Manejar las reglas ortográficas y gramaticales para escribir y hablar con propiedad es fundamental para todo profesional de lo escrito y en ello incluyo a todo aquel que se lanza desaforado a producir textos con la intensión de publicarlos y vivir de ellos.

Quede por delante que no es mi intención criticar a nadie por querer enriquecerse mediante el uso de la palabra o convertirse en ese autor —gran esperanza blanca de la novela hispana— cuyos textos jalonen las preciadas bibliotecas de los más cultos y eruditos lectores de nuestro mundo. Lo que sí me gustaría dejar claro es que todo aquel que quiera dedicarse a ello se prepare. No basta con haber acudido al colegio de joven y haber aprendido a leer y escribir. No basta con disponer de lápices y una libreta y rellenar cuartillas pensando que el primer editor que las lea quedará prendado con esa prosa destinada a obtener los más altos galardones de nuestra literatura universal.

Es imperativo prepararse para poder escribir bien y no pisotear el lenguaje sin miramientos. Como en cualquier otro oficio, el escribir requiere de un aprendizaje tan cuidadoso como el de cualquier otra profesión. ¿Por qué consideramos necesario y normal que un pintor o un escultor pase una serie de años ejercitándose en una academia de Bellas Artes y pensamos que un escritor no? ¿Acaso un escritor es un individuo revestido de una gracia divina y que ha logrado obtener sus conocimientos por ósmosis? La realidad es que no sabemos escribir. Sabemos expresarnos, hasta cierto punto, mediante la utilización de palabras organizadas en ideas, pero, ¿de verdad sabemos expresar la idea de manera que su interpretación sea la correcta y se entienda a la primera? La explicación radica en que no sabemos expresarnos con total corrección porque desconocemos las técnicas necesarias para expresarnos de manera adecuada. Ese problema se ve acentuado cuando nos sentamos ante la hoja en blanco. ¿Cómo hacemos para visualizar un sentimiento? ¿Cómo abrimos una idea y la desarrollamos hasta su conclusión?

Lograr la interpretación correcta y que nos entiendan a la primera viene condicionado por otros factores que casi nunca se consideran. Me refiero tanto a la experiencia como al grado de ilustración de las personas. La experiencia va a ser un tema del que ya hablaré en otro momento. Baste por ahora saber que ésta es el conocimiento que se adquiere con el tiempo. Ahora bien, la ilustración se tiene que adquirir y no la venden en botica. Hay que ganársela a base de mucho estudio y trabajo y tiene un coste elevado; el coste de aprendizaje, dirían los estudiosos, o, bien, las horas nalgas empleadas que diría un estudiante bromista y jacarandoso.

Hace años me tacharon de intransigente por decir que no todas las personas podían entrar en política; que mi argumento inculcaba derechos fundamentales del Hombre y no sé cuántas barrabasadas más. Creo que se basaban en aplicar patrones ideológicos y, a mi entender, esa aplicación automática de los mismos los hacía más ignorantes. Me explicaba un día un amigo, excelente médico, en jocoso ejercicio de definir el concepto de reductio ad absurdum, que implantar un miembro consistía en conectar cañerías y apuntalar tabiques. No por ello, sin embargo, debería interpretarse dicho argumento como luz verde para nombrar a un fontanero jefe de servicio de traumatología de un hospital.

Luife Galeano