Cuentan de un sabio, tal vez aquel que tan pobre y mísero estaba que tan sólo se sustentaba de las hierbas que recogía, que se topó con un docto literato que, aquejado de no poder concentrarse, pasaba los días juzgando lo que escribía sin llegar a poner fin a su trabajo.

Aproximándose el sabio al docto literato le escuchó en silencio.

—No hago más que dar vueltas como un perro —dijo hasta percatarse de la presencia de este—. Tú, ¿qué miras.

—Me preguntaba —le respondió— si sabe tras qué vuelta se echa el perro.

—Eso es imposible de saber.

—Se sienta tras la última vuelta.

El docto literato lo miró y se alejó perplejo preguntándose qué habría querido decir aquel sabio cochambroso.

Así le suele ocurrir a todo aquel que convierte el acto de escribir en un continuo escribe y rescribe, tacha y añade que lo desespera y desanima. La escritura es un proceso que fluye y se dirige cual posesa hacia el final de la historia. Libre, abriendo camino y ensuciando tantas cuartillas como sean necesarias; carentes de la exigencia de la brillantez instantánea e inteligente. Ya habrá tiempo de pulir más tarde porque, mientras no termine de escribir el final, no será más que un perro que, angustiado, dé vueltas sobre sí mismo hasta que se eche y descanse.

Lo que quiere ser escrito va a ser escrito; es lo que el escritor quiere y, lejos de dramatismos, hará eso, escribir sin que le importe por qué. Escribe y deja que su obra se construya por impulsos, como quien escucha una melodía que deba plasmar sobre el papel; destino final al que quiere llegar. Tejer y destejer es una actividad que viene después. Mientras no se consiga la obra, ¿qué hay que revisar? Ya habrá tiempo. Piénsese que la única actividad de tejer y destejer que fue concebida como inteligente fue la de la amorosa Penélope para desalentar a los pretendientes de su mano ante la que creían muerte de Odiseo. Un escritor, no obstante, ni es Penélope, ni tiene pretendientes deseosos de saquear sus bienes, ni espera al vencedor de Troya. Escribe y no piensa en corregir hasta disponer de algo en concreto. Todo escrito llega a su fin por muchos callejones sin salida que aparezcan. Ya terminado, entonces, sí podrá revisar la obra y valorar si es merecedora de su aprobación o resulta, una vez más, material de papelera.

Esta es, en general, una observación que suelo hacer —líbreseme de dar consejos— a todo escritor novel y próximo, espero, Nobel que me canta sus cuitas por aquello de considerarme un editor aceptable. Más en particular, no obstante, es, también, para un escritor amigo, asturiano, nacido en la Corredoria. Se constituye en claro ejemplo, carente de dudas y vacilaciones, de vueltas anacrónicas, su manuscrito de poesía —Territorio ofendido—de próxima aparición. Un manuscrito surgido en esos días que orbayan y nos sumen en una agradable languidez que sólo se viven en su ciudad, Gijón.

Escrito en fino estilo y profundidad pícara y exultante de amor hacia esas ninfas provocadoras de dulces ensueños que, en la oquedad de su pensamiento, lo han producido, mi amigo se desgrana en la espera en que …se multiplicaron por mil las urgencias amatorias y los placeres atascados en las soledades mutuas; el hechizo sin terreno donde edificar nuestra cópula prometida durante tanto tiempo.

No duda, sino que se lanza voluptuoso hacia ese esperado final en que… Dispararán sobre nosotros desde las envidiosas alamedas para separar nuestras manos uncidas por la proliferación de las palabras reunidas en lo cotidiano, bebiendo ambos en la fragancia única de nuestros fluidos corporales mecidos por el fragor de la batalla en acompasados lamentos de sensaciones delirantes, en un coito sin fin; reducto apropiado, objetivo con premio de sabores frescos y regustos ancestrales que rezuman viscosos envites y gozosos néctares.

No vacila cuando, en final apoteósico… Noto el odio de los que me acusan por mi aspiración galante, siento el desprecio de los que me envidian por mi lugar en tu sembrado; sé de su resignación ante mi gozo atrapado por tus fauces glotonas.

Revisadas las galeradas, su frescura rezuma la fragancia de lo escrito en la libertad que ostentan las corajudas olas que se arremolinan en su magistral San Lorenzo, mientras su fiel e imaginado Argos, echado a sus pies, lo observa satisfecho por la obra bien escrita.

Luife Galeano