Que en vez de infierno encuentres gloria

El viejo Cundo ha sido asesinado. Leo Martín, Jefe de Sector del barrio donde nació, debe desentrañar la madeja tejida tras encontrar a su viejo socio tendido en su cuartucho de mala muerte.

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El viejo Cundo ha sido asesinado. Leo Martín, Jefe de Sector del barrio donde nació, debe desentrañar la madeja tejida tras encontrar a su viejo socio tendido en su cuartucho de mala muerte. Dispone de veinticuatro horas para esclarecer los hechos antes de que el propio barrio, submundo sórdido y desolador, termine por engullir unas pruebas cada vez más invisibles. Todas las sospechas apuntan hacia una persona, pero necesitar recopilar las pruebas en un barrio que le ronca; que no perdona y que terminará por absorberlo en sus entrañas.

Que en vez de infierno encuentres gloria, novela que ahora reedita Atmósfera Literaria, que obtuvo en 2003 el Premio Brigada 21, así como el Premio Novepol y una mención especial del Hammet Iberoamericano, constituye un clásico de la Nueva Novela Negra Cubana; máxima expresión del neopolicial cubano.

Peso399 g
ISBN

978-84-15918-46-2

Tamaño

Páginas

130

Impresión

Papel offset ahuesado 90grs + portada con solapa 300 grs. couché brillo

Encuadernación

Rústico Fresado

Primer capítulo

I

Mi oficio es el peligro

Vivir en este barrio le ronca los cojones.
Uno nace, crece y echa la vida en este barrio para, cada día que pasa, quedar más convencido de que vivir en este barrio le ronca los cojones.
El barrio es un monstruo, como dice mi socio El Puchy.
El barrio te machuca, te trajina, te educa, te empuja, te arrastra, te levanta, te tira en el suelo y te pisotea.
El barrio te hace un hombre o un traste.
Uno no tiene más remedio que levantar las manos y dejar que el barrio haga su trabajo.
En el barrio uno vive con la gente.
Las casas del barrio siempre tienen las puertas abiertas.
En el barrio todo el mundo sabe todo sobre los demás. Hasta lo que no se puede saber se sabe en el barrio, sólo que no se dice.
En el barrio tu vida es parte de la vida del barrio. Cuando trabajas o cuando estás sin pega, cuando comes o dejas de comer, cuando te enfermas, cuando te ponen los tarros, cuando te acuestas con una mujer, cuando duermes…
Día y noche.

En el barrio no hay una noche que se pueda dormir tranquilo. No es sólo por los robos; que lo mismo se llevan un puerco en ceba de un corral forrado con cabillas de una pulgada de grosor, que limpian una casa mientras sus habitantes roncan.
En el barrio es algo común y corriente que te despierten a las dos o las tres de la madrugada. Por cualquier cosa te despiertan. Resulta lo más natural.
Te despiertan.
Pueden ser dos o tres parejas que regresan del cabaret y todavía traen media botella de ron en una bolsa de plástico para sentarse en la esquina a cantar a todo galillo. Cantan. Lo mismo rancheritas de Juan Gabriel que bolerones de Orlando Contreras o de Rolando Laserie. Cantan.
Te despiertan a las tres de la madrugada y puede ser Clara, echándole una descarga a Pancho porque de nuevo llegó a casa de madrugada y con peste a alcohol de reverbero y perfume de puta vieja en la camisa.
Te despiertan y puede ser el comemierda que ahora anda con La Cuqui que viene a devolverla a su casa en una moto rusa sin tubo de escape después de templársela en un hotelucho lleno de cucarachas y ladillas. Porque a los hoteles de verdad, los limpios y con aire acondicionado, La Cuqui va con otros tipos; esos que la traen en carros que no se les siente el sonido del motor, pero de todas maneras te despiertan a las tres de la madrugada con la música de la casetera y la gritería en italiano, alemán y hasta en noruego, que la Cuqui lucha contra todas las banderas.
¡Vivir en el barrio le ronca los cojones!
A uno lo despiertan a las tres de la madrugada y aunque sepas que te vas a desvelar te viras para el otro lado de la cama, abrazas la almohada, te vuelves a tapar con la colcha y tratas de empatar el sueño.
O te pones a pensar en cualquier cosa, por ejemplo: ¿Por qué cojones vivo todavía aquí, si vivir en el barrio le ronca los cojones?
No le encuentras respuesta a la pregunta o, al menos, no sabes responderla con palabras.
Buscando esas palabras se te derrite la mollera. Te vuelves a quedar rendido por el cansancio, convencido de que el barrio es un monstruo que te tiene atrapado, como a todos.
Un monstruo que amas y no estás dispuesto a abandonar nunca. Porque te has acostumbrado a él. Porque te das cuenta que necesitas de sus disturbios para vivir.
Para dormir en paz.
Porque todo eso es normal en el barrio.
La gente se emborracha en la esquina y se desgalilla cantando y no pasa nada.
Clara le grita injurias a Pancho. Lo arrastra para la casa y le jura que le va a cortar los huevos la próxima vez y no pasa nada.
La Cuqui cambia de marido y de moto cada semana y no pasa nada.
Pero si una madrugada todo ha estado tranquilo en el barrio, porque no es fin de semana, no hay ron en los bares y para colmo hace un frío que pela y sientes que llaman a la puerta, con un toque duro, nervioso e insistente, entonces puedes estar seguro de que algo grave ha pasado esta vez.
En mi caso hay otra razón para estar seguro de eso: soy el jefe de Sector de la Policía en el barrio.
Jefe de Sector de la Policía en el mismo barrio donde nací hace treinta y cinco años. En este barrio donde le ronca los cojones vivir.
Esa es la última tarea que me han asignado por el Partido.
Abrí la puerta. El Jabao estaba de pie en el portal.
El Jabao es feo, pero si está asustado es más feo todavía. Tenía una palidez amarillenta y los ojos botados como un sapo.
—Mataron al viejo Cundo —me dijo.
No perdí tiempo en ponerme el uniforme; sobre el sofá estaba el pullover que traía cuando llegué de casa de Luisa la noche anterior, me metí en él y salí a la calle con El Jabao.
Fela se despertó con el ruido.
—¿Qué pasa ahí?
—Nada, vieja. Voy a salir un momento, pero vuelvo enseguida.
—Ten cuidado, hijo —me suplicó.
Siempre que salgo a trabajar Fela me despide con el mismo tono suplicante.
Ella tiene miedo. Siempre ha tenido mucho miedo.
Cuando yo era niño Fela tenía miedo de Dios. Siempre que ocurría algo desagradable decía que era un castigo de Dios por alguna cosa. Después dejó de hablarse de Dios en la casa. “Hace falta que te hagas militante de la Juventud Comunista para que puedas ser alguien en la vida”, me aconsejaba Fela y yo sentía en sus palabras el mismo miedo de antes.
Cuando el viejo enfermó, su miedo se hizo mucho más grande. Después de su muerte, el miedo de mi madre creció más.
Cuando me metí en la policía se hizo infinito.
Ahora cuando me dice “cuídate, hijo” yo descubro en el fondo de la frase un miedo profundo y frío. El miedo más grande del mundo.
Ella me dice que un día se va a morir del corazón, pero yo estoy seguro que será de miedo.
El miedo de mi madre es una enfermedad que no tiene cura.
A veces pienso que puedo restarle un poco de ese pánico si un día llego a la casa y le digo: “Vieja, dejé la policía”. También sé que, entonces, ella empezará a sentir miedo de cualquier otra cosa.
El miedo de mi madre es crónico y hace metástasis en cada parte de su cuerpo y de su alma.
—No te preocupes —le respondí—, voy a la Terminal de Ómnibus a buscar cigarros. Es que estoy desvelado.
Fela debió acurrucarse con su miedo debajo de la colcha y rezar en silencio por mí.
Por suerte hace unos años que mi madre ha puesto nuevamente la palabra Dios en su vocabulario cotidiano. “Protégemelo, Dios mío”, seguro que susurró.
Por suerte Dios la acompaña en sus miedos.

El Jabao y yo nos fuimos corriendo al cuarto de Cundo.
El viejo Cundo yacía encima de su catre con la cabeza rajada.
La sangre apenas había humedecido la percudida almohada; como un hilo le bajaba desde la nariz hasta los labios, caía por el cuello largo y descarnado para coagularse en los amarillentos pelos del pecho.
En una vieja butaca de madera, tapizada de un damasco que pudo ser rojo, muy cercana a la mesita donde había un dominó inconcluso y una botella que debió vaciarse del peor calambuco varias veces en la noche, dormitaba Blanquita.
Sentí un escalofrío que me subió por la nuca.
Era la muerte que una vez más venía a picarme bien cerca.
La muerte, como en Angola.
De nuevo vi frente a mis ojos el rostro de Jiguaní, que nunca supe por qué cojones sonreía, partido al medio por una ráfaga de ametralladora, solo en el otro extremo del mundo: “Le dimos por el culo a esos singaos, Leo”, me decía aguantándose las vísceras con las dos manos y no sentía cómo se le iba la vida junto con las tripas por aquel hueco en el medio de su barriga.
Jiguaní muriéndose solo en casa del carajo, sin más compañía que un tipo que había conocido unos meses antes, pero al que le decía hermano y una vieja y deshojada revista pornográfica en el bolsillo trasero de su uniforme verde olivo.
Muriéndose solo, porque morirse lejos de la familia y del barrio de uno es morirse solo.
Morirse en casa del carajo y sin saber por qué carajo uno se está muriendo es morirse solo.
Todavía Jiguaní sonreía, aguantándose las tripas con las dos manos: “Le dimos por el culo a esos singaos, Leo”.
La música violenta y escandalosa de la casetera de un carro llegó desde lejos, como una cortina que fue desapareciendo igual que vino, en medio del silencio de la madrugada. Un olor repugnante a “galán de noche” se coló por la puerta del cuartucho junto con el aire frío.
De nuevo la muerte picándome bien cerca.
La muerte con fondo musical.

Es sábado por la noche y hay un movimiento extraño en la Unidad. Entonces nos enteramos que se está preparando un operativo grandísimo y resulta que de pronto ya estamos montados en los carros porque hay “una alteración del orden público en los cuatro cabarets de Santa Clara al mismo tiempo”, dice el mayor. “Tremenda revertera”, dice Pinky y se frota las manos. “Eso puede ser hasta contrarrevolución”, sentencia el mayor y luego explica: “Esto ha sido preparado por alguien, no puede ser casualidad. Pero eso lo tiene que averiguar otra gente, nosotros lo que tenemos que hacer es neutralizar la situación”.
—Me voy a dar banquete rompiendo cabezas —me anuncia Pinky al bajarnos del carro.
Lo miro y sonrío.
Uno es joven y le gustan estas cosas.
Nuestro “bautizo” fue cuando todavía estábamos en la Academia, en La Habana, una noche de carnaval. Estaba La Orquesta de Pello el Afrocán tocando en una tarima y entonces apareció la conga del Cocuyé que había llegado desde Santiago de Cuba. Estos orientales se están metiendo en La Habana como una plaga, son como los palestinos que acampan donde quiera y en un cuarto de La Habana Vieja se meten quince y luego no hay quien los saque.
Los habaneros estaban guarachando con su orquesta y vinieron los orientales a meterse en el medio con su trompeta china y aquello de “abre que viene El Cocuyé…” Entonces se armó la que se armó.
Tuvimos que meternos, con escudos, cascos y porras a poner orden.
Pinky dando con las dos manos: “Yo no creo en negro guapo ni tampoco en puñalá”, decía. Y de verdad que Pinky era bravo, cojones.
Pinky me da una palmada en el hombro y sonríe. Yo lo imito.
—Nos vamos a dar banquete —le respondo.
El cabaret El Bosque está junto a la Carretera Central, cerca de los nuevos edificios de doce plantas, cerca del estadio de béisbol.
Pinky y yo somos los primeros en llegar a la puerta de entrada. El portero está recostado a la pared, la cabeza rota, la camisa desgarrada, se sopla la nariz y el pañuelo se llena de sangre y mocos.
—Ahí no hay quien entre —lloriquea.
Llegan dos carros más y Pinky y yo entramos empujando negros y dando porrazos. Entonces es que aparece de atrás de un árbol un puño grande que se me incrusta entre ceja y ceja para apagarme en un instante todas las luces del cabaret. Siento que la música se va alejando. Mi cuerpo flota, pero algo en mi subconsciente dice que debo levantar el brazo y descargar un porrazo a un bulto oscuro que ondula frente a mí. El bulto se desploma y yo comienzo a recuperar mis sentidos. “Este maricón se va conmigo, a dormir un par de noches en la Unidad”, adivino a ponerle las esposas y sigo avanzando con el mastodonte a rastras. Entonces veo que están alzando un cuerpo por encima de los hombros de la gente. Está vestido de uniforme, no alcanzo a distinguirle el rostro, pero sé que es Pinky. Trato de llegar hasta él, pero el tumulto me lo impide. Me abro paso a golpes, pero Pinky se aleja, se lo llevan cargado y tinto en sangre. Abro las esposas para deshacerme del cuerpo del negrote que traigo a rastras, pero tampoco puedo avanzar. Lo pateo con furia, con desesperación, con impotencia mientras siento la sirena de una ambulancia que se aleja.
Nadie tuvo que decírmelo, desde que lo vi de lejos, herido, supe que no volvería a verlo vivo. Cerré los ojos y seguí pateando al hombre en el piso. Tuvieron que quitármelo.
Pinky también murió solo.
Su poca familia, una tía materna y un padrastro alcohólico, estaba en Manzanillo.
Él decía que lo único que tenía éramos Fela y yo.

Una mosca fue a posarse en los labios de Cundo, parecía saborear la sangre del viejo. La espanté, pero después de revolotear unos segundos volvió al lugar.
También Cundo había muerto solo.
Siempre vivió solo, desde que llegó al barrio.
Solo y borracho.
Haciendo cualquier trabajito por un par de pesos para beber. Borracho desde la mañana y los chiquillos gritándole: “Cundo borracho, nariz de mamarracho” y el respondiendo “el coño de la madre de todos ustedes que, si los cojo les voy a despellejar las nalgas a cujazos, cojones”.
Cundo por las tardes, después de la resaca, conversando de pelota en la esquina con los muchachones y organizando pitenes en el terrenito que estaba detrás del cementerio o haciendo los cuentos de cuando él vivía en Sancti Spíritus y cómo era la cosa antes; cuando había bayúes y se pagaba por las putas y el ron era barato y bueno y él tenía dinero para darse esos gustos.
Con la señal de la primera bandada de pajaritos que atravesaba el barrio al atardecer en busca del Parque Vidal, de nuevo la botella para contar entonces cosas tristes de “mujeres perjuras” y “amargos desencantos” y cantar rancheras mejicanas, o bolerones de victrola o tangos trágicos para acabar como siempre: solo y borracho en su cuarto.
Sin familia: ni madre, ni padre, ni hijos, ni nietos…
Solo, viejo y borracho.
Cundo había muerto solo, ese era su destino.
Como también mi destino era ser policía.
Ser policía, porque de la misma manera que estaba escrito que una noche fría un hijoeputa le iba a romper la mollera al viejo, también tenía que estar escrito que alguien iba a coger a ese degenerado para que pagara por lo hecho.
Volví a espantar la mosca. Voló entonces hasta la butaca donde estaba tirada Blanquita y se posó junto a su boca. Un hilo de baba mezclada con calambuco le chorreaba a Blanquita de los labios.
Las moscas son bichos persistentes cuando de sangre, baba o mierda se trata.
Cundo, Blanquita, El Jabao y yo, una vez más unidos por el destino en el mismo cuarto. En medio de la madrugada.
“El barrio es un monstruo”, pensé. “Vivir en el barrio le ronca los cojones”.

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