¿Es la corrección editorial un gasto innecesario? Muchos aspirantes a escritores confían tanto en su ego que ven con malos ojos —y hasta se ofenden— cuando se le hacen señalamientos a sus obras. Pero algunos no. La experiencia nos convence de que es saludable, por no decir obligatorio, que un manuscrito pase por los ojos expertos de un corrector antes de llegar a la imprenta.

Por muy buena que sea la ortografía, por muy pulido que sea el estilo, un manuscrito siempre estará plagado de errores. A estos se les conoce como gazapos (RAE: yerro que por inadvertencia deja escapar quien escribe o habla), nombre por el que se conoce también a los conejos recién nacidos.

Gazapos, liebres y huevos de Pascua

No hablo sobre los que se pueden detectar con el corrector incluido en el Word (que vendría siendo el primer filtro), sino de los que necesitan un censor humano, con la experiencia y los conocimientos para detectar esos conejitos —rinocerontes a veces— que salen a pasear cuando estamos en pleno rapto creativo.

El segundo filtro es el del propio autor, aunque luego de la primera revisión —en la que aún estamos maravillados y obnubilados por nuestra propia genialidad— es menester dejar que el manuscrito se enfríe.

Es difícil, lo sé: hay un grupo de lectores cero que están deseosos de leer nuestra magna obra, a los que ya convencimos con largas peroratas y avances de la trama. Pero, como ellos merecen respeto y agradecimiento, el buen amigo escritor hará que esperen no menos de un mes.

Para entonces el entusiasmo habrá disminuido y la yerba alta del ego estará podada. Ya se verán los gazapos ocultos, transformados en liebres gordas. No es cuestión de enojarse por los errores, sino reír aliviados y matarlos sin piedad.

Luego, todavía falta un tercer filtro antes de que la obra llegue a otros ojos: el tamiz de los oídos. Hay que dejar de confiar en lo que se puede ver y escuchar cómo se oye el manuscrito: en voz alta, o mejor que otra persona o un programa Text-to-speech la lea.

Así se podrán eliminar frases demasiado largas, a veces imposibles de pronunciar en voz alta. Y numerosos “huevos de Pascua”: frases que pueden sonar geniales en el papel, pero que son ridículas cuando se escuchan.

Que juzguen los profesionales

Luego, toca el turno a los profesionales. Ya sean lectores cero escogidos o lectores editoriales, el autor debe desprenderse de sus sentimientos para con la obra y dejar que la destrocen y pisoteen a voluntad. Es más, incluso deberá pagar para que sean duros con ella.

El escritor debe estar seguro de que los correctores de su obra sean verdaderos especialistas, tanto del género en que entra la obra como de las reglas gramaticales del castellano. Luego, se toman TODAS sus recomendaciones y comentarios y se analizan una a una de forma crítica y asertiva.

Es necesario recordar que la última palabra corresponde a la editorial: bien puede decidir que no va a publicar a un autor que le hace perder su tiempo y dinero negándose a seguir sus recomendaciones. Porque tanto la lectura editorial como la corrección ortotipográfica, de estilo y estructura la realizan especialistas, que tienen que comer y por ello cobran.

Que el conejito no se convierta en (er) rata

No importa cuán cuidadosa haya sido la revisión de un manuscrito, siempre va a aparecer un error en el libro final. Esto es una regla de la que ningún escritor o editor se salva, y muchas veces la sufren los lectores.

Pero no es para nada lo mismo atrapar con orgullo uno o dos errorcillos de nada o una coma mal puesta, que te lloren los ojos ante un libro con faltas tan graves que te animen a cerrarlo de golpe. Porque acá no vale que la trama sea interesante ni los personajes carismáticos: los lectores son extremadamente exigentes en cuanto a la ortografía y la gramática. Mientras más profunda la obra, mayor el daño.

La autopublicación ha fomentado que más y más autores puedan poner a disposición del gran público sus obras. Pero son muy pocas las que están (más o menos) limpias de errores: la mayoría de las veces el autor —lleno de una confianza que raya en la soberbia— no contrata los servicios de un corrector profesional. Es en ese punto dónde, en vez de ahorrar, no está invirtiendo en su obra.

La razón es lógica y simple: la autopublicación ha dado voz al autor, pero ahora el lector también tiene derecho a réplica. Bastan unas pocas valoraciones negativas —una sola incluso— para condenar un libro al olvido del fondo de la estantería.

¿Compraría usted una obra en la que advierten que está llena de burdas faltas de ortografía, o que la gramática es tan confusa que no se deja leer? Yo no, al menos. Acepto unos pocos gazapos, pero los errores burdos como er-ratas corriendo entre las páginas me quitan las ganas de leer, sea cual sea el mensaje.

¿Quién sale perdiendo si no se hace una corrección editorial?

Un superlector, campeón de mil tomos, culpará a la editorial por su dejadez al producir un libro tan malo. Pero la mayoría de los lectores van a anotar el nombre del autor, y no para comprar su siguiente obra.

Los escritores no son los únicos responsables, pues la editorial también está en el deber de transformar un manuscrito en un producto de calidad. Muchas de ellas se limitan a maquetar un poco, poner una portada bonita y hacer marketing editorial, despreciando el papel del corrector para minimizar gastos.

Incluso los correctores editoriales pueden cometer fallos o dejar de ver un error, cierto. Pero este no estaría ahí si el autor no lo hubiese escrito, así que en un final es el primer y máximo responsable de sus letras.

Por eso todos, absolutamente todos los grandes escritores y autores de best sellers, tienen una batería de correctores editoriales que revisan sus libros con lupa en busca de vulgarismos, anglicismos, repeticiones de palabras, asonancias y consonancias y muchos otros detalles que afean sus manuscritos.

Es la reputación del autor la que se va a ver afectada, y la confianza del lector que ha pagado por un libro con errores. ¿La conclusión? “Fulano no tiene la calidad suficiente”. Si es un autor consagrado, puede que el próximo éxito lo salve. Pero un escritor novel no tiene segundas oportunidades de causar primeras impresiones en el lector decepcionado.

Un libro es letras, no conejos

Más que una maquetación perfecta, más que una portada deslumbrante, no se puede olvidar que un libro es, esencialmente, una serie de letras concatenadas para contar una historia. Si no se presta cuidado al componente principal lo demás es solo hojarasca y envoltorio. Y si una obra es mala, ninguna corrección la va a salvar.

El corrector editorial no tiene ni la función ni la obligación de ser un siervo al que se le dé un manuscrito chapucero para que lo reescriba y lo transforme en oro. Él sugiere cambios, pero la responsabilidad corre a cuenta del escritor.

Por ello, la corrección editorial es un paso obligatorio para cualquier escritor, ya sea por el método tradicional, en coedición o si se autopublica. Y debe ser integral, literaria, que corrija y revise ortografía, ortotipografia, gramática, estilo y estructura. Incluso si se contrata antes de someter el manuscrito a una editorial o un concurso, una corrección profesional es una inversión que aumenta las probabilidades de éxito para el autor.

En el mejor de los escenarios, el autor recibirá de vuelta un manuscrito con pocos cambios. Si su corrector es un profesional de prestigio, no habrá tirado su dinero: tendrá la confirmación de que su obra está muy bien escrita.

Pero tampoco se debe desanimar si su manuscrito regresa lleno de palomitas rojas y comentarios: esto es un indicador de que el corrector se lanzó directo al hueso y que con sus recomendaciones la obra mejorará.

Es tiempo entonces para el autor el acatar, analizar, rescribir e incluso eliminar párrafos enteros para limpiar las imperfecciones. Porque, si no lo hace, la corrección editorial sí que sería un gasto innecesario y no una inteligente inversión.

Álex Padrón