La pelirroja

Juan Luis Higuera llega a Cuba bajo la identidad de uno de tantos empresarios españoles establecidos durante los años noventa. Detrás de sus gafitas y su  apariencia anodina se esconde un despiadado asesino en serie que ha cometido numerosos crímenes en Bilbao.

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Juan Luis Higuera llega a Cuba bajo la identidad de uno de tantos empresarios españoles establecidos durante los años noventa. Detrás de sus gafitas y su  apariencia anodina se esconde un despiadado asesino en serie que ha cometido numerosos crímenes en Bilbao.

El Campo Socialista ha desaparecido como el estallido de  una pompa de jabón y los cubanos se sienten a la deriva sin el sueño utópico prometido.  En la desangelada Habana del eufemismo llamado Periodo Especial, Higuera encuentra un campo fértil para sus cacerías entre las jineteras. Así conoce a Nilda Almeida, una hermosa prostituta que mantiene una relación sui géneris con Pedro Andux, un veterano de la guerra de Angola, alcohólico y marginal, que sobrevive tallando esculturas en madera para venderlas a los turistas.

Cuando Nilda aparece muerta, Andux emprende una cruzada personal para encontrar al asesino que lo llevará a confrontar al siniestro ex Notario llegado del país vasco

Peso480 g
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Papel offset ahuesado 90 gr

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Portada con solapa 300 gr couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

ISBN

978-84-15918-04-2

Booktrailer y Primer capítulo

Soy un hombre que fuma en cualquier parte de la ciudad. A mi alrededor la noche se consuma como un rito…
Esa frase la leí en un libro del que no recuerdo el título, sólo que su autor es un sudamericano. Siempre me viene a la mente cuando deambulo por las calles de la Habana Vieja con la apariencia de un hombre que va o viene de una cita, alguien al que están esperando y que va sin prisa, para cumplir un compromiso poco deseado.
Me gusta pasearme en la noche con las manos metidas en los bolsillos y un cigarro en la boca imitando, sin proponérmelo, a aquellos actores del cine de gánsteres. Me gusta sentarme a la luz de la luna en los bancos del Prado y tratar de adivinar qué hablan las parejas mientras se arrullan bajo los árboles raquíticos y mal cuidados o entrar en algún bar a tomarme una cerveza para seguir engañándome con la ilusión de que todavía soy humano cuando, en realidad, me he convertido en un golem noctámbulo que se mueve y anda propulsado por alguna fuerza que no tiene nada en común con la vitalidad. Mientras bebo, me entretengo en contemplar las burbujas que suben desde el fondo del vaso; esos pequeños universos cuya corta existencia termina en la superficie del líquido. Es un pasatiempo tonto que pudiera resultar de buen gusto si se describiera en una novela del fallecido existencialismo. Llevo a cabo esa pequeña y patética ceremonia acompañada con un sahumerio de cigarrillos y, de vez en cuando, uso la humedad de la copa para trazar jeroglíficos intrascendentes con la yema del índice.
Cada cierto tiempo me despierto a media noche con deseos de gritar, de salirme de este gelatinoso saco de soledad y desesperanza. No lo logro nunca y siempre paso en vela el resto de la madrugada. Luego, en las mañanas, alcanzo cierta normalidad a medida que voy ejecutando sin deseos los pasos de mi rutina diaria. Me pongo a trabajar con la botella a mano y me olvido de todo hasta la tarde en que salgo a caminar otra vez por este barrio donde nací y que cada vez siento menos mío.
En otra época y otro mundo fui joven. El cielo sobre La Rampa también era, o parecía, joven. La vida era una extensión inexplorada donde comenzaba a aventurarme como esos héroes de novela que emprenden un viaje del que regresarán victoriosos y las mujeres eran un misterio por descubrir. El entorno estaba lleno de ellas, de todas las razas y combinaciones posibles en el ajiaco de esta ciudad que todavía no se había convertido en un paisaje erosionado por décadas de abandono. Entonces tenía amigos y me emocionaba sentarme en el Malecón a ver incendiarse las nubes del atardecer. Faltaba mucho para que me convirtiera en un desecho de guerra, amargado e impotente, que se bebe una botella cada día en su cuartucho de marginado lleno de virutas y esculturas a medio terminar.

Capítulo 1

Durante mi infancia no sucedió nada que justificara el que más tarde me convirtiera en lo que soy. Es que eso de los traumas a temprana edad que tuercen la personalidad de la gente, a mi modo de ver, son puro cuento. A mí nadie me azotó, ni me humilló. Mis padres nunca se pelearon ante mis ojos, ni se divorciaron, tampoco se engañaron el uno al otro, al me¬nos que yo supiera y, si luego murieron en un accidente de coche del que sobreviví, eso se debió únicamente al destino y su muerte no me afectó más que a cualquier otro crío en similares circunstancias. Sufrí muchísimo durante un tiempo y luego me acostumbré a ser huérfano.
Me llevaron con una hermana de mi padre que vivía en Bilbao. Todavía cierro los ojos, me concentro, y tengo de nuevo en las fosas nasales el perfume de la colonia que se ponía mi tía Encarna. Sus vestidos negros, sus mantillas de ir a misa, sus pañuelos, el mango del paraguas, el interior de sus bolsos, todo lo que tocaba o le pertenecía estaba siempre saturado de aquel aroma un poco masculino que en ella adquiría otra fragancia más íntima y delicada.
El perfume y la higiene excesiva eran dos de sus pocas cosas agradables. Su carácter de solterona era de los peores. Tenía treinta años y había resuelto guardar luto eterno por su único novio; muerto de una artera pulmonía que la había condenado a llevar por siempre una expresión de crispada resignación ante la injusticia de la vida. Muchos años después, concluí que toda su acritud y el rigor con que se trataba a sí misma y a los demás no eran más que tristeza por su himen intacto.
Enseguida se aplicó con toda la fuerza de su personalidad de sar¬gento de la Guardia Civil a llevar a efecto sobre mi persona los expresos deseos que mi buen padre había dejado en su testamento junto con una crecida suma que me libró de la penuria. Iba a ser abogado y notario por decreto y, sobre ello, no había nada que discutir. Mi tía me sometió a un régimen cuartelario destinado a la consecución de tal fin y la vida se me transformó en una sucesión de obligaciones ineludibles. En realidad, todo se resumía en estudiar, estudiar y estudiar, con pequeñas pausas para comer, defecar, ir a misa y otros menesteres de poca importancia.
No obstante, la severidad de aquel campo de concentración y el celo de aquella especie de Ilse Koch, nada pudo impedir que la pubertad reventara en mi interior y, como resultado de ello, vine un buen día a descubrir, vía el método de la prueba y el error, los secretos placeres de la masturbación.
Huelga decir que me apliqué de tal manera al sigilo y la conspiración que mi tía nunca sospechó las prácticas desnaturalizadas a que me entregaba en plena noche cuidando de no dejar manchas delatoras en sus inmaculadas sábanas.
Una cosa me llevó a la otra. El despertar de mi libido por la autocomplacencia me condujo al interés por el sexo opuesto. Primero me fijé en las compañeras del colegio, pero eran bastante tontas. Nunca he sido un dechado de belleza y mis tímidas operaciones de aproximación fueron un completo fracaso. No me prestaban la más mínima atención y, en ocasiones, me despedían con burlas. Sufrí una violenta decepción, pero a tozudez, ni un mulo me gana y no me desanimé, antes bien, me dediqué a pensar en la manera de satisfacer mi creciente curiosidad.
Entré al COU en medio de aquella confusa situación interna con la agravante de que ahora mis compañeras eran mayores y más apetecibles. Estaba a punto de estallar, era ya un onanista consagrado y buscaba otras salidas al vapor que llenaba mi caldera.
Dicen que las ideas geniales son siempre las más sencillas; estoy convencido de ello. Un día, en medio de mis tormentos, se me hizo evidente la verdad: la solución de mi problema estaba allí, a mi alcance, era la tía Encarna.
No me detuve a pensar que la idea era por sí sola una enormidad, el incesto, además de la profanación lasciva de un cuerpo que se mantenía conscientemente en la castidad.
Por supuesto que no tenía otras intenciones que explorarla. Durante los años que llevaba viviendo junto a ella me había percatado de que, debajo de sus feísimos vestidos de beata, tenía un cuerpo lleno de redondeces.
El único problema era ella misma. Jamás permitiría tal cosa, pero a mí tampoco se me ocurriría contar con su cooperación.
Medité largo tiempo sobre la dificultad. Entretanto la observaba con detenimiento, a hurtadillas por supuesto y llegué a encontrarla suficientemente apetecible para mis propósitos.
Primero se me ocurrió atisbar por alguna hendija del cuarto de baño, pero eso no resolvería mi problema. Yo necesitaba tocar. Luego pensé en aprovecharme mientras dormía, pero tenía el sueño ligero. Aquella línea de pensamiento me llevó por un proceso lógico a la idea de un soporífero y, entonces, sí que me asusté de mí mismo. Por muy antipática que fuera, yo le había tomado afecto y después de todo era mi tía, joder.
Demoré semanas en decidirme, tantos eran los escrúpulos que sentía, pero pudo más el instinto oscuro que me bullía dentro.
Uno de mis condiscípulos era hijo de un farmacéutico. Sabía que acostumbraba a pasar las tardes con su padre y me le pegué como una lapa. Procuré hacerme su amigo. Soy bueno para la actuación. Terminé acompañándolo de vez en cuando en sus visitas a la botica. Allí me comportaba impecablemente para ganarme la estimación del padre. A las tres semanas robé un frasco de píldoras para dormir.
Fue un sábado por la noche. Mi tía había preparado un gazpacho. Me las compuse para ponerle cuatro píldoras pulverizadas en su plato mientras buscaba la botella de vino en la cocina.
Me preocupaba que le saliera el sabor del medicamento, pero lo tomó todo sin levantar la vista del plato. Terminamos de cenar, la tía se sentó a leer una revista del corazón de las que tanto le gustaban y yo fingí que me ponía a estudiar la Ley Hipotecaria, pero por encima del libro no le quitaba ojo.
No había pasado media hora cuando ya estaba dando cabezadas. No lo sabía, pero le había puesto una dosis suficiente para dormir a un insomne crónico.
Se levantó bostezando, me recomendó que apagara las luces antes de acostarme y se fue a su alcoba con paso un poco inseguro.
Me quedé en el diván de la sala de estar con una estampida de potros en el pecho. Trataba de concentrarme en el Principio de Legitimación, que leía y releía, pero las palabras no me llegaban al cerebro. Estaba completamente desbocado en la lujuria imaginativa. Pasé casi una hora tendido allí, con el cuerpo enfebrecido, hasta que me decidí a poner en práctica mi plan.
Me levanté del diván y fui de puntillas hasta su puerta. Apliqué el oído a la cerradura y traté de oír algo. Lo único que pude distinguir o me imaginé, fueron sus suaves ronquidos.
Abrí la puerta sin hacer ruido y me deslicé en el dormitorio. Mi tía tenía la costumbre de dejar una lámpara encendida sobre el velador junto a su monumental cama de matrimonio que nunca había soportado retozos amorosos. A la tenue luz pude verla. Dormía como un crío, en posición casi fetal; con las rodillas contra el pecho, un brazo extendido y el otro sobre las pantorrillas. Usaba un largo camisón de seda que se había enredado debido a la extraña postura y dejaba sus piernas al descubierto. No pude evitar un estremecimiento de gozo a la vista de sus muslos carnosos y blancos. Aún no había aparecido la celulitis, pero su volumen me hizo pensar que pocos años más tarde comenzarían los primeros síntomas de deterioro. De momento sólo un delicadísimo entramado de venillas casi imperceptibles decoraba aquellas columnas de carne. Me quedé extasiado en la contemplación de la deliciosa curva de sus pantorrillas que terminaban en tobillos gruesos y unos pies deliciosamente infantiles.
No supe cómo, pero me encontré de rodillas a los pies del lecho, contemplando de cerca aquella maravilla y aspirando a bocanadas de asmático el perfume que exhalaba. Recién entonces reparé en la tremenda erección que amenazaba con romperme la bragueta.
Extendí una mano con extrema cautela y pasé las yemas de los dedos sobre uno de sus muslos. El tacto tibio y sedoso me hizo el efecto de una esnifada de caballo, pero conseguí controlarme, no quería es¬tropear mi gozo ni agotarlo demasiado rápido.
Acaricié largamente el muslo y la pantorrilla con extrema delica¬deza para comprobar si estaba lo suficientemente dopada para no sentir nada. Luego oprimí un poco por encima de su rodilla con toda la mano. Pasé un dedo por la cara interior del muslo, donde tenía unos vellos suaves a modo de césped rubio y sólo emitió un leve quejido inarticulado que de pronto me sobresaltó, pero enseguida comprendí que venía desde lo más profundo del sueño. Estaba completamente a mi merced.
Como un cadáver.
Un cadáver cálido, perfumado y apetecible.
Levanté despacio la falda de su camisón y dejé a la vista sus nalgas, dos grandes semiesferas musculosas y pálidas consteladas de pecas que, lejos de restarle belleza, añadían un toque de en¬canto. Estaba excitadísimo, ni siquiera me llamó la atención que, siendo tan rígida, durmiera sin ropa interior, por¬que enseguida me fijé en otra cosa.
El escorzo de su cuerpo hacía que desde la posición en que me encontraba, casi a su espalda, pudiera ver los últimos vellos del pubis, de un delicioso castaño rojizo. Con la misma lentitud con¬ que un cirujano practica una ablación, separé con dos dedos las nalgas y me quedé en extática contemplación del sonrosado orifi¬cio, rodeado de una delicada floración de vellos un poco más oscuros. Me sentía como un entomólogo que examina una rara y desconocida especie de mariposa en medio de la selva. Estaba en el cielo.
Me ensalivé adecuadamente el índice y lo fui metiendo poco a poco en el tierno agujero. Aún dormida, su esfínter, en un reflejo involuntario, se apretó como un anillo alrededor de mis falanges a medida que iba penetrándola.
Me quedé allí durante más de una hora saboreando los tenues latidos de su interior cada vez que movía suavemente el dedo, recordando al niño holandés que taponó el agujero en el dique para impe¬dir la inundación.
Al cabo, mi tía, sin despertarse, se movió un poco y quedó boca arriba. Retiré la mano y evalué la nueva situación. Ahora podía llegar al centro. Una delgada barrera de tela cubría su regazo. La aparté y contemplé con reverencia el triángulo que tantas pasiones despierta en los simples mortales. Metí mis dedos en él. Durante mucho tiempo la masturbé sin tregua.
Ignoro lo que habrá sentido mi tía en su sueño de barbitúricos, pero sí estoy seguro de haber percibido los estremecimientos de su vagina. De cualquier modo, los múltiples orgasmos no la despertaron.
La cubrí de nuevo, salí de su dormitorio y, una vez en mi cama, me masturbé varias veces y luego caí en un sueño profundo.
No tuve remordimientos de conciencia después de lo hecho. Comprobé en los días siguientes que mi tía no se había percatado de nada, aunque sí noté una ligera dulcificación de su carácter y lo atribuí al desahogo que le proporcioné. Después de ese día seguí dopando a mi tía siempre que pude. Primero, valiéndome de mi amistad con el hijo del boticario, luego por mí mismo y así seguí, erre que erre, hasta terminar la Facultad de Derecho.
Dediqué más tiempo del que hubiera debido al estudio y las oposiciones para notario. A sugerencia de mi propia tía, me instalé en un piso barato. Supongo que después de tanto tiempo ella debía sospechar algo, porque luego de mis sesiones nocturnas con su cuerpo algo debía sentir al despertarse, pero nunca me lo dijo.
Obtuve una plaza de notario y pasé unos años gastando el fondillo de mis pantalones sentado en el despacho de nueve a seis, dedicando a los asuntos de mis clientes el tiempo que debí haber empleado en ligar. Pasó mi primera juventud y cada vez se me fue haciendo más difícil encontrar alguien a quien llevarme a la cama. Mi tía había envejecido y, un buen día, se la llevó un infarto. Me hice fanático de los vídeos porno y, por supuesto, de mi vieja amiga la masturbación.
Llegué virgen a los treinta y cinco y, precisamente el día de mi cumpleaños, salía de la notaría con mi cartera bajo el brazo cuando vi en la acera una escena que me llevó a cambiar el rumbo de mi vida y hasta a atravesar el mar.
No fue una visión apocalíptica ni mucho menos, ni me ocurrió lo que a Pablo de Tarso. Simplemente vi a una pareja morreándose re¬costada a mi coche.
No tendrían más allá de veinte años. La chica era una morena alta y fuerte, con ese cuerpo que da la buena alimentación y el deporte en los campus universitarios. El chico era más alto aún, corpulento y bien plantado; la viva imagen de lo que hubiera querido ser yo. Se abrazaban con fervor y se besaban con ansia de carnívoros. Eran limpios y sanos, seguramente olían a lavanda y jabón.
Me detuve a unos pasos y carraspeé para hacerme notar. Se separa¬ron sobresaltados y se apartaron del coche con aire contrito bajo las luces de las farolas.
Perdone usted, musitó el chico en voz baja y educada mientras la muchacha mantenía los ojos bajos.
Les sonreí con un gesto de aquí no ha pasado nada y se marcharon calle abajo. Entré al coche sintiendo que la vista de aquellos dos había hecho saltar algún resorte oculto. Se había roto algún tabú.
Me quedé un rato con las manos sobre el volante. Había salido con la intención de cenar en una tasca, llegar temprano a casa y ver un vídeo nuevo con una copa de vino, pero decidí de pronto regalarme una fiesta de carne real.
Salí del coche y me fui a un bar de copas.
Conocía el lugar, pero nunca había estado allí. En cuanto entré, me sentí fuera de ambiente. Los parroquianos que bebían y charlaban en medio de una nube de humo de tabaco y aromas de perfumes caros tenían pinta de habituales y yo recién me estrenaba en aquel mundillo en busca de mi primer ligue.
Me senté en una mesa esquinada, pedí una copa y me puse a observar el ambiente para ponerme a tono. No tuve mucho tiempo para aclimatarme porque una muchacha me abordó antes de veinte minutos.
Nunca lo supo, pero, nada más verla, se convirtió en mi símbo¬lo sexual. Era una pelirroja descomunal, de las que me gustan. Grande y carnosa. Rozaba la treintena y se le salía la salud por los poros; pecosa y con unos maravillosos ojos azules que relucían en la niebla nicotínica del local.
Llevaba ropa de ejecutiva, un traje de falda y chaqueta de corte irreprochable y se movía con la desenvoltura de las gentes acostumbradas a mandar.
No recuerdo su nombre, pero sí que era asturiana y muy conversa¬dora. A la media hora de charla ya nos tuteábamos como viejos conocidos. Tenía algo en su trato que me hizo relajarme.
Bebimos, fumamos y charlamos. Desde el principio nos dijimos con los ojos que el final sería irnos a follar. Ambos lo supimos desde las primeras frases de cortesía y eso nos liberó de la tediosa tarea de intentar ligarnos. Los dos buscábamos lo mismo y a ella no le interesaban las drogas, ni las perversiones. Sólo beber, charlar y luego romper los muelles de una cama.
Me decía cosas levemente obscenas al oído mientras bebía con una mano y me apretaba un muslo y acariciaba mi bragueta con el meñi¬que de la otra. Era una mujer sofisticada, olía a Estèe Lauder y a jabón caro y masticaba chicle que le mantenía el aliento perfumado a pesar de que fumaba un Chesterfield cada diez minutos. Me tenía desorbitado, lleno de una sensación comparable a la del mastín que acaba de ojear a la liebre, aunque aquella gladiadora más que liebre parecía una corza sobrealimentada.
Comparaciones zoológicas aparte, me excitaba de manera inusual; tan sexual como homicida. Cachondeo criminal, algo digno de Lombroso.
Pasamos tres horas en el bar. Ya no podía soportar el dolor en la entrepierna ni el de la espalda. El primero, por razones obvias y, el segundo, porque estaba echada encima de mí y su talla y corpulencia estaban acordes con su peso. No obstante, me sentía en el cielo, flotando entre nubes y el humo del bar me ayudaba a esa cursi ensoñación. Aquello prometía ser más emocionante que mis tristes abusos lascivos con la tía Encarna.
Salimos de madrugada con unas cuantas copas de más camino de su piso. El mío quedaba muy distante y no estábamos para dilaciones.
Tenía un Volvo rojo sangre y en él navegamos por el Bilbao nocturno que desfilaba ante mis ojos alebrestados semejante a la visión de un acuario lleno de extraños peces bípedos en su mayoría dedica¬dos a menesteres relacionados con la comida y el apareamiento. Los neones parecían darme la bienvenida a aquel mundo que recién estrenaba. Dentro del recinto climatizado del coche, el perfume de la asturiana, mezclado con el olor a hembra caliente que exhalaba su cuerpo, las emanaciones a champú de su cabello, el aroma a cigarrillo rubio y el desodorante de sus axilas, formaban una mezcla de insoportable delicia.
Me estaba hundiendo en un mar de sensaciones olfativas y táctiles. Ella conducía con una mano en el volante y la otra dentro de mi pantalón, aprisionando mi rigidez en un cepo de uñas largas y acariciadoras, y yo apropiado de sus tetas, sopesando su calor y la textura elástica de su enormidad. Nos besábamos con voracidad sin prestar atención a los semáforos.
Cuando me dijo que habíamos llegado, casi no sabía quién era. Estaba fuera de la realidad, con toda mi atención dirigida hacia un sitio entre sus piernas oculto por el elegante envoltorio de telas caras y lencería fina. El mundo, para mis sentidos altera¬dos, se había convertido en un túnel oscuro con una luz al fi¬nal y, bajo esa luz, resplandecía mi imagen mental de su coño.
Ascendimos por una escalera como una bestia de cuatro patas y dos cabezas, tropezando en los rellanos y trastabillando en los recodos. Ella sacó una llave entre dos besos y conseguimos entrar a su piso: una llanura enmoquetada, con oasis de divanes, mesitas de café, equipos de vídeo, estéreo e innumerables adminículos de buen gusto que no tuve la delicadeza de apreciar, porque no más entrar se me abalanzó, me aplastó con todas sus protuberancias y redondeces perfumadas y me sorbió con un beso estremecedor. Nos quedamos apoyados contra la puerta, trabados de brazos y piernas mientras intentábamos infructuosamente desnudarnos uno al otro sin separarnos ni un milímetro. Bajé la mano poco a poco a lo largo de sus lomos, remonté la curva de su monumental trasero, alcancé el borde de su microfalda, la alcé un poco, busqué en el desfiladero apartando la empapada braga de encaje y puse con mucha delicadeza la yema del dedo medio en el glorioso y tibio agujerito de su culo, el más hermoso accidente anatómico que para mí tiene el cuerpo de una mujer.
Su lengua cálida me inundaba la boca de una saliva dulce y alcoholada. Sus muslos me aprisionaban como si mi cuerpo fuera un ar¬bolillo al que tratara de trepar. El mundo entero me daba vueltas mientras al fin comenzamos a desnudarnos.
Nuestro inacabable beso era un vínculo volcánico entre dos microcosmos enardecidos. Empujé un poco, tímidamente y metí mi dedo en su ano. Un círculo de carne tensa lo acogió con un tibio apretón. Ella se volvió loca.
Tía Encarna.
Estábamos sobre la moqueta, a cuatro patas, igual que los irracionales de la canción y ella empujaba su trasero contra mis ingles. No se imaginaba que para mí era la primera vez. Pero yo estaba al otro lado del asombro y la sorpresa. Traté de orientarme, puse mi órgano en el lugar y a la altura donde supuse que debía ir y empujé suavemente. Para mi infinito deleite me sentí resbalar hacia sus profundidades como si me deslizara dentro de un tarro de miel.
Tía Encarna.
Oía voces que me susurraban y gritaban cosas incomprensibles, olí el perfume de mi tía en el aire, me rozó una de sus mantillas de encaje como si ella estuviera allí a mi lado, con¬templando impávida la manera en que follaba a aquella espléndida desconocida, dándole el goce que ella nunca conoció, desvergonzado y procaz, inserto en aquel coño frente a sus ojos escandalizados, pleno y exultante de mi obsceno triunfo, cabalgando aquellas ancas desbocadas cuya dueña me gritaba que la follase con fuerza —dame duro, gilipollas— y su voz venía de muy lejos, del otro confín del mundo, a través de una niebla rojiza que penetraba en la habitación y me ocultaba la llanura pecosa de su espalda.
En medio de la bruma vi a mi tía sentada en un diván. En una mano sostenía un rosario y, con la otra, se hurgaba entre las piernas impúdicamente abiertas. Su falda arrollada en las caderas descubría las redondeces de los muslos y la herida roja y húmeda donde sus dedos se hundían. En sus ojos una orden silente, una mirada imperiosa que iba de mis ojos a la mujer que se regodeaba debajo de mí. Un mensaje.
La asturiana maullaba, balaba y mugía abandonada a la merced de sus instintos, al vaivén salvaje de la coyunda. Arañaba la moqueta con sus uñas de ejecutiva, rugía palabrotas de arriero, se tironeaba de las greñas, empujaba con grosera lascivia su trasero contra mis caderas, buscando que llegara a lo más hondo, pegando puñetazos contra el suelo, abandonado ya el delgado barniz que pone la civilización sobre los deseos, en pleno estallido de la furia de la fornicación más primitiva, idéntica a una yegua enyuntándose en un corral.
Me entregué a un galope frenético sobre sus ancas alzadas, a un deseo incontrolable de penetración y desgarramiento, bajo la mirada encendida de mi tía, que, en el diván, seguía autocomplaciéndose con voraz persistencia, con la muda orden de sus ojos llameantes y me agarré con ambas manos del cuello de la asturiana, mientras todo mi cuerpo se transformaba en un ariete que la penetraba en un crescendo interminable en medio de sus gritos de desesperación.
Todo se oscureció. Me despeñé en una quebrada sin fondo con el cuerpo acribillado de sensaciones.
Cuando me recobré parecía haber pasado un siglo, pero aún estaba dentro de la asturiana. Nuestros cuerpos eran un lío de brazos y piernas. Me desasí y entonces reparé en sus magníficos ojos de cielo desorbitados, en la lengua colgando a un lado de su boca en un remolino de saliva espumosa, en las marcas moradas de su cuello. El olor de su perfume en el aire estaba oscurecido por la presencia de la muerte.
Me puse de pie, desnudo y confuso y busqué a mi tía, pero ya se había ido. Estaba solo con mi primera amante.
Así cometí mi primer asesinato.
Regresé a mi piso en un segundo estado. Casi debería decir como un hombre nuevo. Después del acceso inicial de terror, una inusual calma me había tranquilizado. Con glacial parsimonia recogí mis ropas y recorrí en sentido inverso todas mis acciones desde mi llegada. No había tocado nada, ni un vaso, ni el pomo de una puerta, ni la esquina de una mesa. El único rastro que dejaba atrás era un poco de semen dentro de un cadáver —tuve un pequeño sobresalto al pensar en ella como en un cadáver, pero no me preocupó demasiado. Con¬templé de cerca su cara que, hasta muerta, seguía estando hermosa y me sorprendí de no sentir nada parecido a la compasión.
Así debía ser, así tenía que ser, placer y dolor, orgasmo y muerte. Un infinito gozo me trastornaba. Aquella mujer me había abierto las puertas del edén, la había gozado y agotado de la misma manera en que se consume una cerilla. La comparación me pareció excelente, pero, de pronto, me percaté de que estaba perdiéndome en divagaciones filosóficas en una casa ajena y junto al cadáver todavía tibio de su dueña. Tenía que largarme, aunque no sin despedirme de quien tanto me había ofrecido. Me incliné y la besé en los labios. Ya se empezaba a enfriar, pero se mantenía apetecible. Murmuré un adiós y un requiebro a su oído. Me aseguré de no dejar nada tirado por allí. Abrí la puerta con un pañuelo y me largué sintiéndome en paz conmigo mismo y con el resto del estúpido mundo.
Por el camino estuve pensando en el bar. Alguien podría recordarme. Sin embargo, nunca antes había estado allí y el camarero me había visto en la semioscuridad. Un tipo bajito, con cara de gilipollas, lentes redondos y un poco calvo le preguntaría a la policía si conectaban el homicidio con el bar y conmigo; algo muy poco probable. La asturiana me había confesado que ella también estaba allí por primera vez. Llevaba casi un año separada, se sentía cachonda y, después de un esfuerzo por superar sus escrúpulos, había decidido follarse al primer tío que le gus¬tara en el bar.
Ese fui yo. Me dio un regalo inestimable, su coño y su vida.
Llegué al piso, me di una ducha, tomé un tentempié e intenté dormir. Mi estado de ánimo era el de quien abre un armario viejo y empolvado y se encuentra un diamante en una gaveta. Lo sucedido me tenía fuera de control.
No cometí la tontería de escandalizarme. La sensación de felicidad posterior bastaba por sí sola para justificarlo todo.
Traté de psicoanalizarme. Está claro que no soy un sicópata, si me he dedicado a matar mujeres no es porque tenga nada contra ellas, es sencillamente, porque me gusta matarlas cuando tengo el orgasmo. El único puto inconveniente es que la sociedad que llamamos civilizada cas¬tiga esos placeres con la cárcel o la pena capital.
Pero eso lo comprendí mucho después. Aquella noche, todavía con su divino olor en mi cuerpo, no pude razonar. Cuando me convencí de que nada me impedía volver a hacerlo, conseguí dormirme.

Estuve una semana sonámbulo. Después del lío me sentía tan excitado como un mandril. Apenas podía soportar la rutina del despacho. Firmaba las escrituras que me traía el pasante, atendía los faxes que llegaban de los registros de la propiedad, escuchaba con fingida atención a los clientes e intentaba en todo comportarme normalmente, pero con mucho esfuerzo.
Compraba los periódicos y me encerraba a escudriñar página tras página buscando la noticia y pasaron días hasta que la encontré. Era una nota corriente y moliente, más bien escueta: mujer de treinta y tres años psicóloga de profesión, natural de Gijón, avecindada en calle tal y cual, de Bilbao, encontrada estrangulada en su piso, desnuda y con señales de haber tenido relaciones sexuales inmediatamente anteriores al fallecimiento. La policía había etiquetado el caso de crimen pasional, el juez de instrucción Don Tal, consideró oportuno librar auto de detención contra Don Cual, de cuarenta y un años, informático, ex esposo de la víctima, quien la asediaba de modo público y notorio exigiéndole reanudar las relaciones maritales.
No se mencionaba para nada el bar donde nos habíamos conocido, ni al señor con gafitas que la había follado como un descosido antes del infortunado óbito.
Estaba a salvo, pero todo había cambiado. Ya los vídeos suecos no me satisfacían. Las rubias doradas e impúdicas que desde la pantalla de la tele soliviantaban mi morbo repentinamente se habían convertido sólo en lo que eran: simples imágenes para reprimidos como yo hasta el día de mi iniciación.
He oído decir que los animales carnívoros no son muy propensos a atacar a los humanos hasta que prueban su carne; si lo hacen se convierten en adictos, en devoradores de hombres. A mí me sucedió lo mismo. La experiencia me había devastado. Necesitaba sexo real. Carne tibia, venas latiendo. Olor a hembra.
Volvería a hacerlo, pero no quería ponerme en bandeja en manos de la policía. Se me ocurrió comprar ropas diferentes de las que uso habitualmente. Una chaqueta de cuero negro con adornos metálicos, un jersey del mismo color, caro, pero no ostentoso y un par de botas de motociclista. También compré una excelente navaja de resorte con el cabo de nácar y una hoja ancha y pulida. Me miré al espejo y me vi pinta de macarra, pero no me disgustó mi aspecto, parecía otro, y eso era lo que importaba.
Dejé pasar tres semanas antes de decidirme a actuar de nuevo. Escogí un bar muy distante del primero, me puse el disfraz y me derramé encima medio frasco de Brut, esa maravilla de colonia, la única fragancia masculina que soporto.
Me aposté en una mesa de rincón, crucé los dedos y esperé que alguna mosca cayera en mi tela.
La primera en acercarse era una profesional. Aunque pulida, se le asomaba lo hortera por las costuras; una morena delgada y nerviosa que fumaba con desespero un pitillo tras de otro. Hizo un intento verdaderamente meritorio de ligarme, pero le dije que ya había quedado con alguien y se marchó un poco amoscada.
Pasé una hora a solas con mi copa de Scotch. Una mirada insistente me hizo reparar en mi segunda presa. Era una rubia con una melena aleonada sentada en el extremo de la barra. Estaba enviándome un rayo láser de provocación con sus ojos verdes maquillados en exceso.
Le mandé un recado con el mozo y, de inmediato recogió su vaso, atravesó el local con un contoneo destinado a mostrarme lo buena que estaba y vino a sentarse conmigo. Me gustó que fuera decidida. Aborrezco la gazmoñería.
Se sentó con actitud de condesa exiliada y me examinó con ojo crítico.
—Pensé que nunca ibas a percatarte —me dijo a modo de saludo—. Llevo media hora mirándote.
Mascullé una excusa tonta y le pregunté qué le apetecía beber.
—Ya tengo una copa —me sonrió mostrándome la consumición—. Ginebra con tónica, lo único pasable que se sirve aquí.
Estaba ligeramente borracha y su aliento dulzón me llegaba a través de la mesa combinado con el olor de su cuerpo.
Mientras hilvanaba una conversación, la examiné de manera minuciosa. Todo en ella era de mi gusto. No llegaba a la corpulencia de la asturiana, pero tenía un cuerpo robusto y unos pechos potentes. El resto del encanto se lo proveía un notable parecido con Norma Duval y aquello sí que me traía de cabeza. Pensé, mientras la valoraba, que esa manía moderna por las bellezas anoréxicas impuesta por Claudia Schiffer y demás comparsa habían condenado irremediablemente a las mujeres voluminosas a los bares de ligue. Eso me favorece porque a mí, mientras más forzudas, mejor.
Terminó su ginebra y pedí dos vodkas Wiborowa con zumo de naranja. Me sentía exótico.
Covadonga. Me dijo que su nombre no le gustaba y le di la razón. Me recordaba a la virgen y aquello no le iba. Soltó una corta carcajada matizada por el vodka y me extasié viendo sus dientes sanos y limpios y la lengua rosada, húmeda e invitadora. Tuve un escalofrío sólo de imaginarla lamiéndome.
A partir del vodka la conversación se deslizó por los cauces de la estimulación etílica, pero no me satisfizo totalmente. Mi nueva amiga carecía del encanto animal y el gracejo de la asturiana. Tampoco era lo suficientemente inteligente para sostener una conversación interesante o, tal vez, el alcohol la tenía un poco embotada. En fin, que era sólo culo y tetas.
Lo que sí teníamos claro era el polvo después del bar, pero en eso tampoco tuve suerte. Cuando al fin salimos, me dijo que no podíamos ir a su piso porque un hermano había venido desde Al¬geciras a quedarse unos días, le había dejado para salir de bares porque ella era muy liberal y a él no le importaba pasar una velada solo. No tenía ninguna intención de llevarla al mío y me excusé vagamente. Nos quedamos unos momentos en la acera sin saber qué hacer, dos náufragos un poco achispados deslumbrados por los neones de la entrada. Ella lo decidió con una invitación a hacerlo dentro de su coche.
Subimos y dimos vueltas hasta encontrar una calle oscura. La maté luego de un polvete insatisfactorio que más pareció una sesión de gimnasia sueca por lo estrecho del lugar. Salí del coche y caminé unas cuantas calles sintiéndome chasqueado y con un humor de perros mientras la luna me hacía muecas desde el pozo oscuro del cielo. No era más que un pobre gilipollas persiguiendo un placer difícil.
Cinco o seis esquinas más allá encontré un cine porno. Miré durante un rato las bellezas de papel que anunciaban un bodrio llamado El intenso placer del sexo y me decidí a entrar. El local olía a humedad y efluvios humanos menos nobles; sudor conservado en aire acondicionado, orines y semen.
El patio de butacas estaba casi desierto, descontando a tres o cuatro sombras en las primeras filas.
No hice más que sentarme y me abordó una pajillera. Regalo de Dios.
Me hizo una oferta mientras me ponía una mano artera sobre el muslo, con mucha delicadeza, precaviéndose de un rechazo violento.
La examiné unos segundos a la débil luz de la pantalla donde dos mastodontes rubios fornicaban simultáneamente a una mulata delgada que parecía a punto de romperse mientras exhibía una beatífica sonrisa destinada al camarógrafo alternándola con periódicas erupciones de jadeos y grititos de placer.
Ella reiteró la oferta mirándome a los ojos mientras deslizaba su mano hacia la parte alta de mi muslo. Era una morena descolorida con la cara ratonil cubierta por una máscara de maquillaje apreciable incluso en la media luz del cine. Le ofrecí el doble por un francés; se sorprendió, pero no demasiado.
Vale, me dijo con una sonrisa, a juzgar por el perfume que llevas, pareces limpio.
Se inclinó sobre mi regazo y me abrió la bragueta con los dientes.
La dejé hacer.
Mis actos siempre precedían a las decisiones de mi voluntad. Por supuesto que era dueño de mí mismo, pero sólo como una especie de usufructuario de mi cuerpo, dirigido por un designio más fuerte que yo, una entidad que movía mi conciencia a su aire, dejándome una ínfima participación en los acontecimientos. De pronto lo que estaba temiendo y deseando, ocurrió. La mulata de la pantalla, que se debatía en la fingida agonía de un orgasmo interminable pespunteado de gritos y exclamaciones, trasmutó su cara en la de mi tía Encarna. Desde su lejanía cinematográfica me lanzó una mirada imperiosa y me quedé petrificado con la polla en la boca de una desconocida que se afanaba con toda su ciencia de trotacalles y el vigor de su lengua para ganarse la paga.
Saqué la navaja de la chaqueta y la abrí enmascarando el sonido en el estallido final de la mulata tía. Cuando me estaba corriendo degollé a la pajillera con un solo corte y la empujé a un lado para que no me salpicara los pantalones. No emitió ni un sonido. Apreté su cabeza hacia abajo y la mantuve agachada entre las dos filas de butacas hasta que cesaron sus débiles pataleos y dejó de respirar.
Me cerré la bragueta, la dejé allí, doblada sobre sí misma con la apariencia de quien busca un pendiente caído y me dirigí a la calle. Antes de abandonar la sala miré hacia atrás y en la pantalla se encontraba la mulata, derrumbada entre los dos titanes.
No había estado en el cine ni cuarenta minutos. Me detuve en una esquina y comprobé si me había manchado de sangre, pero, salvo pequeñas salpicaduras en los zapatos, estaba limpio.
Caminé dos horas por la ciudad hasta llegar a mi piso, prefería no abordar un taxi. Tomé un baño y me fui a la cama.
En mitad de la madrugada me despertó una inquietud insoportable. Me ahogaba la soledad. Acababa de descubrir un mundo y no podía compartirlo con nadie. Ninguno de los infelices que poblaban las calles, ninguno de los papanatas que a diario acudían al despacho, nadie, podría saber, nadie tendría acceso a mi jardín de placer privado. Era mi secreto, pero su posesión exclusiva me parecía demasiado. Necesitaba comunicar a otros el inefable goce de los olores a hembra, el nítido deleite de los estertores agónicos, la estética de los últimos segundos de vida.
Aquel conocimiento secreto me colocaba en un nicho de supremacía absoluta, pero no podía disfrutarlo a plenitud por la imposibilidad de revelarlo.
De pronto, decidí escribirlo. Relatarlo desde el principio, poniendo cada una de mis emociones en el papel. No una novela sino un simple relato de mis andanzas, una crónica de la que yo sería el protagonista, el autor y el único lector.
Al día siguiente compré un cuaderno grueso de tapas empastadas y me apliqué a escribir.

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