Todo pensamiento pertenece al intelecto y es espiritual e incorpóreo. Por descontado que su dedicación estará en el cultivo de las ciencias o las letras. De otra manera el mismo sería una actividad estéril; aceptable dentro de la casuística pensil, pero fútil para los propósitos de este ensayo.

Profundizando en el tema, si decimos que el pensamiento es la potencia o facultad de pensar, tan sólo estamos dando a entender que existe la posibilidad de hacerlo. Sin embargo, si consideramos que es la acción y efecto de pensar, la posibilidad se convierte en un hecho: estamos pensando. En efecto, se produce un salto cualitativo pues lo que se vislumbraba como algo posible, ya existe.

No obstante, la idea se queda coja. No basta a nuestros efectos, ser capaces de pensar, sino que lo que se piense tenga algún valor. Una rápida mirada a la palabra en el diccionario nos dice que el pensamiento ‘sería bien la idea inicial o la capital de una obra cualquiera’. Es decir, que sólo la idea que abre un texto o sobre la que gira sería, a todos los efectos, el verdadero pensamiento.

Ello debería bastarnos para desarrollar el discurso: somos capaces de pensar, lo hacemos y seleccionamos el pensamiento a distinguir y sobre el cual girará todo el discurso. No obstante, el pensamiento va más allá. No se queda en lo monotemático que, aparte de resultar aburrido, terminaría por tener muy poco de intelectual. Todo el quehacer relativo al entendimiento terminaría por anquilosarse al ser siempre lo mismo para terminar tomando como rutina una sola forma de hacer. Por supuesto, lo espiritual e incorpóreo del pensamiento se esfumaría o caería como una pesada losa sobre nosotros: dejaría de sublimarnos.

Sin embargo, la definición se hace magnánima cuando se complementa refiriéndose a cada una de las ideas notables de un escrito tanto del individuo como de toda la comunidad. Es decir, señala como únicas relativas al pensamiento intelectual las ideas notables, las que destacan y que todo ser humano es capaz de tener buenas ideas o ideas notables. Define el hecho de pensar como un acto democrático.

Es por ello que podríamos definir el pensamiento intelectual como el conjunto de ideas capitales y notables de un escrito u obra de un ser humano surgido de su intelecto espiritual. Queda claro que un pensamiento intelectual requiere que la idea incorpórea emanada del entendimiento sea capital y notable.

Muchos artistas consideran el pensamiento como el bosquejo de una primera idea o invención. Es lícito, pero no deja de ser una cursilería más propia de las Bellas Artes. A nuestros efectos, no obstante, cumpliría con la definición sólo si ese primer bosquejo o idea fructifica en algo capital y notable. Es decir, con la inspiración no tenemos bastante; aunque el trabajo en sí de llegar a ese punto sea una actividad intelectual. Para que algo se considere un pensamiento intelectual ha de cumplir todas las condiciones.

Más adelante comentaremos cómo el pensamiento intelectual se ve afectado por la sospecha, la malicia y el recelo. Baste por hoy con lo dicho.

Luife Galeano