Cuentan los estudiosos del tema que escribir exige un sentido de dirección. Con ello interpretan que el esfuerzo debe dirigirse hacia el papel y no hacia el pensamiento. Sería, por tanto, como escribir al dictado para que el escritor anote lo que escucha, lo que le rodea y se aleje del pensamiento y, así, conseguir que su ego desaparezca. Es decir, la escritura se revela y fluye por la página acomodándose al ritmo y a la métrica necesaria en toda composición bien realizada lejos de nuestro yo.

Escribir escuchando es un acto que deberemos mecanizar. Ningún texto nos saldrá redondo y fluido a la primera. Habrá que revisarlo y rescribirlo muchas veces hasta quedar satisfechos con el resultado. También deberemos estar preparados, ante un texto que se resiste a renacer, a disponer del coraje necesario para destruirlo y volver al inicio. Resulta difícil evitar que nuestra catarsis inicial distinga de forma automática entre escribir escuchando y escribir pensando. Será inevitable que nuestras primeras versiones no se vean contaminadas de ambos actos por lo que se hace necesaria la revisión continuada de los textos como parte integral de nuestro proceso de escritura y, así, conseguir unos textos más fluidos y más espontáneos. Busquemos la dirección que nos marque lo que nos dicte la naturaleza; que escuchemos y sintamos como propio lo que nos circunda.

Cuando se escribe, sin embargo, dirigiendo con el pensamiento, la escritura comienza a manifestarse como algo importante que hay que decir y se sobrecarga de preocupaciones pensando que el lector no nos va a entender. Se ofrecen explicaciones redundantes para que el lector capte lo que se pretende o, peor, capte la brillantez intelectual de quien así se manifiesta. En otras palabras, esos escritores dejan de escuchar lo que les rodea y comienzan a mostrar lo importante que resulta su yo. La creatividad disminuye y aumenta el esfuerzo de explicar y de pensar en ellos mismos.

Tal vez eso explique la profusión de escritos que se empeñan en explicar las cosas que ya sabemos. Tal vez eso explique la imperiosa necesidad de quienes, con su prosa recargada y glorificada, quieren envolvernos en oscuros circunloquios en los que confundirnos y, a la larga, callar nuestra voz clara y directa para imponer voluntades. Tal vez.

‘Olvídate de ti mismo’, aconsejaba Henry Miller al hablar sobre el acto de escribir. Es fundamental escribir y hacerlo a través de nosotros mismos para, así, olvidar la imperiosa necesidad de querer impresionar al lector. El lector no es tonto y posee un grado de conocimiento suficiente para comprender un texto bien escrito. Por imposible que parezca, cada cosa que digamos, a pesar de su sutileza, el lector la va a saber interpretar de forma natural. Intentar explicarlo todo para asegurarnos que nos han entendido —o nos han obedecido— lo único que consigue es el desinterés inmediato y verse rodeado de una plebe lanar que rinde pleitesía ante tanta palabrería deslumbrante.

No hagamos como aquellos que, con su prosa recargada e insulsa, pretenden convencernos de irrealidades, de banalidades y de falsas promesas. Ni son buenos escritores, ni sus tesis vivirán más allá de la inmediatez del momento. Tomemos distancia con el pensamiento y escuchemos; alejémonos de nosotros mismos y no nos convirtamos ni en el tema principal de lo escrito, ni en el destinatario de sus doctrinas. Lavemos los textos como aquel que lava durante horas interminables el lecho de un río que murmulla y que fluye esperando encontrar en su batea literaria esos pequeños trozos del reluciente oro que tanto ansía.

Luife Galeano