El pensamiento intelectual requiere también de una serie de consideraciones que, en definitiva, son requisito indispensable para dar volumen a dicho pensamiento. Me refiero al inciso que debemos hacer para ver cómo la sospecha y la malicia encajan en esta argumentación.

La comunidad científica, tan cartesiana, nos dirá que los pensamientos no son más que la consecuencia de impulsos eléctricos que se disparan en la cabeza. Un chispazo surgido daría lugar a un pensamiento y, como somos incapaces de vivir sin pensar, todos nuestros pensamientos serían pensamientos intelectuales. Sin embargo, según nuestro enunciado, sabemos que ello no es así. Por lo tanto, lo que debemos buscar son aquellos elementos que los convierten en notables y capitales. He ahí donde entran en escena la sospecha y la malicia.

La acción de sospechar, por definición, no es más que imaginarse algo por conjeturas fundadas en apariencia o visos de realidad. Por tanto, si la sospecha es imaginación y la imaginación es la facilidad para formar nuevas ideas, no podremos por menos que concluir que la sospecha sería la producción de ideas que se producirían al analizar las fundadas apariencias que se nos presentan con visos de verdad.

Por tanto, si definimos el pensamiento intelectual como el conjunto de ideas capitales y notables de un escrito u obra de un ser humano surgido de su intelecto espiritual, la sospecha es una fuerza generadora de ideas capitales y notables. Sospechamos de algo y enseguida nos vienen a la mente una serie de pensamientos tendentes a dilucidar qué estamos pensando y el porqué de tales pensamientos.

Un pensamiento intelectual se generaría, entonces, por cuestiones que se comportasen de modo inhabitual, extravagantes y propensas a singularizarse. Es decir, cuestiones que nos parecerían extraordinarias y poco frecuentes que nos hicieran sospechar sobre su comportamiento.

Sin embargo, existe otra consideración que, como escritores, deberíamos incluir en esta presentación y que sería cómo la malicia se integra en nuestro pensamiento intelectual. No es una ejercitación baladí ya que la malicia es la intención solapada, de ordinario maligna o picante, con que se dice o se hace algo. ¿Qué mejor inclinación que la siniestra y maliciosa propensión a pensar mal para levantar la sospecha o el recelo? Recurso magnífico para las tramas soterradas, el género negro y policial o los relatos de terror, sin escatimar las sentencias de los nuevos políticos que nos echan acíbar en la vida. Fascinante la palabra satírica, la sentencia picante y ofensiva que nos ofrece tal actitud.

En definitiva, el pensamiento de que las cosas extraordinarias conviven en nuestro entorno en la inefable certeza de que todo el acontecer maligno se estructura ante nosotros y, más tarde o más temprano, terminará ocurriendo.

Luife Galeano