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Imagen y descripción: el riesgo de ser «cinematográfico»

Había una vez en que leí un cuento en cierto taller literario y una autora respetada y querida por las masas —a la que no mencionaré por su nombre— parece que no le gustó mi historia. Su argumentación fue que era «demasiado cinematográfica». Aunque es obvio que esa no era la intención y lo que me criticaba es mi falta de «altos vuelos literarios», hasta el día de hoy no recuerdo un mejor elogio a mi estilo.

Ojo, que aún no ha aparecido el audaz productor que se decida a llevar alguna de mis historias a la pantalla grande —o a la chica—, pero incluso ese comentario me animó a tomar un curso como guionista de radio y televisión y preparar los guiones de algunas de mis novelas. Vaya, por si alguien con el poder requerido (¿Netflix, eres tú?) necesita de uno.

¿Hay algo de malo en ser cinematográfico?

Lo primero es que escribir para audiovisuales es una especialización tan válida como cualquier otra para acercarse a la literatura. De hecho, muchos escritores de renombre dejan que sus obras sean adaptadas por guionistas hábiles, porque no conocen los códigos adecuados para realizar un buen libreto.

Más allá de las cuestiones formales, resulta muy difícil —imposible, tal vez— escribir una obra literaria pensando en la pantalla como objetivo final. No obstante, cine y literatura comparten un interés común: el poder de la imagen y lo que ella despierta en la mente del observador o lector, ya se use el ojo físico o el de la mente.

Mientras una obra esté llena de imágenes interesantes para sus lectores, claro que se le acusará de cinematográfica.  En lo personal trato siempre de hacer que quienes me lean logren ver lo que estoy narrando, más que se devanen los sesos en complicadas disquisiciones. Porque mi objetivo fue, es y será siempre alcanzar a la mayor cantidad de lectores.

Para ellos escribo, no para los críticos y mucho menos para mí mismo.

El poder de la imagen

Y es que una novela es pensamiento, estilo, trama, caracterización, atmósfera literaria y muchísimo más, pero las buenas imágenes son las que le dan lustre e interés. Es cierto que lo que debe primar es la buena historia por sobre todas las cosas —los escritores no somos más que los descendientes de ese hombre de las cavernas que entretenía las largas noche junto al fuego con sus cuentos de caza—, pero la historia surge de la imagen.

Con ella logramos impregnar textura, ritmo y sentimientos. En ese sentido, el escritor tiene la ventaja de no tener que esperar por la iluminación de la locación o que el clima sea propicio para filmar, porque bastan unos golpes de tecla para crear una imagen que diga exactamente lo que él quiere.

Ahora bien, la diferencia entre una imagen y una de las buenas es que en vez de que el lector se pregunte «¿qué significa?» es que la asocie con lo que el autor quiso que pensara respecto a ella. Aquí entra a jugar la frase de muchos autores nóveles sobre «sé lo que quiero contar, pero no encuentro las palabras para describirlo». Y la respuesta a esta interrogante es muy sencilla: no encuentras las palabras porque no logras ver lo que quieres contar, así que usas adjetivos manidos y creas imágenes mediocres.

Evitando los clásicos adjetivos

Cualquier principiante puede escribir «era un castillo aterrador en medio de la nada». Pero eso no separa a su edificación de muchas otras que cada lector puede imaginar, no proporciona una imagen con vida, no genera ningún sentimiento en él. ¿Por qué? Pues porque es una idea, no es una imagen: las ideas son neutrales y no involucran el crear emociones en el lector.

Veamos las diferencias:

El castillo se recortaba sobre el horizonte vacío, desdibujándose entre la niebla densa. Por sus paredes trepaban por igual la hiedra y el liquen; mientras los contrafuertes de cada ventana estaban clausurados con tablas carcomidas por la exposición a la intemperie. Tampoco perduraban los colores vivos conque otrora se engalanaba la construcción en su etapa más palaciega. Mustio y abandonado, el castillo era ahora nido gris de ratas, cuervos y fantasmas.

Aunque no usé «aterrador», «tétrico» ni un adjetivo tan rebuscado como «fantasmagórico», estoy casi seguro de que a estas alturas ya tienes una imagen bastante buena de que todos estos y otros más se aplican. El resto de los detalles que no se han descrito ya los puede llenar el lector por sí solo.

Descripción e imagen

Pocas veces es necesario hacer una descripción excesiva para que el lector entienda el poder de una imagen. Por el contrario, igual que un pintor puede insinuar un cuerpo femenino con un par de curvas, el escritor hábil es capaz de generar emociones en el lector con igual economía de recursos.

Para ello, antes de escribir la primera palabra, es necesario ver la imagen que se quiere transmitir. Y, al igual que no retenemos todos los rostros que vemos en un paseo, tampoco hay que describir cada detalle hasta el punto de resultar aburridos. Lo siento por grandes escritores como Salgari, Dumas o Verne: cuando se ponían descriptivos —e hinchaban los textos porque cobraban por palabra entregada— yo saltaba bloques enteros hasta la siguiente marca de párrafo.

El lector no necesita una fotografía, sino un boceto y él se encarga con su imaginación de llenar las lagunas como mejor le plazca. Así, cada castillo será ligeramente diferente, pero cumplirá con estar repleto de horrores sugeridos.

Lo que va y lo que no

Ahora bien: ¿qué detalles incluir y cuáles dejar a la imaginación del lector? Esto es tan sencillo en teoría como difícil de llevar a la práctica: ve primero en tu mente la imagen y pon sólo los elementos que más te impresionan y sirven a la historia. Incluye lo que genere textura y sensación. Lo demás, déjalo fuera.

El lector lee con la mente, no con el ojo. Es entonces que el escritor hábil estimula su fantasía para que la novela se transforme en una película única e irrepetible para cada persona que se sumerge en sus letras. Es por ello que nuestras imágenes no pueden ser sólo ideas, sino esbozos para que cada quien las complete a su conveniencia y criterio.

Eso se logra con herramientas como la claridad, la elegancia, la novedad y la economía de recursos. Y estas armas se adquieren leyendo mucho y bueno y escribiendo y revisando mucho más. Y, sobre todo, hazlo viendo la imagen en tu cabeza antes de escribirla. Aunque luego te tachen de «cinematográfico».

Álex Padrón

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