Ya sea vertiginoso como en un buen techno thriller, ya tienda a lo bucólico en una obra de romántica, un buen escritor emula al director de una orquesta. Es él quien marca el ritmo narrativo de su obra para mantener la atención del lector.

De la forma en que narremos una historia depende que quien nos lea se adentre en ella y se deje llevar, o que, por el contrario, le aburramos y cierre el libro. Este factor es muy importante para conducir un relato a buen término, con independencia del género y la extensión que tenga.

Sin abusar de la paciencia

Piensa tu historia como si fuese una montaña rusa: habrá momentos en que la narración va más despacio, acumulando tensiones, como cuando el carrito asciende una pendiente. Aunque vaya lento, el lector aprecia que se está preparando un gran acontecimiento. Luego, toda la acción se precipita a un ritmo trepidante.

El ritmo de una historia debe planearse con mucho cuidado. Acelerar o retrasar un evento de forma innecesaria, o interrumpir el ritmo en medio de una acción, tiene consecuencias funestas sobre la atención de los lectores.

Ritmo: tipos y cómo romperlo de forma efectiva

En literatura, el ritmo hace referencia al avance de la narración. Como autores, podemos utilizar las palabras y la sintaxis para marcar la velocidad de la acción que transcurre en nuestra historia.

De hecho, hay tres tipos de ritmos: el fónico, el sintáctico y el narrativo.

El ritmo fónico

Se refiere a la musicalidad y relación entre palabras. Cuando combinamos palabras que crean rimas indeseadas lo interrumpimos: estas son las llamadas cacofonías.

Por ejemplo: Era un cajón forrado en latón, casi una prisión.

Esta frase ni es incorrecta ni rompe ninguna regla gramatical, pero la cacofonía frena la velocidad de lectura. Nuestro cerebro lector trata de explicarse que es lo que está mal aquí, en lugar de mantenerse centrado en la historia,

La prosa ha de ser como la música: no puede haber notas discordantes. Si lees el texto en voz alta y alguna palabra desentona o rompe el ritmo natural, es mejor cambiarla. Para eso sirve el diccionario de sinónimos y antónimos (Shift+F7 si prefieres recurrir al Microsoft Word). También puedes pasar al plural algunas palabras o cambiar el orden gramatical (o el tiempo, si son verbos) de las palabras para eliminar la cacofonía.

Corrigiendo el ejemplo anterior: Era una gaveta forrada en latón, casi una cárcel.

El ritmo sintáctico

Para dominar este aspecto del ritmo hay una máxima: las oraciones largas son remansos, las cortas son torrentes. Si en la narración estás en un momento tranquilo, tus oraciones pueden ser coordinadas, yuxtapuestas y relativamente largas. Pero si estás en medio de un combate, mejor que sean rápidas y directas.

Aquí, una salvedad. Aún no me explico por qué, pero muchos autores —algunos consagrados, incluso— tienen la preferencia de convertir los remansos en pantanos. O lo que es lo mismo: hacer oraciones enormes, de más de seis líneas de texto y a veces imposibles de leer de corrido sin ahogarse.

Ante las dudas, es mejor dejarles esa tarea a los autores hábiles en florituras y filigranas, so pena de que el lector —y el propio autor en el proceso— se pierdan y no comprendan la idea central de lo que se desea trasmitir. En un final, Ernest Hemingway era un maestro de la oración corta y ganó un Nobel de Literatura igual que el de Saramago.

No estoy diciendo que tu escritura tenga que ser monótona, tipo sujeto-verbo-predicado. En el momento propicio, no hay nada de malo en soltar una parrafada siempre y cuando el ritmo lo justifique y la idea quede clara. Pero de ahí a odiar los puntos y seguido, o enlazar palabras una detrás de otra como las cuentas de un rosario, hay un gran trecho.

El ritmo narrativo

De forma general, cuando se ambienta una escena, se habla de los sentimientos de un personaje o se describe, haciendo que el ritmo narrativo se ralentice. No obstante, hay que cuidar que estas pausas en la historia no sean demasiado largas, so pena que el lector se aburra y salte líneas hasta la siguiente marca de diálogo.

En estos últimos se emplea el criterio inverso. A menos que sea un monólogo delante del espejo —e incluso en ese caso— el ser humano no tiende a hacer parlamentos interminables. En una conversación se espera que el personaje exprese una o dos ideas y reciba retroalimentación de su interlocutor. Mientras más claras sean estas, más concisa y directa la respuesta (a menos que el personaje que habla sea un latoso de primera).

Incluso en estos casos, como al narrar escenas de acción, debe evitarse que el ritmo se entrecorte con oraciones disparadas en ráfaga de ametralladora.

El ritmo narrativo como acelerador (o freno de mano)

Por lo general, el cuento y el relato precisan de un ritmo más rápido y mayor economía de palabras en cada frase. En la novela y la novela corta, el ritmo se mide por párrafos.

Estos pueden ser más largos o más cortos, en dependencia de la cantidad de información que se desee hacer llegar al lector. Pero si bien una página llena de párrafos de una sola oración asemeja martillazos contra un yunque, una cuartilla sin un punto y aparte cansa de sólo mirarla.

También hay trucos para reducir el ritmo de una narración. Uno de ellos es la analepsis , en la que el autor comienza a describir una escena pasada con lujo de detalles. Al ser algo que ya sucedió, ralentiza los hechos que transcurren en el presente de la historia; pero puede ser útil para dar contexto y motivaciones para la acción presente o futura.

Otra de las herramientas que controlan el ritmo es la elipsis. En una novela no puede contarse todo, así que podemos aumentar el ritmo saltando fragmentos de la historia de modo acelerado. Sea un par de años en la vida del personaje o el trayecto del punto A al B, una novela siempre contendrá este recurso varias veces; so pena de convertirse en un reality show.

Equilibrando los platillos del ritmo narrativo

Todo en la vida requiere de equilibrio y cambios de ritmo. Si se exagera en la velocidad, la montaña rusa de nuestra historia parecería un descenso interminable a los infiernos. Si por el contrario se acumulan cuartillas lentas sin que nada pase, el lector empezará a bostezar. Lograr el punto medio es responsabilidad del autor, de manera que quién lee se acune en los bamboleos de la historia y disfrute del viaje, sin perder la sensación de aventura.

Así que es prudente y necesario que cada parte de una narración tenga un ritmo apropiado, y que como un todo, el viaje resultante sea del agrado de tus lectores. Esto requiere una cuidadosa planificación de cada capítulo como una sección separada y también encajarlos de forma conveniente en cada historia.

Tal como quien diseña montañas rusas, un relato no puede ser tan caótico que dé náuseas, ni tan lento que dé sueño.

Aquí es dónde se hace vital la necesidad de contar con un grupo depurado de lectores ceros, o mejor aún solicitar un informe editorial. El autor nunca se va a aburrir con la historia que cuenta, por lo que es preferible someter la obra al criterio especializado de aquellos que se asemejan a sus receptores finales, o quienes pueden incluso publicarle.

Luego, es necesario escucharlos con humildad para ir atrás y ajustar el ritmo narrativo.

Álex Padrón