Siempre que estamos a las puertas de un nuevo año se nos ocurren propósitos, deseos y postulados de reforma que, luego, cuestan cumplir o se cumplen en parte o no se cumplen. Es inevitable e inútil resistirse a ello. Tal vez por lo jocoso de las fiestas navideñas, el efecto embriagador de los brebajes etílicos autoadministrados en diversas formas y cantidades o ese impulso renovador que nos lleva a hablar más de la cuenta o comportarnos como perfectos irresponsables, lo cierto es que aventuramos compromisos y nos convertimos esclavos de nuestras palabras. No obstante, nada de ello debe preocuparnos en demasía. Queramos o no, terminaremos haciendo esas promesas que, luego, jamás podremos cumplir y con la que nos flagelaremos cuando, a un año vista, nos sintamos culpables de su incumplimiento.

El párrafo anterior fue, casi verbatim, lo que le escuché a un escritor en su día en una presentación a punto de vencer el año. Tal vez porque, escritor al fin y a los postres, era poco organizado y nada cumplidor con las fechas y compromisos. Tal vez porque, como persona bohemia y proclive al deslizamiento laboral, le disgustaba vivir atado a las exigencias de un plan de trabajo específico. Tal vez porque jamás echó la vista atrás.

Es importante echar la vista atrás y ver todo lo que se ha conseguido como primer punto antes de proyectarse a un futuro incierto. Eso es lo que hemos estado haciendo en la editorial durante estos últimos meses de 2018 y, la verdad, ha habido mucho de lo que congratularnos. Recuerdo que, tras la pausa de aplausos y enhorabuenas compartidas por todos en la reunión, se me ocurrió preguntar. ¿Eso es importante? ¿Son importantes los éxitos y fracasos puntuales que hemos cosechado? Quizás lo que de verdad importa es preguntarnos si vamos en la dirección correcta; si lo que hemos hecho lleva una trayectoria que nos lleve a alguna parte exitosa.

Así, a continuación de aquella reunión nos pusimos a diseñar un plan director para los próximos cinco años. Un plan director que analizaba la editorial por dentro y por fuera, los mercados, los autores y los procedimientos de trabajo; las cuestiones que añadían valor de las que no y las prácticas que habremos de seguir para cumplir unos objetivos fijados y mantener un prestigio que todos los días se somete a riguroso examen.

Como deseo a cumplir para el próximo año es un reto como cualquier otro que nos hacemos brindando con una copa de champán, pero existe una sutil diferencia. Nos focalizaremos no en si llegamos o no, sino en cómo vamos a llegar. Lo importante, entonces, no será lo que encontremos sino lo que aprendimos en el viaje.

Feliz año 2019 a todos.

Luife Galeano