones de lujo llamado “Sarah Bernhardt Special”. Aparecía en los hoteles y restaurantes más caros de la ciudad del brazo de una de las mujeres más apetecibles, adineradas y talentosas de la época. Todo parecía irle a pedir de boca hasta que una noche, antes de quedar encerrados en el sarcófago en que dormían, la Bernhardt le confesó que llevaba un hijo suyo en su vientre.
—Me has preñado, cabrón, dijo la actriz como si estuviese escupiendo las palabras.
Y a continuación comenzó a culparlo de tan tamaña desgracia que la haría perder la lozanía de su piel, la perfección de su figura, sus sueños de conquistar el mundo, palmo a palmo, región por región, país por país, ciudad por ciudad, para luego conquistar algo más, que aún no conocía bien de qué se trataba, pero que debía existir y ella dominar.
En ese momento en que los sollozos le impidieron seguir enumerando los reproches que aumentarían la lista de sus desgracias ya mi bisabuelo había quedado sin habla, aun cuando se sabe lo difícil que es para un árabe permanecer en silencio.

Del nacimiento de Osmerut y la sífilis de Petrus.

De esta forma Petrus Giaburt, a la temprana edad de veinte años se convirtió en padre de la que muchos años después sería mi abuela Osmerut.
Sarah Bernhardt compró una amplia, cómoda y hermosa propiedad que puso a nombre de su hija; abrió una cuenta en el banco a beneficio del árabe y les dijo adiós sin remordimiento alguno.
—Que la vie te sonrie, mon cherrie —fueron sus últimas palabras antes de montar en su auto, el más moderno de los artefactos humeantes que ya circulaban por las avenidas neoyorquinas.
Esta fue la última vez que Petrus, Osmerut y Sarah, se vieron. El árabe había quedado con una niña recién nacida en brazos de una nodriza, que también había estado entre los presentes donados por la actriz, junto a una casa y suficiente dinero como para no temerle a lo que sería una nueva etapa en su vida.
Mujeres decididas a ocupar el lugar de la actriz no faltaron. Muchas le prometieron, junto al amor eterno y la fidelidad, comportarse con la criatura abandonada como la madre amorosa que la Bernhardt no pudo interpretar.
Petrus se mantuvo indiferente ante estas propuestas. Estaba decidido a ejercer la libertad de un hombre solvente, con el regocijo de no pertenecerle absolutamente a nadie; sensación de la que solo ahora era consciente de cuánto disfrutaba.
Le habían sugerido varios negocios que a juicio de quienes se lo proponían se trataban de magníficas inversiones: la compra de varias hectáreas de tierras para dedicarse al próspero negocio del algodón; una destiladora de alcoholes; una de las más grandes y modernas fábricas de colchones de plumas de ganso; un hotel en venta a metros del Parque Central; una espléndida joyería con una clientela selecta y hasta una feria ambulante con sus carruajes, jaulas y animales, en los que sobresalía un gorila africano de noventa y cinco centímetros, enanos, mujeres barbudas, dos hermanos siameses y todo tipo de rareza humana que solían juntar en las ferias.
Pero él no estaba dispuesto a escuchar ninguna de estas propuestas. Emprender cualquier negocio le era demasiado engorroso para el libertinaje que precisaba en esta etapa de su vida.
Se había habituado a no trabajar y el ocio, para un hombre, es la peor de las enfermedades, pues tanto como el vicio, va dejándolo sin sombra. Y se sabe que lo que no proyecta sombra no existe.
Pasaba las mejores horas del día con señoritas de mucho dinero que reservaban las habitaciones más caras para pasar la noche con un hombre que llevaba sobre sí la fama de haber satisfecho a Sarah Bernhardt; la que no había escatimado adjetivo alguno para ensalzar los escondidos atributos de su amante. Y, de ahí, a los confortables cines recién estrenados, a los cafés y teatros y de estos a las ferias, hasta pernoctar cada noche en una habitación distinta de los varios hoteles de lujo de Nueva York, que, como todas las grandes urbes, estaba plagada de vicios e inmoralidades.
Las señoritas perdieron la cabeza con Petrus y más de una, la virginidad. Comprometidas, solteras y casadas lo buscaban a cualquier hora con propuestas de diversiones y paseos que estaban dispuestas a costear por tal de terminar en una cama con el árabe, quien se había engreído lo suficiente como para mostrarse insensible ante las lágrimas y las tristes historias donde estas muchachas le contaban cuánto sufrían por haberse enamorado de él.
A mi bisabuelo Petrus no le interesaba más que pasarlo bien. Muchas de las que lo asediaban, optaran por el suicidio al reconocer que no serían nunca la señora del codiciado árabe y solo aspirantes a una tarde de paseo o una noche de lujuria en la habitación de un hotel que deberían costear.
Entonces el suicidio era algo más común que ahora, sobre todo entre las muchachas de familias adineradas. Existían diferentes brebajes mortíferos que los boticarios, conscientes de que la muerte de estas señoritas era uno de sus mejores negocios, preparaban sin resentimiento alguno. También eran conocidas las diferentes maneras de cortar las finas venas de mujeres alejadas de cualquier tipo de trabajo. Y hasta la utilización extrema de la horca, siempre y cuando se cubrieran la cabeza con un velo negro, pues eran todas muy cuidadosas de su imagen.
Una a una, mi bisabuelo árabe llegó a seducir con su sola presencia y el halo que expandían sus encantos, a cuanta señorita de familia decente, existía en la ciudad de Nueva York. Decían que era capaz de atender y satisfacer hasta dieciséis damas en un día y que todas debían dejar, como testimonio de su encuentro, la huella de sus labios sobre finísimos pañuelos, bordados especialmente para él por estas aspirantes a un placer que todas consideraban como irrepetible. Muchos años más tarde, cuando su hija heredó todo cuanto pertenecía a su padre, entre los variados e insólitos regalos acumulados por Petrus, llegó a contar mil doscientos sesenta y tres bellos, finos y variados pañuelos, todos con sus iniciales bordadas.
Como si a mi bisabuelo le hubiera asistido algún raro poder sobre el sexo femenino, no había mujer que no estuviera dispuesta, a partir de ese primer encuentro, a pagar cualquier precio por repetir una experiencia como aquella, incluso la quiebra económica y moral de toda una familia. Fueron muchas las que llevaron hasta las últimas consecuencias su pasión por Petrus.
Aún cuando mi bisabuelo se dedicaba a satisfacer su creciente ego de hombre deseado por muchas jóvenes y mujeres importantes e influyentes de su época, mi abuela Osmerut crecía sana y fuerte. No tardó en darse cuenta que ya su hija, no necesitaba de la nodriza que con tanto esmero la había atendido desde los primeros días de nacida. Sin embargo, le pidió que continuara en casa.
Ella, que le había tomado tanto cariño a Osmerut, aceptó permanecer en la casa y se nombró a sí misma Ama de Llaves, al mando de las domésticas y de todos los pormenores que requiere una casa ausente de alguien más que le pusiera el orden que todo hogar precisa.
Su primera decisión, fue buscarle a la niña una maestra. Años más tarde, vencidos los suficientes grados como para que Osmerut supiese sumar, restar, multiplicar, conocer lo más elemental de la geografía e historia norteamericana y las partes del cuerpo humano, le eligió una experimentada bordadora que le enseñó los secretos de este arte tan apropiado para señoritas.
Petrus apenas aparecía por la casa y cuando lo hacía era obvio que todo cuanto necesitaba era un buen baño de agua tibia con aceites relajantes y una cama tan cómoda como la que poseía. Por lo cual el autonombramiento de la nodriza en ama de llaves le pareció más que juicioso.
Petrus había mantenido su decisión de olvidar para siempre a quien había parido a su hija. Nunca mencionó suceso alguno que lo relacionara con ella y mucho menos permitió se mencionara el nombre de esa mujer que tanto despreciaba por haberlos abandonado.
—El nacido de un árabe solo precisa de un padre para tener la certeza de que nunca le faltará nada —decía Petrus a su hija siempre que esta quería saber algo referente a su desconocida mamá.
Nunca le perdonó a la actriz francesa que hubiera despreciado a su hija, sobre todo porque sabía que, veinticuatro años atrás, su hijo Maurice no había corrido igual suerte, aún cuando el príncipe de Ligne la había abandonado apenas la supo encinta. No hay nada más fuerte que el resentimiento de un árabe.
Firme en su decisión de no ver y ni siquiera hablar nunca más de la artista francesa, a Petrus no le quedó otra posibilidad, en cierta ocasión, que darle una respuesta evasiva a una inocente pregunta de su hija.
Fue el diez de diciembre de mil ochocientos noventa y siete, día en que mi abuela Osmerut cumplía nueve años. Se anunciaba la inauguración del Aquarium de Nueva York, por lo que pidió a su padre, como regalo de cumpleaños, estar presente en ese suceso.
Pocas veces salía la niña de casa y mucho menos acompañada por un padre que apenas tenía tiempo para cumplir con esas difíciles y desconocidas obligaciones de la paternidad. El paseo de cumpleaños fue todo un acontecimiento para la abuela Osmerut, quien quedó fascinada al descubrir la hermosa ciudad en que vivía, sus altos edificios y sus avenidas.
Pero nada llamó más la atención de la niña —alucinada por los altos edificios como el recién estrenado Hotel Waldorf Astoria, el más grande del mundo y los autos adueñándose de las amplias avenidas— que el tranvía eléctrico en el cual se podían ver anuncios gigantes de atractivos colores mostrando el rostro hermoso y casi perfecto de Sarah Bernhardt, así como su próxima aparición en la escena neoyorkina.
—Una mala mujer —respondió mi bisabuelo, parco, pero con firmeza a la curiosidad de su hija.
—¿Y por qué está dibujada en el tranvía? —preguntó mi abuela con la inocencia de sus años.
—Para que nadie olvide que existe la maldad en este mundo —dijo mientras entraba de la mano de su hija al nuevo Aquarium.
La oscuridad de la noche cubría con lentitud el vacío del cielo. Exaltada por todo cuanto había visto en las gigantes peceras de cristal: un variado, insospechado y bello mundo existente en las aguas y que hasta ese momento solo conocía de las ilustraciones de sus libros, lo consideró parte de ese imaginario con que los escritores pretenden fascinar a los lectores. Osmerut le escuchó decir a su padre que en toda su vida recordaría ese paseo.
Había sido la única salida que hicieron juntos y la única vez que hablaron de la actriz. Ni siquiera en los años siguientes ocurrió nada que provocara una conversación de la abuela Osmerut con su padre donde se mencionara a la gran diva francesa, quien con cierta frecuencia visitaba la gran ciudad en la que la había abandonado.
El rencor árabe es uno de los sentimientos más fuertes que pueda albergarse y bajo ese influjo la Bernhardt había dejado de existir para mi bisabuelo que veía con orgullo cómo su hija crecía con todos los atributos y rasgos de su fuerte raza.
Por entonces, Petrus aparentaba muchos menos de sus escasos treinta y seis años, aún asistido por la belleza que a su paso atraía suspiros e indiscretas miradas. Mi abuela Osmerut, entonces con dieciséis años cumplidos e igual de hermosa, competía con su padre al punto de parecer hermanos o esposos. Fue cuando el árabe enfermó de sífilis; una enfermedad que no tenía cura y que no era otra cosa sino un castigo para libertinos.
Su hija lo cuidó como él nunca lo hizo con ella. Pasó noches y días a su cabecera cuando la enfermedad se acomodó con saña en todo su cuerpo y las fiebres lo hacían delirar, mencionando nombres: todos de mujeres, las mismas que habían dado término a una vida aún muy joven.
Mi bisabuelo Petrus dejó de ser el árabe hermoso que complació a tantas que vieron en él la diversión verdadera. Ya no estaba en condiciones de ser atravesado por ese perceptible impulso vital del deseo y la contemplación de algo tan bello y deseado, con que lo asediaban las mujeres, aun cuando muchas ni siquiera pudieron acceder a esa lista de amantes que había acumulado en su corta e intensa vida.
Su piel fue volviéndose escamosa y sus ojos se marchitaron. Su pelo negrísimo perdió fuerza y color, apenas ya se sostenía por sí solo, hasta que perdió el conocimiento y su hija tuvo la certeza de estar viviendo las últimas horas de su padre. No tenía Osmerut otro referente de tanto dolor como aquel de estar entre los escasísimos testigos del deterioro de un hombre siempre rodeado por personas que cuidaron de escoger muy bien sus frases, sus mimos y adulaciones, para hacerlo sentir el más deseado y venerado entre los mortales.
Pero Petrus era joven y fuerte; y pasaron días, muchos más de los esperados, hasta que una tarde abrió los ojos y sonriéndole a Osmerut, le dijo varias palabras en su idioma natal.
Un idioma desconocido para ella, por lo tanto, nunca pudo saber qué había querido decirle su padre en su despedida definitiva, pues pronunciadas esas palabras cerró para siempre los ojos, succionado como un torbellino que barre cuanto encuentra a su paso, hacia el cielo.

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