Por: Frank D. Frías Rondón

Publicado originalmente en Isliada.org

Un estudiante del ISEBIT (escuela ecuménica y cristiana) llamado Frank Kholy ha desaparecido y su tutor, un hombre que anhela una beca en Canadá para expandir sus posibilidades intelectuales y profesionales, es chantajeado por el rector. Debe cambiar el aula por la gabardina, la gorra de doble ala y la pipa, para encontrar a su estudiante y de paso aclarar los rumores que hay detrás de la desaparición acerca de una secta satánica que responde al nombre La puerta roja. Y este es precisamente el título de la novela lanzada en España por el escritor y teólogo Johan Moya Ramis.

La puerta, que no es roja, sino mucho más oscura, está abierta ante sus ojos y entrará, sabiendo poco a poco que no hay manera de salir indiferente.

Con una trama exacta, lineal, donde nada falta ni sobra, uno penetra en el libro sin abandonarlo, hasta llegar al desenlace de este thriller con un crescendo lleno de intrigas, cierres de capítulo con altas dosis de invitación a continuar hacia el siguiente, y personajes empapados en secretos de los que depende su vida. Visto así, cualquiera puede tumbarse a disfrutar esta novela, porque cumple con un principio elemental cuando se hace literatura creativa: entretener. Principio que suelen usar como papel higiénico tantos autores. Atrapa, pacta con uno a través de un diálogo perceptivo. 

Hay dos historias paralelas: la primera, la más visible o más fácil, la detectivesca, llena de intrigas, persecuciones, investigación. Un aire conspirativo envuelve a los personajes fundamentales, Milos, Abraham y Ezequiel; y es, precisamente, este último el protagonista de la novela, pero también de otra subtrama donde el antagonista no es una secta y sus oscuros personajes, sino el espíritu.

Existe debajo de las letras una lucha de fe nacida en la carrera teológica de un joven que soñó alguna vez, quizá nunca dejó de soñar, con ser el guitarrista estrella de una banda de rock. La nuez moscada de la masa, el toque de sal, es sin duda el punto en que convergen brillantemente su crisis de fe, el rock y su trabajo policial. Muestra esa constante en la novela, donde el protagonista nunca será el mismo al final del viaje. 

Aparece, además, un fenómeno político social donde no hay manera que prospere la maldad a nivel social sin que estén implicados algunos elementos de las altas esferas. Si pudiéramos separar las dos tramas que mencioné, una podría satisfacer a un lector casual, de paso por el mundo letrado, y la otra a un lector experimentado, exigente. Y aunque es el libro en general una balada entre el heavy metal, la teología y el policíaco, es el mundo interior de Ezequiel (nombre ahí para conectar con argumentos bíblicos), lo más interesante para mí. 

Hay un manejo pequeño de la segunda persona en algún momento de la novela, que debería servir de ejemplo a quienes tanto experimentan con ella, en vano. Hay asuntos que el Centro Onelio no enseña, no puede enseñar. Juega con el verbo de manera tan natural, que más allá de tener un uso justificado al pasar prácticamente inadvertido, me provocó un efecto de complicidad, eso, no se logra en dos días, es resultado del trabajo y el talento. 

¿El lenguaje? Júzguenlo ustedes mismo: La hora de la ordalía había llegado. Vamos a ver si apareces, Lucifer. Ezequiel comenzó entonando las notas de la canción Black Sabbath. Él no era Tomy Lommi, pero tocó con soltura varios rifts utilizando los oscuros tritonos, también conocidos como “Los intervalos del diablo”. Se sentía poderoso. Para ese momento, el mástil de la guitarra era como una prolongación de su falo. Cada cuerda una sensación indescriptible y los bordes de la caja armónica eran las curvas de una hembra en celo que gemía y quería gemir aún más a través de la escala melódica. 

Hay, si aún con tantos ingredientes alguien no está satisfecho, una complicidad cósmica, ciertos mejunjes oscuros que parecen desembocar en nuestra isla. Hay además, ya que lo mencionamos, un paralelismo con Lovecraft, el autor de Providence, Rhode Island, y su enigmático Cthulhu, junto a su libro Necronomicón. Lo cito y al extraer el siguiente comentario, lo adjunto al corazón de La puerta roja:

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.”

A mí me da algo de pena ver que una obra tan compacta, pensada, seria, acabe siendo lanzada por una editorial española. Quizá es decisión del autor, quizá es una decisión a partir de elementos políticos muy sutiles, pero resplandecientes al fin, en esta novela, que algunos letrados o no letrados necesiten un siglo más para aceptar, especulo, no sé.

Lo otro, es que su trama es perfecta para ser adaptada al cine. Espero con ansias que algún día nuestros jóvenes guionistas lean las obras de nuestra literatura. Nuestro cine peca de malos guiones; en los últimos veinte años dos, tres películas presentan un guion de calidad. La puerta roja es una buena oportunidad para nuestros directores. ¿Leerán novelas los más nuevos? Lo dudo. ¿Llegará La puerta roja a nuestros anaqueles empolvados? También lo dudo. Hay cierto movimiento alrededor del género policíaco en la actualidad, ojalá la tengan en cuenta, ojalá no se la pierdan. Escrita está