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Musas y rapto creativo: creando un atrapa-sueños

Mucho se habla sobre el bloqueo del escritor y el síndrome de la página en blanco, pero no tanto sobre esos momentos en que la inspiración se dispara y escribimos como posesos.

Es incuestionable que las musas existen. Sin tener claro el cómo y el porqué, el mundo a nuestro alrededor implosiona y explota a la vez. Entramos en un estado de conciencia alterada y escribimos movidos por el fantasma combinado de Hemingway y Schopenhauer: Homero se sienta en tu hombro derecho y el Marqués de Sade te susurra desde el izquierdo.

Estamos entonces en pleno rapto creativo, inspirados, en flow o como quiera que lo llames en tu territorio nacional y personal a este asalto de las musas. Aprovechando que hoy no estoy ahí, hablemos del tema.

No soy un escritor inspirado

Al menos, no la mayoría de las veces. Pero no pasa nada: son muy pocos los que llegan a ese estado a voluntad.

Llevo escribiendo literatura unos treinta y cinco años y, al principio, era uno de esos personajes que de seguro te has tropezado, o incluso eres, que dice orgulloso que es escritor, pero sólo produce sin esfuerzo una buena obra a lo largo del año, siendo generosos. Es verdad y está muy bien: esa joyita anual proclama que el talento no te falta y que puedes convertirte en un gran escritor.

Si has leído algunos de mis artículos anteriores dirás: “Ya viene a darme la chapa con que hay que escribir a diario y con método, o no se es escritor”. Tienes toda la razón, pero no lo digo sólo yo. Ray Bradbury, quien imagino conozcas, decía que si escribes un relato a la semana tendrás cincuenta y dos cuentos en un año, y es muy difícil escribir tantos cuentos y que al menos uno no sea bueno.

Eso es lo curioso de la inspiración: se mueve más libremente cuando camina por la senda del oficio. Mientras más escribes —aunque sea malo y mecánico— lo irás haciendo mejor. No hay forma de que suceda al revés, porque al escribir, el cerebro usa toda su experiencia anterior e incorpora todos los recursos que has aprendido y todo lo que has leído últimamente.

El oficio te da soltura, así que no esperes a la inspiración para sentarte frente a la página, porque ella es caprichosa y llega cuando quiere. Si te encuentra trabajando y la buscas a diario, acudirá a tu ruego más a menudo.

Atrapa-musas: el valor de los pequeños rituales

Los escritores somos un tilín fetichista. En la medida que más tiempo llevamos frente a la página, construimos una serie de rituales para llamar a las musas que, funcionen o no, nos preparan para recibirlas con alegría.

Estas manías del escritor —no confundir con las cosas funestas que incorporamos en nuestros textos— suelen ser muy diversas y varían según la persona. Hablemos de algunas de ellas.

La fiesta de las sustancias

Muchos escritores usamos multitud de sustancias para incentivar nuestra creatividad. Desde el café mañanero hasta las drogas, pasando por el alcohol, el cigarrillo y el litro de agua a nuestra vera. Aunque no soy quién para aprobar o condenar el proceso creativo de los demás, a los escritores —y los artistas en general— se nos tacha de viciosos… y algo de razón tienen.

Los ejemplos se sobran: Poe, Bukowsky, Víctor Hugo. Stephen King confiesa en “Mientras escribo” que estaba tan enganchado a las drogas que no recuerda haber escrito “Cujo, el perro asesino”. Ni recuerda cuando lo publicó, ni que hicieran una película.

Si bien es cierto que todas estas sustancias psicotrópicas desdibujan las barreras de la racionalidad y facilitan llevarnos a un estado de conciencia alterado, en lo personal me impiden escribir otra cosa que no sea “kjdsnkn vfjlvn dsfkl dfl”, así que a mí no me funcionan. Si a ti te sirven, pues felicidades y ojalá nunca se te vayan de las manos tus excesos. Sólo recuerda el consejo de papá Hemingway: “Escribe borracho, corrige sobrio”.

El santuario de las musas

Las musas son divinidades veleidosas y narcisistas. Como todos los dioses, gustan de tener un espacio dentro de tu casa donde les rindes pleitesía.

Si bien es cierto que conozco muchos escritores que sacan su laptop en cualquier sitio, apagan el ruido exterior a voluntad y comienzan a aporrear las teclas, la mayoría de los que nos dedicamos al oficio tenemos nuestro rinconcito especial dónde estamos cómodos y fluimos mejor.

Este lugar es nuestra capilla personal, que nos da la confianza que necesitamos para llamar a las musas. ¿No te has sentido alguna vez impactado por la grandiosidad de una catedral o cualquier otro lugar de culto? En realidad no es la arquitectura ni el brillo de la decoración lo que te emociona, sino la reminiscencia de todas las oraciones y ruegos que se han hecho en ella.

De la misma forma, el lugar donde ya te han visitado las musas se carga de esa energía y es más probable que las musas regresen a dónde ya han estado; dónde te sientes cómodo para escribir.

Los cánticos de la inspiración

Hay escritores que necesitan el silencio más sepulcral para escribir. Otros prefieren el ruido blanco de un ventilador, o incluso el bullicio del gentío en una cafetería, como la Rowling. Pero tal como las musas son divinidades, ¿qué tal si las atraemos con un cántico?

Bien saben todas las religiones que la música es un canal efectivo para ponernos en un estado receptivo para la adoración, así que muchos de los que nos dedicamos a este oficio la empleamos como conducto para fomentar nuestra creatividad. Ya sea música clásica, sacra o el más agresivo metal, una tonada en nuestros oídos puede conducir a ese estado donde las palabras fluyan por su cuenta.

Íconos y santos

En todo culto a nuestras esquivas divinidades no puede faltar tampoco el estímulo visual, así que muchos escritores encuentran ese disparador de la inspiración en las imágenes. Esto es una ventaja en nuestros días, pues gracias a las redes sociales nos llegan de forma regular muchas buenas fotos que pueden conectar con tu lado creativo.

En este acápite no puedo dejar de señalar las potencialidades que tienen las imágenes generadas por Inteligencias Artificiales. Aunque esta tecnología está aún en franco desarrollo, las figuras creadas digitalmente a partir de una descripción de la escena resultan sorprendentemente inspiradoras.

Y, si todo falla, siempre podemos recurrir a los pintores clásicos para que las musas vengan.

Las musas exigen sacrificios

Y para las musas, tienen que ser humanos. Más en concreto, ellas te piden a ti.

Escribir es un oficio endiabladamente difícil. Puede ser edificante, divertido, inspirador, pero lo que nunca será es sencillo. El camino del escritor está lleno de sacrificios: tiempo, familia, estabilidad económica y emocional son solamente algunas de las cosas que deberás quemar en el pebetero de las musas para llegar a… bueno, no se sabe. Quizás nunca alcances la cima de la trascendencia. Quizás pases como otro más de los oscuros autores que, pese a su calidad, nunca llenen los cintillos de prensa ni sean alabados por la crítica.

¿Pasa algo con eso? Pues no. Te engañaría si dijese que escribo para mi satisfacción personal, porque mi objetivo último es llegar a mis lectores y provocar en ellos la reflexión, el entretenimiento o incluso el aprendizaje. En el camino he leído, aprendido, adquirido muchas herramientas de trabajo, entendido y replicado cómo funcionan otros textos.

Escribir tiene tanto de arte como de oficio, y lo asumo como un trabajo gratificante e incluso sublime, cuando esas esquivas musas me acompañan.

(Continuará)

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